Es bien conocido el siguiente dilema: ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? Para unos, sobre todo científicos, el huevo resultó de la unión de elementos propios de la Tierra, los cuales son, asimismo, los más comunes en los seres vivos: carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. Para otros fue la mano de Dios la que originó el huevo y la gallina al unísono, y para los más, la pregunta plantea problemas diversos acerca del orden humano y sus avatares. El orden, en la Tierra y en la humanidad, importa (y mucho). Nuestro tiempo —2020— es un ejemplo lamentable de los sucesos negativos cuando el desorden, llamémosle (casi)caos, impera: la vida de la Tierra, explican los expertos, quizás terminará por las incontables injerencias negativas del ser humano sobre la Naturaleza.

Nuestra especie, en el futuro, también será víctima de sus propios desaciertos. ¿Será el ser humano otro ser humano?, ¿se modificará el concepto que hoy guardamos de nosotros? Favorezco y no dejo de admirar los beneficios de la ciencia: incremento en la calidad de vida y en la longevidad son ejemplos palpables. Me preocupa, de nuevo mucho, la vida de nuestra especie cuando los robots adquieran más peso, más destrezas y mayores dosis de “sabiduría robótica”. He reflexionado en otros textos acerca de la dualidad como condición de nuestra especie. Somos duales: bienvenida la tecnología; cuidado con la tecnología. Sus logros iluminan; las advertencias por su poder cuasiinfinito cuestionan. ¿Podrán en el futuro los robots, si no superarnos, sí desplazarnos? Leer a Neil Postman (1931-2003) es necesario.

Postman, sociólogo y doctor en educación, publicó, entre otros libros, Tecnópolis. La rendición de la cultura a la tecnología (Ediciones El Salmón, 2018). Lo cito: “Siempre pagamos un precio por la tecnología. A mayor la tecnología, mayor el precio” […] “Tecnópolis es la fase de nuestra civilización en la que la tecnología ejerce un monopolio total sobre la cultura y las relaciones sociales… Tecnópolis es una sociedad anestesiada que no se detiene a valorar los posibles efectos negativos de las innovaciones tecnológicas”. La sumisión a la tecnología es notoria y constante. Crear conciencia y no rendirse a sus dictados es imperativo.

Ilustración: Sergio Bordón

Los robots y las ginoides o fembots, como suele denominarse a las mujeres robots, son, en las novelas y en el mundo de la ficción, encantadores, a pesar de que de cuando en cuando hay algunos mal encarados. Grandes escritores se han ocupado de ellos o de figuras similares en la literatura. Ahí, y en el imaginario de los lectores, pernoctaban bien. La inteligencia humana tuvo a bien o a mal sacarlos de esas páginas y convertirlos, poco a poco, en nuestros vecinos y contertulios. En la sociedad 5.0, el poco a poco empieza a desaparecer: los robots llegaron para quedarse. La versión japonesa de la sociedad 5.0 es optimista. Centrada en el ser humano y no en la tecnología, explican sus promotores, dicha sociedad supone que la transformación digital y la tecnología pueden devenir escenarios positivos en la sociedad mediante la inteligencia artificial, la biotecnología y la robótica, elementos que contribuirán a mejorar las condiciones de la comunidad. La visión japonesa contrasta con la realidad: la tecnología enriquece a los ricos y empobrece y en ocasiones esclaviza a los pobres.

El menú robótico es inmenso: meseras, meseros, recamareras, ejecutivos frente a las mesas de algunos hoteles en Japón, robots domésticos, médicos, barrenderos, militares y algunos abocados a ofrecer entretenimiento. Los ingenieros han diseñado robots y ginoides para satisfacer deseos sexuales y otros cuya función principal es acompañar para mitigar la soledad. Cada vez hay más tipos de robots. En el futuro cercano la lista crecerá.

Los expertos en el tema trabajan para dotarlos de inteligencia. Si lo consiguen, serán en muchas áreas nuestros vecinos y guías. Los mejor dotados competirán con nuestra especie y, algún día, nos instruirán y tal vez compartirán con nosotros ciertas decisiones. Hay quienes sienten fascinación por la idea; a otros les genera pavor. En un mundo decapitado en el ámbito humano/humano, humano/ético, el submundo de la robótica augura un nuevo espacio en el cual la persona empieza a ser desplazada.

Conjeturo: ¿podrán los robots reproducirse ad nauseam y decidir su modus vivendi?; ¿algunos contarán con chips cuyo leitmotiv sea compasión, empatía y solidaridad? Si los robots se adueñan de nuestro mundo no habrá más remedio que hacer el amor y platicar con ellos. Ya no importará el dilema del huevo o la gallina. El dilema será otro: ¿predominarán los humanos robotizados o los robots humanizados?

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.