Hay una palabra que en este 2020 se ha repetido, se repite y seguramente se seguirá repitiendo: virus. Igual que microbio, germen, bacteria, parásito o incluso hongo, en el imaginario colectivo el vocablo virus está inevitablemente ligado a la idea de enfermedad. Es el peso de la herencia de aquella teoría microbiana de la enfermedad que dominó el panorama médico a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

Y no se diga en estos días del SARS-CoV-2, denominación que seguramente gusta a los fanáticos de la saga de la Guerra de las Galaxias. La saturación informativa ligada a la pandemia por este coronavirus ha catapultado la relación virus-enfermedad a los primeros lugares de interés y de temor de casi todos los seres humanos. A pesar de ello, conviene señalar que esta relación no es ni mucho menos inevitable y que, desde el punto de vista de los virólogos, es una concepción un tanto estrecha de esos enigmáticos entes que parecen mantenerse al borde entre lo vivo y lo que no lo está.

Ilustración: Kathia Recio

Hay quienes afirman que vivimos en un mundo de virus y que estos seres peculiares son la forma de vida —no todos están de acuerdo en que sean seres vivos— más abundante de nuestro planeta. Incluso en lugares tan aislados y ocultos como la llamada Cueva de los Cristales, en la Sierra de Naica, ubicada en el estado de Chihuahua, donde fueron descubiertos cristales de selenita de proporciones ciclópeas, el científico Curtis Suttle, profesor e investigador en la Universidad de British Columbia (Canadá), obtuvo hasta 200 millones de virus en cada gota de agua que rezumaba de las paredes que forman la Cueva del Ojo de la Reina.

La descripción inicial que uno encuentra en la página electrónica del Laboratorio Suttle de Microbiología y Virología Marina1 es fascinante:

La “virósfera” existe allá donde haya vida. Es una de las principales causas de mortalidad, un conductor de los ciclos geoquímicos globales y la reserva de la diversidad genética más grande y desconocida de la Tierra. En los océanos y aguas dulces, los virus son los “seres vivos” más abundantes. Los virus marinos, estimados en unos 1030, se extenderían más allá de las sesenta galaxias más cercanas si los pusiésemos en fila. Infectan todas las formas de vida, desde las bacterias a las ballenas y en los océanos son responsables de unas 1023 infecciones por segundo. Influyen en la composición de las comunidades marinas, causan infecciones en organismos que van desde los camarones a los cetáceos y conducen los ciclos biogeoquímicos. Potencialmente, cada infección impulsa el intercambio de nueva información genética entre el organismo afectado y los propios virus, influyendo en el curso evolutivo de ambos.

Con estos conceptos en mente que trascienden nuestra visión habitual de los virus como agentes infecciosos y al igual que nos sucede con la hipótesis de la endosimbiosis propuesta por Lynn Margulis y Dorion Sagan: la fusión de organismos para dar nacimiento a nuevas especies (Adquiring genomes. A theory of the origin of species, Basic Books, 2002), uno se pregunta sobre el papel de los virus como motores de la evolución de la vida en la Tierra. Estos conceptos hoy revolucionarios llenan algunos de los huecos e insuficiencias de la teoría de la evolución propuesta originalmente por Charles Darwin, enriquecida con los avances de la genética y la genómica, en la que la fuente principal de la innovación evolutiva —la aparición de nuevas especies— se circunscribe casi de manera exclusiva a las mutaciones del material genético que ocurren al azar. Al final, resulta que todos los seres vivos somos hijos del intercambio genético prodigado por los virus.

Bajo esta nueva perspectiva, además de las mutaciones aleatorias, el concurso de los virus y la fusión de microorganismos se convierten también en fuerzas evolutivas significativas. Con ello se acaba dando en parte la razón a evolucionistas heterodoxos y casi olvidados como Piotr Kropotkin (El apoyo mutuo. Un factor de evolución, 1902), cuyas ideas sobre la cooperación de los seres vivos son un contrapeso al difundido concepto de lucha de la vida con la supervivencia del más fuerte, deformación capitalista de las ideas originales de Charles Darwin, quien se refería en realidad a la supervivencia del más apto.

Por todo lo anterior, resulta de gran importancia que todos conozcamos mucho más sobre los virus. Por eso es alentador saber de la iniciativa denominada Mundo de virus (World of Viruses), que forma parte del vasto programa Premio a la iniciativa de colaboración para la educación en la ciencia (Science Education Partnership Award) organizado por el Centro Nacional de Recursos para la Investigación de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos de Norteamérica. Mundo de virus fue creado para que la gente conozca más sobre los virus y la investigación virológica a través de documentales, historietas, desarrollo profesional de maestros, aplicaciones para teléfonos, otros dispositivos portátiles y diversos materiales educativos.

Carl Zimmer, extraordinario divulgador de la ciencia, se unió a Mundo de virus al escribir un librito bellamente ilustrado que se titula A Planet of Viruses, Un planeta de virus, (The University of Chicago Press, 2011 y 2015). En sus primeras páginas, podemos leer lo siguiente:

La ciencia de la virología está todavía en sus primeros y erráticos días. Los científicos descubren nuevos virus con mayor rapidez de la que necesitan para comprenderlos. Y aunque estamos todavía en una etapa inicial, hemos sabido de ellos durante miles de años. Los hemos conocido por sus efectos, a través de nuestras enfermedades y nuestras muertes. Durante muchos siglos no pudimos relacionar esos efectos con su causa. Incluso el término ‘virus’ empezó como una contradicción. Lo heredamos del Imperio Romano, cuando se usaba para nombrar tanto al veneno de una serpiente como al semen de un hombre. La creación y la destrucción contenidas en una misma palabra.

A través de sus páginas llenas de datos asombrosos nos enteramos de multitud de detalles interesantes que nos despiertan la curiosidad y nos obligan a ampliar la información en otras fuentes. La obra nos habla de viejos compañeros de la humanidad, como los virus del resfriado común, los virus de la influenza y los virus del papiloma humano. Nos ofrece también esa visión ampliada del mundo viral y su presencia en todo ser viviente, con un par de capítulos dedicados a los bacteriófagos (los virus que infectan bacterias) y los abundantísimos virus de los océanos. Al final, nos habla de los ubicuos virus gigantes recientemente descubiertos, incluso bajo el permafrost siberiano, que son el eslabón entre los virus comunes y las células.

Zimmer nos permite asomarnos al futuro cuando trata del virus de la inmunodeficiencia humana, el virus del oeste del Nilo y las epidemias del virus que causó en 2002 y 2003 el síndrome de dificultad respiratoria aguda grave (SARS, por sus siglas en inglés), así como las apariciones recurrentes que ocasiona el misterioso virus Ébola, cuyo paradero ignoramos entre una epidemia y otra. También le echa un vistazo al hoy casi olvidado virus de la viruela.

A pesar del tiempo transcurrido, es relativamente poco lo que la medicina actual puede ofrecer contra diversos patógenos virales más allá de los tratamientos paliativos que aminoran las molestias mientras la enfermedad sigue su curso natural. Carl Zimmer es lapidario cuando señala que con sólo diez genes —nuestras células tienen 21 mil—, los rinovirus, uno de los agentes causales del resfriado común, invaden nuestro organismo, se burlan de su sistema inmunológico y nos dejan fuera de combate durante varios días. Esa información genética tan parca como efectiva la compara con los haiku, famosos poemas japoneses que contienen una forma de sabiduría concentrada envuelta en la deslumbrante belleza de su extraordinaria brevedad.

 

Luis Muñoz Fernández
Médico especialista en anatomía patológica. Máster en bioética y derecho por la Universidad de Barcelona.


1 http://www.ocgy.ubc.ca/~suttle/