“Halagan de tal manera la pereza, ignorancia y vanidad humanas, que una vez engreídos en esta especie de revelación inmediata, en esta iluminación sin búsqueda, en esta certidumbre sin prueba y sin examen, resulta muy difícil sacarlos de allí”. John Locke se refería así al entusiasta y a los daños que causaba en los hombres el hecho de poner el entusiasmo y la revelación divina por encima de la razón (Ensayo sobre el entendimiento humano, traducción de Edmundo O’Gorman, FCE). Pese a que este libro fue concebido en el siglo XVII, el ánimo y la inclinación a la ocurrencia y a la revelación no han cambiado mucho. Más allá de la confianza divina, la conciencia de ser objetos de un llamado trascendental parece imponerse a la humilde razón o a la comprensión razonada de los hechos físicos, mentales, oníricos, etcétera. Y, no obstante, el entusiasmo acrítico o el impulso bestial son características demasiado humanas. ¿Qué hacer cuando uno se encuentra rodeado de entusiastas, sea que éstos hayan sido tocados por una revelación necia o, al contrario, estén poseídos por una fe testaruda en la razón o en los argumentos? No queda más remedio que realizar acuerdos, pactos, tratos y, como insistió John Locke en cuestiones de ética política, ser tolerantes e intentar convivir dentro del mismo barco antes de que la endeble embarcación sea devorada por las impetuosas aguas de la pasión y necedad humanas.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

Hace más de treinta años llegué a Madrid proveniente de Zaragoza, después de una travesía que incluyó aventones, trenes de segunda clase y viajes de polizonte. Para alguien que viajaba sin dinero —tal era mi caso— una distancia modesta, como la que media entre Aragón y la capital española, resultaba tan cansada y larga como una travesía realizada por Humboldt o Marco Polo. Para mi fortuna llevaba conmigo una dirección en donde una pareja desconocida me hospedaría en su casa, ya que la recomendación provenía de una pariente suya. La pareja aceptó albergarme durante una semana y me ofreció dormir a un lado de la chimenea, porque el cuarto de invitados había sido ocupado por otra visita; un familiar que recién había llegado de Ginebra, Suiza, para pasar unos días en Madrid. Los primeros días el suizo me miraba por encima del hombro y su desprecio hacia mi persona resultaba patente; sin embargo, terminamos haciendo migas e incluso paseamos juntos por algunos barrios de la ciudad. Cuando visitamos el Museo del Prado, el suizo compró su boleto de entrada y yo le comuniqué que lo esperaría en alguna banca fuera del museo, pues no podía darme el lujo de gastar esa cantidad que, en mi caso, resultaba necesaria para comer. Mi nuevo amigo no movió una pestaña cuando me dijo: “Guillermo, yo te invitaría y pagaría la entrada, pero creo que ésta es una buena oportunidad para que escarmientes, no viajes de la forma en que lo haces y tampoco goces de privilegios que no te has ganado y no te corresponden”.

Lo que hice, en vez de patearle el trasero, fue dirigirme a la dirección del museo y contar mi historia. Había viajado y sufrido inclemencias para ver los cuadros de El Greco y se me negaba la entrada simplemente porque el precio de la entrada no estaba al alcance de mis bolsillos. Debí ser muy convincente, histriónico y dramático, pues me extendieron un pase de cortesía con validez de un mes. “Para que puedas apreciar cada una de nuestras piezas”, exclamó, orgullosa, una funcionaria del museo. Lo primero que hice, salvoconducto en mano y ya dentro del museo, no fue correr hacia la sala dedicada a El Greco, sino que fui a buscar al suizo para presumirle mi pase de cortesía. Su rostro denotaba furia y sorpresa, de ninguna manera satisfacción. Se sentía estafado. “Las instituciones son pertinentes —agregué—; no me imagino un mundo en el que todos fueran como tú”. Locke no había escrito en vano, Rousseau tampoco; y yo había evitado la violencia. El Estado tenía alguna clase de sentido, mientras no se convirtiera en un tirano o un opresor de los ciudadanos. Fui un entusiasta acrítico, lo que sea, pero todavía disfruto de aquella pírrica victoria sobre mi amigo suizo.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.