Rock your body… y eso es lo que él hace: sacude su cabeza y balancea de un lado a otro su cuerpo mientras oye a los Back Street Boys coreando “Everybody”, la canción con la que el mundo descubrió sus habilidades dancísticas. Al aumentar o disminuir artificial e intencionalmente el tempo de este éxito noventero del pop, él de manera espontánea y como quienes gustan de bailar grupalmente el “Payaso de rodeo” en las fiestas ajusta sus movimientos para sincronizarse con el ritmo.

Ilustración: Oldemar González

Sin ser Nureyev ni Baryshnikov, desde que en 2007  su talento fue descubierto por la bióloga Irena Schulz, él ha echado por tierra la hasta entonces sostenida y antropocéntrica creencia de que los humanos somos los únicos capaces de seguir el ritmo de la música. Él es Snowball, la cacatúa de moño amarillo (Cacatua galerita eleonora) a quien debemos el grand jeté que dentro de la zoomusicología —el estudio interdisciplinario de la percepción, comprensión y generación de la música en animales no humanos— ha llevado a replantear los orígenes de la musicalidad que compartimos con otras especies.

Lo excluyente en la definición se debe en parte a que el término es de cuño más o menos reciente (su semilla la sembró el compositor François-Bernard Mâche en 1983 en su libro Musique, Mythe, Nature) y en mucha mayor parte a que no son pocos los que, toda vez que tocamos el tema musical, consideran que existe una rigurosa equivalencia Homo sapiens = Homo musicalis. Entre los animales humanos, no faltan quienes consideran que los animales no humanos (vuelvo a usar esta expresión porque es la que hasta hace algunos años era etiqueta inseparable de la mayoría de los estudios zoomusicológicos) serían poco más que el burro que tocó la flauta en lo que respecta a la música: criaturas desprovistas de creatividad e incapaces de producir algo que de entrada podamos considerar como música; autómatas programados para reaccionar de ciertas maneras dictadas por los genes ante vocalizaciones, trinos y gorjeos que, de forma errónea y antropomórfica (¡un anatema en etología!), llamamos cantos; bestias que carecen de lo que sea que sea necesario para sentir gozo.

A la hora de estudiar cómo surge algún comportamiento, cierto rasgo, determinada habilidad en nuestra especie, se ha vuelto de lo más común asumir —aún sin tener los pelos de la burra (la que no tocó la flauta) en la mano— que “los humanos somos los únicos que…” y añádase lo que se desee para trazar una línea que nos separe del resto de los seres vivientes. Y a medida que la evidencia se acumula, vuelve a resultar que, por culpa de la evolución, nada hay en nosotros que haya surgido de manera única, repentina y aislada. Así, si por los billetes de 100 pesos sabemos que ya Nezahualcóyotl declaraba su amor por cierto pájaro de 400 voces, nada hay de sorprendente en que los primeros estudios sistemáticos de musicalidad más allá de los humanos provengan de quienes estudian a las aves y que, dos décadas antes de hablar de zoomusicología, el biólogo y musicólogo Peter Szöke acuñara el incluso más restrictivo término de ornitomusicología.

En un experimento que es cita obligada en zoomusicología (cuantimás en ornitomusicología), los psicólogos Debra Porter y Allen Neuringer entrenaron musicalmente a cuatro palomas (Columba livia) de manera que, luego de escuchar fragmentos para órgano de Bach (Tocatas y fugas en re menor, BWV 565, y en fa mayor, BWV 540) y La consagración de la primavera de Stravinski, picotearan uno de dos discos frente a ellos: el izquierdo, si lo que oían era Bach o el derecho si se trataba de Stravinski.1 A la hora de discriminar (picotear “Disco Bach/izquierdo” o “Disco Stravinski/derecho”) entre compositores que no habían oído previamente y con estilos similares a Bach (Vivaldi y Buxtehude) o a Stravinski (Walter Pistón y Eliot Carter), las palomas generalizaron su aprendizaje y tuvieron un porcentaje de aciertos similar al de estudiantes universitarios con variado entrenamiento musical.

Que Mixup pueda sustituir con pichones y un relativo éxito a sus empleados no implica, claro está, que animales no humanos (conservemos por unos párrafos más la etiqueta) tengan preferencia por ciertos estilos o géneros musicales y ni siquiera que se les enchine la piel o se les encrespen las plumas cada que oyen El pájaro de la primavera. Pero una reciente revisión de estudios zoomusicológicos2 muestra que especies evolutivamente tan distantes como las aves y las carpas koi (Cyprinus carpio) pueden distinguir y clasificar correctamente —a partir de un aprendizaje con algunos ejemplos— estilos y géneros (blues de John Lee Hooker y, de nuevo, Bach, al parecer un favorito de los zoomusicólogos) en piezas que no habían escuchado anteriormente.

La lista de clases de animales y lecciones musicales aprendidas por éstos es extensa, y en ella son alumnos sobresalientes (por haber sido elegidos para su estudio, mas recordemos que hay millones de especies que no han sido examinadas en este campo): 1) los gorriones de Java (Lonchura oryzivora) y mamíferos como los macacos japoneses (Macaca fuscata); unos y otros pueden ser entrenados (¿enseñados?) a diferenciar acordes; 2) los camachuelos comunes (Pyrrhula pyrrhula), que aprenden a cantar melodías populares silbadas por humanos (una de estas aves, inclusive, aprendió a cantar una melodía con el mismo ritmo pero en un tono distinto); 3) los delfines nariz de botella (Tursiops truncatus), que pueden imitar sonidos fuera de su rango vocal al reproducirlos con una separación de una octava con respecto a los originales.

No muy convencidos con esta orquesta de animales, los neurólogos Marc Hauser y Josh McDermott consideran que la música es “característicamente producida por puro placer”, y sería esta naturaleza no utilitaria la que la distinguiría de las vocalizaciones multifuncionales de los animales no humanos. Que las vocalizaciones también sirvan a reguetoneros y otros animales humanos para, más allá del puro placer, fines diversos como comunicarse y reproducirse no invalida la hipótesis, pero sí nos advierte de la necesidad de definir exactamente de qué hablan los zoomusicólogos cuando hablan de música. En vez de ello, el semiólogo y zoomusicólogo Dario Martinelli propone redefinir la zoomusicología como el estudio del uso estético de la comunicación sonora entre animales (humanos incluidos, ¡al fin!) y mata dos pájaros de un tiro al llevar la música a otra parte (al menos la discusión sobre qué entendemos por ella) y abandonar el artificio de “no humanos”.

Que la estética cumple con una función adaptativa en los animales es algo con lo que los biólogos están familiarizados desde Darwin y un ejemplo zoomusicológico de esto es el pergolero satinado (Ptilonorrhynchus violaceus).3 Durante el cortejo, el macho imita el canto de varias otras especies de aves cánoras y la hembra prefiere como pareja no sólo a aquel macho que cuenta con el mayor repertorio, sino al que imita mejor los varios cantos (lo que para ella sería el Jorge Negrete de los pergoleros). Detrás de esta preferencia estética está la información que la hembra recibe sobre la calidad del macho para invertir en él y reproducirse con éxito.

Ya que no es posible negar las destrezas musicales de al menos el puñado de especies de peces, aves y mamíferos que han sido estudiadas por los zoomusicólogos para seguir manteniendo que la música, o es humana o no es música, quizás pueda aducirse que las “canciones” de los animales no son obra de mentes creativas y que se trata de meras reproducciones acústicas heredadas sin cambio de una generación a otra. Quizás el mejor caso que contraponer a esto es la creatividad de la ballena jorobada (Megaptera novaeangliae), cuyos cantos no sólo varían geográficamente entre grupos de individuos (lo que indica la existencia de culturas musicales jorobadas), sino también continuamente en el tiempo: acortan, alargan o abandonan algunas partes en la secuencia de una canción e incluyen otras, de manera que, en unos cuantos años, estamos (están) escuchando una nueva canción. Y entre ellas hay canciones y versiones que se ponen de moda durante una o más temporadas, y oldies but goodies que vuelven a interpretar después de un tiempo.4

Sobre la dimensión placentera de la música, en Diario de un mal año Coetzee critica las explicaciones que atribuyen la musicalidad de las aves a aspectos meramente conductuales (gracias a incontables experimentos y observaciones de campo y en laboratorio, los enfoques mecanicistas quedaron relegados a textos sobre la historia de la biología) y exclama: “¡Cada canto de ave es una sincera liberación del yo al aire, acompañada de un júbilo que apenas podemos comprender! ¡Yo!, dice cada grito: ¡Yo! ¡Qué milagro! Cantar libera la voz, la deja volar, expande el alma”. En el mismo sentido, a Snowball nadie lo entrenó a bailar, y no lo hace por comida o para conseguir pareja. Fue él quien, en cuanto empezaba alguna canción pop y sin haber visto a nadie danzar, decidió hacerlo espontáneamente y, al principio, con movimientos parecidos a los que forman parte del cortejo en las cacatúas, aunque en una década ha incrementado su repertorio a catorce pasos básicos y dos compuestos.

Mientras levanta una y otra pata, da una media vuelta y sus plumas vibran al ritmo de Queen, ¿quién puede ser lo suficientemente mezquino para negar que Snowball en verdad está disfrutando de escuchar y bailar una buena rola? … and another one gone. Another one bites the dust…

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Porter, D. y Neuringer, A. “Music discriminations by pigeons”, J. Exp. Psychol. Anim. Behavior Proc., 1984, 10(2), pp. 138-148.

2 Hoeschele, M.; Merchant; H.; Kikuchi, Y.; Hattori, Y., y Ten Cate, C. “Searching for the origins of musicality across species”, Philosophical Transactions of The Royal Society of London, Series B, 2015, 370: 20140094.

3 Coleman, S. W.; Patricelli, G. L., Coyle, B.; Siani, J. y Borgia, G. Female preferences drive the evolution of mimetic accuracy in male sexual displays, Biol. Lett., 2007, 3(5), 463-466.

4 Payne, R. N. y McVay, S., “Songs of Humpback Whales”, Science, 1971, 173, 585-597.


Respuesta a trivia [de la Mesa de noche]

El poema que el personaje de Julissa le lee al personaje de Alma Muriel en la película Amor libre (1978) de Jaime Humberto Hermosillo (1942-2020) es, claro, “Los amorosos” de Jaime Sabines.