No puedo volver a leer mis libros, porque me hieren de verdad, o tal vez sea porque me parezco demasiado a mi escritura seca, negativa, desesperanzada.
Agota Kristof

Agota Kristof es una escritora que al mismo tiempo me deslumbra y me duele. Quizá por eso se me ha vuelto una obsesión. Busco ediciones de sus libros, entrevistas, comentarios. Vuelvo a sus textos con la insidia irreprimible con que de chica me arrancaba las costras de las pequeñas heridas que me hacía sin querer. Aprendí entonces que no hay cicatrización posible, sólo se puede escarbar en el dolor. Empiezo escarbando en La analfabeta;1 once capítulos breves para un libro que va de la dulzura a la brutalidad y viceversa, en un recorrido por la memoria de la infancia y el exilio. El frío, el hambre, la pobreza acompañan a Kristof (Csikvánd, Hungría, 30 de octubre de 1935-Neuchâtel, Suiza, 27 de julio de 2011) durante toda la vida. Pero la niñez tenía la tibieza de la familia, del cariño, aunque a veces tuviera que quedarse sin ir a la escuela porque no tenía zapatos, hundidos todos en la miseria de la posguerra y el feroz estalinismo.

La primera frase del libro es una sola palabra. Un verbo: “Leo”. “Es como una enfermedad —continúa—. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos (…) Cualquier cosa impresa. Tengo cuatro años”.

Motivo de orgullo para el abuelo que la presume a sus amigos, y también para sí misma, esta “enfermedad de la lectura”, como la llama varias veces, será también motivo de reproches por no estar haciendo “nada”.

El amor por leer más la pasión por contar historias la van guiando hacia la escritura. Ésta es la que le permitirá soportar el dolor “cuando el hilo de plata de la infancia se haya quebrado”, cuando esté lejos de su familia, en un internado para adolescentes pobres. Por las noches, con el llanto que la acompaña, van naciendo frases. “Dan vueltas a mi alrededor, cuchichean, adquieren un ritmo, riman, cantan, se convierten en poemas”.

Ilustraciones: Daniela Martín del Campo

Lo más interesante de la escritura de Kristof es el modo en que teje lo íntimo con lo social y político. Con pinceladas rápidas la realidad es siempre el marco de sus historias: “Años cincuenta. Exceptuando algunos privilegiados, en nuestro país todo el mundo es pobre. Algunos son incluso más pobres que otros”. El frío y el hambre son permanentes en el internado y fuera de éste. Encarcelan al padre, la madre apenas gana lo suficiente empaquetando veneno para ratas.

Las tropas soviéticas aplastan la Revolución húngara de 1956 y se agudiza esta situación de miseria, represión e incertidumbre, que se completa con la imposición del ruso como única lengua permitida. “… la Unión Soviética no sólo ha impedido el desarrollo económico de estos países, sino que también ha intentado ahogar su cultura y su identidad nacionales”.

Agota Kristof escapa de Hungría a los veintiún años, con su marido y una bebé de cuatro meses. Llevan dos bolsas: una con pañales y cosas de la niña, y otra con diccionarios. Cruzan con otros compañeros por el bosque, pasan frío, hambre, miedo y llegan a Viena como refugiados. Es Suiza el país que finalmente los acepta. Allí la esperan el tedio y la monotonía de la vida de obrera en una fábrica de relojes, y un idioma nuevo que la hace sentir a la intemperie: sola, incomunicada, aislada.

Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en una analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años.

(…)

No he escogido esta lengua. Me ha sido impuesta por el destino, por la suerte, por las circunstancias.

Estoy obligada a escribir en francés, es un desafío.

El desafío de una analfabeta.

Una fábrica de relojes. Parece un mal chiste. El paso del tiempo marcado en un sitio donde no parece transcurrir. Pero el silencio le permite crear historias y poemas dentro de sí que después vuelca al papel. En húngaro. Le resulta casi imposible comunicarse con el mundo; incluso con su propia hija. De a poco va conociendo las nuevas palabras, aunque nunca serán las propias. Nunca le darán raíces.

Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo, ese día, ese día de finales de noviembre del año 1956, perdí definitivamente mi pertenencia a un pueblo.

Cuando se permita, finalmente, adoptar esa otra lengua, volverá a la lectura y a la escritura. Escribirá obras de teatro, guiones de radio, algunos cuentos, pero tardará casi treinta años en decidirse a escribir una novela. El gran cuaderno se publicará en 1986 y la transformará inmediatamente en una autora de enorme éxito. A ésta seguirán La prueba y La tercera mentira.2

Es una trilogía dura, casi imposible de leer. Pero, al mismo tiempo, quizá no haya mejor libro sobre el horror.

“Kristof pronuncia el horror del mundo, la tragedia de la existencia y la ferocidad del ser humano. Y en eso, hasta donde logro entender, es la mejor. No hay nadie como ella”, escribe Alessandro Baricco.3

Dos textos reconoce como abiertamente autobiográficos. En primer lugar La analfabeta, que lleva como subtítulo precisamente Relato autobiográfico. Es un libro dulce y terrible a la vez del que ella renegó siempre.

Me equivoqué al publicar esos textos. Es una recopilación de narraciones que, hace años, mandaba a una revista en alemán de Zúrich. No tienen ningún valor. Son redacciones escolares.4

Y el segundo es Ayer,5 la historia de Tobías Horvath (Sandor Lester), un obrero húngaro exiliado, y su perturbadora relación con una mujer de la que se enamora cuando ambos son niños. Quizás sea el texto más poético de Kristof, un relato sobre el exilio, la soledad, los claroscuros del amor, pero duro y descarnado como sólo ella puede escribirlo. Por eso le molestó tanto la versión cinematográfica que hizo en 2002 el italiano Silvio Soldini: “Se la cargó. Le cambió el final porque decía que la gente no podía salir desanimada del cine”.6

 

¿Qué es El gran cuaderno, la más reconocida de las novelas de Kristof? Un gran fresco sobre el espanto de la guerra; un relato implacable, preciso, cruel. O, para decirlo con la conocida frase de Kafka, un libro que “corta y pincha”, que se transforma en el “hacha que rompe el mar helado que hay dentro de nosotros”.

En él, la autora habla de la infancia como de un espacio de sabiduría: la sabiduría instintiva del que aprende a sobrevivir a las peores realidades. Se trata de una historia de dureza para seguir escarbando en las heridas que no cicatrizarán jamás. Las de la guerra, la orfandad, la violencia sexual, la pobreza, el hambre.

Los gemelos Claus y Lucas son llevados por su madre al campo, a la casa de la abuela, para protegerlos del infierno bélico, sin imaginar que estaba dejándolos en un infierno quizás peor que aquél. En la casa de esa mujer cruel que es la abuela comenzarán a vivir su propia bildungsroman.

La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre.
Nosotros la llamamos abuela.
La gente la llama la Bruja.
Ella nos llama “hijos de perra”.

Como escribe Chantal Maillard, es un tratado de ética, “pero no al uso”. Sus niños tienen no la “inocencia” (mal) entendida como ausencia de maldad, sino la inocencia como “ese estado que se sitúa más allá del bien y del mal porque es anterior a toda moral”.7 Y esta idea será clave para adentrarse en la obra.

Claus y Lucas se entrenan en la resistencia a los dolores físicos y afectivos, con rigor, con dureza. Hacen ejercicios de “endurecimiento del cuerpo”, en los que se golpean hasta sangrar o ayunan hasta la alucinación o se quedan quietos sin moverse durante largas horas. Hacen otros llamados de “endurecimiento del espíritu”, en los cuales se insultan hasta lograr no reaccionar, o se dicen palabras amorosas que recuerdan a las que les decía su madre, consiguiendo finalmente no emocionarse con ellas; piden limosna —para ver qué se siente—, juegan con huesos de muertos queridos, saquean cadáveres, negocian por igual con soldados “amigos” que con “enemigos”, aunque la diferencia entre unos y otros no sea clara ni para ellos ni para los lectores. Los alemanes, los soviéticos, ¿qué importa quién ejerce la violencia si siempre implica muerte, violaciones, carencias?

Llegan al pueblo con un baúl con sábanas y mantas que la abuela pronto venderá, y con una maleta cada uno con la ropa que usarán hasta que esté hecha jirones. “¡Camisas blancas y zapatitos de charol! ¡Ya os enseñaré yo a vivir, ya veréis!”, les dice la abuela al recibirlos.

Llevan además, al igual que Kristof en su huida de Hungría, un diccionario. Con él, más la Biblia que encuentran en el desván de su nueva casa, se preocuparán por continuar estudiando. “Damos lecciones de ortografía, de redacción, de lectura, de cálculo mental, de matemáticas, y hacemos ejercicios de memoria”.

La mirada “amoral” de los gemelos se traduce en el texto en un lenguaje sobrio, directo, punzante, carente de adjetivos. Es un lenguaje que también va más allá del bien y del mal. Como si la propia escritora se hubiera entrenado, al igual que sus personajes, física y espiritualmente, para sentir lo menos posible aquello que la ha lastimado de modo profundo. Y sin embargo reconoce: “Escribir es suicida. Nos pone en un estado depresivo, hasta el punto de que sólo pensamos en ello”.8

La escritura de El gran cuaderno se hace desde la primera persona del plural. La “no soledad” hace posible la sobrevivencia. “Más allá del bien y del mal”, dice Maillard; más allá de la vida y la muerte podríamos decir también. Por eso podrán rearmar los esqueletos de la madre y de la hermanita, como demiurgos o dioses en que la distancia afectiva se roza con la perversión.

Desde ese “nosotros” indisoluble construyen su papel de testigos: observan, actúan, relatan. Todo lo que viven queda registrado en el “cuaderno de las redacciones”. Se ponen mutuamente tareas de escritura y las califican con “bien” o “mal”. “Si es ‘mal’ echamos la redacción al fuego e intentamos tratar el mismo tema en la lección siguiente. Si es ‘bien’, podemos copiar la redacción en el cuaderno grande”.

La descripción de este ejercicio —que tiene en mí resonancias de los “dos cuadernos” de José García, en esa excepcional novela que es El libro vacío, de Josefina Vicens—, pone en escena una reflexión metaliteraria que corresponde a la vez a los gemelos narradores y a la autora, y explica la búsqueda estética del libro. Es también la base de todo relato testimonial:

Para decir si algo está “bien” o “mal”, tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. (…) Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos”.

De este modo, el lenguaje con el que los gemelos buscan superar “todo lo que duele”, se convierte en un estilete que punza la conciencia de quienes leemos esta genial novela por la cual Agota Kristof recibiera, entre otros premios, el Alberto Moravia en Italia, el Gottfried Keller y el Friedrich Schiller en Suiza, así como el Austríaco de Literatura Europea.

El final de El gran cuaderno anticipa la obra siguiente, La prueba, publicada en 1988; después vendrá La tercera mentira, de 1992. Si bien, en términos generales pueden ser leídas como una continuación de la historia de Claus y Lucas, cada una presenta una voz narrativa diferente. En el caso de La prueba, Claus ha logrado cruzar la frontera y huir del país; Lucas —tal como ellos lo han acordado— regresa a la casa de la abuela. El relato ya no se cuenta desde el “nosotros” de los hermanos inseparables, sino desde un narrador en tercera persona. Ese “nosotros” se ha perdido y con él la certeza de lo que estamos leyendo. La prueba y La tercera mentira ponen en cuestión la veracidad de la primera novela. Sin alcanzar tal vez la maestría de El gran cuaderno, su lectura no deja de ser inquietante. Quizás porque una de las mayores turbaciones para los lectores surge de la sospecha de falsedad con respecto a lo que se nos cuenta. (No importa que nos hayamos formado con la modernidad y la posmodernidad literarias —del Quijote a Thomas Bernhardt—, me parece que seguimos teniendo siempre un crédulo corazoncito decimonónico; un corazón a lo Madame Bovary.) Si nada ha sido como lo hemos leído, ¿cómo saber que lo que leemos ahora sí es “verdad”? ¿Cuál es el pacto de lectura que la autora nos está proponiendo? “En lo que concierne al contenido del texto, sólo puede tratarse de una ficción…”, dice el narrador de La prueba. La tercera mentira le da una vuelta de tuerca más a la historia inicial. ¿Quiénes son Claus (Klaus) y Lucas? ¿Quiénes fueron? ¿Quién es quién en esta historia? ¿Quién la vivió? ¿Quién la cuenta? Hablan nuevamente los gemelos, pero ya no como un todo inseparable: ahora son dos voces en primera persona del singular.

La trilogía cierra, sin duda, un ciclo en la escritura de Kristof. Después vendrá Ayer, y más adelante la publicación de algunos cuentos en el libro No importa.9

¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera dejado mi país? Más dura, más pobre, pero también menos solitaria, menos rota; quizá feliz. De lo que sí estoy segura es que hubiera escrito lo que fuera en cualquier lengua (La analfabeta).

Escribió Giorgio Manganelli sobre la prosa de Kristof: “Di perfetta, innaturale secchezza (…) ha l’andatura di una marionetta omicida”.10

A mí, esa marioneta homicida se me ha vuelto una obsesión. Vuelvo a sus textos con la insidia —“quizá feliz”— con la que de chica me arrancaba las costras.

 

Sandra Lorenzano
Escritora. Su novela más reciente es El día que no fue (Alfaguara, 2019). Investigadora de la UDIR, UNAM y coordinadora del proyecto “Cultura y migración” (UNAM-Universidad Autónoma de Madrid)