Empecemos por asentar lo obvio: un pandemia no es un desastre natural, sino social. Cada sociedad crea y confronta sus virus de manera distinta y cada epidemia expone los conflictos de su época. La crisis del coronavirus es el catalizador de procesos sociales que llevaban tiempo gestándose. Esbozo aquí algunas ideas para pensar la pandemia como la intensificación de una economía política más amplia. Me concentro en dos aspectos. El primero es el endurecimiento de las fronteras, no sólo de las nacionales, sino la proliferación de los límites espaciales alrededor de estados, pueblos e incluso individuos. El segundo es la división cada vez más tajante de los individuos en dos grandes clases, una formada por quienes pueden teletrabajar y otra por los que tienen que salir bajo riesgo de contagiarse.

El lenguaje de la higiene y la sanidad ha sido parte esencial de los dispositivos fronterizos por lo menos desde mediados del siglo XIX. En las fronteras se han practicado sistemáticamente las cuarentenas de animales y personas, los análisis médicos y las observaciones genéticas. El racismo eugenésico que rigió las políticas fronterizas durante casi un siglo se articuló en términos de higiene. La xenofobia, por supuesto, hace una asociación recurrente entre extranjero y contagio. La pandemia del coronavirus no sólo ha hecho que esas prácticas se intensifiquen en las fronteras nacionales, sino que las ha extendido por todo el territorio. La frontera está ahora en cada pueblo, en cada casa, incluso alrededor de cada individuo.

Ilustración: Raquel Moreno

Esta tendencia a la fronterización del territorio ya tenía tiempo instalándose. Hace mucho que es esa la realidad que enfrentan, por ejemplo, los migrantes centroamericanos que tienen que franquear una sucesión interminable de límites y puertas (estatales y criminales) en su camino hacia Estados Unidos. La proliferación e intensificación de las fronteras —es decir de los cercos y vallas de todo tipo— es la contraparte del despojo y la privatización del territorio. Implica generalmente la eliminación de las formas colectivas o locales de gestionar los recursos a favor de un monopolio privado o estatal para el cual la frontera es indispensable. Es decir, frontera es otro nombre para aquello que Marx describió como acumulación primitiva o cercado de las tierras comunes.

Por otra parte, mientras más abundantes y efectivas sean las fronteras espaciales, más rentable será la industria de la conectividad y la circulación. Los ejemplos van desde la telefonía celular y las plataformas de videollamadas hasta el contrabando de mercancías y el establecimiento de casetas y retenes. Lo que estos casos tienen en común es que son formas de explotación privada de los vínculos y movimientos transfronterizos. Por lo tanto, si la pandemia supone la proliferación de las fronteras, supone también la explotación económica de la conectividad, e incluso podría resultar en nuevas oleadas de despojo de los espacios públicos y comunes.

Otro proceso social que la pandemia ha hecho penosamente visible es la polarización de la población en dos grandes clases: en una están las personas que pueden teletrabajar y en la otra las que tienen que desplazarse para lidiar con la materia física y que por lo tanto corren mayor riesgo de infectarse. Las diferencias entre estos dos grupos no son sólo monetarias, sino también disciplinarias. El poder se ejerce de manera distinta en cada caso.

El régimen del teletrabajo desemboca en un traslape casi total entre vida y trabajo con características típicamente biopolíticas. El confinamiento de los cuerpos se realiza en nombre de su propia salud. Una serie de dispositivos afectivos virtuales aseguran que el individuo se autorregule y mantenga su productividad. Al colapsarse la distinción entre la esfera pública (laboral) y la privada (doméstica), la que se empobrece irremediablemente es la doméstica —aunque tengamos el gusto de asistir a reuniones en piyama—. Mantenerse conectado es un mandato laboral y subjetivo, porque nuestro mundo entero, entendido como construcción social colectiva, se ha trasladado a lo virtual, sólo ahí somos personas. El problema no es la mediación tecnológica por sí misma, sino el hecho de que esté privatizada y explote económicamente cada una de nuestras interacciones. El problema también es que cuando nuestro mundo de relaciones y significados sociales deja de estar desplegado sobre el territorio físico —sobre los bosques, los ríos y las montañas— éste se vuelve más vulnerable a la devastación.

Por el contrario, la clase que tiene que desplazarse para trabajar experimenta una cercanía cada vez mayor entre trabajo y muerte (un sistema que alguno ha llamado necropolítico). La pandemia es sólo una versión penosamente aguda de esto. Pero los ejemplos de trabajo precario, tóxico y, en última instancia, letal son cada vez más abundantes. Incluyo aquí a los trabajadores de la violencia, a los jóvenes para los que ganarse la vida y la subjetividad ha significado estar dispuestos a matar y a morir. En su caso, también las ganancias dependen de la proliferación de las fronteras y de la explotación de la circulación transfronteriza.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

Un comentario en “La pandemia como lente

  1. El confinamiento es laboral, múltiple y en diferentes horarios. Adicional es escolar por lo que de merita lo doméstico. Ya no traes trabajo a casa, ya esta en casa. Suma la disponibilidad de equipos, liberación de equipos en red para que no falle la conexión laboral y escolar. Si va en contar de lo doméstico.