Para los que crecimos en el último cuarto del siglo XX, la influenza española de 1918 no se registró en el catálogo de grandes desgracias de la humanidad. Visto en retrospectiva, esto es bastante extraño. La madre de mi abuelo paterno, su hermano y dos tías sucumbieron a la enfermedad en un periodo muy corto. Conocía la historia familiar desde la infancia, pero en mi memoria —y creo que en la de mi padre también— esas muertes estaban asociadas a algo muy remoto y exótico: una erupción volcánica en una isla perdida en el mar, Krakatoa. Al momento de escribir estas líneas el mundo se encuentra paralizado por la pandemia de un novel coronavirus, cuyo brote ocurrió en China en enero de 2020. Tres meses después, la epidemia se había vuelto global. Las grandes ciudades del mundo se detuvieron en un toque de queda que sólo se antojaba posible en películas de ciencia ficción. Ahora me pregunto por qué la influenza española, que mató entre 30 y 100 millones de personas, no le pareció a mi generación un hito en la historia reciente de la humanidad. Cuando pensábamos en hecatombes nos venían a la mente las dos guerras mundiales y el Holocausto. Sin embargo, aquella pandemia cobró más muertes que ambos conflictos. Tocó los lugares más recónditos del planeta, incluido el pueblo en Tabasco donde mató a la madre de mi abuelo.

Me parece que la respuesta a esta pregunta es que hasta hace relativamente poco tiempo este tipo de fenómenos eran experimentados como actos incontrolables de la naturaleza, como los huracanes y las explosiones volcánicas. Actos de Dios, les llamaban entonces (y las pólizas de seguro todavía les llaman de esa manera). Así, escapaban a la agencia humana. No eran nuestra hechura y ciertamente lo único que podíamos hacer era mitigar sus efectos de manera imperfecta. La Gran Peste del siglo XIV tuvo en algunas ciudades de Europa una tasa de mortalidad de más del 60 %. Como señalaba en 1983 William McNiell en The New York Review of Books: “Una de las cosas que nos separa profundamente de nuestros ancestros y hace que nuestra experiencia contemporánea sea profundamente distinta de la de otras épocas es la desaparición de las enfermedades epidémicas como un factor crítico en la vida humana”. Tenía razón, entonces. Después de 2020 ya no es así.

Ilustración: Belén García Monroy

Creo que la pandemia de 2020 tendrá un efecto sísmico en nuestra imaginación. ¿Por qué desaparecieron las enfermedades epidémicas como factores importantes de nuestra vida? En parte porque entraron de lleno en el terreno de la agencia humana. Nuestra biotecnología, los avances en la ciencia médica, nos permitieron primero comprender y luego intervenir en lo que antes se percibían como misteriosos hechos de la Providencia o la naturaleza. Las vacunas, los antibióticos y novísimos fármacos podían impedir el surgimiento de las epidemias. Por consiguiente, el control de la enfermedad no sólo era posible, sino era también una de las principales responsabilidades compartidas de la humanidad. El control conlleva responsabilidad. Por eso es casi imposible leer una sola explicación del origen de la pandemia actual que no haga responsables a los humanos, de una manera u otra: alteración del clima por el calentamiento global, depredación de los ecosistemas, trastocamiento de los complejos equilibrios naturales entre personas y animales salvajes, etcétera. En el fondo, hay similitudes entre estos pecados seculares y las explicaciones de los monjes del siglo XIV que creían que las depravadas costumbres europeas habían sido las causantes de la Muerte Negra. No quiere decir esto que la humanidad, al transformar radicalmente al mundo, no contribuya críticamente al surgimiento de nuevas enfermedades; quiere decir que, tal vez, el presente no sea tan distinto del pasado como pensábamos.

Nuestra avanzada biotecnología no impidió que en la tercera década del siglo XXI la epidemia regresara por sus fueros como un factor crítico en la vida de la humanidad. Un pasado que se hizo presente. No estamos de vuelta, ciertamente, en el siglo XIV, pero hemos perdido la hybris que durante setenta años se instaló en nuestra imaginación: la certeza de un progreso científico imparable. Creímos que habíamos erradicado a la Plaga para siempre, pero nos equivocamos. Un virus es aún capaz de detener al mundo: ponerlo en jaque en cuestión de semanas, encerrar a sus ciudadanos a cal y canto en las metrópolis más prósperas y avanzadas, sumir en la crisis a una economía global interconectada y revivir el toque de queda. Durante muchos años reflexionaremos sobre las profundas implicaciones de la vuelta de la plaga: legales, económicas, políticas y culturales. Es posible que muy pronto se invente la vacuna que protegerá a quienes tuvieron la suerte de no ser contagiados. Seguramente veremos en los siguientes meses el descubrimiento de nuevos fármacos retrovirales que atenúen los efectos más mortíferos de la plaga. Es también probable que veamos el regreso del milenarismo y de formas de religiosidad que traten de paliar la inseguridad de una sociedad global que ha sido vulnerada en su certeza más arraigada. ¿Cómo imaginaremos un futuro en el cual lo impensable ha ocurrido?

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

 

Un comentario en “La vuelta de la plaga

  1. Hay otros factores que propiciaron un cambio en la pandemia y epidemias, por ejemplo: Al inicio de los años 1920 en México hubieron cambios muy importantes, el país no estaba como ahora. Luego el final de la Segunda Guerra trajo un cambio con los beneficios de la Alianza para el progreso y los programas nacionalistas del gobierno. Cuando en una casa el fogón donde se prepara la comida esta a mas de un metro del piso, la comida se contamina menos. La hielera o el refrigerador evita muchas enfermedades y ocasiona otras, pero el manejo adecuado de los alimentos es un factor protector de la salud. Una familia se enferma diferente si la llave del agua potable está a mas de 100, 50, 10 metros de su casa o está en la entrada o llega hasta la cocina y mejor al baño. Se puede ver que los riesgos disminuyen si el aseo de manos está mas cerca de la fuente de contaminación fecal. Otro factor ha sido los cambios a la vivienda; en las vecindades con los cuartos redondos la frecuencia de las enfermedades es diferente a si cada quien tiene una recamara o si los adultos duermen separados de los niños, las ventanas y la calidad de los acabados. No menospreciar el uso de ropa y calzado adecuado y los hábitos higiénicos. Todavía en las vecindades en 1950-60, había solo un retrete para 10 o 20 cuartos, y una sola regadera. Y ahora el mejoramiento de la vivienda tiene por lo menos dos en cada casa. Por lo que se ve, más que las vacunas y antibióticos, el mejoramiento social y la educación ha sido el mejor factor protector.