A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Hace treinta años, el 22 de julio de 1990, murió en Cuernavaca el escritor argentino Manuel Puig. José Emilio Pacheco escribió entonces en su Inventario que Puig “se enfrentó con enajenaciones y opresiones que son las nuestras y reveló niveles de la realidad a los que tal vez no hubiéramos tenido acceso si no contáramos con sus novelas”. Su literatura, y no es una novedad, estuvo marcada por la influencia del cine mexicano y los boleros, que fueron nutrientes poderosos de sus relatos.

Puig gozó y alimentó sus textos de los melodramas de los cuarenta y cincuenta y sus tremebundas historias de amor. Pero, como todos, Puig creo que tenía límites. Y no encuentro rastro de que las películas de luchadores fueran de su agrado. Aunque quién sabe, como el lector verá al final de esta nota.

Ilustración: Alberto Caudillo

En 1961 Benito Alazraki filmó El Santo contra los zombis, en la cual el Enmascarado de Plata se enfrentaba a unos muertos vivientes. Se trataba de delincuentes revividos que, por supuesto, estaban programados para hacer maldades. Cuatro años después, José Díaz Morales, filmó Profanadores de tumbas, otra vez con el Santo, porque entonces un profesor chiflado y protervo “exhuma cadáveres para tomar el papel de Dios y reanimar sus corazones detenidos”. En 1969 el Santo, acompañado de Blue Demon, incursiona en El mundo de los muertos de Gilberto Martínez Solares, en la que aparecen difuntos vivos en 1670 y 1970, es decir, con trescientos años de diferencia. Un año después, Federico Curiel hace que Las momias de Guanajuato vuelvan a la vida y entonces se suma para combatirlas, junto al Santo y Blue Demon, Mil Máscaras. En 1971 se produce La invasión de los muertos, de René Cardona jr., y ahora los encargados de hacerles frente son Blue Demon, que ya tenía experiencia en ese combate, y el Profesor Zovek. En 1972 se engendra El robo de las momias de Guanajuato, dado que unos malvados requieren un metal que sólo existe en las minas de ese estado y reviven momias de mineros para realizar el trabajo de extracción. En la película de Tito Novaro los encargados de pelear contra ellos fueron Mil Máscaras, Blue Angel y el Rayo de Jalisco. Hay muchas otras, pero el espacio es escaso (se puede consultar el muy sabroso libro de Criollo, Návar y Aviña, Historia ilustrada del cine de luchadores. ¡Quiero ver sangre!, UNAM, 2011).

Los muertos vivientes han ejercido una fuerte fascinación y no sólo en el cine. Estos muertos, por lo menos en el género de luchadores, no pueden más que estar programados para el Mal de tal forma que el Bien se abra paso contra ellos y sus amos que deben ser derrotados, normalmente, por sucesivos enmascarados. Es siempre una misión ardua, pero por fortuna los zombis acaban siendo vencidos.

Esas películas tienen una gracia superior a la de la exitosísima serie The Walking Dead que debe ir por su décima o undécima temporada. En las cintas de luchadores, extravagantes, incoherentes, a los trucos se les ven las costuras, las historias son inmejorables para una edad mental de 7 u 8 años, las peleas son rígidas y con una coreografía tiesa como el cartón, pero el conjunto resulta cotorro por mal hecho. En cambio, The Walking Dead, sobreestimada, en 2010 puso a correr a los sobrevivientes humanos que tienen que escapar de los zombis que prácticamente son dueños del mundo. La humanidad acorralada —después de un apocalipsis— y acosada por zombis inerciales, carentes de voluntad propia, dispuestos a acabar con aquéllos que a primera vista parecen sus semejantes (sólo que bien parecidos y mejor maquillados), resulta insípida.

Pero ¿por qué los zombis se comportan como zombis?

Aquí vuelve Puig, el autor de Boquitas pintadas, Cae la noche tropical, Pubis angelical o Los ojos de Greta Garbo, que en las décadas de los setenta y ochenta fue muy leído. En la conmovedora novela El beso de la mujer araña (Seix Barral, 1976), que reúne en una celda a Valentín, un guerrillero (preso político), y a Molina, un homosexual acusado de pederastia, el segundo le cuenta al primero, con lujo de detalles y emoción, varias películas truculentas y para él entrañables. En una de ellas aparecen unos hórridos zombis que están a punto de matar a la dama joven. Dice Molina: “Y en los ojos de la zombi se ve que no cree lo que le dice el brujo, pero nada puede hacer ella, porque no es dueña de su voluntad, y no puede hacer más que obedecer las órdenes del brujo”.

El verdadero terror es ése: los zombis no son dueños de su voluntad y tienen que obedecer las órdenes de su respectivo brujo, profesor chiflado o genio del mal.

Tengo la impresión de que vivimos una época de zombis. Y no creo que sea la primera ni, por desgracia, la última.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.