En cualquier justa deportiva los participantes inician con el banderazo de salida, desde un mismo punto y con las mismas reglas. La medalla se otorga a quien llegue primero a la meta como reconocimiento a su talento, entrenamiento, experiencia y esfuerzo. Imaginemos que no existe banderazo de salida, la cancha es dispar y las reglas ambiguas. ¿El talento, entrenamiento, experiencia y esfuerzo serán suficientes para ganar la medalla? La respuesta es un rotundo no, por más que la porra se desborde en la tribuna.

Algo similar ocurre cuando trasladamos el juego en términos del desarrollo durante el ciclo de vida: el acceso a oportunidades desmitifica el discurso en torno al mérito y el esfuerzo y nos adentra en la trasmisión intergeneracional de las condiciones de vida. En un país donde 52.4 millones de personas viven en situación de pobreza1 y siete de cada diez morirán en esa condición,2 el origen es destino.

Ilustración: Patricio Betteo

Las condiciones iniciales de la población, sus identidades en cuanto a raza, origen étnico y género, y sus determinantes materiales y territoriales son la materia prima de los obstáculos que se intersectan y acumulan en las etapas de vida.

La carrera personal contra las desigualdades comienza desde antes, incluso, de la idea misma del nacimiento. Durante el embarazo, las condiciones socioeconómicas del hogar y el territorio, la calidad y el acceso a servicios médicos y a una alimentación nutritiva y suficiente, marcan de forma indeleble el desarrollo de la primera infancia: sólo uno de cada tres niños menores a seis meses recibe lactancia materna exclusiva y uno de cada diez menores de 5 años registra desnutrición crónica. Dos de cada cinco niños en situación de pobreza presentan niveles de desarrollo motriz, socioemocional y de lenguaje inadecuados.3 Ni bien cumplen los cinco años y ya van de fondo en la carrera.

Hasta la llegada de la adolescencia la niñez se juega en otra cancha donde los resultados se miden por el desarrollo físico, intelectual y emocional obtenido en el marco de un sistema educativo estructuralmente desigual. En México, más de la mitad de las niñas, niños y adolescentes viven en pobreza.4 Esta situación de vulnerabilidad amplifica la dificultad para el aprendizaje: ocho de cada diez niños que cursan sexto de primaria no alcanzan los logros esperados en lenguaje y comunicación.5 Las desventajas en materia educativa se acentúan en la población indígena en el medio rural: 96 de cada 100 niños no alcanzan logros satisfactorios6 en un contexto donde 72 % de las escuelas carece de drenaje y 33 % de red de agua potable.7

El arribo a la adolescencia y el tránsito a la adultez representa la fase decisiva de la carrera, a la que 42.4 % de los jóvenes llega en condiciones de pobreza y agotamiento.8 De 21 millones de jóvenes entre 15 y 24 años, menos de la mitad cuenta con un trabajo, y de ellos, 5.7 millones están en la informalidad laboral;9 por su parte, hay alrededor de tres millones de jóvenes que no estudian ni tienen un trabajo remunerado.10

Los obstáculos en materia de etnicidad y territorio toman cada vez más relevancia en el desempeño en la vida adulta. Se ha documentado ampliamente la asociación entre el origen étnico y resultados en educación, ocupación e ingreso: las personas de lengua indígena, autoadscritas como indígenas o con un tono de piel oscuro tienen menor probabilidad de concluir la educación superior, alcanzar puestos directivos o el primer quintil de riqueza.11 México es uno de los países con mayor inequidad en el territorio de América Latina, con amplias brechas en materia de ingreso, educación y empleo entre regiones del centro y sur del país.12 No conocemos el rostro de la persona más pobre en México, pero sabemos, con certeza, que es rural e indígena.

En el centro de esta suma de limitaciones, sin posibilidad alguna de revancha, se llega a la edad adulta bajo el peso acumulado de las desigualdades. Se llega más bien tarde a la repartición de medallas y nos piden conformarnos con un sistema de seguridad social fragmentado, condicionado por la situación laboral imperante a lo largo del ciclo de vida productivo. Aquí es cuando se materializa la desigualdad: la carrera determina las condiciones que definirán las últimas décadas de la vida.

La acumulación de vulnerabilidades se convierte en la factura al final de nuestros días donde se presenta, con exactitud, la trayectoria de obstáculos individuales que sorteamos desde antes del nacimiento. De tal forma que, antes de propagar ánimo y aliento, habría que detenernos a considerar la posibilidad de que la carrera esté arreglada y el éxito poco tenga que ver con el talento o el esfuerzo. La vida no se da en un juego limpio.

 

Silvia Ariadna Díaz Castillo
Economista por la Facultad de Economía de la UNAM y por The University of York.

Silvia Elena Meza Martínez
Economista por El Colegio de México y la Universidad de Sonora. Integrante de Agenda Regional de Incidencia para el Desarrollo (Aridac).


1 Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) https://bit.ly/2T8Ld92.

2 Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) https://bit.ly/3cdOmvM.

3 Unicef. “Los derechos de la infancia y la adolescencia”, 2018. https://uni.cf/2VzI1F1.

4 Ídem.

5 Planea, Prueba en línea 2015. https://bit.ly/2VrHjtz.

6 Unicef. “Los derechos de la infancia y la Adolescencia”, 2018. https://uni.cf/2PxXbqm.

7 Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación “La Educación obligatoria en México, Informe 2019” https://bit.ly/398IQJ5.

8 Coneval. https://bit.ly/2TpyWvN.

9 Inegi. Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, 2019. III. https://bit.ly/38cMno5.

10 Inegi. Panorámica de la población joven en México desde la perspectiva de su condición de actividad 2019. https://bit.ly/3cmZmHt.

11 Oxfam. Por mi raza hablará la desigualdad, 2019. https://bit.ly/2VuhusD.

12 RIMISP, 2017. https://bit.ly/2wdlROo.