La guerra acechaba, pero fue una noción la que alteró definitivamente la conciencia del niño. No era el odio que avanzaba ni el temor por la inminente persecución. Era una presencia abstracta, más que una noción, una idea de magnitud. El piso del mundo se rompió para ese niño judío cuando en su mente penetró lo inabarcable. La palabra “millones” lo dejó conmocionado. No eran solamente los muchos ceros de la cifra, sino la pérdida de confines lo que provocaba en él una mezcla de deleite y ansiedad. Lo que la palabra millones revelaba no era solamente lo descomunal, sino lo inasible. La conmoción la había provocado el regalo de un tío. Para entretenerlo en vacaciones, le obsequió al sobrino un libro de heráldica. Era una guía ilustrada de los escudos de armas de Salzburgo y sus alrededores. George Steiner recordaba en su vejez ese momento como si hubiera sucedido esa misma mañana. El librito de tapas azules reproducía en color cada uno de los blasones y castillos de la zona y contenía un mapa que ubicaba los recintos. Incluía también un glosario que aclaraba el vocabulario.

Ilustración: José María Martínez

Esa es la primera estampa de Errata, la autobiografía intelectual de Steiner. Si se coloca ahí, como entrada de su recuento vital, es porque el autor la identifica como una epifanía de su fascinación. Steiner advierte que el lenguaje del adulto es seguramente incapaz de registrar la intensidad de esa emoción en el cuerpo del niño. El libro ahuyentaba el aburrimiento, pero lo veía también como una amenaza. Era un entretenimiento y un embrujo. “Aquel manual de heráldica me abrumó al revelarme la innumerable especificidad, la minuciosidad, la amplísima diversidad de las sustancias y las formas del mundo”. Con una lupa, el niño se sumergía en cada emblema para descubrir detalles ocultos. Animales, rombos, listones, castillos, cruces y coronas. De pronto descubría que en un blasón podían esconderse miniaturas de otros. Un atisbo del infinito.

Es entonces que aparece la nube de lo incontable. “No recuerdo cuál era mi percepción si es que tenía alguna, de los grandes números. Pero recuerdo que me vino a la cabeza la palabra ‘millones’ y me quedé desconcertado. ¿Cómo podía un ser humano percibir, dominar semejante pluralidad? De pronto, en un momento de exultante aunque horrorizada revelación, se me ocurrió que ningún inventario, ninguna enciclopedia heráldica, ninguna summa de animales fabulosos, inscripciones, sellos de caballerías, por exhaustivos que fuesen, podrían ser completos”. El estremecimiento y la desolación de ese momento, confiesa Steiner, han orientado buena parte de su vida.

La fidelidad del crítico arraigaba en esa mezcla de asombro y congoja. Cada átomo es único, cada instante irrepetible. No hay repetición posible. No hay calca fiel de nada. En cada respiración soy otro. En esa extrañeza nace el crítico y su deber imposible: no confundir jamás a un grano de arena con su vecino. Steiner lo llama “intuición de lo particular”. No hay clasificación que baste, no hay lista completa, no hay enumeración final. Todo inventario es apenas preludio al infinito de los puntos suspensivos.

Explicaba el vicio de las generalizaciones con un cuento. Había una vez en Escocia un castillo con cientos de habitaciones. Nadie sabía con precisión cuántos cuartos tenía. Entonces alguien propuso colocar una vela en cada habitación y así contar los espacios iluminados. El problema fue que siempre había un cuarto sin vela y por ello era imposible completar la tarea. Esa era la moraleja: siempre habrá un cuarto oscuro. Por más que te esfuerces, por más que busques, siempre quedará un cuarto oculto.

Una apasionada convicción antieconómica lo dominó desde entonces: hay demasiado de todo. No la escasez, es la demasía la que nos atribula. Ya viejo, en aquel precioso libro de memorias, George Steiner describiría como náusea esa sensación que disparaba lo inabarcable. Para dominar el miedo que le provocaba el umbral de lo infinito, adquirió la costumbre de hacer listas. Listas de antipapas, de óperas, de reyes. Y de hacer constantemente ejercicios de memoria. Memorizar poemas, pasajes, sus listados. Sabía, sin embargo, que ningún índice podía ser exhaustivo. Ni siquiera su lista de compositores asesinos o asesinados, de Gesualdo a Leclair, podría ser completa. Quien aspira a ordenar racionalmente el universo vive una pesadilla: la pesadilla de la pieza faltante. Los sentidos, la inteligencia son incapaces de imponer orden al mundo. De ahí su desconfianza radical en los usos de la teoría en el terreno de las humanidades, la historia, lo social. De ahí el miedo que le provocan los esquemas de la totalidad. Las humanidades no deben acobardarse frente a las ciencias. Deben, por el contrario, enorgullecerse de la creativa libertad de sus interpretaciones. “En las humanidades, la teoría no es más que intuición que se vuelve impaciente”. Dedicado a venerar eso que Blake llamó “la santidad de lo minúsculo particular”, el crítico transforma lo diminuto en inviolable.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.