“Dales a todos el poder de compartir cualquier cosa con cualquier persona”
—Mark Zuckerberg

A mediados de la década pasada, cuando el internet era todavía una versión menos compleja de lo que hoy tenemos, el comediante Dave Chapelle presentó un acto en su programa de televisión. El número se llamaba “Si el internet fuera un lugar verdadero” (If the Internet Were a Real Place) y consistía en lo siguiente: Chapelle mismo camina por una especie de centro comercial mientras distintas personas disfrazadas le ofrecen pornografía en cada esquina y descargas ilegales de canciones en cada tienda.

En ese entonces, o al menos en la interpretación estadunidense del internet —un lugar dedicado en exclusiva al consumo y a la transacción; un paraíso capitalista—, la red era mucho más sencilla. Es cierto que ya existían los famosos message boards, o foros públicos, en los que usuarios anónimos discutían sobre cualquier tema, pero nada era tan inmediato como hoy.

Para contestar transcurrían horas o incluso días, una eternidad. Uno no podía, aún, participar en estos debates desde el celular. Tenía que llegar a su casa, a su oficina, al café internet más cercano, conectarse a través de una línea telefónica y entonces se uniría a la conversación.

Avancemos poco, sólo un par de años, tres a lo máximo. Sean Parker, quien vio en el internet de entonces los cimientos para una reconstrucción social cuando fundó Napster, la primera gran red para compartir música pirata, se unió a Facebook cuando apenas despegaba. Parker, inmortalizado por Justin Timberlake —otro referente de la época por su participación en el grupo de pop NSYNC— en La red social, se preguntó en ese entonces: ¿qué sucedería si pudiéramos vivir en internet? ¿A dónde nos llevaría el futuro? Si toda la experiencia en el mundo real pudiera subirse a la red para revivirla una y otra vez conforme lo quisiera uno. Fotos, en esa primera iteración, videos después. El concepto era una especie de dualidad: la vida repetida en bytes. Como un narcótico sintético. El primer golpe, el potente, en carne y hueso. El segundo, una copia del primero, a través de una pantalla.

Repetir el pasado inmediato, revivirlo. Avanzar y retroceder para quedarse pasmado en el mismo punto, viviendo (de) las memorias.

Pero Parker se quedó corto. Su idea de vivir en internet consistía en un tiempo compartido. Espacio para la interacción humana, espacio para la interacción computarizada. Hasta que la tecnología, que irónicamente ayudó a nublar la línea entre físico y digital, lo rebasó y lo hizo en menos de un lustro. El internet en el teléfono móvil, un lujo apenas hace una década, se convirtió en una mercancía de lo más barata. Y luego en una empresa que actúa como servicio público —como compañía de luz— sin ser tal y sin las mismas regulaciones. En esencia, un servicio de primera necesidad. El internet suplantó la vida real. El equilibrio propuesto por Parker fue roto por la tecnología misma.

Facebook ha presentado como éxito rotundo el caso del África subsahariana cuando habla de sus grandes logros. Los gobiernos locales han hecho lo mismo. ¿Y cómo no hacerlo? Digitalizar a la región más pobre del mundo, darle acceso a servicios a los que de manera física jamás podría llegar, debe sin duda alguna considerarse como logro. Pero el altruismo que se pregona no está exento de compromisos y condiciones casi leoninas: el acceso al internet corre en exclusiva a través de la plataforma de Facebook, por lo que para este nuevo internauta, el internet es, de facto, Facebook. Lo que en un inicio se pregonaba sería un espacio libre y sin límites se convirtió en un espacio sin ventanas.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

La premisa es sencilla y por ello brillante. En grandes partes del continente africano no hay un “sistema”, como se piensa en Estados Unidos. No hay bases de datos y los documentos oficiales sólo existen en formato físico. No hay manera de supervisar y mucho menos controlar a la población. Se vive como Estados Unidos vivía hace medio siglo: en el anonimato del dinero en efectivo; en el anonimato alejado de la red (no deja de ser irónico que eso nos prometió el internet en un inicio, la anonimidad plena). Por ello las grandes compañías, en particular Facebook, decidieron que tenían que invadir África como lo hicieron los chinos hace unos años con su iniciativa One belt, one road —“La franja y la ruta”— y como lo hicieron las potencias colonialistas siglos atrás. “La franja y la ruta”, sin ir más lejos, es una política de expansión agresiva, donde la benevolencia lleva el aprovechamiento detrás. El gobierno chino ofrece a sus contrapartes africanas la creación y el desarrollo de la infraestructura básica —caminos, puentes, telecomunicaciones—; a cambio de la instalación, la operación queda exclusivamente en sus manos y los réditos monetarios van a dar ahí también. Yo construyo lo que necesitas, pero tú jamás serás dueño de él. Serás rehén del desarrollo.

“Los venimos a civilizar”, era la justificación en tiempos de antaño que ahora se repite; “pero también venimos por los recursos”. Un celular barato con conexión a internet solamente a través de Facebook. Un celular que se vuelve una extensión de su dueño, donde se puede identificar, a través de una geolocalización disfrazada de ayuda —“¿Quieres sabes dónde está la farmacia más cercana?”— o de una geolocalización escondida, que funciona aunque el teléfono al parecer esté apagado. Toda la información de la persona y entregada, en el mejor de los casos, sin que lo sepa; en el peor, a sabiendas y de buena gana.

Te doy un servicio que necesitas, pero a cambio me apropio de todo aquello que te da identidad. La carretera física, la carretera virtual. Ambas son mías y yo decido si te doy permiso de usarlas. Tus derechos —¿qué derechos?— pasan a un segundo plano.

Cuando la puerta de entrada la controla una sola persona, o, en este caso, una sola compañía, las restricciones quedan completamente a cargo y capricho de ella. Si lo único que conoces de la red es a través de ella, el resto del internet tendrá que amoldarse a lo que ella exige para poder tener contacto contigo. Se trate de otras empresas comerciales, se trate incluso de información que circula en los portales enciclopédicos colaborativos como Wikipedia. Lo que parecía un camino infinito a través de esa tan trillada frase de la “supercarretera de la información” no es otra cosa que una prisión en la que el carcelero controla, libreta en mano, las visitas que uno puede recibir cada determinado tiempo.

En Europa, lugar donde se incuba el sano escepticismo en contra del uso de la tecnología, el debate está en su apogeo. No sólo por el derecho al olvido —poder, si así lo desea uno, no formar parte de ese índice de datos que presenta Google cuando uno da clic en “buscar”— sino por el tráfico de datos. Lo vimos con Cambridge Analytica hace unos años: uno ni siquiera era dueño de su propia información; basta con que algún conocido dé su consentimiento —muchas veces sin saberlo— para que nuestros datos personales, incluso los que la red jura que sólo son visibles para nosotros mismos, se entreguen sin pudor a un desconocido. Una compañía de la que nunca nadie ha escuchado, fondeada por multimillonarios con intereses electorales claros, que operan en la sombra. Esta compañía puede saber cualquier cosa del usuario, de sus amigos, de los amigos de sus amigos. Su religión, sus intereses y, más importante aún para sus objetivos, sus afinidades políticas.

La información personal no es sólo un botín político; es, sobre todo, un botín comercial. Las grandes compañías buscan obtener lo que se pueda del perfil de la persona para poderle anunciar más cosas para comprar. En un futuro no tan lejano, los anuncios que uno verá en su servicio de transmisión en línea serán personalizados. Cada quien verá un anuncio distinto conforme a sus preferencias, así lo hagan en el mismo dispositivo y al mismo tiempo.

En el presente, los teléfonos nos escuchan a toda hora y las computadoras también. La red sabe cómo nos relacionamos, las compañías entienden nuestras conexiones sociales por la información que les damos con gusto y sin reserva —por ejemplo, cuando le avisamos a Facebook que estamos en una relación sentimental— y la que les damos sin saber o no podemos evitar —nuestra ubicación perpetua y el tiempo que pasamos en cada lugar, por ejemplo—.

Con que exista una conexión entre dos personas los algoritmos eligen como blanco a ambas. Lo que uno le sugiere al otro, sea en persona o sea a través de comunicación digital, se convierte en publicidad en cada dispositivo que utiliza cada individuo.

En efecto, nos convertimos en una red pasiva de consumidores: las compañías nos dicen qué nos interesa y nos lo ofrecen cada segundo hasta que terminamos por rendirnos como rendimos nuestra información. Simplemente es más fácil y menos tortuoso claudicar que pelear la batalla constante, la batalla diaria.

Perdemos todo aquello que suponemos que somos. Nos desprendemos de nuestra identidad y se la damos a las compañías. Y luego caemos en cuenta de que esa falsa ilusión del ser es sólo una de las variaciones que ofrece la plantilla estándar: “¿Quieres que tus tenis de miles de pesos sean azules o verdes? ¿Cuáles te representan más a ti? ¿Cuáles son tú?”.

El internet nos muestra, entonces, dos cosas. Primera, es una ficción que la individualidad se exprese a través de los gustos porque, segunda, nuestra individualidad no es en verdad tal: sólo es una modificación del fondo de pantalla de nuestro teléfono, ahora objeto ubicuo.

En países como el nuestro hay más de ellos que personas. Las compañías que los fabrican nos han convencido de que es imposible vivir sin ellos. Las que los venden también. A veces incluso son la misma cosa.

Cada año se anuncia la nueva versión del modelo que tan sólo 12 meses antes era la punta de lanza. Y cada año cuesta más. Al tiempo de escribir estas líneas, el modelo más caro de la marca que domina el mercado cuesta 10 veces el salario mínimo nacional. Alguien que vive a unos pesos de la franja de pobreza debería ahorrar todo su sueldo durante casi un año para poder adquirirlo. Todo para que meses más tarde —porque cada vez dura menos el plazo entre un anuncio y otro—, el mundo le diga que su nueva posesión es antediluviana. En un momento dado, alguien puede tener sobre su cuerpo el equivalente en artilugios a lo que costaría comprar un automóvil compacto, o el pago inicial de una casa.

Pero el teléfono importa. No porque cada año tenga mejores capacidades, aunque en este auge de mercadotecnia las actualizaciones son cada vez menores en cuanto a utilidad y mayores en cuanto a estética: más colores, más “personalizaciones”.

No. Importa por ser un símbolo. El teléfono es estatus: “Yo valgo lo que vale esto”. “Yo soy capaz de comprar esto”. “Yo soy alguien”. Y sus accesorios, cada vez más caros, implican lo mismo. Con su distintivo diseño —por ejemplo, los audífonos inalámbricos blancos—, garantizan que quien vea al portador del accesorio de inmediato identifique qué es y sepa su valor en el mercado.

Esa batalla por el estatus acelera la producción del teléfono y el accesorio. Las conferencias en las que se presentan, cubiertas como eventos de gran magnitud, como si su contenido fuese noticioso, ocurren de manera más frecuente. Las compañías más grandes del mercado presentan continuamente sus nuevos productos. Sería una exageración decir que cada día de la semana hay un lanzamiento, pero para efectos prácticos así se siente. Sea una computadora, sea un teléfono, sea un híbrido de ambas, el truco es hacer pensar a la persona —al cliente, al posible consumidor— que la nueva versión es necesaria porque la anterior es obsoleta.

Vale hacer una distinción: el producto necesario es, en la mayoría de los casos, satisfactorio mas no útil. Es común que resulte no sólo inútil, sino genuinamente dañino. El ejemplo por excelencia es el de esos audífonos blancos inalámbricos. El pináculo de lo cool en estos años, los audífonos tienen una mala calidad de sonido, su batería dura menos de dos años antes de degradarse y ninguna de sus partes tiene arreglo si se descompone. El hecho de ser una pieza única, sin divisiones o partes, vuelve al objeto algo en su totalidad estético mas no funcional. Tampoco puede ser lanzado al basurero una vez descompuesto: las baterías para mantener la conexión inalámbrica no pueden removerse de la estructura y tampoco pueden tirarse con el resto de la basura normal por riesgo a incendios. Desde el inicio son un desecho. El objeto no se convierte en basura sino que nace siendo basura.

El estatus, pues, contamina. Destacar en la interacción social, debido a cómo se plantea a través del objeto, resulta en contaminación masiva. Si eres alguien en el mundo, es el mensaje, no te importa destruirlo con tal de verte bien. Mientras tus bienes, tus lujos, sean más desechables, más vales tú.

Bienes desechables y finitos, cabe agregar. La producción de los teléfonos celulares es insostenible al ritmo actual, pues los metales con los que se construyen son escasos. El iridio que hace táctil la pantalla, el neodimio que consigue que el teléfono vibre cuando recibes una llamada, o el disprosio que mejora el brillo del color, entre otros tantos.

A tal escasez hay que agregar la dificultad de obtener el metal mismo: las minas de las que se extraen son dañinas para el medioambiente y la salud humana. (Se localizan en África, por cierto.)

Sin contar la tragedia ya conocida de las fábricas de ensamblaje en China, con redes a los costados de los edificios para evitar el suicidio por la fatiga de trabajar cada minuto y por el resto de las pésimas condiciones laborales.

Para construir ese pequeño aparato que nos da un sentido de ser degradamos el medioambiente y la vida. Pero qué bonitos colores y qué entretenidos juegos para pasar el tiempo, porque para eso sirve. No para pensar, no para lograr algo. Para hacer que la vida, ésa que también es única y finita, avance más rápido.

Las propias redes sociales nos dicen ahora cuánto tiempo pasamos en su interior, e, incluso, si buscamos lo suficiente dentro de sus complicados menús, nos ayudan a limitar nuestro uso de ellas. Existen aplicaciones para teléfonos celulares que registran cada cuánto pasa la pantalla de estar apagada a encendida porque el usuario la activa. En suma, nuestros teléfonos y sus creadores saben que el internet se ha convertido en una adicción.

Y esa adicción es lucrativa. El mercado de videojuegos ha mutado al mercado de juegos móviles. Las grandes desarrolladoras de títulos para consolas ahora se enfocan principalmente en los teléfonos celulares. El gancho es atractivo: la aplicación es de descarga gratuita y el usuario no debe pagar nada al inicio. Conforme avanza el juego, sin embargo, en algunos —muchos— casos, puede desembolsar dinero para llegar al objetivo de manera más sencilla. Si un enemigo es imposible de vencer con el armamento actual del personaje, se compra, a través de una tarjeta bancaria, el equipamiento necesario para conseguirlo. Si uno ya no puede seguir jugando porque se le terminaron las oportunidades gratuitas de hacerlo, puede pagar para revivir o continuar. A esto se le llama freemium, una mezcla entre free y premium. La ilusión de lo regalado sumada a la ilusión de algo que vale más a pesar de no costar. La ilusión del estatus gratuito.

Pero ésa es sólo una parte del negocio. Bajo este modelo, los desarrolladores han comprendido que la búsqueda del estatus en el mundo “real” tiene traducción casi exacta en el virtual. Por eso los juegos más lucrativos no ofrecen atajos o herramientas para superarlos más rápido. Lo que ofrecen es vestimenta para el personaje. Tal como suena. El campo de batalla está parejo, nadie tiene ventaja de inicio sobre nadie salvo por la experiencia de haber jugado el juego más tiempo. La victoria es ajena al dinero. Lo que se puede comprar es el distintivo: un sombrero, un disfraz, una pieza de lo que se conoce como bling o swag. Aquello que deje en claro cuánto costó. Nuestros avatares representan ese deseo de que los demás reconozcan nuestra valía o nuestro poder adquisitivo —conceptos intercambiables en esta visión del mundo—. Nos mostramos como queremos ser vistos. En persona y en línea. El dinero y lo que puede comprar remplaza cualquier viso de personalidad.

El teléfono en un inicio se pensaba como una herramienta de comunicación. Como una manera de transmitir mensajes. El teléfono inteligente fue más allá: no sólo se trataba de recibir mensajes de manera tradicional —emisor-receptor—, sino de poderlo hacer de forma escrita en tiempo real. Adiós a las cartas, adiós incluso a las contestadoras y después al buzón de voz. Hoy el sonido viaja a través de la mensajería instantánea, al punto de caer en el absurdo de tener conversaciones, en el sentido más laxo de la palabra, desfasadas: un mensaje de voz que contesta a otro sin realmente interactuar.

El teléfono ya no es más eso, una herramienta, un medio; ahora es un fin, un propósito. El mundo alrededor se convierte en accesorio. En años recientes es común ver no sólo reuniones sociales sino laborales en las que el teléfono es el primer punto de enfoque. En conferencias también. Alguien puede estar hablando, compartiendo información, pero lo hace en un segundo plano. Lo que sucede en el celular, ese objeto con el cual estamos conectados al mundo permanentemente, adquiere mayor importancia que lo principal.

Sucede algo similar en los conciertos, no así en las obras de teatro o en el cine, aún espacios donde la presión social mantiene suficiente fuerza como para disuadir a quien intente alterar el equilibrio entre público y representación.

Los conciertos ahora se experimentan a través de pantallas, no a través de los ojos. Entre asistentes y músicos se crea una barrera artificial, cuyo pretexto es la preservación del momento para revivirse a futuro. Pero ese momento que se preserva en realidad no existe, lo único que existe es su grabación, puesto que la persona nunca lo vivió en realidad. Vivió sólo un proceso de grabación de algo que creyó vivir, así, a secas.

Una grabación que terminará en un centro de datos controlado por uno de los dos entes enormes que se han adueñado del internet. Un duopolio, para ser exactos. Uno es la red social más grande del planeta, cuyos datos más recientes muestran que casi 2.4 mil millones de usuarios se conectan cada mes a ella. Esto no es lo mismo que decir 2.4 mil millones de personas, pero sirve para dar una idea del tamaño. El otro es el buscador principal, la llave de entrada a la información. Curiosamente, aunque es un motor de búsqueda, no transparenta sus cifras más recientes de uso. Hace dos años el buscador se utilizaba casi el mismo número de veces que usuarios activos en Facebook, pero desde entonces Google no ha dado a conocer datos.

Ambas empresas —Google pertenece a Alphabet, cabe aclarar, un holding que controla a ésta y otras compañías— no sólo son responsables del mayor flujo de tráfico en la red; también son beneficiarias del mayor ingreso por publicidad en ella. Google, por sí solo, según estimaciones académicas, obtuvo ganancias casi a la par que toda la industria de información en línea de Estados Unidos en 2018; es decir, que todos los periódicos, sitios, medios de comunicación que tienen presencia en internet. Google, por sí solo. Una compañía.

Ahora las dos se presentan como los grandes bancos estadunidenses que debieron ser rescatados tras la crisis financiera de 2008, misma que ellos crearon. Son too big to fail, porque el internet se sostiene gracias a ellas: un buscador y una red social. Proponer desmantelarlos, fraccionarlo o tan sólo regularlos es digno de anatema, a pesar de que la propia red dice, de dientes para afuera, que está dispuesta a ser regulada y que incluso lo apoya activamente.

Los detractores de ambas, en particular Facebook, argumentan con razón que la compañía es demasiado grande. Quienes alzan más la voz, hay que resaltar, son exempleados e incluso fundadores que acompañaron a Zuckerberg en el proceso inicial del sitio. El consumo irrestricto de internet crea adicciones y daños a la salud. Estar conectado las 24 horas lleva a la alienación social, a pesar de que el internet prometa lo contrario: conexión perpetua. Y quienes lo experimentan de primera mano son los empleados de Facebook.

Una serie de reportajes1 publicada en The Verge, portal estadunidense de tecnología, da cuenta de la vida laboral diaria de los “moderadores de contenido”, las personas encargadas de revisar que las publicaciones cumplan con los estándares éticos que se ha autoimpuesto el sitio y que constantemente modifica, desconocidos por la mayoría de sus propios usuarios. Por ejemplo, para hacer cambios vinculantes a su “Constitución”, porque Facebook actúa como si fuese un Estado, se requiere que la mitad de todos sus usuarios voten cualquier cambio. Si pensamos en el universo de los 2.4 mil millones de cuentas, queda claro que ningún cambio sustancial público puede avanzar de esa manera. La democracia de la red es una farsa.

No así los cambios privados y propios. En “Bodies in Seats”,2 “Cuerpos en asientos”, el segundo reportaje de esta serie de The Verge sobre el tema, uno se entera de que cualquier video que muestre —y perdón por lo gráfico— vejaciones a un feto, está permitido mientras el feto sea translúcido. Lo mismo con videos en los que se tortura a animales; en este caso, según empleados de la compañía, los videos permanecen disponibles con el fin de que se pueda identificar a quien perpetró el crimen. El problema, entre muchos otros, es que eso permite su viralización y su reproducción a través de otras cuentas.

Por decirlo en los términos más llanos: otros usuarios pueden copiar y subir el video, por lo que no sólo se vuelve más difícil encontrar al responsable del original, sino que el video se dispersa por la red y es más difícil evitar que se comparta. El colmo de la ironía: para evitar que el comportamiento se reproduzca termina dejándose que se reproduzca.

Los empleados de estas compañías que subcontrata Facebook trabajan en condiciones no tan disímiles a las de los ensambladores de teléfono: tienen casi nulo permiso de ir al baño, no tienen permiso de faltar cuando se enferman y en caso de sufrir estrés por la constante exposición a la violencia y todo aquello que deben supervisar durante sus turnos, sólo tienen permiso de nueve minutos al día para desconectarse y respirar. Mejor que en China pero no por mucho. Permiso, al final. Control.

Esto tras bambalinas para sostener la fantasía de un mundo interconectado y sin costuras, de un mundo impoluto en el que conceptos como “nube” esconden todo lo que hay detrás. Porque ésa es otra cuestión: el lenguaje disfraza. Los valores también pueden ser “actualizados”. En las conferencias anuales de los desarrolladores, que son vitrinas de venta y eventos donde con fanfarria se presentan los avances éticos se les puede dar un upgrade. Las bases filosóficas y el camino moral se vuelven a trazar en cada conferencia. Por lo general hay una admisión de errores respecto al pasado, cada vez menos tácita y más explícita, pero insuficiente por mucho. Se explica la equivocación, muchas veces en plural, que llevó a la gran crisis. Sea robo de datos, sea influencia en un proceso electoral, sea incluso —si somos explícitos— la transmisión de suicidios y homicidios en tiempo real. Pero la equivocación se disfraza. “Seremos mejores”, “éste ha sido un proceso de aprendizaje”, son algunas de las expresiones vacías con las que se alude a conductas que bien podrían ser consideradas como criminales. Si lo que se pregona es mayor apertura, pero la apertura viene acompañada de ofuscación por distintos métodos, no debe pasar por alto que en realidad el duopolio dueño del internet ha oscurecido lo que en un principio, cuando la red no era más que un proyecto científico, prometía ser libertad irrestricta.

Por último hablemos de la promesa más reciente de salvación; el anhelo libertario de quienes siguen creyendo que el internet debe ser el reducto final de lo que no debe regularse. La moneda digital o bitcoin. Éste es, con gran probabilidad, el invento que conjunta la descomposición toda del ideal primero.

Bitcoin, pensada como una manera de evitar regulaciones, de demostrar que las estructuras gubernamentales y estatales son ya obsoletas, no es más que un juguete devenido en catástrofe. Juguete porque la moneda es nada. Es la ficción encima de la ficción: así como el dinero ya es digital y su representación física es cada vez menos común, Bitcoin presume que esto ni siquiera es necesario pues la moneda no debe tener ataduras. Ni a la garantía del Estado sobre su valor ni a los bancos ni a las regulaciones, mismos que gozan de una pésima reputación bien ganada. Lo único que habrá detrás es un código diseñado por un anónimo, que alguna vez se hizo llamar Satoshi Nakamoto. Sobre eso debe apoyarse la nueva economía, sobre el anonimato. Se repite, de manera distinta, el error del pasado.

Pero nada más lejano de lo prometido: la economía de Bitcoin fluctúa por los precios de los acaparadores, tal y como ocurre desde hace cientos de años. Quien tiene y quien vende se aprovecha de un mercado que pregona reglas que nunca hace cumplir.

Dicen quienes en eso participan que es normal, que son los parámetros básicos del sistema. Que Bitcoin, por más que no esté atada siquiera a lineamientos, funciona bajo el entendido de la oferta y la demanda, del mercado mismo. Pero por ello reproduce sus mismos vicios.

A esto hay que agregar el desastre ecológico. Las operaciones computacionales requeridas para “minar” la moneda —porque los conceptos siempre enmascaran; lo único que no hay aquí es el trabajo humano de minar— requieren de mayor y mayor energía eléctrica con el paso del tiempo. La industria digital destruye al mundo físico para que ceros y unos provean la ilusión de riqueza. Y no sólo eso, riqueza obtenida con trabajo duro y el sudor de la frente de un robot, porque la humanidad ya ni necesaria es.

 

El sueño que alguna vez fue internet derivó en una extensión más de la estructura dominante del siglo XX. Según el sueño, no habría reglas; el conocimiento humano se multiplicaría hasta volverse omnipresente y la red ayudaría a conectar a toda la humanidad para extraerla de su adolescencia tecnológica y social. Sucedió al revés. La red se conformó a las molduras previas, funcionó como un apéndice. Las grandes compañías pasaron de dominar el mundo físico a dominar el mundo virtual. A extraer de él —y del mundo físico, también— sus más valiosos elementos, su material más preciado. A silenciar a quienes alzaron la voz, a crear un espacio donde la conformidad se volvió no sólo la norma, sino algo a qué aspirar. Un teléfono y un mundo en la mano, pero sólo utilizado para juegos que nos entretienen mientras el tiempo avanza. Sólo utilizado para las mismas tareas rutinarias y mecánicas.

Un teléfono y una red que en lugar de abrirnos el mundo nos encerraron dentro de un dispositivo rectangular. Una promesa de conectividad que terminó por cercenar no sólo nuestras conexiones con el exterior más lejano, sino con nuestros seres más cercanos. El internet se volvió un lugar verdadero, como decía Dave Chapelle. O más bien un híbrido entre ambos mundos. Una prisión real pero con barrotes virtuales.

 

Esteban Illades
Editor y escritor.


1 Ver: https://bit.ly/2uCSSmI.

2 Consultar: https://bit.ly/396TAYg.

 

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