En abril de 2020 la columna “Bello” del semanario británico The Economist se ocupó del liberalismo en América Latina (18/4/20). La reflexión partía de un análisis reciente de los académicos Stephen Holmes e Ivan Krastev sobre el surgimiento de movimientos populistas y nacionalistas en Europa del Este. Ambos proponen en The Light that Failed (2020) que este fenómeno se debe, en parte, a la forma en que en esos países se implementaron las reformas de libre mercado después de 1989. Su imposición, como un destino inevitable, produjo una aguda reacción política dos décadas después. Ya lo había atisbado Isaiah Berlin, quien adujo que el nacionalismo es una “inflamación patológica de una conciencia nacional herida”.

Ilustración: David Peón

“Bello” se interroga si los problemas del liberalismo en América Latina se deben a que éste es una importación sin raíces locales. Acto seguido repite una narrativa conocida: el intento por instaurar gobiernos representativos viables en los nuevos países se estrelló con la realidad política y social. Caudillos acabaron por hacerse del control. Con todo, el liberalismo constitucional, que es de lo que estamos hablando, logró que se establecieran gobiernos civiles y muchos países separaron efectivamente la Iglesia del Estado. Sin embargo, al final del siglo XIX el liberalismo se transformó en positivismo que sacrificó la libertad a la política científica. A partir de los años treinta del siglo XX, las nuevas sociedades de masas se centraron en los derechos sociales en desmedro de los políticos o civiles. Las élites intelectuales y políticas abrazaron el nacionalismo cultural que exaltaba el indigenismo. Este momento logró su apogeo con la Revolución cubana. Sin embargo, en los años ochenta el fracaso de las dictaduras de derecha e izquierda trajo de regreso al liberalismo junto con la democratización y las  reformas económicas de mercado. El saldo del “logro liberal”, según “Bello”, es mixto y políticamente frágil: “La democracia electoral y el gobierno constitucional se han sostenido en general, pero la separación de poderes es a menudo más nominal que real. Los opositores de izquierda del liberalismo han condenado sus recetas económicas… como una importación ajena”.

Para “Bello” el liberalismo latinoamericano contemporáneo sufre de dos debilidades. La primera es que no ha logrado desprenderse de la imagen que lo equipara al desalmado “neoliberalismo”. Esto, en parte, se debe a que muchos de los que se dicen liberales son en realidad conservadores que se oponen a reducir las desigualdades que los benefician. En segundo lugar, el liberalismo “genuino” tiende a ser el coto de una élite de clase media alta con estudios en universidades extranjeras. Esa élite no ha sido capaz de producir una nueva generación de líderes efectivos que reemplace a quienes condujeron la democratización en los ochenta y noventa.

No es el relato histórico lo relevante de este alegato (Roberto Breña ha mostrado que en muchos sentidos es insatisfactorio y desactualizado).1 La palabra “genuino” remite a la lupa de un joyero competente, no a la historia de las ideas. No es extraño que esta lectura condescendiente suscite reacciones adversas, principalmente entre los historiadores, sin embargo, eso es lo de menos. “Bello” tiene razón en lo central. Esta debe ser la hora del liberalismo latinoamericano. El liberalismo busca proveer muchas de las cosas que los latinoamericanos quieren: “Sistemas de justicia que limiten a los poderosos, igualdad de oportunidades, el bien público en lugar de la protección del privilegio privado, mejores servicios públicos a un costo fiscal asequible, la defensa de los derechos de las minorías y de la tolerancia cuando arrecia el fanatismo religioso y la ciencia en lugar del charlatanismo ideológico”. Esta sigue siendo una meta válida, a pesar de sus fracasos.

En The End of Utopia (1999) el historiador Russell Jacoby afirmó que una de las consecuencias del fin de la Guerra Fría fue que el liberalismo perdió su carácter. La caída del comunismo lo debilitó. Su determinación e imaginación sufrieron merma.  Sin nada que se le opusiera radicalmente el liberalismo se desdibujó y perdió vitalidad. Ahora, bajo el acicate del populismo, comienza a recobrarlo. La política populista le recuerda al liberalismo su vocación de combate. Esto es así porque el populismo contemporáneo es un adversario que ataca el centro normativo del liberalismo, de todos los liberalismos. La incompatibilidad irreductible entre el liberalismo y el populismo es de naturaleza política. Liberales de muy diferentes cepas, socialdemócratas, modernizadores, clásicos, libertarios de izquierda y derecha, etcétera, tienen muy buenas razones para oponerse al populismo, no sólo en la teoría sino en la práctica. Cierto, la historia reciente del liberalismo latinoamericano es mucho más compleja de lo que “Bello” sugiere, pero tiene razón en que en esta encrucijada faltan nuevos liderazgos liberales. Sin ellos, el prospecto de un populista de derecha como Bolsonaro es muy real.

El populismo en México, a pesar de afirmar lo contrario, no propone una verdadera redistribución del ingreso como en la socialdemocracia. Lo que sí hace es concentrar el poder en un líder personalista, atizar la discordia social y destruir los equilibrios e instituciones que garantizan la transparencia y la rendición de cuentas. Las diferentes ramas de la fronda liberal tienen muchas e importantes diferencias, pero frente a sí tienen un enemigo común. Más les vale reconocerlo como tal y enfrentarlo apelando a su legado político común. Por eso hoy vale la pena reivindicar la palabra liberalismo en singular.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 https://redaccion.nexos.com.mx/?p=11700.

 

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