Aprender a escribir bien. El tiempo del buen decir ha pasado, porque ha pasado el tiempo de las culturas de una ciudad. El último límite que Aristóteles autorizaba a la gran ciudad —el heraldo tenía que estar en situación de hacerse oír por toda la comunidad reunida—, ese término nos preocupa tan poco como la comunidad urbana a los que queremos ser entendidos más allá de pueblos enteros. Por eso cualquiera que hoy se sienta buen europeo tiene que aprender a escribir bien, cada vez mejor: no hay otro remedio ni aunque se haya nacido en Alemania, donde escribir mal se trata como un privilegio nacional. Escribir mejor, sin embargo, significa a la vez pensar mejor; encontrar siempre algo digno de participarse a otros y poder hacerlo efectivamente; hacerse traducible a las lenguas de los vecinos; hacerse accesible a la comprensión de los extranjeros que aprendan nuestra lengua; trabajar con las miras puestas en que todo bien sea común, y todo de libre acceso a los libres; y, finalmente, preparar ese estado de cosas hoy aún tan lejano en que quede en manos de los buenos europeos su gran tarea: dirigir y supervisar en conjunto la cultura del planeta.

Quien predica lo contrario, no preocuparse por escribir y leer bien —virtudes ambas que crecen y merman una con otra—, lo que de hecho está haciendo es señalar a los pueblos un camino, cómo venir a ser cada vez más nacionales: ése aumenta la enfermedad de este siglo y es enemigo de los buenos europeos, enemigo de las inteligencias libres.

 

Libros prohibidos. No leer nunca lo que escriben esos arrogantes sabelotodos cabeza de chorlito que tienen el más aborrecible de los malos modales, el vicio de las paradojas lógicas: aplican las formas lógicas precisamente allí donde todo es, en lo fundamental, descarada improvisación y castillos en el aire. (“Por tanto”, en ellos, quiere decir: “tú, lector borrico, para ti no existe este “por tanto”… pero sí para mí, desde luego”; la respuesta a lo cual reza así: “y, tú, borrico escribiente, ¿para qué escribes entonces?”).

 

Literatura francesa y literatura alemana. La desdicha de las literaturas francesa y alemana de los últimos cien años está en que los alemanes se han apresurado a dejar puntualmente la escuela de los franceses antes de ahora… y a su debido tiempo, los franceses se han apresurado más tarde en acudir, demasiado pronto, a la de los alemanes.

 

El gran estilo. El gran estilo surge cuando lo hermoso se alza con la victoria sobre lo descomunal.

 

Autores espirituosos. Algunos escritores ni son espíritu ni son vino, sino espíritu de vino; pueden inflamarse, y entonces dan calor.

 

Lector indeseado. Y qué suplicio para el autor esos lectores tan modosos, con sus almas regordetas y torponas que siempre que se tropiezan se caen, y cada vez se hacen daño.

 

El aroma de las palabras. Cada palabra tiene su aroma: hay armonía y desarmonía en los aromas y, por tanto, en las palabras.

 

Estilo rebuscado. Al amigo del estilo rebuscado le resulta una ofensa el estilo encontrado.

 

Promesa. No pienso leer ni un solo autor más al que se le note que quería hacer un libro: tan sólo a aquellos cuyos pensamientos, de improviso, se volvieron libro.

 

Libros clásicos. La flaqueza de cualquier libro clásico es que está escrito en demasía en la lengua madre del autor.

 

Libros malos. El libro debe exigir pluma, tinta y pupitre: pero, de costumbre, son pluma, tinta y pupitre quienes exigen el libro. Por eso ahora hay tan poco en los libros.

 

Fuente: Friedrich Nietzsche, El paseante y su sombra, traducción de José Luis Arántegui, Ediciones Siruela, Madrid, 2003.

 

Un comentario en “Nietzsche y los libros

  1. Se agradece que se comparta esta traducción. Nietzsche muy claro y crítico