En el debate público mexicano, entre los aspectos menos discutidos y pensados, se encuentra el penoso saldo de un fenómeno que se podría entender como nuestra pedagogía política. La relación de aprendizaje a través de la que establecemos las maneras de hacer política en el país. Todo aquello que por costumbre, reiteración o capacidad de influencia se hace cultura; el juego con los límites en las acciones de políticos, funcionarios y ciudadanos. La manipulación y acomodo de esos límites son resultado del aprendizaje —no siempre positivo— de esa gigantesca falla en la construcción de nuestra historia.

Con un poco menos de indiferencia hacia las formas en que hemos aprendido tanto a ver, como a aceptar y administrar los asuntos públicos, es probable que una buena parte de las discusiones que han caído en terrenos estériles hubieran llegado a un mejor puerto o, incluso, nos las hubiéramos ahorrado. Ahí puede encontrarse la gran deuda de nuestra época, en México y en el mundo, pero acentuada en este país por el peso de vicios alimentados en su propia espiral.

Ilustración: Víctor Solís

¿Cuál es el efecto pedagógico que lega un gobierno al menospreciar a quien disiente de él? ¿Qué enseñanzas deja un jefe de Estado cuando no muestra empatía ante el dolor de las víctimas de la violencia? ¿Qué aprende una sociedad de la tradición de impunidad que prevalece en México? ¿Qué pedagogía de la democracia se ejerce al tergiversarla? ¿Cómo se le enseña a un país xenófobo a dejar de serlo, si los migrantes son encerrados, vejados y luego deportados?

Enfocados en entender las acciones políticas como eventos de consecuencias relativamente inmediatas, descartamos sus efectos culturales mientras nos adueñamos de ellos hasta habitarlos. En nuestra historia moderna, a pesar de saber perfectamente de dónde lo aprendimos, nos enseñamos que los mitos fundacionales de México se sitúan por encima de su realidad. La noción de una revolución prolija y sin defectos —ninguna lo es—, el espejismo de un ideario pulcro en personajes que ejemplifican el desaseo de la vida política nacional, así como una intención aséptica en las voces que tradicionalmente han inculcado contradicciones como materia de pureza, han dado lugar a la permisibilidad con la que esta sociedad admite el ejemplo de las peores estructuras de poder y gobierno en su día a día.

Históricamente, la vocación corruptora del Estado mexicano y sus poderes abrió la puerta a la corrupción individual que, en muchos casos, se convirtió en la estructura del mismo Estado. Ciudadanos y gobiernos juntos, en evidente distinta jerarquía. Ahí, donde la impunidad alcanza niveles que protegen de arriba a abajo la verticalidad de una sociedad, la expresión “a la mexicana” simboliza una cultura en la que aprendimos que siempre habrá manera alterna de conseguir un resultado. “A la mexicana”, aprendimos a relacionarnos con los derechos humanos, la migración, la economía, la ley y la justicia. También con la inequidad, el machismo, la violencia, etcétera.

Las rutas de todo proceso de aprendizaje son múltiples. En la vida mundana estará el aprendizaje de los padres a través de la crianza de sus hijos, el compartido por la convivencia de las parejas o los compañeros de trabajo y amigos. Ese es un aprendizaje primordialmente horizontal, que, aunque por momentos puede adquirir cierta verticalidad, tiende a sostenerse con una equivalencia recíproca. La pedagogía política se sitúa en un escenario distinto y de absoluta verticalidad, donde reina la ausencia clásica de nuestra vida pública: la responsabilidad. Una mirada a largo plazo en la que se deben medir las consecuencias, antes de conformarse con las acciones. Sin una relación de consecuencias que se desenvuelva bajo una óptica de responsabilidad, solo se puede aspirar a una mala pedagogía política.

La verticalidad malentendida en los esquemas de gobierno se lleva bien con la demagogia y mal con la responsabilidad. Mal entendida al excluir su papel pedagógico. La demagogia es una forma de pedagogía política en la que se privilegia el entusiasmo a la razón. Su inverso es el proceso de enseñanza sobre los contenedores del entusiasmo para beneficio compartido y futuro.

En éste o en cualquier otro lugar, gobernante que se dice ser uno más de los ciudadanos es un gobernante que miente. De la misma manera en que si un presidente rechaza verse como élite, no solo estaremos hablando de un posible mentiroso sino de alguien con entendimiento limitado del lenguaje. Por su mera singularidad, más allá de acepciones sociales, la cumbre de la élite en un sistema de gobierno es su cabeza política. Está arriba de todos los temas. Puede no ser parte o producto de una tradición elitista, en el sentido económico y común de la palabra, pero es élite en sí. Esa verticalidad permite tanto la demagogia como la responsabilidad desde la que se hace pedagogía política.

Un ciudadano regular o un editorialista no cuentan con la misma capacidad de replicar un mensaje, como tampoco la tiene ese editorialista frente al titular de un gobierno, aún con el poder que cuentan algunos medios alrededor del planeta. La verticalidad impone capacidad de expansión. De manera equivalente, la responsabilidad de uno o de otro cae sobre el sujeto con quien se es responsable. En el primero será su familia o cercanos, para el segundo tanto el oficio como el conjunto social; en el último, los gobernados. La pedagogía política mantiene una relación en la que las acciones legitimadas desde la verticalidad se hacen admisibles para el sujeto de responsabilidad, gracias al simple hecho de ejecutarse por quien ostenta mayor capacidad de influencia y acción. Como la pedagogía de padres a hijos se da por la acción de las cabezas de familia, la pedagogía política es materia, principalmente, de gobernantes hacia gobernados.

El aprendizaje y la enseñanza siempre estarán supeditados a su entorno. En un país con amplia tradición machista, es imprescindible rechazar cualquier discurso oficial que pudiera encontrar una interpretación que avale la legitimidad de un pensamiento primitivo, misógino y contra derecho. Si el entorno es profundamente nacionalista, lo adecuado para evitar rondar en los terrenos del identitarismo, sería que ninguna acción de gobierno alentara sentimientos como la xenofobia o el racismo. Esta ruta proverbial tiene un conflicto: la impopularidad, el insumo negativo para cualquier gobierno en el que la responsabilidad sea un asunto subjetivo. La discusión sobre este equilibrio se aloja en la ética, una palabra poco frecuente en nuestros tiempos, materia de otro texto, y cada vez más alejada de peroratas que la confunden con moralidad.

A la pedagogía política como a otras de apellido distinto, se le suele dar una connotación positiva por el solo hecho de enseñar. Sin embargo, en algún punto todos hemos tenido un mal maestro. En términos regulares, uno de los elementos de buena pedagogía es la capacidad de explicar por encima de la imposición de conceptos. La pedagogía política que se ejerce desde posiciones de gobierno tiene una limitante poco amable para su propio fin. Nadie espera que, en una sociedad compuesta por varios millones de habitantes, todos entendamos las razones por las que puede ser ventajosa o no una política pública sobre hidrocarburos o economía a gran escala. Tampoco es posible esperar que un jefe de Estado o su gabinete, expliquen de manera exhaustiva los fundamentos de las políticas que lleve a cabo una administración de gobierno. En todo caso, ese papel puede caer en otro componente que, en paralelo, no se encuentra exento de responsabilidad. Analistas, expertos, intelectuales y periodistas, tendremos ahí nuestra carga de obligación ética.

Al situarnos en naciones democráticas —sin detenernos a medir la calidad de esas democracias—, aquella imposibilidad por parte de gobernantes provoca que sus acciones se transformen en materia de pedagogía por el simple hecho de ser ellos en quienes la población delega responsabilidad. ¿Qué enseñanzas de política económica dejaría un gobierno si en sus discursos divorciara el desarrollo de un país de su crecimiento? ¿Qué respeto por la ley se enseña, si ésta es modificada para adecuarla a intereses particulares de la administración en turno?

En México, ejemplos en esta línea han sido frecuentes a lo largo del tiempo. En el período previo a lo que se entiende como la transición democrática, pero también en el posterior a ella. Por eso, al inicio del texto hago hincapié en ver a la pedagogía política como una de las grandes deudas que se cuentan en nuestra vida pública.

La percepción como sustituto de la realidad es hoy un fenómeno social de espíritu planetario. El equilibrio entre aspiraciones y diagnósticos se ha ido rompiendo en la última década, si es que alguna vez estuvo un tanto más equilibrado. Nociones como la ética, que mencioné párrafos arriba, dan la impresión de ser arcaísmos similares al pudor que impedía cierta barbarie. Es difícil olvidar que en Estados Unidos ganó la presidencia un hombre que presumió, “a las mujeres había que agarrarlas del sexo”. El resultado en la elección que lo llevó a la Casa Blanca avaló esa frase, haciendo pedagogía política en quienes no vieron un conflicto intrínseco en ella. Si él salió bien airado, más de uno asumió la enseñanza.

El pensamiento profundo sobre la realidad y sus pendientes se percibe ocioso cuando es urgente, no porque no lo haya sido antes, sino a razón de evitar el autoengaño al que somos propensos como sociedades políticas.

Discutir los futuros políticos es imposible sin detenerse en reflexionar sobre los saldos que dejarán nuestros debates en el presente. No estamos haciendo política de nuevos tintes cuando desde las tribunas máximas se enseña que está bien el insulto, la burla, la denostación, la acusación sin pruebas, el abuso de frases hechas y refranes, el lenguaje de intención simplista, el adjetivo que quiere evitar contenido, el menosprecio y la relativización. Estamos aprendiendo a ser nuevos brutos.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.

 

Un comentario en “Pedagogía política

  1. Es un gran desafío el que enfrenta el mundo por la pandemia en curso, y en efecto, semejante crisis debería mover al gobernante a convertirse en pedagogo o por lo menos intentarlo. Es obvio que el Presidente es algo que ni remotamente entiende. A pesar de todas nuestras deficiencias como sociedad no parece ser necesaria la suspensión de las garantías individuales, los ciudadanos se han recogido en sus hogares esperando lo peor. Tal vez esto sea el aprendizaje que los terremotos dejaron.