He mirado hacia el pasado sin ninguna intención precisa, como aquél que desea ver y no mirar específicamente nada. Tal vez quería tener alguna clase de visión, o remembranza, un asidero que me permitiera aferrarme a la baranda de un barco y creer en la existencia del mar, hundirme en su color y en su movimiento. No es sencillo hurgar en el pasado como si éste fuera un futuro inesperado; se requiere, digamos, cierto ejercicio y experiencia. Ni siquiera he debido concentrarme, sino sólo seguir someramente los pasos de un método sencillo: aprender a estar muerto. Pitágoras practicaba la inmovilidad desde una sala subterránea que mandó construir para que el movimiento no oscureciera su visión del inframundo. Después, al abandonar su claustro, relataba a los hombres que lo rodeaban y escuchaban aquella íntima experiencia. No estuve allí, pero como lo dice Peter Kingsley, en su libro sobre Parménides y el mito griego En los oscuros lugares del saber (Atalanta, 2010): “Una de las desventajas de crear héroes es que cuanto más los elevamos, más larga es la sombra que proyectan”. De cualquier manera, a los humanos nos atrae que nos cuenten relatos de toda clase y esperamos a que la sorpresa o el milagro nos animen a continuar viviendo. Sin embargo, añade Kingsley: “Los agujeros negros del universo no son nada comparados con los agujeros de nuestro pasado, pues tienen la capacidad de destruir nuestras ideas sobre nosotros mismos y enfrentarnos a la nada”. De alguna forma esas oquedades espaciales debidas a la gravedad insoportable, y el barranco que la memoria de una persona cava para desaparecer, tienen más en común de lo que el filósofo inglés sospecha, mas tal sería otro tema y yo sólo deseaba hacer énfasis en lo sencillo que es para mí entrometerme en esa “nada” que es mi memoria y encontrarme de pronto con un recuerdo en las manos, una apostilla, una bravata mnemotécnica. Es entonces cuando puedo callarme. Y al enfatizar que es imposible para mí guardar silencio no me refiero a intentar narrárselo de inmediato y de viva voz a los demás, sino que sólo debo “ver” ese recuerdo y esbozarlo en la escritura para de esa forma aniquilarlo. Thomas Carlyle, quien adoraba y exaltaba la genialidad en el hombre, se cansó de insultar a Rousseau —a quien yo, como saben, admiro—pese a dedicarle un célebre ensayo en el que lo nombraba héroe de la literatura. Además de llamarlo “plebeyo”, “mediocre”, “fanático” y demás piropos, aseguró que no “poseía el talento del silencio, valioso talento, en el que sobresalen pocos franceses”. Es verdad que el silencio no es virtud de los franceses, a quienes ya Cioran acusaba de haber hecho la Revolución francesa por simple vanidad. Pero tal asunto tampoco es de mi incumbencia ahora, sino un levísimo recuerdo que narraré en las siguientes y escasas líneas.

Ilustración: Kathia Recio

Siendo alumno de la Facultad de Ingeniería a mitad de los años ochenta me inscribí a la cátedra de Diseño Estructural que impartía el ingeniero Carlos Olagaray. No tenía noticia alguna acerca de su persona o conocimiento y sólo esperaba que el aula se colmara de alumnos para así faltar a clases la mayor parte del tiempo y que mi ausencia no se revelara notoria. Ya me presentaría después en los exámenes parciales o en la prueba final para intentar aprobar la materia sin mayores problemas. La historia de mi infortunio es sencilla de describir: sólo dos alumnos nos inscribimos en su clase, de modo que si uno de nosotros dejaba de asistir le resultaría imposible pasar inadvertido. El profesor era una especie de sabio incomprendido, jovial y lenguaraz, y cuando dictaba cátedra daba la impresión de estar dirigiendo una orquesta: una orquesta de dos ejecutantes. Mi vileza llegaba a tal grado que unos minutos antes de la cátedra, me apostaba en un lugar invisible para cerciorarme de que mi compañero de clase había entrado al salón y, una vez seguro de ello, me ausentaba del salón un poco más aliviado. Una vileza a medias, puesto que me dolía profundamente observar a aquel hombre puntualísimo aguardar a las afueras del aula en espera de que se presentara al menos uno de sus dos estudiantes y dar comienzo así a su fenomenal cátedra de diseño. A este hombre próximo a los 60 años sólo le bastaba un pupitre ocupado para desempeñarse como un guerrero del conocimiento, un héroe pedagógico, un hombre animado y deseoso de compartir su sabiduría. Deseamos ser escuchados, avalados, admirados y tal es una de las más ridículas manías del hombre ilustrado. ¿Qué podía yo hacer? Sobre todo, cuando mi compañero había desertado durante el primer mes de clase.

He querido escribir a este respecto, pues la memoria me devuelve la imagen del estudiante mendaz que finge poner atención en una clase que no le interesaba. Y pese a ello, a mi ignominia, a mi conducta puerca, aprendí más acerca de la pasión humana en esa clase que en ninguna otra concentración académica en mi vida. Puede parecerles un relato triste, pero no es mi intención hacer de este hombre un héroe, o un santo, sino deshacer dentro de mí su influencia, su figura magisterial, su bondad. Espero haberlo logrado al escribir estas palabras.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.