Hace algunos años un querido amigo me trajo de regalo un libro de Cuba. Se trataba de entrevistas realizadas a lo largo de los años a políticos, deportistas, pintores, escritores, etcétera, que habían tenido la oportunidad de abandonar la isla pero habían decidido quedarse. El autor era Luis Báez y la casa editorial, Abril. El libro se llama Los que se quedaron (2008), y revisar las miniautobiografías recogidas en entrevistas por Báez resulta interesante por la diversidad de trayectorias. No hay espectáculo más encantador y aleccionador que las aventuras y desventuras de nuestros semejantes. Y el libro contiene dos decenas de conversaciones.

En una de ellas, Pablo Armando Fernández, escritor, que según Báez “podría vivir en Nueva York, en Madrid, en Londres, en Buenos Aires o en México”, prefirió mantenerse en Cuba a pesar de que “en la década de los 60, 70 se vio completamente marginado de la vida pública e intelectual y soportó con estoicismo todas las agresiones silenciosas de las que fue objeto por distintos funcionarios del sector cultural”.

Ilustración: Alberto Caudillo

Nacido en 1930 y entrevistado en 2006 narra el recorrido que lo llevó a vivir en Estados Unidos antes de la Revolución y su regreso a la isla después del triunfo de Fidel y los suyos. Pero resintió en carne propia “tiempos duros”. “Durísimos. Durante catorce años —1968-1982— no publiqué un libro en Cuba. Después de trece años, en 1980, pude recuperar mi pasaporte y viajar a Estados Unidos, luego de 20 años de ausencia. Seis años sin que se me permitiera publicar un poema en la UNEAC. Hasta 1979 no me volvieron a invitar a las actividades del Premio Casa de las Américas”. Al parecer fue relegado por su estrecha amistad con Heberto Padilla y por la hegemonía que entonces tenían en el mundo cultural cubano los representantes del “realismo socialista” (eso dice). Pero lo que quiero destacar son las respuestas que a continuación dio a su entrevistador.

Báez: “Ésa no fue la Revolución, sino funcionarios dentro del aparato estatal”.

Fernández: “De eso siempre estuve claro…”.

Báez: “¿En algún momento perdió la fe en la Revolución?”.

F.: “Nunca”.

B.: “¿Y en Fidel?”.

F.: “Mucho menos en Fidel. En él he tenido y tengo una fe absoluta. Esperaba”.

¿Qué se requiere para ofrecer esas respuestas? ¿Autoengaño, precaución, miedo? ¿Una conducta modelada por años de autoritarismo? ¿Es acaso un ritual consagrado por la costumbre o la necesidad de contar con un ente tutelar? ¿Existe algo así como la necesidad de confiar? ¿Se trata de las reglas no escritas que trazan límites de lo que se puede y no decir, y que si se trasgreden uno se convierte en enemigo y por ello resulta anatemizado, perseguido?

Quizá hay algo de todo ello. Y recuerda al México aquel en el cual los errores y “desviaciones” eran invariablemente producto de los colaboradores incompetentes del señor presidente ya que él no sólo era la última instancia de apelación sino la fuente de la verdad y la virtud. Una estructura jerárquica en cuyo vértice se encontraba una entidad intocable, el jefe del Estado.

En el mismo libro se puede leer otra entrevista, ahora con Guido García Inclán realizada en La Habana en 1981. El entrevistado nació en 1905 y era un periodista radial que empezó su trayectoria desde 1932, mucho antes de la Revolución. Pero a decir del entrevistador unas palabras de García Inclán se hicieron famosas porque expresaban una verdad superior: “Deja que se entere Fidel”, pues “estaba convencido de que el jefe de la Revolución cuando conociera algo mal hecho enseguida tomaría las medidas adecuadas para resolver la situación”.

Dos estampas mínimas pero elocuentes. Son parte de las fórmulas para sobrevivir dentro de un régimen vertical que encumbra a un líder inmaculado que expresa todos los valores y que enunciar siquiera una duda al respecto coloca al responsable fuera de la constelación dominante o peor aún en el ostracismo.

Cuando el subsecretario de Salud, el Dr. Hugo López-Gatell, normalmente serio, informado, nos ilustró diciendo que ante la expansión del coronavirus nuestro presidente era “una fuerza moral y no de contagio”, recordé aquellas viejas entrevistas. Y no ha sido el único. No podía serlo. Hay quien ha convertido al presidente en un gran científico, en un santo, quien ha visto en él la “energía de un corredor keniano” y quien afirma que “con serenidad, claridad y firmeza guía a la nación”.

Lo cierto es que no resulta novedoso. Kim Il-sung era “el gran líder, patriota sin par, héroe nacional”, su historia era “un faro, una fuerza invencible que ilumina el camino de la victoria”. Franco, para sus apologistas, fue “Caudillo por la gracia de Dios”, “encarnación de la patria”, “nuestro padre” y “él era España y España era Franco”. Stalin fue el “padre de los pueblos”, “el jefe más grande de todos los tiempos y todas las naciones”, “el amo de nuestros corazones”.

No hay que ser demasiado sagaz para entender que autoritarismo (o dictadura o peor aún totalitarismo) y culto al líder son una mancuerna inseparable.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.