Si bien es cierto que la bioética nunca ha sido un espacio de reflexión pacífico, ya que su propia esencia es debatir situaciones en conflicto, hoy más que nunca de frente a la pandemia de COVID-19, esta disciplina resulta necesaria y útil en la toma de decisiones sanitarias.

El problema es que como toda teoría ética, la bioética tiene diferentes enfoques, el más usual ha sido la perspectiva principialista, basada en cuatro asuntos fundamentales: 1) autonomía, 2) beneficencia, 3) no maleficencia y 4) justicia.

Bajo estas premisas, es posible resolver muchas situaciones conflictivas relacionadas con lo bio, es decir con la vida. En este esquema el principio predominante es el de autonomía. De ahí, por ejemplo, el énfasis en temas como el consentimiento informado. La autonomía, hasta antes de esta crisis, resultaba —en lo general— la piedra angular del análisis bioético. Hoy sin embargo parece que las cosas ya no pueden ser así.

Ilustración: Patricio Betteo

El principio de autonomía nos plantea una posición egocéntrica, en la que la persona es lo más importante. Su prioridad es atender la voluntad (bien informada) del paciente, y luego se aplicarían como complemento los otros tres principios.

Todo lo anterior sin olvidar que en circunstancias normales, el paciente podría estar, por múltiples factores, privado de su capacidad de decidir. En esos casos, y en situaciones ordinarias, la bioética nos ofrece los otros tres principios, para encontrar soluciones razonables.

Hemos de insistir que todo lo anterior se plantea en situaciones ordinarias y no en catastróficas como el que ahora vivimos. En un momento como el de ahora y de frente al colapso de los sistemas de salud, el personal sanitario no puede poner a su paciente y la voluntad de éste como el centro de la discusión.

En crisis como las de Italia o España, y por las que muy probablemente pasará nuestro país, la bioética principialista (por ser individualista) no parece ser la mejor de las estrategias.

Con un sistema de salud colapsado es imperativo un enfoque comunitario y utilitarista de la bioética, el cual implica maximizar los beneficios para la comunidad en un escenario de recursos limitados.

El utilitarismo se preocupa no por el individuo, sino por la colectividad; su enfoque es inverso al de la bioética principialista. Y, llevado al extremo en situaciones también extremas, supone tomar decisiones muy difíciles.

Una de ellas podría ser: si sólo se tiene una cama de hospital y dos pacientes infectados, habrá que tomar en cuenta aspectos como el pronóstico de vida de cada individuo. Aquí una bioética centrada en lo individual deja de ser la mejor alternativa. No importa quién llegó primero, lo que importa es la valoración de cuál de los dos pacientes tiene mejores posibilidades de sobrevivir.

Entran en juego múltiples criterios como edad, comorbilidad, recursos disponibles y pronóstico de años que pudieran ser recuperados después de un tratamiento. La idea es salvar las más vidas posibles, pero no a ciegas, sino las más vidas posibles en términos de beneficio comunitario y utilitarista. Por ejemplo, podría parecer una decisión acertada dar prioridad al personal sanitario antes que a ningún otro, y este beneficio radica en una razón práctica, si el sistema sanitario se queda sin personal, no habrá nadie que pueda atender la contingencia.

Esto ya está sucediendo en países como Italia, en donde el Colegio Italiano de Anestesia, Analgesia, Resurrección y Cuidados Intensivos emitió una serie de guías que pretenden orientar al personal sanitario sobre el uso de los recursos, en esos lineamientos se ha establecido que se debe dar prioridad a aquellas personas que tengan mayor probabilidad de sobrevivir, y en segundo lugar a quienes tengan mayor potencial de años de vida después del posible tratamiento. Italia ya comenzó a descartar la atención a pacientes mayores de 80 años, convirtiéndolos de facto en víctimas obligadas de la pandemia de COVID-19.

Debo confesar que desconozco si esta visión, en principio comunitaria, pero de corte utilitarista sea la mejor, pero todo parece indicar que es un enfoque razonable en términos colectivos.

 

Héctor A. Mendoza C.
Doctor en derecho y profesor de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es integrante del Colegio de Bioética, de la Red Internacional de Bioderecho y del Sistema Nacional de Investigadores.

 

2 comentarios en “Bioética para la comunidad

  1. ¿Bioética utilitarista y comunitaria? Más bien jerarquización de la.vida, dejar morir a lxs que ya no importan ni producen en este sistema, por ejemplo pesonas de más de 80 años. Me parece que se trata de disfrazar una exclusión y marginalización de las vidas no “útiles” en un sistema seleccionador de vidas y muertes, según le sirva, bajo un discurso de “colectividad “.

  2. Las palabras no definen una vida.
    Un médico no estudio para matar, desechar, descartar, hay personas jóvenes que no son “productivas” y se le dará preferencia sobre una de 70 años, que todavía podrá dar o enseñar a muchos que tengan la meta de aprender de la experiencia de los viejos. Quizá un médico, un científico, un técnico de medio o alto nivel. Y su desgracia es tener años de experiencia y le tocó estar entre un “becario” que lo aprueban por decisiones burocráticas; Aahh ! Tiene probabilidad de vivir más años igual de “beneficiado” sin ser productivo (no se trata de dinero), es ético ? – Claro es humano… y el viejo ¿ No ? – Jugar a ser Dios ? Médico para a abortar vidas ? -:Déjenos de buscar vacunas, antibióticos, germinicidas, bactericidas, métodos de asepsia, etc. Para que perder tiempo, en lo humano y estar pensando en soluciones de vida. Y metemos en cuestionar la vida de los demás… Lo más valioso es mi vida, los demás dependen de mi: yo decido quién vive ! Sin polémica, sin teorías, y esperar no me toque a mí… Pues llegó un chavo de 15 años y yo tengo 30 y mi futuro cuenta ¿ No ?