Hay una ecuación de segundo grado en la parte alta del pizarrón. El profesor pide que algunos estudiantes pasen al frente y hagan paso a paso el proceso matemático para encontrar la solución. Primero pasa un estudiante: se para frente al pizarrón, toma un momento para pensar y, cuando se siente listo, se lanza al pizarrón y completa correctamente el paso indicado. Luego, otro alumno hace un proceso similar al de su compañero. Por último, una alumna. Ella, igual que sus compañeros, se detiene frente al pizarrón para analizar lo que debe hacer, sin embargo, cuando aún no ha transcurrido ni la mitad del tiempo de quienes la antecedieron, el profesor exclama: “¡Ay, las mujeres siempre tan tardadas!”. Ese comentario provoca que ella se apresure en su respuesta. La estudiante se enreda en el problema y, con la presión de las risas resonando a sus espaldas, no logra concluir con éxito la tarea que le encomendaron. El profesor le pide a un estudiante que pase al frente a “arreglar” lo que su compañera no pudo resolver.1

Esto es parte de lo que sucede en las aulas. La educación que recibimos las mujeres está construida con mensajes que sentencian que las oportunidades de aprendizaje no son las mismas para nosotras:las diferencias de género se vuelven jerarquías para el aprendizaje.

Ilustración: Kathia Recio

Esta idea no es nueva. En el siglo XVIII, cuando Rousseau escribió Emilio, o De la Educación, dedicó la quinta sección a la educación de las mujeres: “Justificad siempre las tareas que impongáis a las niñas, pero imponérselas continuamente… Es preciso acostumbrarlas a la sujeción cuanto antes, con el fin de que nunca les sea violenta; a resistir todos sus caprichos, para sujetarlos a las voluntades ajenas… desde muy temprano debe aprender a padecer hasta la injusticia y a soportar los agravios de su marido sin quejarse; debe ser flexible, y no por él, sino por ella”.2 Para el ilustrado Rousseau, la educación de las mujeres se entendía como una órbita alrededor de la centralidad de los varones.

Por fortuna, muchas cosas han cambiado desde Emilio. En los últimos veinte años, según The Global Gender Gap Report (WEF, 2020), México ha cerrado casi por completo la brecha de género en acceso a la educación primaria y secundaria. Sin embargo, esto no significa igualdad en las oportunidades educativas. No es suficiente el acceso igualitario de niñas y niños. En la escuela, además de aprendizajes y conocimientos, se reproduce y transmite un conjunto de valores, creencias y actitudes que refleja la ética pública vigente en nuestra sociedad. Esta ética, construida mediante libros de texto, materiales, infraestructura, currículo y formación docente, nos dice que hombres y mujeres no somos iguales y, por lo tanto, no tenemos las mismas oportunidades para aprender.

Esta desigualdad es visible en los salones de clase. En la escuela, históricamente, la figura central ha sido la masculina. En el aula, maestras y maestros, muchas veces sin proponérselo, guían a la niñez en los roles asignados dependiendo de su sexo porque están inmersos en este modelo hegemónico patriarcal y hacen una valoración más positiva de lo masculino frente a lo femenino.3 Así, la paridad de género en la matrícula no representa, en automático, la existencia de ambientes propicios para el aprendizaje de todos.

Hay distintas teorías sobre cómo los supuestos asociados al género pueden profundizar o disminuir brechas de oportunidades de aprendizaje. Una de ellas es la Amenaza del Estereotipo, una situación en donde el desempeño del estudiante es bueno porque las y los docentes esperan que lo sea. Por ejemplo, las mujeres son mejores en lectura y comunicación; los varones son mejores en matemáticas.4

Las prácticas de empoderamiento al estudiantado, que ocurren con muy baja frecuencia, otorgan a las niñas y las jóvenes acciones relacionadas con ser auxiliares o cuidadoras de las actividades de clase. Esto se aleja de la idea de elección de tareas, de impulsar la confianza en sí mismas y de asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje. En cuanto al lenguaje utilizado en las aulas, asociado al reflejo y reproducción de las expectativas hacia los estudiantes, enfrentamos grandes retos: deconstruir estereotipos de género; modificar las formas de expresión que sobrevaloran lo masculino a costa de lo femenino; que las y los docentes transmitan mensajes explícitos sobre la igualdad de los géneros e intercalar el femenino genérico. Sin embargo, esto no siempre sucede. En el bachillerato, esto se logra únicamente en el 5 % de las clases con docentes hombres.5

Desde otra perspectiva, algunas investigaciones6 han resaltado cómo, en el ámbito escolar, los estudiantes (niños y adolescentes) perturban y denigran a las niñas a través de lenguaje sexualmente abusivo o de acoso físico (levantan sus faldas, golpean sus senos, etcétera). Estas acciones generalmente son descartadas por docentes y directivos bajo el argumento de “juegos” o “bromas”, lo que invalida y subestima las experiencias de violencia hacia las niñas y adolescentes. Así, los varones aprenden desde la escuela que no hay problema ni castigo por violentar a una mujer.

En lo educativo, la desigualdad de oportunidades no queda encapsulada en el salón de clases. A nivel primaria, sólo 36 % de los docentes son varones. Pero este porcentaje aumenta conforme se avanza en la jerarquía: casi 55 % de los puestos directivos y 61 % de las supervisiones escolares están ocupados por hombres.7 La historia no es distinta en la educación superior, donde sólo 14 % de las posiciones de poder en las universidades (rectoría, secretaría o abogada general) las obtienen mujeres.8

Ocurre lo mismo con la titularidad de las secretarías e institutos de educación en los estados: sólo 25 % de quienes encabezan esa responsabilidad son mujeres. Además, ellas permanecen menos tiempo en el cargo que los hombres (2.8 y 3.6 años, respectivamente).9 La Secretaría de Educación Pública también ha reproducido esta centralidad masculina. Desde su creación, hace casi cien años, y con 42 titulares en su historia, sólo una mujer ha sido responsable de esta dependencia en el nivel federal.

En México, el género predetermina las formas de vida y los logros a alcanzar. Negar la desigualdad de oportunidades educativas por causas de género solamente magnifica el problema. Si bien estas desigualdades son atribuibles a la sociedad en su conjunto —y no exclusivamente a la escuela—, les corresponde al sistema educativo y a la escuela combatir las prácticas violentas y la inequidad en las oportunidades de aprendizaje.

La violencia de género en México exige que las instituciones dejen su “neutralidad”, que a veces raya en complicidad por omisión. Las mujeres demandamos una transformación social profunda. Una revolución en las distintas áreas de la vida para garantizar nuestros derechos y oportunidades de vida, de seguir con vida. Pensar que esta transformación puede lograrse sin el involucramiento comprometido del sistema educativo y de la escuela (en todos sus niveles) es un grave error. La escuela debe ser un motor de igualdad de oportunidades.

Es preciso que la lucha por la igualdad de género ocurra desde el sistema educativo y no sólo a partir de la transformación individual. Necesitamos un enfoque sostenido para identificar (porque las hay) formas innovadoras hacia el cambio y aprender de los docentes hacia reformas —en el ámbito local, regional y nacional— que garanticen oportunidades educativas que sean significativas para los géneros. Aquí algunas propuestas:

• Analizar y replantear el papel de la mujer en los libros de texto, materiales educativos y en el currículo, en camino hacia una nueva etapa en donde la figura masculina no tenga, por hegemonía, la centralidad.

• Impulsar la formación docente para sensibilizar sobre las cosas que suceden en el aula y que podrían reforzar y reproducir estereotipos: acercarles estrategias para una educación incluyente y con igualdad de oportunidades para todos los géneros.

• Revisar las normas y reglamentos escolares que limitan o restringen las libertades de acuerdo con el género: los uniformes escolares, las conductas esperadas, etcétera.

• La igualdad también se percibe en las instalaciones educativas: revisar y diagnosticar los elementos de infraestructura, sobre todo en los sanitarios, que pueden generar espacios de exclusión o riesgo para las mujeres.

• Incentivar el desarrollo de la investigación educativa en temas de género y violencia en el sistema educativo. Así como la evaluación de las políticas públicas existentes que, entre sus objetivos, plantean intervenir en estos temas.

• Revisar la capacitación de formadores (una promesa que lleva mucho tiempo en el tintero) desde una perspectiva que desactive los estereotipos asociados al aprendizaje.

• Hablar de feminismos y masculinidades. En las aulas, sobre todo en la educación superior y en el sistema educativo mismo, analicemos el conjunto de actitudes y creencias que están relacionadas con la violencia hacia las mujeres y que, desde la escuela, podríamos desactivar.

• Diseñar y promover políticas que respalden la incorporación de las mujeres a puestos directivos (figuras directivas en las escuelas de la educación obligatoria, pero también de educación superior en escuelas normales y universidades), que van más allá del establecimiento de las cuotas de género para el ingreso. Se trata de políticas para respaldar el cuidado de hijas, hijos y adultos mayores.

En suma, si analizamos el conjunto de reformas educativas de los últimos veinte años en México, algo que ha sido persistente es la invisibilidad de los problemas asociados a la violencia y las inequidades de género. Es cierto que el salón de clases puede normalizar y perpetuar las desigualdades hacia lo femenino y, con eso, sumar un elemento más a la incesable violencia que experimentamos las mujeres; pero también el salón de clases se levanta como un espacio esperanzador en donde docentes y estudiantes tienen el potencial para resistir y romper activamente con los estereotipos y formas de violencia impuestas a los géneros.

 

Ana Razo
Doctora en políticas públicas y profesora del PIPE-CIDE.


1 Práctica observada durante el desarrollo del estudio “El poder de las interacciones educativas en el aprendizaje de los jóvenes. Análisis a partir de la videograbación de la práctica docente en la Educación Media Superior”, Razo, Ana y Cabrero, Itzel; 2016.

2 Rousseau, Jean-Jacques. Emilio, Edizioni Mondadori, Italia, 1855.

3 Moreno, Emilia. “La transmisión de modelos sexistas en la escuela”. El harén pedagógico. Perspectiva de género en la organización escolar, GRAÓ, Barcelona, 2000, pp. 11-31.

4 Berekashvili, Nana. “The role of gender-biased perceptions in teacherstudent interaction”, Psychology of Language and Communication, 16.1, 2012, pp. 39-51. Ma, Xin. “Within-school gender gaps in reading, mathematics, and science literacy”, Comparative Education Review, 52.3, 2008, pp. 437-460.

5 Razo, Ana y Cabrero, Itzel. Sensibilidad de género en las prácticas docentes de la Educación Media Superior. SEMS-SEP, México, 2017.

6 Renold, Emma. “Gendered classroom experiences”. The SAGE handbook of gender and education, 2006, pp. 439-452; Clark, Margaret. The great divide: Gender in the primary school, Curriculum Corporation, 1990.

7 INEE. Panorama Educativo de México 2018. Indicadores del Sistema Educativo Nacional. Educación básica y media superior, México, 2019.

8 Foro Consultivo Científico y Tecnológico, A. C. Miradas multidisciplinarias al género y la ciencia en 2019. México, 2019.

9 Cabrero Iriberri, Itzel. Los gestores del sistema educativo en México. Tesina de la maestría en administración y políticas públicas del CIDE. México, 2013.

 

2 comentarios en “¿Qué debe cambiar en el salón de clases?

  1. Si estoy de acuerdo, pero poco a poco nosotros los docentes luchamos día a día para que haya esa propuesta que es la igualdad de género.

  2. Y porque no Que debe cambiar en eel empresariado mexicano. el problema no el salon de clase. Se trata de preguntarse como reseteeamos la mentalidad emprendedora entrecomillada y la hacemos de la colectividad y asumimos un respeto irreestricto al Estado mexicano y sus instituciones o piensan que seguiremos la misma cantaleta de los pasados 30 años. Insisto porque no se replantean los minusculos benficiarios del modelo si pueden hacer algo para replantearse Su Mentalidad.