El extraordinario escritor brasileño Rubem Fonseca murió el pasado mes abril. Quedó inédito en español el libro Calibre 22 (Editora Nova Fronteira, 2017).

En el cuento que sigue, Fonseca retoma su extraña fascinación por un batracio: el sapo. Ya en la novela Bufo y Spallanzani (1985), en el capítulo “Mi pasado Negro”, el protagonista principal, un empleado de una compañía de seguros, encuentra una pista en la indagación de un crimen: un sapo muerto, de la especie bufo marinus, “el que los brujos acostumbran usar” y cuyo veneno causa catalepsia. En este relato el amor y el odio por los sapos revela a los personajes. [D. J. G.]

Ilustración: Kathia Recio


Viví con mi madre y mi padre en un lugar de la sierra. Mi madre era una mujer rara, a veces se quedaba en silencio todo el día, otras veces hablaba sin parar de cosas que yo no entendía muy bien. Nuestra empleada, doña Romilda, decía que mi madre sufría una enfermedad, una especie de manía. No entendí nada de eso hasta que fui adulto.

Mi padre pasaba toda la semana fuera de casa, trabajando en la ciudad, y sólo llegaba a la sierra los fines de semana. Algunos. Era común que nos llamara para decir que tenía mucho trabajo en la ciudad y que no subiría a la sierra ese fin de semana.

En esas ocasiones mi madre tenía crisis e insultaba a mi padre con muchos nombres feos, pero sólo recuerdo el de canalla.

Mucho más tarde descubrí que canalla era lo mismo que miserable, rufián, indigno.

Para hablar con la verdad, esas discusiones entre mi madre y mi padre no me molestaban mucho. Yo tenía nueve años y lo único que me importaba era mi sapo. En la sierra había un lago lleno de sapos, pero el más bonito era el mío, que se llamaba Nildo. Era mi amigo. Cuando me veía se acercaba saltando, yo le hacía cariños en la cabeza y en la barriga.

Un día, estaba conversando con Nildo en la orilla del lago cuando mi madre apareció con una pala y lo mató.

“Ese animal es peligroso, está lleno de veneno, ¿verdad, doña Romilda?”.

“Es verdad, yo les tengo pavor”.

Con el tiempo descubriría que todas las mujeres les temen a los sapos.

Mi madre murió. Creo que se mató pues doña Romilda me contó, poniendo su cara de mentirosa, que le dio un infarto.

Doña Romilda era una mujer que sólo tenía dos caras —la mayoría de las personas tienen muchas— una cara cuando decía la verdad y una cara cuando mentía. Cuando me contó que mi madre murió de un infarto, su cara era la de las mentiras. Años después supe que en realidad mi madre se suicidó.

Mi padre no vivió mucho más. Tuvo un infarto fulminante.

Heredé mucho dinero. Los ricos siempre tienen un montón de mujeres que se quieren casar con ellos. ¿Por qué se casa un sujeto? ¿Por conveniencia?

Finalmente me casé. Mi mujer, Gilda, era una rubia bonita a la que le gustaba viajar a París. Yo le decía que no podía acompañarla, inventaba compromisos. Ella viajaba sola y volvía cargada de compras. Nunca visitaba ni un museo ni una galería de arte, sólo grandes almacenes.

Me gustaba que Gilda viajara. Yo me quedaba solo con mi nuevo sapo, Rafa. Ese también era mi amigo, cuando me veía se acercaba saltando, yo le hacía cariños en la barriga y en la cabeza. Rafa me veía con sus ojos. Compré un libro y aprendí que, según los estudios realizados en un sapo, lo que el ojo dice resulta de la suma de lo que informan las cuatro capas de la retina. La primera capa detecta apenas pequeños contornos, los nítidamente acentuados, del fondo.

La segunda percibe un objeto convexo o globular. La tercera sólo detecta lo que está en movimiento. De modo que el sapo sólo ve lo que es pequeño, redondo, que destaca en el fondo o que vuela. Si los insectos permanecieran inmóviles, salvarían su propia vida y el sapo moriría de hambre. La cuarta capa es sensible y busca las diferencias entre la luz y la sombra. Esta no sirve tanto para la alimentación sino para la sobrevivencia del sapo. Es la que detecta la llegada de algún animal grande que pueda aplastarlo. El sapo no tiene miedo de que lo engullan.

Qué cosa tan extraña no tener miedo de ser engullido. El autor del libro no sabe explicarlo: ¿cómo un ser vivo no tiene miedo de ser engullido? Me quedé pensando: ¿yo preferiría que me tragaran o que me aplastaran?

¿Me estoy convirtiendo en sapo? ¿O volviéndome loco como mi madre? Gilda me avisaba siempre por teléfono cuando llegaba de París. Un día, por una u otra razón, olvidó avisarme o yo olvidé revisar mi celular, lo cierto es que apareció en casa cuando estaba conversando con Rafa en la orilla del lago. Gilda tenía un cuchillo en la mano y atacó a Rafa, gritando histéricamente “odio a los sapos, odio a los sapos”.

Rafa murió de una cuchillada. Me separé de Gilda.

Nunca me deshice del lugar en la sierra. Estaba lleno de todo tipo de árboles, árboles frutales, un jardín de flores, un lago lindo.

Seguí soltero uno o dos años hasta que conocí a una mujer de la que me enamoré. Se llamaba Lívia, pero todos le decían Lili. Era muy bonita, inteligente, generosa y me amaba. Nos casamos.

Pero había un problema, yo tenía un sapo nuevo, Peter. Si Lili lo descubría sería una desgracia horrible, las mujeres odian a los sapos.

“Lili, si quieres ir de compras a la ciudad, el chofer te lleva”.

“Adoro la sierra, me gusta vivir aquí, a tu lado, mi amor”.

Cada vez me era más difícil ver a Peter.

A Lili le gustaba leer. Un día me dijo: “Ya leí todos los libros de Dickens. Me falta Historia de dos ciudades”.

Encargué el libro. Cuando llegó, Lili comenzó a leerlo inmediatamente.

Era mi oportunidad de ver a Peter. Cuando me vio salió del lago saltando y se colocó a mi lado. Yo estaba distraído haciéndole fiestas en la barriguita cuando oí la voz de Lili:

“¿Tienes un sapo?”.

Quise decir algo, pero me quedé sin voz. Sentí que me desmayaba.

“Me encantan los sapos”, dijo Lili. “¿Puedo tocarlo?”.

Lili se puso a hacerle cariños a Peter.

Soy el hombre más feliz del mundo.

 

Rubem Fonseca

Traducción: Delia Juárez G.