Bach. En tanto uno no oiga la música de Bach como un avisado y completo conocedor del contrapunto y de todos los géneros del estilo fugado, y en consecuencia se le escape forzosamente el placer propiamente artístico, su música tendrá todas nuestras complacencias en tanto oyentes (por expresarnos con la grandilocuencia de Goethe, como si estuviéramos allí cuando Dios creaba el mundo […] En Bach aún hay un exceso de cruda cristiandad, cruda germanidad, cruda escolástica; está plantado en el umbral de la música (moderna) europea, pero desde ahí mira atrás buscando el panorama de la Edad Media.

 

Händel. Händel, osado en sus hallazgos musicales, ávido de novedad, violento y verdadero, emparentado y entregado a lo heroico de que es capaz un pueblo…, a la hora de elaborarlos era a menudo frío, cargado de prejuicios, y aun cansado de sí mismo; entonces aplicaba para desarrollarlos unos cuantos métodos probados, escribía deprisa y mucho, y se alegraba de acabar: pero no al modo en que Dios y otros creadores se han alegrado al caer la tarde de su día de trabajo.

 

Beethoven y Mozart. A menudo la música de Beethoven parece contemplación conmovida ante la inesperada repetición de un fragmento que largo tiempo se creyó perdido, “inocencia en sonidos”; es música sobre música. en cantares de niños y mendigos por la calle, en la tonada monótona de italianos vagabundos, en el baile de la posada o la noche de carnaval, ahí descubría sus “melodías”; las recogía como una abeja, atrapando al vuelo un ruido, una corta secuencia, ora aquí, ora allá. Para él son recuerdos transfigurados de un “mundo mejor”: algo semejante pensaba Platón de las ideas.

Mozart está en otra posición totalmente distinta respecto a sus melodías: no encuentra su inspiración oyendo música, sino mirando la vida, la animación sin igual de la vida en las tierras del Sur: siempre soñaba con Italia, cuando no estaba allí.

 

Música “serena”. Se priva uno largo tiempo de música, y luego se le mete fulminante en la sangre como vino fuerte del Sur, dejando tras de sí un alma ebria y narcotizada, despierta sólo a medias, añorante del sueño; esto es lo que hace precisamente la música serena, que brinda a un tiempo amargura y herida, hastío y nostalgia de hogar, y fuerza a echarse todo al coleto, como un azucarado veneno, un trago tras otro. Parece estrecharse entonces la estancia de la serena alegría embriagadora, parpadear la luz y perder el brillo: al cabo, se le hace al ánimo que la música resonara en una celda donde un pobre hombre no puede dormir de nostalgia.

 

La Barcarola de Chopin. Casi todas las situaciones y modos de vida tienen un momento bendito. Ése es el que saben pescar los buenos artistas. Hasta la vida en la playa lo tiene, esa vida que se devana tediosa, sucia e insana en las inmediaciones de la más ruidos y ávida chusma: es ese momento de beatitud el que Chopin ha llevado a sonido en su Bacarola, de modo tal que al oírla les podrían entrar ganas a los dioses mismos de pasarse tumbados en una barca largas tardes de verano.

 

Música de hoy. Esta música, la más moderna, con sus potentes pulmones y sus frágiles nervios, siempre se asusta, para empezar, de sí misma.

 

Fuente: Friedrich Nietzsche, El paseante y su sombra, traducción de José Luis Arántegui, Ediciones Siruela, Madrid, 2003.