En defensa de la democracia continúa una obsesión programática que atormenta al cerebro de José Woldenberg —calculo yo— desde los años ochenta.

Digo que es una obsesión y un programa. Lo primero porque se trata de un compromiso vital y de una implicación moral con “su” tema que tiene muy pocos paralelos en la vida pública de México. Entiendo que es la convicción más profunda de Woldenberg El imperativo de que esta sociedad tan deformada, tan desigual y tan violenta, sin embargo, sepa preservar las condiciones para nuestra convivencia política, social y cultural. Lo hemos logrado, las hemos alcanzado a pesar de todo dice Woldenberg, pero tales condiciones están en peligro ahora también por fuerzas que vienen de la política misma.

José Woldenberg,
En defensa de la democracia.
México, Ediciciones Cal y arena, 2019, 216 pp.

Puedo decir sin temor a equivocarme que esta obsesión (poder vivir en paz), que nuestra política se desarrolle en paz, que la transferencia del poder público ocurra en paz, es el tuétano del pensamiento de Woldenberg en casi medio siglo.

Pero no es nada más una pulsión del espíritu, es también un razonamiento lógico implacable, un cerebro que ha pensado, repensado y vuelto a pensar el proceso democrático de México desde el origen de la transición. Una cuerda programática de casi medio siglo.

Y sí. Las fases del pensamiento de Woldenberg son en buena medida el seguimiento puntual de las fases del desarrollo democrático:

1. La transición propiamente dicha, o sea cómo escapar del autoritarismo mexicano. Ese es el primer José Woldenberg.

2. La consolidación de las reglas democráticas, su puesta en marcha y su naturalización en el ecosistema mexicano.

3. El precoz desencanto social “por eso” que llamamos democracia. El mal humor que se desparramó durante los primeros lustros de este siglo y que envenenó el ánimo y el espíritu público de México.

4. Y ahora con toda claridad, la ofensiva, nada sutil, contra esas reglas democráticas que tanto trabajo, tantos recursos y tantos muertos le han costado a este país.

No es esa la hora para hablar de José Woldenberg como actor político en la izquierda de los años ochenta ni como presidente del primer órgano electoral independiente en México. Ésa es otra historia y ésos son otros de sus libros.

Lo que importa destacar es que al actor político lo ha antecedido siempre el personaje intelectual, el sujeto que no deja de pensar lo que está pasando, con rigor y método, para ofrecernos en cada momento, en cada vuelco, un diagnóstico claro, llano, sin ínfulas barrocas y que normalmente resulta muy difícil rebatir.

 

La oportunidad con la que nos ha ofrecido sus diagnósticos no es una virtud menor. Sus libros principales han estado a tiempo, disponibles para la discusión mexicana en la fecha y hora precisas. La mecánica del cambio político, donde se declaraba enfáticamente: “Están dadas todas las condiciones para que cualquier competidor pueda ganar”, fue publicado en mayo de 2000, dos meses antes del triunfo en la elección presidencial por parte de Acción Nacional. Así ocurrió con sus Cartas para una joven desencantada con la democracia de 2017, en donde pide comprender y valorar lo alcanzado, a pesar de todo, en la política mexicana. Y así ocurre hoy, justamente, con su Defensa de la democracia: un alegato a tiempo.

Comienza con una recapitulación: ¿cómo llegamos aquí? Desde los lejanos ochenta: por qué ha sido posible que este país de 122 millones de habitantes haya transmitido el poder político sin violencia, con legalidad y en paz —tres veces— hacia coaliciones y fuerzas políticas distintas en este siglo. Lo que no habíamos podido hacer jamás como país independiente desde 1821 —siempre precipitados hacia golpes armados, revueltas violentas o guerra civil— lo hemos hecho con una precisión sueca —IFE o INE mediante— en el año 2000, en el 2012 y en el 2018. De un partido a otro: sin derramamiento de sangre.

De inmediato el libro da cuenta del cambio social que ya había ocurrido antes de la elección del año 2018. Eso que el doctor Woldenberg diagnostica como “los nutrientes” del malestar con la democracia o las “fuentes de su desencanto”, en uno de los retratos más certeros —creo yo— de la época moderna actual. Si tan sólo fuera por ese paisaje comprensivo, para entender el carácter de los mexicanos contemporáneos, ya valdría el boleto y este libro.
Pero no es su contribución más importante: lo más relevante comienza en la página 103, y es la perspicacia del autor, su olfato para percibir un fenómeno que ya teníamos enfrente pero que muchos de nosotros no veíamos (o no queríamos ver) en toda su magnitud, profundidad y seriedad.

El ensayo Pragmatismo y personalismo en el centro es toda una anunciación, escrito en mayo de 2018, antes de los resultados electorales, pero ya dibuja un fresco cierto de lo que sería después el ejercicio gubernamental del presidente López Obrador. Si lo leen el día de hoy, la noche de hoy, parecería una nota del informe constitucional de hace algunas horas, pero en realidad tiene más de un año de haber sido redactado, una nota amplia sobre el estilo personal de gobernar.

Y luego viene la médula del libro: el lento pero consistente desmantelamiento de reglas, leyes, formas, formalidades, modos, modales o instituciones democráticas.

Una de las grandes lecciones es que en estos años no nos enfrentamos a un programa completo, coherente o sistemático para quebrar la democracia en México, del mismo modo que no lo enfrentan muchos otros países del mundo. No estamos ante intentonas de golpes de Estado ni súbitas cancelaciones de las libertades básicas. No es eso.

Atravesamos una estación más extraña: no la de los ribetes militares, sino la recurrente marea de medidas, decisiones o iniciativas que poco a poco debilitan el conjunto democrático. No quiero decir que no se preparen cambios o transformaciones de severo retroceso (la versión nativa de la revocación de mandato, por ejemplo). Lo que quiero decir es que hasta donde llevamos, el recuento es el de un apelotonamiento de acciones, aquí y allá, de distinta escala, pero que todas de un modo y otro violentan o raspan los principios de la vida democrática.

Woldenberg, tanto en el libro como en su trabajo periodístico posterior, no cesa de advertirlo:

• un partido que con el 37.5 % de los votos, alcanza, sin embargo, la mayoría absoluta de la Cámara de Diputados (más del 50 % de los asientos) mediante el contrabandeo de militantes propios en candidaturas ajenas;

• la prolongación del mandato del gobernador de Baja California, por dos años y medio adicionales, después de haber sido electo para dos;

• la creación y entrada en función de los “delegados estatales”, sin ninguna base legal;

• la construcción de un padrón de bienestar, realizada antes de ser gobierno por personas sin ninguna representación institucional, fuera de ley, para repartir la mayor cantidad de recursos públicos de la historia reciente;

• la cancelación de la principal obra de infraestructura pública en medio siglo, echando mano de una consulta —más bien caricaturesca— sin información, sin contrastación y en la que se drenaron 100 000 millones de pesos del erario;

• el reparto de la cartilla moral —convertida en documento oficial— a través de instancias religiosas, evangélicas;

• la asfixia a la autonomía en la Comisión Reguladora de Energía;

• volver a proponer a las mismas personas, en ternas que ya había rechazado previamente el Congreso, en clara violación a la letra, espíritu y lógica de la Constitución;

• la creación anunciada y nunca demostrada (en un récord mundial absoluto) de cien universidades nuevas;

• la cancelación de las estancias infantiles sin presentar datos ni evidencias y en contra de resoluciones y recomendaciones de instancias especializadas y de derechos humanos;

• la destrucción del Seguro Popular y del fondo catastrófico que lo soportaba. Fondo que a duras penas pudo completar el Estado y la sociedad durante todo el siglo XX para atender las enfermedades mas empobrecedoras… entre los pobres;

• el traslado discrecional de la política migratoria, hacia la jurisdicción de relaciones exteriores, sin base legal;

• la Guardia Nacional y su sorpresivo papel para la contención migratoria;

• el nombramiento de funcionarios sin que exista aún, siquiera, la institución para la que trabajaría;

• las recurrentes pifias constitucionales, como llamar informe de gobierno a sus propios discursos de celebración

Y un largo etcétera que produce una sombra oscura y que descorazona. Una de las grandes contribuciones de Woldenberg: advierte una lenta erosión en marcha. No una destrucción estrepitosa, sino una cotidiana y hasta inconsciente desconstrucción de la democracia con el argumento de que ha llegado una nueva mayoría.

Esto pasa en México como en Turquía e Italia, Polonia, Estados Unidos, Filipinas o Brasil. Una progresiva erosión que no responde a un explícito programa autoritario, pero sí a un voraz instinto de concentración de poder que tiene un rasgo muy inquietante: no soporta al pluralismo, todo lo distinto es, son, “nuestros adversarios”.

Pero Woldenberg señala una y otra vez: lo que hace difícil la defensa de la democracia es que la erosión viene desde la democracia misma, es decir, desde los representantes que han llegado al cuarto de máquinas del Estado a través de los instrumentos democráticos.

El libro forma parte de una extendida inquietud intelectual de la última década para entender qué está pasando con las democracias y llega a la conclusión más general: vivimos años en que los instrumentos de la democracia son usados para erosionar o acabar con la propia democracia. Vivimos la década en que se expande una enfermedad autoinmune, generada en el organismo de la democracia misma.

Si bien En defensa de la democracia no tiene la ambición sistemática de Cómo mueren las democracias (Steven Levitsky y Daniel Ziblatt), El camino hacia la no libertad (Timothy Snyder), Cómo fallece la democracia (David Runciman) o más dramáticamente, Fascismo: una advertencia, de Madeleine Albright, sí tiene una ventaja sobre estas grandes obras: su actualidad presentísima y su carácter de testimonio de lo que está ocurriendo aquí y ahora.
Dicho desde la voz y la trayectoria de José Woldenberg, nadie puede voltear hacia otro lado.

Termino señalando de nuevo el programa intelectual de Woldenberg. El libro se queda en marzo de 2019 y siguen pasando muchas cosas, pero ya apunta con bastante claridad el sistema de tópicos que constituyen la defensa de la democracia para articular en la práctica una virtual, posible y amplia coalición intelectual y política en defensa de la democracia.

Las claves están en las páginas 186 y 187, a propósito del creador del catenaccio, Helenio Herrera: respeto a la Constitución, a la división de poderes, a las instituciones estatales en especial, a las instituciones autónomas, escucha y comunicación genuina con la pluralidad política de México, con la sociedad civil y respeto irrestricto a los medios de comunicación y a su libertad de expresión.

En nuestras condiciones, creo, hay que tomar en serio la idea del catenaccio: hay una fuerza política, cuya voz cantante es nada menos que la de nuestro presidente, que cree en su propia virtud y en su necesidad taumatúrgica: las cosas que hacen y deciden son buenas por que ellos son buenos.

No son buenas porque respetan la ley, porque dialogan, porque buscan el consenso con otras fuerzas, por la absoluta transparencia de su actos, por su solvencia técnica, por el rigor científico en que se fundan. No: porque ellos son buenos y, mejor, porque son el pueblo.

Es una etapa superior del presidencialismo; un presidencialismo en trance, en realidad; el mismo presidencialismo mental, raíz del autoritarismo mexicano de todo el siglo XX.

El grave problema es que con esa multitud de decisiones e iniciativas frenéticas, deliberadamente se colocan al sistema político y a sus reglas en el límite, para desafiarlas e instituir un “nuevo mundo”, un “nuevo régimen” que, a decir verdad, no saben muy bien cuál es.

O para decirlo mejor, en nombre de una democracia que se enuncia a diario pero que nunca ha existido ni puede existir se destruye a la democracia concreta, la democracia que existe, la que pudimos construir, la que es nuestra.

La democracia concreta que ha posibilitado tres transmisiones del poder público sin violencia y que ahora —dice un Woldenberg cada vez más preocupado— nos corresponde defender.

 

Ricardo Becerra L.
Economista. Es presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática.

 

Un comentario en “Democracia: erosión en marcha

  1. Acertado todo. Y también sería imperativo exigir al PAN que sea 100% transparente y 0% corrupto, pues fue la insatisfacción justificada de la población la que llevó al obradorismo al poder. Si llegara a salir ¿Quién lo suatituiría? ¿Lo mismo de antes? No se ve para dónde.