Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el poeta Carlos Pellicer había de recordar aquella tarde remota en que José Vasconcelos lo llevó a conocer Brasil. México era entonces una república de optimistas: la Revolución había terminado, la Cristiada no acababa de empezar y el presupuesto de la recién fundada Secretaría de Educación Pública no conocía otro límite que la imaginación del señor secretario. De allí el calibre de la delegación que asistió a los festejos por el centenario de la independencia brasileña: además de Vasconcelos y Pellicer, el grupo contaba con dos jóvenes aviadores y una réplica de la estatua de Cuauhtémoc que adorna la intersección de Reforma e Insurgentes.1

Los soldados cortaron cartucho. Uno supone que Pellicer cerró los ojos. ¿Qué habrá visto en esos segundos eternos? El mar de Tabasco, pero quizá también el cielo de Río de Janeiro en 1923, siete años antes de su ejecución. El día señalado para la fiesta sudamericana amaneció nublado y con viento. Lo prudente hubiera sido posponer el espectáculo aéreo que los mexicanos habían planeado, pero en esos años cancelar un vuelo era volver sin escudo de las Termópilas. Además todo Río, desde el señor presidente hasta los habitantes de las favelas, había salido a la calle para atestiguar la hazaña de los mexicanos.

El sargento del pelotón dio la orden de apuntar. ¿Habrá rezado Pellicer? Probablemente, como también habrá rezado al momento de subir a la avioneta cargando con un saco de flores para bombardear a la estatua de Cuauhtémoc.2 Ignorando las instrucciones de Vasconcelos, quien había pedido prudencia, Pellicer y el aviador se lanzaron a trazar piruetas. Abajo, la multitud estalló en gritos de asombro. Arriba, enmarcado por un hueco en las nubes, brillaba el sol profético de la nueva América Latina.

Ilustraciones: David e Izak Peón

El silencio del patio de ejecuciones parecía extenderse hacia el infinito. Pellicer habrá escuchado los latidos de su corazón. Dudo que se haya arrepentido de su papel en la campaña presidencial de Vasconcelos —el “crimen” por el que el gobierno callista se disponía a ejecutarlo— ni tampoco de haber acompañado al piloto en su danza aérea. En la última pasada del vuelo el aviador trepó varios cientos de metros para luego dejarse caer en picada, aprovechando la aceleración de la gravedad para trazar un loop-the-loop directamente sobre la estatua. Entonces, como ahora, el riesgo habría valido la pena incluso si todo acabara en desastre. Fracasar a lo grande, Vasconcelos solía repetir, era mejor que compartir la victoria de los mediocres.

El sargento del pelotón respiró hondo. Pellicer abrió los ojos para verle la cara a la muerte. Por un instante el tiempo se detuvo y el poeta descubrió que existía en dos momentos a la vez: frente a él no había otra cosa que los rostros ariscos de los soldados, pero el único sonido que escuchaba era el rugido de la hélice del avión y los gritos de triunfo del piloto. Abajo y atrás, enmudecida por la distancia, la gente de América Latina se arremolinaba en torno a la estatua del derrotado para arrebatarse las ojivas de flores.

“¡Fuego!”, habrá gritado el sargento.

Y entonces, en lugar de una lluvia de balas, una llovizna de chasquidos: quince fusiles descargados.

Me gusta pensar que Pellicer tardó un momento en descubrir que seguía vivo y varios más en entender que la descarga en blanco no había sido un error sino una advertencia. Me pregunto, incluso, si no habrá sentido un dejo de desilusión. Después de todo los tres grandes héroes del poeta —Cristo, Cuauhtémoc y Bolívar— tenían poco en común salvo el martirio.

Decepcionado o no, Pellicer viviría cuatro décadas más, en el curso de las cuales produciría una de las obras poéticas fundamentales de su siglo y le prestaría su nombre a causas tan nobles como la de la República Española y aquella de las comunidades chontales de su estado natal. Hacia el final de su vida el poeta llegaría incluso a postularse como candidato para representar a Tabasco en el Senado de la República. A diferencia de Vasconcelos, Pellicer contó con el apoyo oficial y resultó electo, cerrando así una vida de activismo con el broche de oro de un puesto ceremonial.

En cualquier otro país la aventura política de Pellicer sería una nota al pie en los anales de la poesía. En México, sin embargo, las letras y las armas son profesiones hermanas: aquí pocos leen poesía pero muchos, para parafrasear a Vasconcelos, se interesan por la opinión de los poetas. En tales circunstancias era imposible que un escritor de la talla de Pellicer pasara por la vida pública sin dejar huellas profundas. Pero ¿dónde en la política mexicana de nuestros días hemos de encontrar las trazas de Pellicer? La respuesta, creo yo, está en la concepción vasconceliana de la campaña electoral como una suerte de escuela para la juventud más prometedora del continente. Como su maestro antes que él, Pellicer se lanzó a las elecciones rodeado de un puñado de estudiantes idealistas para quienes el candidato, además de un líder político, era un profeta capaz de iniciarlos en el secreto de cómo vivir. Uno de estos alumnos, sin duda el más exitoso, era un chico tabasqueño de nombre Andrés Manuel López Obrador.3

En este ensayo exploro los orígenes pellicerianos del morenismo y de manera un tanto contraintuitiva he decidido dejar de lado la campaña electoral del poeta para concentrarme en la educación de Pellicer: la década de los 20 del siglo pasado, cuando el autor de Práctica de vuelo sintió por primera vez la fuerza gravitacional de las ideas que habrían de orientar su concepción de la política por el resto de su vida. En particular, quisiera prestar atención al segundo libro de nuestro escritor: Piedra de sacrificios, un “poema iberoamericano” que apareció por primera vez en 1924. Se trata de un texto que marca un antes y un después en la poesía mexicana: en sus siete docenas de páginas Pellicer se aleja de la melancolía vesperal de Darío en busca de un registro profético que anticipa al Canto General de Neruda —y también, quizás, a las conferencias mañaneras—.

Me temo que esta conjetura, de probarse plausible, terminará por conducirnos a conclusiones desagradables: el Pellicer que emerge de mi lectura es menos un miembro del grupo de Contemporáneos o un poeta de la Revolución Mexicana que un profeta de la reacción subterránea.

 

Leamos, pues, Piedra de sacrificios. Vasconcelos tiene razón cuando afirma en su prólogo que la lógica que liga a las 27 secciones del texto no es lírica sino sinfónica: así como las cuatro notas iniciales de la Quinta Sinfonía reaparecen a lo largo de la obra en infinitas variaciones, así las imágenes de Pellicer mutan a lo largo de su libro. De allí que el comienzo del poema sea especialmente importante, pues debe servir como una suerte de obertura donde el poeta-compositor ha de exponer los temas que pretende desarrollar:

¡América, América mía!
La voz de Dios sostenga mi rugido.
La voz de Dios haga mi voz hermosa.
La voz de Dios torne dulce mi grito.4

Desde el primer momento queda claro que el autor que nos ocupa no es el mismo poeta que afirmaba que “aquí no pasan cosas/ de mayor trascendencia que las rosas”. Piedra de sacrificios es el producto de lo que Álvaro Ruiz Abreu llama “la vocación vática” de Pellicer: una concepción del poeta como un iluminado que “predice el futuro, traza rayos luminosos a su alrededor, y enciende la esperanza del soberano y la del pueblo que lo escucha”.5 La autoridad de la voz de Piedra de sacrificios no proviene de la sensibilidad del autor sino de una fuerza externa que lo excede y que se apropia de él como de un médium. De allí que nuestro vate no conozca la duda: sus palabras no son humanas sino divinas. No debería sorprendernos, entonces, que el “tema” central de Piedra de sacrificios sea, literalmente, una profecía:

Y he aquí que después de esta milenaria experiencia se acerca la hora en que vas a tocar tu clarín. Frescas herencias de hombres de diamante fructificarán.6

En los versos que siguen Pellicer presenta una lista parcial de estos “hombres-semilla”: “Cuauhtémoc, joven y heroico”, “Bolívar y San Martín”, “Sucre y Morelos y Juárez” —pero también “la espada del Cid y las brújulas de Colón”—. Lo curioso es que los héroes americanos aparecen en carne y hueso mientras que sus contrapartes europeos se ven reducidos a sus atributos materiales. ¿Será que la profecía de nuestro vate es que se acerca la hora en la que Cuauhtémoc volverá de los infiernos armado con la espada y la brújula de los hombres que lo destruyeron? Los versos que siguen al pase de lista de los héroes parecen sugerir esta posibilidad:

Un día, cercano está, turgente día,
la raza de relámpagos que son tus pensamientos,
hará de la esperanza una alegría
continental. Y tan sólo sentimiento
fundará la democracia nueva
de la América Latina.7

La imagen es confusa, así que vale la pena tomarnos un momento con ella. La identidad de la segunda persona cuyos pensamientos nos ocupan es ambigua: el contexto inmediato sugiere que se refiere a Bolívar, pero también podría tratarse de la América antropomórfica a quien se dirige la invocación inicial. En cualquier caso, la palabra operativa es “raza”: la profecía de Pellicer se cumplirá cuando los “relámpagos” del ideal bolivariano tomen forma corpórea —¿biológica?— en un pueblo cuya conciencia de sí ha de exceder las fronteras para asumir el continente como su patria. Más aún: esta “elevación de las conciencias” de la raza traerá consigo un nuevo orden político: una “democracia latinoamericana” que, uno sospecha, tendrá poco que ver con el modelo “sajón” del republicanismo liberal.

Pero ¿no es ingenuo leer a Pellicer en clave literal? ¿Estamos seguros de que esta “raza de relámpagos” tiene connotaciones biológico-sociales, de que no se trata de una metáfora para las ideas radicales del Libertador? La sección que Pellicer dedica a las ruinas de Uxmal ofrece una pista:

Agua poderosa y terrible,
tu trueno es el mensaje
de las razas muertas a la gran raza viva
que alzará en años jóvenes la pirámide
de las renovaciones cívicas.8

Aquí tenemos, de nuevo, la yuxtaposición de un fenómeno meteorológico —relámpagos, truenos— con la palabra “raza”. La diferencia es que, en el poema sobre Uxmal, este último término aparece más claramente en el campo semántico de la biología: las “razas” de Pellicer son subespecies del género humano en tanto que pueden morir y quedar extintas o evolucionar y sobrevivir. La “raza de relámpagos” no es un nombre metafórico para las ideas políticas de Bolívar, sino al contrario: los pensamientos-relámpagos del Libertador, como el trueno silencioso de las ruinas precolombinas, anuncian la futura venida de una “gran raza nueva” en cuyo seno el heroísmo de Cuauhtémoc contraerá matrimonio con la brújula de Colón y la espada del Cid.

¿Pero cómo es que el poeta se convierte en profeta? ¿De dónde le viene la vocación vática al narrador de Piedra de sacrificios? Consideremos la sección en la que Pellicer recuerda su vuelo acrobático sobre Río de Janeiro:

Bajo las alas tensas, plásticas,
[…]
la patria es continentalizable.
El mundo es una pobre cosa
llena de gustos yanquis y consideraciones.
Mas desde el aeroplano se medita en la gloria
de unir banderas y cantar canciones.9
[…]
El fabuloso juego de los aires
echó fuera del tiempo
al avión que era un poco de catástrofe.10

Desde arriba, desde la perspectiva de Dios, el vidente aprehende la totalidad del paisaje en un solo vistazo y logra así comprender lo que es, lo que fue y lo que será. Así, el avión le permite al poeta viajar no sólo a través del espacio sino también a través de la historia. En este sentido la América de Pellicer es un ejemplo de lo que Heriberto Yépez llama “pantopía”: la fantasía ideológica de un lugar absoluto que contiene no sólo a todos los lugares sino también a todos los tiempos. Así, por ejemplo, Charles Olson entiende su viaje a las ruinas mayas de Campeche como un desplazamiento temporal más que geográfico: al adentrarse en las regiones “subdesarrolladas” de la pantopía, el poeta adquiere acceso a la sabiduría y autenticidad de los “pueblos primitivos”.11

En la concepción de Yépez, toda pantopía es por necesidad imperialista: ¿qué es el Imperio sino un contenedor o, mejor, un continente de la Totalidad, un concepto tan vasto, tan incluyente, que en su afán de abarcarlo todo termina por destruir a todo lo que lo excede? Ahora bien, ¿puede decirse lo mismo de Pellicer que de Olson? En el nivel superficial la respuesta es obviamente negativa: Pellicer siempre fue un enemigo declarado de los Estados Unidos; Olson —o al menos el Olson de Yépez— era un soldado del colonialismo estadunidense sin siquiera saberlo. En un nivel más profundo, sin embargo, la aparición de un vocabulario de “totalidad” en Piedra de sacrificios debería despertar nuestras sospechas. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, que desde el avión la patria sea “continentalizable?”. El neologismo es ambiguo: por un lado, Pellicer podría estar sugiriendo que la perspectiva del aviador le permite al poeta “contener” a la patria, pues desde el aeroplano “el paisaje entero/ era un acto glorioso de mis manos”; por otro, es posible que el neologismo tenga el sentido contrario: sólo desde el avión es posible imaginar la expansión de la patria hasta proporciones continentales —o, lo que es lo mismo, imperiales—. Como dicen los allegados del presidente López Obrador: Puede que seamos parecidos, pero te aseguro que no somos iguales.

 

Pero ¿no es injusto juzgar a un poeta con base en una lectura tendenciosa de un puñado de versos? Sin duda. Consideremos, entonces, el contexto de Piedra de sacrificios: ¿quién es Carlos Pellicer en 1924? Un joven católico que ama a los hombres, los calcetines de colores y los poemas de Díaz Mirón. Acaba de cumplir los 25 años en un país donde la impaciencia por enterrar a la gerontocracia positivista ha terminado por entender a la juventud no como una adolescencia sino como un estado de gracia. En su haber cuenta con estudios de bachillerato en el célebre Colegio de San Ildefonso, un libro de poemas de incuestionable originalidad y dos años de servicio al pueblo de México en calidad de “agregado estudiantil” del cuerpo diplomático en Caracas y Bogotá. Este compromiso temprano con el régimen revolucionario se explica en parte por la influencia del padre de Pellicer: un veterano carrancista de quien nuestro poeta hereda, además de la mística marcial según la cual no hay nada más bello que dar la vida por la patria y la justicia, una biografía monumentalista de Simón Bolívar.12

La vida literaria del joven Pellicer, sin embargo, excede los límites de la casa paterna. Una lista de sus maestros (Caso, Reyes, Henríquez Ureña) se lee como un “quién es quién” de la cultura oficial de la Pax Obregoniana; otra de sus amigos (Gorostiza, Villaurrutia, Torres Bodet), como un directorio de jóvenes promesas. Por si esto fuera poco, el innegable talento y personalidad magnética de Pellicer le han ganado el respeto de su antiguo profesor de literatura, José Juan Tablada, quien por esas fechas vive una especie de semiexilio en las embajadas de Venezuela y Colombia. Finalmente está la influencia de Vasconcelos, imposible de sobreestimar, de la que nos ocuparemos con detenimiento más adelante.

Sobra decir que ninguno de estos apuntes es novedoso. La tupida maraña de relaciones personales y profesionales entre los escritores que habrían de conformar el canon literario del México posrevolucionario —y la red de cooptación y coerción que limitaba sus impulsos críticos— ha sido objeto de incontables estudios. Lo que al parecer nadie ha notado, al menos que yo tenga noticia, es que prácticamente todos los mentores y colegas de la vida temprana de Pellicer fueron reaccionarios de una u otra especie. Tablada apoyó a Huerta y tuvo que salir huyendo del país tras el fracaso del golpe. Reyes, como sugerí en estas páginas el año pasado, concebía su obra como una elegía infinita para su padre, Bernardo, la mano derecha de Porfirio Díaz. Vasconcelos, a quien dediqué la entrega anterior de esta serie, fue un entusiasta propagandista del Tercer Reich. Los futuros miembros del grupo Contemporáneos, por su parte, colaboran en revistas como San-ev-ank, un “libelo” de tono iconoclasta, patrocinado por la embajada alemana, donde los poemas de Pellicer aparecían junto a lo que Guillermo Sheridan llama los “mensajes fascistoides” de su amigo Luis Erro, quien tenía “esperanzas de crear un partido político universitario formado por jóvenes católicos”.13 En conjunto, todos estos indicios me llevan a sospechar que el Pellicer de los veinte se hubiera sentido muy cómodo en la compañía de Gabriele d’Annunzio.

¿Cómo reconciliar esta lectura de ciertos detalles de la biografía de Pellicer con su militancia antifascista durante la guerra civil española o con las elegías a Ho Chi Minh y el Che Guevara que escribió al final de su vida? Una respuesta cabal tendrá que esperar al final del ensayo. Por lo pronto, consideremos uno de los retratos de Ángel Zárraga que cuelgan en el Museo de San Carlos. La pintura muestra a un hombre rubio vestido con botas de montar y una chaqueta de cuero, quien levanta la mano derecha con la palma extendida. Detrás de él, sugiriendo una imagen de crucifixión, se extiende la silueta estilizada de un aeroplano. En el fondo vemos un mar embravecido y un cielo ominoso surcado por rayos de luz de procedencia misteriosa.

El hombre retratado es el aviador estadunidense Charles Lindbergh, famoso por haber sido el primero en volar sobre el Atlántico —y también por su vociferante militancia fascista—. El retrato de Zárraga es fascinante por su naturalidad: en el México de 1927 —la fecha del lienzo— no había nada escandaloso en pintar a un supremacista blanco haciendo el saludo romano. Pellicer, como sabemos, amaba los aviones y la aviación, al punto que jugueteó con la idea de volverse piloto.14 No debería sorprendernos que nuestro poeta haya sido una de siete personas que recibieron a Lindbergh cuando éste aterrizó en Francia al terminar su primer vuelo transatlántico.15 Tal dato, insignificante por sí solo, presenta un problema cuando lo consideramos junto a la influencia de Vasconcelos y la cercanía de Pellicer con personajes como Luis Erro: en el mejor de los casos, Pellicer estaba dispuesto a tolerar el fascismo en aras de la aviación deportiva; en el peor, a dejarse tentar por sus promesas de heroísmo y virilidad.

Es en este contexto que debemos entender la relación entre Pellicer y el Maestro de América. A estas alturas debería resultar obvio que Piedra de sacrificios entabla un diálogo directo con la filosofía de José Vasconcelos. Lo curioso del asunto es que Piedra de sacrificios apareció un año antes que La raza cósmica. La pregunta, entonces, es quién influyó en quién. Es posible que Vasconcelos compartiera sus ideas con Pellicer antes de publicarlas, pero sospecho que la cosa es más complicada. Consideremos el discurso que Vasconcelos pronunció el día su entrada triunfal a la Ciudad de México durante la campaña de 1929:

Yo hoy siento que la voz de Quetzalcoatl, la misma voz histórica y milenaria, busca hoy expresión en mi garganta y le da fuerzas para que grite, yo sin ejércitos, a tantos que se respaldan con ejércitos.16

La invocación a la divinidad, el gesto poético de asumirse como profeta, el énfasis en la voz: todos estos elementos, fundamentales para la estética del vasconcelismo —y por ende del morenismo— tienen un claro precedente en la obertura de Piedra de sacrificios. Así, quisiera sugerir, con Ruiz Abreu, que la relación entre Pellicer y Vasconcelos no puede entenderse como una calle de un solo sentido.17 Sin Pellicer, Vasconcelos quizá no hubiera encontrado las herramientas estéticas para transformar sus ideas filosóficas en un discurso de masas; sin Vasconcelos, Pellicer quizá nunca hubiera asumido su obra poética como una forma de hacer política.

Esta hipótesis tiene un corolario preocupante. Si en efecto Pellicer influyó en Vasconcelos tanto o más que Vasconcelos en Pellicer, ¿cuánto del fascismo del Maestro es atribuible al poeta? Walter Benjamin dice en algún lado que el fascismo es la “estetización de la política”: a falta de soluciones materiales a las contradicciones del capitalismo, los fascistas ofrecen el éxtasis de la multitud y el odio al Enemigo como sustitutos de la redistribución de la riqueza y el poder político. Es por esto que el fascismo, ya en su versión radical y nacional-socialista, ya en su vertiente moderada y nacional-revolucionaria, no puede emerger ni prosperar sin la complicidad de los artistas: Goebbels es inimaginable sin Wagner; Vasconcelos es impensable sin Pellicer.

Pero, de nuevo, ¿cómo reconciliar este lado de Pellicer con sus incontables declaraciones de apoyo a las causas de la izquierda internacional? La respuesta, creo yo, se esconde en aquella angustiosa madrugada de 1930. El colapso del proyecto político de Vasconcelos parece marcar un antes y un después en la obra del poeta tanto o más que en la del filósofo. Entre 1924 y 1929, los años de gloria del vasconcelismo, Pellicer produce cuatro libros de poemas; entre 1930 y 1937, por el contrario, nuestro poeta no publica más que textos aislados. Ruiz Abreu, por lo que valga, también parece adivinar un cambio en las actitudes políticas de Pellicer hacia finales de la década de los veinte:

[Durante sus viajes por el Medio Oriente, el poeta] escribe una frase que tal vez define el momento que vive Pellicer con relación a México y a su poesía: “¡Muera la patria! ¡Viva el mundo!” […] Pellicer estaba jugando a la pérdida de toda vinculación del mundo que lo había expulsado: México, el nacionalismo vivo de los años veinte, las guerillas culturales y poéticas de sus mismos compañeros de ruta.18

Es por estas fechas que Pellicer, a diferencia de Vasconcelos, decide hacer suya la causa antifascista de la República Española. El cambio de tono de su discurso se vuelve evidente cuando comparamos “el comunismo/ de San Francisco de Asís” que aparece en Piedra de sacrificios con las declaraciones del poeta en 1937: “Yo, como cristiano, es decir, como hombre, no puedo ni debo hacer otra cosa que estar de parte del proletariado mundial”.19 En el curso de una década el cristianismo de Pellicer, otrora enamorado de la mística colonial-misionera, asume como suyo el vocabulario marxista. Todo esto, cabe mencionar, al mismo tiempo que las columnas periodísticas de Vasconcelos se tornan cada vez más altisonantes en su entusiasmo por las recién nacidas dictaduras del Eje.

Pero entonces, ¿dónde está la evidencia de una reflexión crítica por parte de Pellicer con respecto a las ideas políticas de su juventud y al destino funesto de su mentor? Un escritor de la talla de nuestro poeta no muda de piel sin dejar huellas escritas, en especial si el cambio es tan enorme como la distancia que separa a Charles Lindbergh de Ho Chi Minh. Mi respuesta es que la transformación ideológica de Pellicer dejó pocas trazas visibles en su obra porque no fue el producto de una evolución racional, sino la consecuencia de ciertas predisposiciones estéticas. Solemos entender a la figura del Poeta Comprometido como un ejemplo de la subordinación del arte a las demandas de la Causa, pero quizás en el caso de Pellicer la cosa es a la inversa: la Causa es un lenguaje, una fuente de imágenes, un medio para un fin artístico. El fascismo de Lindbergh y el comunismo de Ho Chi Minh, después de todo, son polos opuestos en términos políticos pero primos hermanos en términos estéticos: ambas ideologías se centran en la figura del héroe que ha de redimir a la raza. Lo mismo, claro está, puede decirse del morenismo.

 

Todas estas consideraciones, sin embargo, son especulativas. Para nuestra fortuna el texto de Piedra de sacrificios ofrece pistas que nos ayudarán a explicar la evolución política de Pellicer. Nuestra siguiente tarea, entonces, consiste en localizar la contradicción irresoluta en el centro de la obra: el deseo de asumirse, al mismo tiempo, como heredero de Cuauhtémoc, de Cristo y de Bolívar. Y es que si bien las últimas dos figuras son compatibles, lo mismo no puede decirse de la primera: Cuauhtémoc murió a manos de los abuelos de Bolívar defendiendo altares que no eran de Cristo. Es en las respuestas disímiles con las que Vasconcelos y Pellicer pretenden resolver esta contradicción, a la que propongo que llamemos “la Cuestión Criolla”, que la divergencia entre los dos escritores se hace evidente.

Si bien el principal procedimiento estructural de Piedra de sacrificios es la variación formal sobre un contenido constante, el libro traza también un arco dramático cuyo vector es el choque entre la certeza profética de la voz narrativa y la duda angustiosa que emerge cuando esta voz se confronta con las condiciones contemporáneas de América Latina. El optimismo de Pellicer naufraga ante la realidad que Nuestra América se enfrenta a una repetición de la Conquista:

Como en el reinado de Motecuhzoma,
vendrán hombres blancos,
y será por el norte
[…]
¡Cólera sagrada! ¡Angustia de la impotencia!
[…]
envenenarás mis torrentes
para castigar a tu pueblo
y a los nuevos conquistadores blancos.20

En la filosofía de la historia de Pellicer, como en la de Vasconcelos, los eventos del presente son ecos del pasado: así como Cuauhtémoc es una repetición de Cristo, Monroe es una repetición de Cortés. El problema es que Pellicer, tanto en su poética como en su concepción de sí mismo y del mundo, es plenamente un heredero de los conquistadores originales. Si el imperialismo yanki es condenable, ¿no puede decirse lo mismo del imperialismo español? Sin duda. Pellicer mismo lo afirma en el extraordinario poema que cierra Piedra de sacrificios, una oda a Cuauhtémoc que parece por momentos una versificación del discurso que Vasconcelos pronunció durante los festejos de la independencia brasileña:

Cuauhtémoc tenía 19 años
cuando en sus manos
como un águila herida cayó el Imperio.
[…]
¿Quién puede mirar al cielo con dulzura
cuando del oprobio de los europeos
nacieron estos pueblos de mi América,
débiles, incultos, y enfermos?21

La potencia poética de Pellicer arriesga oscurecer la paradoja implícita en su discurso: todo en Piedra de sacrificios, desde su concepción de la historia hasta su trasfondo teológico y sus procedimientos formales, es producto y consecuencia de la destrucción del mundo de Cuauhtémoc. ¿Cómo, entonces, puede Pellicer condenar a estos “nuevos conquistadores” que según su propia poética no son sino ecos de sus ancestros? La pregunta no pretende descalificar a Pellicer, sino subrayar la imposibilidad de su posición: la Cuestión Criolla es la semilla del poema, el problema urgente que orilla a Pellicer a hacer un esfuerzo heroico por reconciliar en el lenguaje lo que es irreconciliable en la historia.

En términos políticos, sin embargo, la solución simbólica con la que Pellicer pretende resolver la Cuestión Criolla resulta insatisfactoria. Al nivel del discurso la metáfora del “mestizaje” —porque eso es lo que es: una metáfora eufemística para el proceso de colonización— pretende ofrecernos una reconciliación simbólica; en el nivel de los hechos, sin embargo, la palabra se refiere en última instancia a la negación —es decir, el “blanqueamiento”— de lo indígena en favor de lo hispano. El concepto de una “gran raza nueva” en el horizonte profético de la historia, en corto, implica una visión de los miembros de las “razas vivas” del presente como individuos incompletos, imperfectos y por lo tanto perfectibles. Esta idea es profundamente dañina: en el momento en que un proyecto político deja de ocuparse de la sociedad (lo que la gente hace) para ocuparse de la humanidad (lo que la gente es), el escenario está listo para otra puesta en escena de la vieja tragedia de la dominación.

Por otro lado, ¿por qué la Cuestión Criolla? ¿No es peligroso reducir las ideas de un escritor a su identidad étnica? ¿No implica un acto de violencia contra Pellicer, quien a todas luces se identificaba como “mestizo”?22 Quizá, pero sólo si entendemos “criollo” en términos biologistas. Siguiendo al filósofo Luis Villoro y al historiador Joshua Simon, propongo que entendamos a los criollos no sólo como una casta sino también como una clase: un grupo social definido por su función dentro de una forma de producción determinada. En este esquema el criollo es al colonialismo lo que el profesionista asalariado es al capitalismo tardío: su papel es administrar el orden de producción en nombre de la clase dominante y asegurar así la supervivencia de ésta. Como el gerente, el capataz o el comprador, el criollo es el mediador entre los opresores (la metrópoli, los dueños del capital) y los oprimidos (los pueblos colonizados, la clase trabajadora). De allí que su posición sea ambigua y contradictoria: comparte intereses tanto con la clase dominante como con las clases subalternas.23

La clave para entender al criollismo contemporáneo consiste en admitir que el México de nuestros días existe en una relación colonial con los Estados Unidos. Así como los criollos de Nueva España quedaban definidos por su relación contradictoria con la península ibérica, sus equivalentes contemporáneos quedamos definidos por nuestra ambivalencia con respecto a América del Norte. El antiamericanismo de Pellicer, como el de Vasconcelos, recuerda al odio que sus ancestros coloniales sentían por sus primos “gachupines” tanto en su altisonancia como en su incoherencia: mientras que el filósofo maldice a los Yankis desde la biblioteca pública de Nueva York, nuestro poeta denuncia la perfidia de los “nuevos conquistadores” en un poema que traiciona en cada línea su deuda con Walt Whitman.

El problema, al menos para Pellicer y Vasconcelos, es que el concepto mismo de “México” exige una respuesta definitiva a la Cuestión Criolla. Si México ha de ser una nación singular en lugar de muchas naciones disímiles, sus habitantes tendrán que resolver de una u otra forma la incompatibilidad de lo indígena y lo hispano. Esta formulación puede sonar necia a oídos acostumbrados a la propaganda del “mestizaje”, pero lo cierto es que el problema antecede a la propaganda. Consideremos el primer capítulo de la obra maestra de uno de los escritores favoritos de Vasconcelos, Lucas Alamán:

[El orden legal de la colonia] hacía de los indios una nación enteramente separada: ellos consideraban como extranjeros a todo lo que no era ellos mismos, y como no obstante sus privilegios eran vejados por todas las demás clases, a todas las miraban con igual odio y desconfianza […] Esta diversidad de clases de habitantes ha tenido el mayor influjo en los acontecimientos políticos del país; y el no haber parado suficientemente la atención en estos puntos, ha sido ocasión de graves errores […] en los legisladores, que han procedido sin consideración ninguna a estos diversos elementos, cuya prudente combinación debía haber sido el objeto de todos sus esfuerzos.24

La tesis que se esconde detrás del pasaje de Alamán es que México es Méjico, es decir: una nación criolla. Los pueblos indígenas, en tanto que seguían siendo indígenas, no podían ser considerados propiamente mexicanos: había que asimilarlos o, en su defecto, destruirlos. Que Alamán y sus seguidores extrajeran semejantes conclusiones racistas de sus observaciones no niega la validez de su diagnóstico inicial: ¿qué tienen en común los yaquis de Sonora y los mayas de Yucatán si no es la religión católica y la lengua castellana —en una palabra, la hispanidad—? La supervivencia de elementos “sincréticos” en las culturas del México poscolonial es prueba del éxito de la empresa imperial: lo indígena sólo sobrevive a la colonización como ornamento de lo hispano. El español que hablamos en México, después de todo, contiene incontables vocablos indígenas, pero sigue siendo español.

La importancia de este punto para nuestra lectura de Pellicer se vuelve evidente cuando recordamos lo obvio: el castellano de Piedra de sacrificios no es la lengua de Cuauhtémoc sino de sus victimarios. El cortocircuito ideológico, el punto ciego que nos revela el peso de la Cuestión Criolla sobre la obra de Pellicer, aparece con claridad cuando consideramos la alternativa: un oda en náhuatl sería inútil para el fin político que Pellicer le atribuye a Piedra de sacrificios (es decir: religar a la raza iberoamericana) por la simple razón de que sería incompreensible para la inmensa mayoría de los habitantes del continente.

Pellicer, en tanto que católico y castellano, es un escritor tan criollo como Vasconcelos. La diferencia estriba en que este último era bastante más consciente de la peculiaridad de su posición: mientras que el filósofo titula a su autobiografía Ulises Criollo, el poeta insiste en que “navega en [su] sangre/ lo más antiguo de México”.25 Así, mientras que Vasconcelos siguió la pauta de Alamán y resolvió la contradicción negando lo indígena y afirmando la hispanidad, Pellicer niega la hispanidad y afirma lo indígena, al punto que termina por identificarse con comunidades a las que no pertenecía. Resulta curioso, por ejemplo, que el poeta fuera conocido en la prensa como “el senador chontal” y no como “el senador de los chontales” o “el senador de ascendencia europea que dice representar a ciertas comunidades indígenas frente a un gobierno criollo”.

 

Es aquí donde el tamaño de la influencia de Pellicer sobre nuestro presente comienza a revelarse. Las actitudes del presidente López Obrador y sus allegados frente a las naciones indígenas, reflejadas en gestos como el uso de un falso bastón de mando durante la toma de posesión y en proyectos tan coloniales como el Tren Maya, tienen un clarísimo precedente en la estética de Pellicer. Lo mismo puede decirse de los comentarios de Beatriz Gutiérrez-Müller en el marco del aniversario de la llegada de Cortés a Tenochtitlán: la presidenta de Consejo Honorífico de la Memoria Histórica y Cultural de México es de ascendencia alemana, pero de igual forma se refirió a los mexicas como “nuestros ancestros”.

Más allá del indigenismo, la influencia de Pellicer se deja sentir en dos tendencias fundamentales del morenismo, ambas profundamente teológicas: el culto al héroe-víctima y la sustitución de la política por la estética y la moral. La primera de estas tendencias es obvia: Ruiz Abreu nos informa que “el mismo Pellicer intentaría en su vida ser una imitación de Bolívar”26 como un cristiano más ortodoxo intentaría imitar la vida de Cristo —y como López Obrador pretende imitar la vida de Juárez—. Pero ¿es acaso válido atribuir a Pellicer un rasgo ideológico tan ampliamente extendido como el culto al Gran Hombre? El detalle que delata los orígenes específicamente pellicerianos de la idolatría morenista es que los héroes de Pellicer, a diferencia de los de Carlyle, son siempre trágicos: víctimas de enemigos moralmente inferiores pero materialmente más fuertes. En palabras de Ruiz Abreu:

El héroe [pelliceriano] se erige como una manifestación de ciertas fuerzas sobrehumanas, sus luchas triunfales contra las fuerzas del mal y su caída a traición que desemboca en su muerte. La trayectoria del héroe es irreversible: debe morir pronto para que el imaginario colectivo comience la etapa de su resurrección; una vez que el héroe muere […] comienza la etapa en la que adquiere más presencia, más realidad, de la que tuvo en vida.27

A mi ver, este pasaje arroja luz sobre uno de los aspectos más desconcertantes en el discurso del morenismo: la adicción de sus exponentes a asumirse como víctimas; la persistencia, en un gobierno de mayorías, de una mentalidad de asedio digna de una oposición perseguida. Queda la impresión de que López Obrador se imagina a sí mismo como el heredero del Cuauhtémoc y el Bolívar de Pellicer: un héroe trágico condenado a una derrota más gloriosa que cualquier victoria.

Estas consideraciones nos llevan al elemento más pernicioso de la herencia pelliceriana del morenismo: la tendencia a sustituir la política por la estética y la moral, a ofrecer soluciones simbólicas a problemas materiales. Los refranes del discurso oficial —no somos iguales; el país ya cambió— son ejemplos clarísimos del primer tipo de sustitución: en términos reales México sigue siendo esencialmente el mismo país que era en 2018; en términos simbólicos, sin embargo, la oligarquía neoliberal ha dado paso a la República Amorosa. El segundo tipo de sustitución, por otro lado, quedó en evidencia en la respuesta oficial a los feminicidios que sacudieron a la opinión pública a principios de este año. La posición feminista es que el feminicidio es un problema político: no cabe duda de que los hombres que destruyen las vidas de mujeres son moralmente condenables, pero la responsabilidad de salvaguardar la vida de las mujeres recae en primer lugar en el Estado. La respuesta del presidente, por el contrario, supone una concepción del feminicidio como un asunto moral: el problema no es la incapacidad del Estado de garantizar el derecho a la vida de sus ciudadanas, sino la degeneración de las conciencias bajo treinta años de neoliberalismo. Los dos tipos de sustituciones suelen ir juntas: si el feminicidio es la consecuencia (moral) del neoliberalismo, entonces la sustitución (estética) del neoliberalismo por el morenismo terminará con la violencia contra las mujeres.

Dejo al final una lectura de los últimos versos de Piedra de sacrificios. Pellicer, como sus modelos sinfónicos, cierra su obra con un contrapunto en el que los diversos temas de la composición reaparecen al unísono. De pronto Cuauhtémoc se convierte en un aviador y el aeroplano en una flecha:

¡Oh, solemne y trágico jefe de hombres!
¡Oh, dulce y feroz Cuauhtémoc!
¡Tu vida es la flecha más alta que ha herido
los ojos del sol y ha seguido volando en el cielo!
Pero en el cráter de mi corazón
hierve la fe que salvará a tus pueblos.28

Se trata de un final trágico: del corazón no queda ni siquiera una ruina, apenas una ausencia. Al término de su vuelo metafísico a través del espacio y del tiempo, el poeta-aviador descubre que lo único que se interpone entre él y la desesperación absoluta es la fuerza —volcánica, volátil, irracional— de la fe: la esperanza absurda de Kierkegaard, el último refugio de quien se sabe derrotado de antemano. No cabe duda de que este misticismo ofrece infinitas riquezas estéticas y produce excelente poesía. La pregunta es si estamos dispuestos a pagar el precio político de pretender que “tan sólo el sentimiento” basta para “fundar la democracia nueva/ de América Latina”.

 

Nicolás Medina Mora Pérez
Ensayista y editor.


1 Para el arresto de Pellicer, véase: Skirius, John. José Vasconcelos y la Cruzada de 1929, Siglo XXI, México, 2008, p. 188. Para los festejos de la independencia brasileña, véase: Zaid, Gabriel. “Siete Poemas de Carlos Pellicer” en Revista Iberoamericana, Vol. LV. Núm. 148-149, julio-diciembre 1989, p. 1108. Véase también: Ruiz Abreu, Álvaro. La esfera de las rutas: el viaje poético de Carlos Pellicer. Mónica Artigas, México, 2013.

2 Vasconcelos, José. “Discurso de Cuauhtémoc” en Obras Completas. Vol. II, Libreros Mexicanos Unidos, México, 1958, p. 848.

3 Para apreciar la importancia de Pellicer en el desarrollo de las ideas políticas de López Obrador, véase la entrevista que el presidente le concedió a Roberto Ponce de Proceso en 2002: https://www.proceso.com.mx/523466/lopez-obrador-discipulo-de-carlos-pellicer.

4 Pellicer, Carlos. “Piedra de Sacrificios” en Obras: Poesía, FCE, México, 2013, p. 63.

5 Ruiz Abreu, ob. cit., p. 192.

6 Pellicer, ob. cit., p. 64.

7 Ibid., p. 64.

8 Ibid., p. 68.

9 Ibid., p. 79.

10 Ibid., p. 81.

11 Véase: Yépez, Heriberto. El imperio de la neomemoria, Almadía, México, 2007.

12 Ruiz Abreu, ob. cit., p. 90.

13 Véase: Sheridan, Guillermo. Los Contemporáneos Ayer, FCE, México, 1985, pp. 58-59.

14 Véase: Ruiz Abreu, ob. cit., p. 51.

15 Véase: Zaid, ob. cit., p. 1107

16 Véase: Skirius, ob. cit., p. 99.

17 Véase: Ruiz Abreu, ob. cit., p. 86.

18 Ibid., pp. 161-162.

19 Citado en Ibid., p. 105.

20 Pellicer, ob. cit., pp. 92-94.

21 Ibid., pp. 98-99.

22 “Nací de olmecas y mayas/ y de gente española de la montaña y el mar”. Citado en: Ibid., p. 264.

23 Véase: Villoro, Luis. La revolución de independencia, FCE, México, 2010. Véase también: Simons, Joshua. The Ideology of the Creole Revolutions,
Cambridge University Press, Reino Unido, 2017.

24 Alamán, Lucas. Historia de México, Vol. I, Jus, México, 1972, pp. 25-28.

25 Ibid, p. 264.

26 Ibid., p. 191.

27 Ibid., p. 190.

28 Pellicer, ob. cit., p.100.