A algunas mujeres, cuando éramos niñas, nos dijeron que para salir adelante íbamos a tener que esforzarnos el doble que los hombres. Si se asume que es posible romper las barreras estructurales de origen sólo por el esfuerzo puesto en ello. Porque éste es un mundo de hombres.

Por eso también nos decían que nos echáramos ganas. A nosotras, no a la vida; que nos echáramos ganas para vernos bien, para cumplir el mandato de lo que haber nacido mujer significa. Para atender y cuidar, para servir.

Ilustración: Patricio Betteo

Tanto en los principios de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas que México ha suscrito, como en los del Plan Nacional de Desarrollo de nuestro país, se encuentra el objetivo de “No dejar a nadie atrás”, lo que significa(ría) que todas las personas puedan disfrutar de los beneficios del desarrollo sostenible (sic), para lo que tendría que garantizarse —por lo menos— la igualdad de oportunidades. A pesar de la retórica de la igualdad y de las leyes que la estipulan, las mujeres y niñas viven diariamente una serie de obstáculos y discriminaciones que al interrelacionarse potencian su daño y provocan que, efectivamente, se les deje atrás.

Esta información no es nueva. La Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), uno de los tratados internacionales más firmados, fue adoptada en 1979 y reconoce que mujeres y niñas son sujetas de discriminación sólo por el hecho de serlo, lo que viola el respeto a la dignidad humana. Pero a cuarenta años las mujeres seguimos enfrentando un sinfín de obstáculos.

Del total de trabajo —entendido como toda actividad que produzca bienes o servicios para el uso final propio o de otro— en el mundo, las mujeres hacen mucho más que los hombres, pero en su mayor parte no se remunera y de hecho el Estado se lo transfiere a las mujeres. En México las mujeres dedican tres veces más tiempo que los hombres a los trabajos domésticos y de cuidado sin remuneración; el 54 % de las mujeres —entre 15 y 49 años— no percibe ingresos, mientras que el 85 % de los hombres —de entre 20 y 64 años— tiene un empleo remunerado. Esta desigualdad entre trabajo e ingresos es uno de los fundamentos que imposibilita a la mayoría de las mujeres salir adelante.1

En términos de bienestar (que por desgracia está muy vinculado a las posibilidades económicas de una persona) la ONU2 ya concluyó que hay consecuencias directas de desigualdad en la distribución de las responsabilidades y un debilitamiento en los vínculos de las mujeres con el mercado de trabajo producto del tiempo que invierten en trabajos que no remuneran: oportunidades de empleo perdidas, pocas horas laborales, trabajo exclusivamente en el mercado informal de la economía y segregación en ocupaciones que tienden a ser menos valoradas; salarios y acceso a la seguridad social más bajos y menos tiempo para educación y para sus carreras profesionales. Menos oportunidades de acceder a puestos de toma de decisiones y ascensos laborales.

El Sistema de Cuentas Nacionales de las Naciones Unidas llama “indicadores de bienestar” a las tareas que las mujeres llevan a cabo sin remuneración: limpiar y reparar bienes del hogar, preparar y servir alimentos; el cuidado, entrenamiento e instrucción de infantes; el cuidado de los enfermos, débiles o adultos mayores; el transporte de los miembros del hogar o sus bienes. Tales tareas no cuentan como trabajo si se hacen y consumen dentro del hogar, pero sí cuando los proporciona el gobierno o cuando son remunerados.

Si al hecho de ser mujer y la opresión material se añade una significativa desigualdad social, estructural y económica, las mujeres y niñas que experimentan múltiples formas de discriminación se quedan atrás y excluidas del progreso (sic). Las mujeres pobres, rurales e indígenas son el eslabón más débil de la cadena del progreso neoliberal.

Las mujeres mexicanas de entre 15 y 54 años de edad, de acuerdo con la ENDD de 2014, sufren un promedio de 2.29 privaciones (de las trece posibles).3 No obstante, divididas en función de su estrato, las más ricas en grandes ciudades sufren 0.9 privaciones, por 5.5 que las indígenas pobres rurales. Por ejemplo, para las mujeres en estrato alto en zonas urbanas, el matrimonio infantil tiene una incidencia del 6.4 %, mientras que en el estrato bajo urbano aumenta a 25.9 % y entre las indígenas rurales el porcentaje llega al 41.9 %. Mientras que 4 % de los partos en Méxicono contó con asistencia de un médico o una enfermera, tal porcentaje asciende a 13.2 % si hablamos de mujeres rurales pobres. Cuando hablamos de mujeres indígenas rurales pobres, asciende a 33.9 %.4

¿Cómo va a salir adelante una mujer indígena, menor de edad, cuando ya tiene una familia que atender? ¿Cómo echarle ganas contrarrestaría la desigualdad estructural? ¿Echarle ganas para qué o en qué? Si sobre algo hay certeza, es que esas mujeres son las que más trabajan, aunque su labor no sea remunerada. Son quienes acarrean el agua potable, cocinan y crían a las niñas y los niños. Quienes se hacen cargo del trabajo comunitario y, además, transmiten de generación en generación saberes y conocimientos de sus comunidades.

Es difícil considerar las complicaciones de las mujeres para salir adelante cuando vivimos en una época donde el voto para ellas se da por sentado, e incluso en una modernidad en la que con regodeo se habla de la paridad en el Congreso. Sobre todo cuando acumulan factores de discriminación y también cuando pretenden salirse del esquema heteronormativo en el que su meta es la reproducción.

Temas al parecer tan anodinos como la heterosexualidad resultan en un régimen económico que también limita las posibilidades de salir adelante. Sin ahondar en las implicaciones en términos de orientación sexual (análisis para otra ocasión), la heterosexualidad implica un rumbo de vida, un destino en el que la configuración de sus actividades y la administración del tiempo dejan muy poco pie para el desarrollo personal y profesional.

Aún se espera que las mujeres cumplan un rol secundario en el mercado laboral y uno principal de cuidados en las familias; aún se asume que su lugar primordial está en las casas. Cuando no es así, las posibilidades de salir adelante son mucho menores que las de un hombre; incluso si hablamos de una mujer privilegiada que tuvo la posibilidad de estudiar o decidió no formar una familia, su ingreso va a ser menor al desempeñar el mismo trabajo que un hombre. Su acceso a espacios de toma de decisión va a estar más limitado, ya que las dinámicas de ascenso y desarrollo profesional también responden al pacto patriarcal que hay entre varones. Su acceso a créditos e hipotecas va a ser menor que el que les otorgan a los hombres. Su acceso al Sistema Nacional de Investigadores del Conacyt va a ser un tercio menor que el de los hombres.6

Falta sumar lo adverso y hostil que es el espacio público para las mujeres que salen a trabajar diariamente; el acoso al que están sujetas en la calle y en el transporte público (del que dependen más las mujeres que los hombres), y lo poco diseñados para las mujeres que están los espacios. La violencia. Los nueve feminicidios que hay al día en México,7 la mayoría de los cuales son cometidos por sus parejas (hombres) o por familiares varones.

La falta de acceso a la justicia también se exacerba en el caso de las mujeres. Uno de los efectos de ignorar la violencia que las mujeres sufren sólo por el hecho de serlo es la deslegitimación de sus denuncias, la revictimización y —nuevamente— el sometimiento al pacto patriarcal (imaginemos, a manera de ejercicio, un caso en que el violentador de una mujer es su esposo, pero también es policía o compadre del fiscal).

¿Cómo hablar de salir adelante cuando, además de enfrentarnos a más obstáculos, tenemos que luchar para sobrevivir? Ser mujer en México implica echarle ganas todos los días para sobrevivir y para resistir, y, si nos queda tiempo, para salir adelante. Los parámetros de desarrollo y éxito, a menos que te insertes en espacios masculinos con los costos adjuntos, son por fuerza diferentes a los establecidos por instituciones patriarcales y capitalistas.

Las mujeres le echamos ganas, sí, probablemente el doble, sólo por ser mujeres. Por ello la lucha del feminismo no es darles a las mujeres acceso a los espacios masculinos ya asignados en la estructura neoliberal y precarizada. No queremos acceder a puestos de decisión masculinizados por medios también masculinos, aunque en ello se sustente el discurso liberal de la igualdad. Queremos reformar el sistema, volverlo horizontal, democratizar las labores de cuidado.

 

Sofía Mosqueda
Internacionalista por El Colegio de San Luis y maestra en Ciencia Política por El Colegio de México. Es burócrata y consultora política.


1 OIT. 19.ª Conferencia Internacional de Estadísticos del Trabajo, Ginebra, 2013.

2 ONU Mujeres. Quantify unpaid work (UW) and measure time use (TU), Highlight the contribution women make to the economy and to society, CDMX, INEGI, ECLAC, INMUJERES, 2019.

3 El reporte de ONU Mujeres y El Colegio de México define a las mujeres con privaciones múltiples si se habían casado o unido antes de los 18 años, tenían 6 o menos años de escolaridad, no tenían decisión sobre su salud ni trabajo remunerado. Las medidas de la ENADID, a partir de las cuales hacen el análisis contempla: Fecundidad, mortalidad infantil, registro y certificado de nacimientos y defunciones, preferencias reproductivas, anticoncepción y sexualidad, nupcialidad, salud materno infantil, migración, servicios de salud, discapacidades, lengua indígena, educación, actividad económica y hogares y viviendas.

4 ONU Mujeres, El Colegio de México. El progreso de las mujeres en el mundo 2019-2010, Ficha México, El Colegio de México, CDMX, 2019.

5 Se le llama pacto patriarcal a la identificación y solidaridad que se da entre hombres a manera de reconocimiento y de vinculación fraterna; como si los intereses de uno fueran los intereses de todos. Generalmente a costa del bienestar de las mujeres.

6 Íbid.

7 Actualmente hay quienes hablan de diez feminicidios al día; sin embargo, los datos oficiales son insuficientes, pues la mayoría de los feminicidios no son investigados como tal.

 

3 comentarios en “Sólo por ser mujeres

  1. Hola! Lo correcto es un médico o un enfermero, no un médico o una enfermera, porque el segundo caso da por hecho que la enfermería es una profesión femenina

  2. Excelente colaboración. Análisis con datos estadísticos y conocimiento del contexto.

  3. Un texto que, sin duda, resulta necesario en los tiempos actuales en lo que se critica una marcha, pero no la inacción de un estado ausente frente a la violencia que ustedes, las mujeres, sufren. Y me parece especialmente destacable la manera de contrastar la realidad laboral entre los hombres y las mujeres. La violencia hacia las mujeres comienza desde la concepción patriarcal de los roles de género.
    Un gran texto, y muy necesario.