Cuando se habla de petróleo, por razones evidentes, una parte de Medio Oriente es indisociable del mundo entero. Conforme avanza la actual crisis petrolera, más allá de su correlación con la pandemia provocada por la Covid-19, los diagnósticos alrededor de la reducción de precios y el aumento de producción anunciada por el reino saudí tras su encuentro con Rusia han incorporado prácticamente todos los elementos posibles. Todos, salvo los que piden acercarse a algunas particularidades contemporáneas de Arabia Saudita: la anulación de los códigos políticos con los que se relacionaron el planeta y el país más grande de la península arábiga.

Los sauditas o Arabia Saudita se transformaron en un genérico que quiere darle identidad a un jugador con demasiado peso en la OPEP. Un ejercicio paralelo a interpretar las acciones de lo que se llega a entender como “los árabes”, sin profundizar en las características de lo árabe.

Cierta dualidad, adecuada y eficiente en términos de realidad, ha llevado a pensar la incertidumbre petrolera desde la pandemia originada en China, a la disputa entre Moscú y Riad o, a distintas variables sujetas a una dosis de normalidad cuando lo normal, si es posible definirlo, no se encuentra en el escenario saudita de nuestros días. En el campo político de la debacle se pronuncia un nombre: Abu Rasasa —el padre de la bala—, como se le conoce a Mohamed Bin Salman, cabeza de facto del reino saudí. El apelativo sigue la tradición árabe de darle a un padre el prefijo de su paternidad, seguido por el nombre de su hijo. Rasasa, la bala, en referencia a la que envió dentro de un sobre para presionar a su contraparte en un negocio.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Incluso en Medio Oriente, con todo y su disfuncionalidad, los códigos políticos habían permitido cierto grado de entendimiento racional en el que, cada tanto, se admitió la existencia de elementos irracionales. El autoritarismo endémico, la excentricidad frívola y criminal de líderes variopintos. Como en cualquier otra región, la vida pública se desarrolla con estos códigos y a su pesar, en simultáneo. Desde ellos se establecen los límites de la negociación, los avances entre las partes y, al referirnos al petróleo saudí, los involucrados son la amplitud de naciones.

Para entender distintos fenómenos desde sus causas hasta sus alcances, hemos intentado administrar un equilibrio que busca darle sentido a los tableros de juego, ya sean políticos, económicos o bélicos. Si bien a una crisis de consecuencias prácticas como lo es la petrolera, es natural diseccionarla desde sus causas similares, la mayoría de los análisis han prescindido de la necesidad por comprender qué de la postura saudita tiene relación con condiciones de apariencia intangible. Se ha hablado o escrito en términos de Estado cuando en Arabia Saudita no existen de manera equivalente a los de otros lugares. Hoy, quizá más que nunca, hablar del reino saudí no permite hacerlo de un país sino de un solo hombre, producto simultáneo de los vicios locales y resultado de las conveniencias de Occidente en Medio Oriente.

En todos los términos, aquella abstracción que parecía ser Arabia Saudita resulta bastante concreta. Es el príncipe heredero a la corona, también llamado en medios occidentales por sus siglas: MBS. Cuando se menciona al petróleo saudí se está hablando de él. Hablar sobre el ejercito saudí y su incursión en Yemen, es hacerlo de él. Cuando se habla de la política exterior saudita ocurre de igual forma. La disputa entre Rusia y Arabia Saudita fue una confrontación entre Moscú y Abu Rasasa.

Presidente del Alto Consejo de Aramco, la compañía petrolera joya de la corona, MBS también es ministro de Defensa, primer representante del Consejo de Ministros y presidente de la junta de industrias militares.

Las razones de su popularidad entre los más jóvenes incluyen la modificación, tanto positiva como escénica, de algunas normas sociales; el entusiasmo alrededor de NEOM, un proyecto que comprende la modernización casi futurista del reino y se viste con una propuesta celebrada por ciertos sectores, en especial en Occidente, para reducir la dependencia de la economía saudita del petróleo —sectores más bienintencionados que objetivos—.

La figura de MBS es paralela a la de otros liderazgos políticos que recientemente han surgido o se han exacerbado en distintos países. Obedece a fenómenos profundos como los que permitieron la construcción política de Donald Trump en Estados Unidos, algunos discursos rondando a Bernie Sanders o, los alcances de Boris Johnson y Nigel Farange en el Reino Unido. Un claro rechazo a sistemas que, o no dieron lo que se esperaba de ellos o se les exigió algo para lo que no estaban diseñados. La sobreinstrumentación política de verdades análogas, la sensación de no futuro en una generación de jóvenes, la imposibilidad de estructuras tradicionales por generar empatía, la renuncia al pudor político desde el que algunas acciones eran permisibles o no. Es decir, la metamorfosis de los códigos políticos que escribí líneas atrás. Lo anterior, al situarlo en una versión saudí, se encarna en las múltiples caras del príncipe heredero.

Su propio asenso al poder ayuda a entender la naturaleza, en código saudita, de la acción posterior al fallido encuentro con Rusia y los escenarios a los que, en medio de la revuelta, se enfrenta el propio MBS.

Nieto del Abdulaziz Ibn Saud, fundador del reino, es hijo de la tercera esposa del rey Salmán, actual monarca. MBS, favorito de su padre quien llegó al poder en 2015 tras la muerte de su hermano el rey Abdullah, fue bloqueado por su tío cuando Salmán gobernó Riad. Con la muerte de otros hijos del rey fundador, el arribo de Salmán sucedió por descarte y al ocupar la corona, apuntó a su medio hermano, el príncipe Muqrin, para continuarle en la línea de sucesión.

Desde 1923, lo que parecería materia de prensa rosa ejemplifica la estructura de la política saudí. Una serie de monarcas que, luego del descubrimiento de petróleo en 1938, inauguraron su codependencia con Estados Unidos. Al reunirse Roosevelt y el rey Abdulaziz en 1945, Arabia Saudita le aseguró a Washington el acceso a las reservas del reino y éste, garantizó ser un buen cliente de armas, así como los recursos con los que una gigantesca red de familias, luego clanes y tribus, instituyeron un proto-Estado bajo el amparo de una escuela de jurisprudencia religiosa, el wahabismo.

Aquella vertiente conservadora del islam suní sirvió para construir identidad estatal donde no la contemplaban las estructuras tribales. Mientras los recursos petroleros alimentaban la fortuna de la familia Saud, también se derramaron sobre otros niveles del reino. Dicha cascada compró una especie de inmunidad que protegía los desplantes de la casa real.

Desde cierta perspectiva local, cuando el precio del crudo bajó de los cien dólares por barril en el marco de las Primaveras Árabes y con el fortalecimiento del Daesh, el modelo que venía operando por casi un siglo necesitaba modificarse: los fondos no alcanzarían para mayor continuidad.

MBS, quien ha diferencia de sus hermanos había estudiado en Riad, se vendió como uno más de la población y mostró una buena lectura de las preocupaciones de su generación. En un país donde el 70 % de los habitantes rondan los treinta años, plantear la reducción de la dependencia petrolera que ya empezaba a dar menos réditos cobró sentido. La cascada se había reducido. Apenas entronó su padre, logró se emitiera un decreto que abolió una serie de órganos gubernamentales sustituyéndolos con dos consejos de apariencia horizontal. Muchos celebraron la menor verticalidad, los mismos que se equivocaron. No ha existido mayor verticalidad en todas las décadas del reino como en la actual.

MBS cultivó una cercanía singular con su padre; la utilizó para remover al príncipe Muqrin de la línea sucesora, tal y como lo hizo con su reemplazo y primo, el príncipe Mohammed. Ambos detenidos por segunda ocasión, dos días antes de iniciar con Rusia la guerra de precios de petróleo.

La designación de Abu Rasasa como príncipe heredero no está exenta de melodrama. Secuestró a su madre para distanciarla del rey Salmán y evitar que se interpusiera en su camino. Más tarde secuestró al primer ministro libanés.

El sustento popular de MBS depende de tres elementos que se encierran en su Visión 2030 de Arabia Saudita: las reformas sociales como permitir a las mujeres conducir automóviles que, aunque dan la impresión de representar un avance entre la barbarie, no reducen una sola más de las condiciones de disparidad que sostienen las mujeres en la península; la esperanzadora pero ingenua promesa de nuevas formas de ingreso que sustituyan el petróleo; una apuesta por la tecnología que lo llevó a invertir y ser apreciado entre los grandes capitales de Silicon Valley, como a prometer una ciudad futurista con robots y escuelas atendidas por hologramas.

Para cubrir realidades y fantasías, necesita del ingreso petrolero que también pagaría la temporal anuencia de las alas más conservadoras del wahabismo.

El año pasado, su implicación en el asesinato del periodista Jamal Khashoggi evidenció sus alcances y el fuero que conserva con el mundo occidental. Simplemente se dejó pasar, con todo y el escándalo internacional posterior al asesinato. Las detenciones recientes tampoco son gratuitas en este escenario. Se trataron de una exhibición de fuerza contra la posible oposición a su manera de conducir el reino, sobre todo en asuntos económicos. Como castigó a Khashoggi, castigó a su familia y castigó a los rusos sometiéndose a una crisis autoinfligida.

Una gran falla ha escapado de Abu Rasasa. Sin éxito en su plan para erradicar la influencia de Irán en la región, depende demasiado de los recursos minados por él mismo en un desplante que buscó imponer su poder antes que su estabilidad.

Éste es el personaje que ignora todo código político y relación de consecuencias.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.