Si algo se transformó en México en las últimas décadas, para bien, fue el mundo electoral. Fue el pluralismo político que no podía ni quería alinearse bajo un solo mando y sucesivas reformas en la materia lo que edificó un escenario en el cual la diversidad política ha podido convivir y competir de manera pacífica. No ha sido la voluntad de uno o el aporte de un singular partido o gobierno o la dedicación de miles de funcionarios o las contribuciones de los medios y las organizaciones civiles lo que permitió el venturoso cambio. Fue todo eso por supuesto y la generación de normas y procedimientos que hacen limpios, libres y equitativos nuestros comicios. Porque las elecciones semejan un iceberg en el que despuntan los candidatos, los partidos, las campañas, la votación y los resultados (que es lo que atrae la atención de la mayoría), pero para que ello sea posible existe un fuerte basamento que lo sostiene y que por su propia naturaleza es invisible para muchos, pero significativo para evaluar los avances en el terreno electoral. Enumero algunas novedades sin jerarquía ni concierto, dada la amnesia que se irradia desde el gobierno. En las últimas décadas se crearon:

Ilustración: Alberto Caudillo

• Una puerta de entrada para que ninguna fuerza política relevante quedara excluida de la competencia electoral. Y luego se amplió para que “candidatos independientes” pudieran competir.

• Una eficiente puerta de salida para que aquellos partidos que no logran en las urnas un mínimo de apoyo ciudadano pierdan su registro.

• Un padrón, listas nominales de electores y la credencial con fotografía sin “rasurados” ni “fantasmas”, es decir, confiable; de tal suerte que la credencial se ha convertido de facto en la cédula de identidad ciudadana.

• Mesas directivas de casillas operadas por ciudadanos que surgen de un doble proceso de sorteo y capacitación. Una escuela de pedagogía democrática que se renueva cada tres años.

• La posibilidad de que los partidos y coaliciones nombren representantes en todas las casillas para que puedan supervisar lo que ahí sucede.

• Que los ciudadanos, solos u organizados, realicen tareas de observación electoral, desde la confección del padrón hasta la emisión de los resultados y los litigios judiciales. Ello fue resultado del reclamo por la limpieza electoral que pusieron en marcha diferentes asociaciones civiles.

• Que nuestras elecciones puedan ser monitoreadas por “visitantes extranjeros”, lo que rompió con un viejo atavismo ultrasoberanista que no podía esconder que lo que no se deseaba era la observación de comicios más que opacos.

• Urnas translúcidas que se arman el día de la elección para evitar las “urnas embarazadas”, y la ranura de tres milímetros para evitar los “tacos”.

• Entrega de la lista nominal de electores con fotografías a los representantes de los partidos para que puedan checar no sólo el nombre, sino el rostro del elector.

• Boletas infalsificables, impresas en papel seguridad.

• Tinta indeleble que se coloca en el dedo pulgar para que nadie pueda votar dos veces.

• Mamparas que protegen a los votantes de posibles presiones.

• Consejos locales y distritales integrados por ciudadanos que acompañan, guían y vigilan a la estructura profesional del INE.

• El servicio civil de carrera conformado por funcionarios cuya lealtad está con la institución y sólo con la institución. Se trata de los profesionales que son la columna vertebral de toda elección.

• El Programa de Resultados Electorales Preliminares que de manera inmediata al cierre de las casillas proporciona información a todos, en cualquier lugar del mundo, del proceso de agregación de los resultados. Se pueden consultar los resultados generales, por circunscripción, distrito y casilla por casilla. Y dado que los representantes de los partidos tienen copias de las actas pueden checar la autenticidad de la información.

• Conteos rápidos, fórmulas estadísticas, que han permitido prever con altos grados de exactitud los resultados finales la misma noche de la elección.

• Digitalización de las actas de las casillas, lo que proporciona un acceso universal a las mismas.

• Financiamiento público generoso a los partidos buscando tres objetivos estratégicos: a) transparencia, b) condiciones equitativas para la competencia y c) evitar la dependencia de los grandes grupos económicos o, peor aún, de bandas delincuenciales.

• Administración de los tiempos oficiales por parte de la autoridad que genera un terreno de competencia equitativo (aunque la catarata de spots ha desvirtuado la posibilidad de un debate político profundo).

• Auténtica justicia electoral especializada que sustituyó las fórmulas de autocalificación de las elecciones.

• Fiscalización de los recursos de los partidos políticos, inexistente hasta antes de 1994 (aunque creo que su centralización es un exceso).

• Obligación de celebrar por lo menos dos debates de los candidatos presidenciales.

Es un listado incompleto. El espacio es limitado. Pero sirva de muestra para valorar la parte invisible de ese iceberg civilizatorio que nos permite que la competencia política sea institucional, pacífica y participativa.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

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