Escuchar es obligación médica, quizás la fundamental. Para los enfermos, narrar sus dolencias es necesidad básica. Oír y hablar suma el encuentro de dos personas; el médico como recipiendario tiene la obligación de interpretar las palabras de quien acude en busca de ayuda. Narrar no cura: narrar mitiga. Hablar desde el dolor es necesario. Si hay transferencia y empatía, el miedo, las pérdidas, se confrontan desde otros ángulos. Mirar a partir del cuerpo herido avista sucesos impensables. Interpretarlos es parte del nuevo entorno. “No hay mejor maestro que la enfermedad para comprender la alegría de la vida”, expresó un enfermo mientras miraba cómo penetraban los últimos rayos de luz en su habitación del hospital, mirada que me recuerda un pasaje de otro paciente en fase de recuperación: “El tiempo más oscuro sucedió ayer; hoy la esperanza me rodea. He hablado con los míos, las palabras desnudan y curan”.

Ilustración: Kathia Recio

Escuchar es un espacio obsoleto. No ceder ante la obsolescencia es fundamental: hacerlo significa derrota; no hacerlo fortalece valores como empatía, compasión, conversar y escuchar. Sin esos atributos daremos pie a la ya cercana robotización de la medicina, donde robots bien entrenados, dueños de sabiduría computarizada, atenderán enfermos.

Ver el mundo para admirar y temer: hoteles con robots sin personal humano, cajeros por doquier sin manos para orientar, robots para tener “sexo” (pronto), robots para acompañar y cuidar ancianos, teléfonos con menús infatigables, ininterrumpibles, sin personas que respondan y así, lo que sigue: medicina suministrada por robots capacitados. Aunque negar el valor del habla no es un dogma del siglo XXI, conversar es un ejercicio en extinción. Negar la escucha a quien padece, ensombrece los derroteros “humanos” de la medicina y aparca la cura por medio del tacto, de la voz, de las miradas.

Escuchar es oficio y necesidad. Tierra y humanos son ejemplos. La Naturaleza modifica sus patrones al escuchar la lluvia, el viento, los ríos, los cánticos de aves, los rugidos. Los seres humanos manan historias, los niños cuentan las suyas, los enfermos las viven, las comparten. Buscan quién las interprete. Ejercer la escucha es tarea médica. Muchas son sus aristas. Se modifican conforme el enfermo entrega sus vivencias.

En la tradición judía es conocido el predominio de la audición sobre la visión. En el encuentro entre médico y enfermo el culmen de esa idea se expresa en la relación médico-paciente. La clínica comprende varias facetas. Escuchar, mirar y palpar son algunas. Prevalece la escucha: el ir y venir de las palabras pesa más que la mirada. Al escuchar también se mira. La suma deviene diálogo. Las palabras nunca son gratuitas. Incontables diálogos acompañan la vida de los médicos. Recuerdo a una enferma que dejó en blanco en su ficha de identificación el rubro edad. “Omitió su edad”, le dije, “A nadie le interesa escuchar lo que le sucede a una persona mayor de edad”, respondió.

Salomón Ibn Gabirol —Málaga, 1021-1058—, filósofo y poeta hispano judío, escribió:

En la búsqueda del conocimiento,
El primer paso es el silencio,
El segundo escuchar,
El tercero recordar,
El cuarto practicar,
Y el quinto,
Enseñar a otros.

Transporto las ideas de Ibn Gabirol a la clínica. Escuchar deviene primero aprendizaje y después enseñanza. Los enfermos narran; los médicos deben interpretar las palabras. En la clínica, revalorar y dimensionar el valor humano de las palabras es vital. ¿Qué significan las siguientes ideas expresadas por enfermos?:

“Ciertas vivencias no se saben y es probable que nunca se sepan”.

“¿Qué sucede?, ¿por qué siento que mi sombra me sigue?”.

“Cuando aumentan los dolores y se multiplican los miedos, la desesperanza aumenta y yo me veo y me siento tan sólo como un recuerdo de mí mismo”.

Oliver Sacks, médico y escritor, ejerció con brillantez ambos oficios. La escucha fortaleció sus escritos. En su autobiografía, On the Move. A Life, escribe: “Como estudiantes médicos, no estábamos saturados de conferencias… La enseñanza fundamental se hacía al lado de la cama del enfermo y las lecciones esenciales consistían en escuchar y así elaborar la ‘historia de la condición presente’ a partir de la narrativa del enfermo… Se nos enseñaba a utilizar nuestros ojos y oídos, a tocar, a sentir, incluso a oler. Escuchar los latidos del corazón, percutir el pecho, palpar el abdomen y otras formas de contacto físico eran tan importantes como escuchar y platicar…”. Leo a Sacks: primero escuchar, después escucharse y al final interpretar.

Alguna vez leí o me platicaron que la Tierra y el universo cuentan con dos pilares: átomos e historias. Idea poética y veraz. Los pacientes platican porque los átomos de sus células enfermas necesitan compartir sus historias y regar sus palabras, en ocasiones para mejorar, otras para sanar, siempre para escuchar y ser escuchados.

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

4 comentarios en “Dolor y lenguaje

  1. La Bioetica,es lo que no debemos olvidar,es vital en la relación de una Confianza ante una Conciencia,saludos desde Sonora

    • Gracias Javier, concuerdo con tu observación. No debemos descuidarla. De eso trata mi columna.
      Mil gracias hasta Sonora,
      Saludos,
      Arnoldo Kraus

  2. Sin lugar a dudas la conversación es un ejercicio en extinción, porque ahora se “platican” muchas cosas pero no se narra casi nada. Palabras y más palabras, con poca transmisión de ideas. Abundancia de textos en redes sociales, escasez de espacios (en el tiempo del reloj), para conversar. Gracias por compartir Profesor Kraus.

    • Gracias Elías, concuerdo contigo. Zygmunt Bauman, inmenso pensador, quien falleció hace poco, afirmaba que todo se ha vuelto líquido, la amistad, el amor, el tiempo, la conversación, Tenía razón. El ser humano prpnto será también líquido.
      Gracias Elías,
      Arnoldo Kraus