Ishikawa Takuboku, el escritor japonés fallecido apenas cuando su juventud comenzaba a tomar realidad, aconsejaba escribir solamente sobre aquello que no podemos olvidar. Sin embargo —como lo afirma Roland Jaccard en su libro Cioran y compañía—, Takuboku se consideraba un viejo prematuro y un egoísta perezoso, de manera que su muerte a los 27 años podría, desde la subjetividad o el espíritu de la intimidad, considerarse tardía. ¿Quién es capaz de dar un juicio moral acerca de la gravedad de los años que acumula otra persona? Si yo decidiera escribir solamente acerca de aquello que no he podido olvidar quedaría absolutamente aniquilado; y no porque se trate de recuerdos extraordinarios o dignos de ser narrados, sino por el contrario: son detalles perturbadores que decido ignorar aun cuando me acompañen a donde quiera que yo camine. Kant aconsejaba que si a uno le aquejaba alguna dolencia física lo más sensato era ignorarla y concentrarse en otra parte del cuerpo (La vida sexual de Immanuel Kant, de Jean-Baptiste Botul). ¿Es tal consejo una ingenuidad? Posiblemente, aunque a mí me ha resultado, en ciertos casos, una manera efectiva de distraer los malestares físicos. Ahora bien, los recuerdos perturbadores jamás se marchan y no hay forma de exiliarlos; y si utilizara la escritura para referirme a ellos sólo conseguiría atizar su presencia. ¿Cómo voy a relatar la impresión que, al cursar quinto año de primaria, me causaban los ataques epilépticos de mi compañero de banca, un niño de nombre Rolando? Observarlo en el piso dando vuelcos y atormentado por su enfermedad, mientras Anita, su hermana, le daba los primeros auxilios, acostumbrada y algo hastiada de aquellas agitaciones.

Ilustración: Sergio Bordón

Tampoco he logrado olvidar a mi amigo Édgar Celis, cuya amistad me fue tan importante en el sexto año de primaria cuando mi familia vivía en casa de mi abuela paterna en la colonia Portales. A pesar de nuestros fuertes lazos, Édgar prescindía de invitarme a su casa hasta que, una tarde después de clases, me decidí a seguirlo y así descubrir dónde vivía el misterioso amigo. Lo hice y después de andar cerca de diez cuadras lo vi entrar a un terreno sin cerca y entrometerse a un cuarto de ladrillos cuya única puerta consistía solamente en una delgada cortina. En el “patio” o terreno de su vivienda se alzaba un lavadero rodeado de ollas y unas hornillas cubiertas por un alero de asbesto. Comprendí entonces que Édgar no me invitaba a su casa porque le apenaba su pobreza y el hecho de vivir con su madre, soltera, que trabajaba lavando ropa en las vecindades. Volví a casa estupefacto y avergonzado de mi curiosidad e impertinencia. Desde entonces, y luego de aquella indagación furtiva, nuestra relación se modificó pues cada vez que nos encontrábamos llegaba a mi mente el recuerdo de su vivienda, de su mirada tristona, de su semblante serio. ¿Qué había cambiado en mí? No lo sé. Y todavía hoy, casi medio siglo después, no puedo olvidar nuestra amistad ni mucho menos la miseria de su entorno. Los filósofos morales que concuerdan con la teoría emotivista creen que nuestros juicios éticos no dependen de la coherencia de los enunciados ni de las condiciones necesarias para que estos juicios puedan considerarse verdaderos. Los emotivistas aluden al sentimiento más que a la descripción racional cuando le exigen a la ética que les ayude a comprender el mundo. Y yo, en aquel entonces, no poseía juicios razonables, sino sentimientos primitivos y emociones irrebatibles; de modo que el pasaje que recién he descrito me marcó emocionalmente hasta el extremo de que, hoy en día, no he logrado expulsar aquella sensación de malestar y piedad anidada en mi mente. ¿Cómo voy a escribir con detalle al respecto si lo que deseo es olvidar lo inolvidable?

En aquella misma época, frente a la casa de mi abuela, se alzaba una modesta pulquería, atiborrada a toda hora de su clientela habitual. Cierto día, en una tarde de asueto, a mis ocho o nueve años, atravesé la avenida que me separaba de aquel establecimiento y permanecí varios minutos observando a un hombre que, tirado en el piso e inconsciente luego de beber toneladas de aguamiel, se hallaba rodeado de moscas que se alimentaban de su bemba dulzona, mientras una cucaracha se movía sin prisa atravesando sus crenchas secas. La imagen de este borracho me intimidó de tal manera que su figura apareció en mis sueños de niño con una recurrencia exasperante. Hasta hoy no he podido olvidar su imagen ni la penuria que emanaba su bragado salvaje. No seguiré el consejo del poeta Takuboku y sólo escribiré sobre aquello que sea yo capaz de olvidar al día siguiente. Los escritores de ficción no somos, de ningún modo, tan valientes como los poetas.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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