Tras una noche de pesadillas, al final de mi último sueño despierto repitiendo versos. Palabras que aprendí en la infancia. ¿De qué quieren librarme? Ayer un hombre desquiciado y perverso mató a su joven mujer y luego la cortó en pedazos para tirarla por donde fuera. Íngrid, se llamaba. Para cuando esto se imprima será un símbolo de lo que no se puede sostener. Ya empieza a serlo. ¿Cómo pudo pasar? ¿Cómo es que sigue pasando?

Una mujer inteligente que me sabe desde toda su vida compadece mi confusión y dice lo que piensa: actos salvajes como el asesinato de Íngrid suceden porque permitimos, como cosas normales, el roce no pedido, el piropo burlón, los salarios más bajos, los novios que se encelan a gritos, los maridos que les pegan a las madres de sus hijos sin que los vecinos se enciendan; y así hasta llegar a los que matan de un tiro y los que matan a golpes y cuchillo.

Ilustración: Gonzalo Tassier

No soporto ni pensarlo. Hay patriarcado en todas partes. Contra eso protestan las mujeres en la calle, también en todas partes, pero mi familia era un matriarcado, pensé siempre, por eso no me costó rebelarme contra lo que me parecía insoportable fuera de ella. “No está así en tus historias”, me desquicia la joven. “Las mujeres que cuentas no dicen eso”. La oigo en silencio, del otro lado del teléfono, y cuando hago silencios largos me pregunta si la oigo. Y claro que la oigo. Sus palabras quieren romper mi techo de nubes. ¿Así que mientras yo era niña, “la cultura patriarcal” estaba en mitad de mi larga familia sin que nadie la nombrara? No lo quiero aceptar, pero eso me dice la joven que lleva años oyendo mis historias y las enjuicia con su memoria de profeta, lastimando la mía. ¿Tiene razón? En la vida diaria eran asuntos menores, creí, esos en los que prevalecían los hombres. Así los vi siempre, pero parece que la suma da más y que el matriarcado en que siempre creí haber vivido no fue tal.

Las hijas de mi abuelo, tres hermanas, mandaron en el anecdotario de nuestra infancia, pero nada más: fuimos al colegio que ellas eligieron, tomamos clases de ballet y costura porque eso les pareció lo correcto, aprendimos el catecismo, cantamos y recitamos al son de las fiestas familiares que ellas inventaban. Nos gustaba cantar y cantábamos.

Jugábamos en el jardín primos y primas, como iguales. Nadie nos dijo nunca que las mujeres éramos menos listas o que podíamos esforzarnos menos en el colegio. Subíamos cerros y columpios al parejo de todos. Nada nos hizo distintas, sino hasta que los hombres se fueron a la universidad y las mujeres nos íbamos a quedar esperando a que regresaran. Como les pasó a nuestras madres. Mi hermana se negó, yo fui tras ella a la universidad. Mi padre se fue a la tumba de la que tanto he hablado. Nuestra madre a esperar que nos fuéramos, para cumplir el sueño de estudiar en serio, del que nunca habló porque cuando tenía veinte años no estaba previsto sino que se casara como una paloma de la paz.

Ni siquiera en la lógica de una familia como la suya, donde las mujeres podían usar pantalones y andar en bici con las piernas al aire —extravagante en medio de una ciudad pasmada—, había la idea de que sus hijas tuvieran que estudiar para algo que no fuera casarse.

El abuelo era un hombre encantador, y bajo su gracia se regía el mundo en el que todo era perfecto. Todo pasaba por él. Hasta los rezos eran por él, que no creía en ningún dios y se burlaba de la fe carbonera de su familia. Había que pedir para que él entendiera de asuntos que lo hacían reír. Cosas como las doce horas de ayuno antes de comulgar con el dios que se metía en una delgada galleta blanca.

Mi abuelo el liberal, el que hablaba inglés y jugaba billar y tras viajar el mundo había saltado la garrocha en la plaza mayor de un pueblo menor con tal de que mi aristocrática abuela se fijara en él. Ese fantástico abuelo que consideraba la cabeza de mis diez años lista para dialogar con sus dudas, capaz de sentarse junto a mí toda una tarde de fotos y revistas a explicarme que los humanos no éramos el centro de un universo en el que cabían lo mismo los cometas que las hormigas. Ese señor, de ese tamaño, no pudo ver como el mejor futuro de sus hijas sino que se casaran bien.

Y ¿qué sucedió? Pues que, como él dijo, ninguno de su yernos salió como para presumirlo en un aparador. Menos que todos, mi papá.

Tanto tiempo y no lo había yo escrito así. Mi mamá desafió a este patriarca feliz y lo decepcionó. Se casó con un hombre lleno de bondades, pero que no era alto ni tenía más ahorro que su imaginación y una memoria triste. Mi papá venía de un patriarca patriota que lo apresó en la guerra para cumplir su mandato: como él había dejado Italia, mandó a su hijo a que honrara el apellido, veinte años después. Al volver de la guerra a la que lo mandó su padre mi papá no era un patriarca, estaba exhausto.

Se iba temprano a trabajar, volvía puntual a la una y media. Regresaba a las tres a hacer lo único que le tocó hacer para librarse de su pasión por los automóviles: ser gerente de una tienda en que se vendían.

Mi papá trabajaba fuera de la casa, como debía ser. Mi mamá dentro, como debía ser: cambiando de lugar los sillones, tejiendo, cocinando, leyéndonos El Tesoro de la Juventud o traduciéndonos el Cuore del italiano que aprendió porque, como nadie, lo que siempre quiso fue aprender.

Hasta que todos entramos al colegio y ella empezó a trabajar fuera de casa. Gran abismo. Mi papá lo vivió como una falta. Su mujer tenía que ganar dinero, porque él no ganaba suficiente. Y qué vergüenza. El sutil patriarcado haciendo de las suyas. Y nadie que le explicara que a su mujer le encantaba lo que hacía. Que de otro modo la hubiera matado el tedio.

Mis papás eran una pareja rara en el medio. A los ojos de muchos una pareja dispareja, pero al revés. La voz de mando la tenía mi mamá. Otro desafío. Las malas calificaciones en conducta, dice mi hermana que se las enseñaba a mi papá en mitad de la siesta y él las firmaba entre sueños. Pero cuando yo me cambié de la Ibero a la UNAM, sin ningún aviso, el que escribió para llamarme a la cordura fue mi papá. Una carta triste directo a las emociones: el chantaje más bien labrado y elocuente del que yo tenga noticia. Lloré cinco días, al cabo de los cuales, no cedí. Mi mamá se dio por vencida. Igual y siempre quiso que así fuera. Lo que sé es que los dos, por encima de todo, nos protegieron del dolor. Yo nunca supe por ellos que tenía epilepsia. No me fuera yo a asustar conmigo misma. Tampoco vi en mi vida de entonces ningún agravio mayor, ningún desasosiego. Aunque existieron.

Los dos nos crecieron como se debía. Se trataba de que fuéramos personas de provecho, mis cuatro hermanos lo son. Yo escribo.

 Mi mamá sufrió de tan bonita que era. Sufrió porque no les dio gusto a sus padres casándose con uno de sus tantos enamorados ricos. No se negó con palabras, sólo se casó con alguien que no la hizo sentirse de su exclusiva propiedad. Pero en el aire se quedó el asunto. “Tu mamá es una santa”, decía mi abuela. Y lo que había detrás de tal elogio era lo que mi abuelo le dijo un día a mi madre y ella me contó cincuenta años después: “Tú fuiste la más tonta de mis hijas”. ¿Por qué? Pues porque no se casó con un millonario cuya desorbitada personalidad alcanzara la de él.

 ¿Por qué me lo contó mi madre? No supe. Ahora creo que para hablar de lo no dicho. El idílico medio en que crecí la ahogaba muchas veces, y sólo ella lo supo. Y ya quería que yo lo supiera. Nos hicieron una infancia de cielo, pero algo hubo de purgatorio en la familia, que no vimos porque no nos dejaron. Y ya iba siendo la hora, hace veinte años, cuando yo tenía 50 y ella 75, de que yo dejara de creer en los Santos Reyes.

Así visto, para mi desconsuelo, mi perfecta y feliz infancia, sí estaba dentro de una sociedad patriarcal.

Pero de ahí a que esto que ahora pasa venga de allá, a despojarnos de la certeza de que todo lo escrito, lo batallado, lo conseguido no sirvió de nada, no lo puedo aceptar.

Haber crecido en una sociedad regida por los valores del patriarcado no me vuelve su cómplice. Por eso pasé, como tantas, años de trabajo para denunciarlo y combatir sus efectos consiguiendo leyes y reformas que ahora resultan insuficientes. Y ahora, después de años de esfuerzo, hay que aceptar que no sirven de nada. Yo no quiero. No puedo creer que el patriarcado sea la única causa de los asesinatos que nos sitian. Eso ya me parece mucho vuelo. Hay patriarcado en todo el mundo y esta violencia sacrílega aquí más que nunca. Me cuesta trabajo llegar hasta ahí. Pero hasta ahí ha llegado el nuevo feminismo. Y entonces casi todo se vuelve un agravio. Y todo cobra otro sentido. En efecto el mundo en que crecí estaba regido por un patriarcado. Pero ¿qué quieren que les diga? No lo detesto. ¿Hasta dónde habrá que ir rascándole a la memoria para llenarse de odio?

Crecí en un mundo en el que no se hablaba del mal más que para asociarlo con el diablo. Y yo no encontré nunca ningún diablo. Sin embargo, me dicen que ahí estaban, en el aire, como algo natural, que eran las brasas que empezaron a encender lo que ahora sucede.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

 

5 comentarios en “¿Las brasas de este fuego?

  1. Tienes toda la razón, Arcángeles querida. Echarle la culpa al patriarcado de la ola de feminicidios que sufre tu país es algo arquetípico de lo que Orwell llamaba “el pensamiento único”. ¿Que si había patriarcado en los tiempos pasados? Claro que sí. Lo que no impidió que Darwin demostrase que descendemos de los primates, ni que Indira Gandhi presidiera el gobierno de la mayor democracia del mundo.

  2. Querida Ángeles:
    Gracias por abrir resquicios de tu(s) mundo(s). Te respondes y no te respondes: así, no más, como la vida… El Mal, con mayúsculas, al que te refieres -no hablo del patriarcado, hablo de las muertes, de nuestro tiempo-, al Mal que victimiza, al de las mujeres masacradas cuya muerte tardó en llegar triunfa sobre los valores esenciales de la humanidad. Los escritos, tu escrito, no curan, no lo pueden hacer. Mitigan el dolor y la rabia. Compartir heridas acompaña.
    Abrazo,
    Arnoldo Kraus

  3. Segundo intento : Creer que el patriarcado, Arcángeles querida, es el responsable de la ola de feminicidios que sufre tu país, es arquetípico de lo que Orwell llamaba “el pensamiento único”. ¿Que si había patriarcado en los tiempos pasados? Claro que sí, lo que no impidió que Darwin demostrase que descendemos de los primates, ni que Indira Gandhi presidiera el gobierno de la mayor democracia del mundo

  4. Yo sí soy optimista. Cada día hay más mujeres y hombres convencidos que el largo camino que queda por recorrer hay que hacerlo juntos. Es mucho lo que hay que cambiar en todos los ámbitos y se necesita el esfuerzo y la generosidad de todos.
    En la manifestación de hoy en Madrid había casi tantos hombres como mujeres. Sí, soy optimista.

  5. Me encanta leerte, me pones a pensar, mi padre, soy mayor que tú, le decía a mi madre que cerrara las persianas y le ayudaba a planchar, nos llevaba a la escuela y ayudaba con las tareas; admito también que tenía el control, lo que decía era la última palabra, generoso, respetuoso y compasivo, creo de estar vivo, hoy hubiera marchado con hija, nieta y bisnietas!