El equilibrio político y económico en el mundo está en riesgo debido a la competencia entre Estados Unidos y China. El liderazgo del país gobernado por Donald Trump ha disminuido. En este ensayo se exploran las razones por las cuales el ascenso del país asiático a cargo de Xi Jinping no garantiza que haya un nuevo líder y mucho menos el bienestar global.

China ha tomado una decisión. Pekín construye un sistema alterno de tecnología china —sus propios estándares, infraestructura y cadena de producción— para competir con Occidente.

No nos confundamos: ésta es la decisión geopolítica más importante de las últimas tres décadas. También es la mayor amenaza a la globalización. No deberíamos de haber llegado a este punto.

La globalización ha rescatado de la pobreza a miles de millones de personas en todo el planeta. Ahora vivimos más, somos más sanos y más productivos que antes. Tenemos mejor educación y estamos mejor informados que nunca en la historia. Nunca ha habido un mejor lugar y una mejor época para estar vivos que aquí y ahora.

¿Entonces por qué hay tanta gente enojada y por qué la globalización se enfrenta a una amenaza sin precedentes? ¿Por qué hay ciudadanos en país tras país que amargamente rechazan a sus gobiernos y a los partidos opositores en favor de disruptores políticos? ¿Por qué hay tanta ansiedad en estos tiempos?

Porque éste es un momento de transformación e incertidumbre. En gran parte del mundo, el flujo trasnacional —las mismas fuerzas que han creado tanta oportunidad y prosperidad— de ideas, información, gente, dinero, bienes y servicios genera miedo.

Miedo de que el mundo ahora sea demasiado complicado y más peligroso. Miedo de que el mundo que conocimos haya desaparecido para siempre, y miedo de que nadie esté dispuesto a hacer algo para evitarlo.

Japón tiene la bendición y la carga de ocupar un lugar único en el mundo del G-Zero.1 Japón tiene estabilidad política, previsión y talento tecnológico para ayudar a que el mundo tenga un mejor futuro que el que enfrentamos actualmente. Tenemos motivos para confiar en que los líderes de Japón, sus compañías, su voluntad política y su gente ayudarán en la transición a un nuevo orden, uno en el que el ingenio humano, la imaginación moral y la valentía pueden ayudarnos a todos a enfrentar los desafíos venideros.

Ilustraciones: Patricio Betteo

 

Cuando fundé Eurasia Group en 1998, nuestros clientes estaban interesados exclusivamente en los así llamados países de mercado emergente, aquellos que presentaban tanto grandes oportunidades de crecimiento como desafíos políticos desconocidos. En ese entonces definí el término “mercado emergente” como “cualquier país en el que la política influye al menos tanto como los fundamentos económicos en los rendimientos de los mercados”. Países como Japón, Estados Unidos, Canadá y las naciones líderes de Europa Occidental ofrecían un panorama político mucho más estable y predecible, pero oportunidades de crecimiento mucho más modestas.

Esos días ya quedaron atrás. La crisis financiera de 2008 y el desorden posterior han involucrado a la política directamente en el funcionamiento de las economías y los mercados, incluso en los países más ricos del mundo.

También enfrentamos un número cada vez mayor de amenazas trasnacionales. El orden mundial liderado por Estados Unidos no existe más. Tantas de las nubes que hoy oscurecen el cielo —desde el cambio climático hasta el ciberconflicto, desde el terrorismo hasta la revolución posindustrial— se mueven sin control entre fronteras, lo cual hace que los gobiernos nacionales tengan mucha menor capacidad para satisfacer las necesidades de sus ciudadanos.

Hoy no es la economía sino la geopolítica la que se ha convertido en el principal motor de la incertidumbre económica global. El mundo ha entrado en una “recesión geopolítica”, un ciclo de quiebra del sistema internacional y de las relaciones entre gobiernos. Estamos en una época en la que las alianzas, las instituciones, así como los valores que los unen, se están viniendo abajo.

Desde una perspectiva histórica, las recesiones geopolíticas son menos frecuentes y más duraderas que las recesiones económicas. Viviremos esta recesión geopolítica por lo menos durante la próxima década.

 

¿Cómo llegamos aquí?

Los economistas nos dicen que el proceso de “destrucción creativa” es el combustible que necesita el motor del crecimiento y es el proceso el que construye el futuro. La historia confirma que esto es cierto. Pero las vidas y su sustento se destruyen en este proceso, y cada vez más personas dicen que su gobierno no tiene la capacidad para ayudarlos o simplemente no le importa lo que les suceda a ellos. El resentimiento hacia las élites va en aumento en cada región del mundo. El sistema actúa en contra de ellos, o al menos eso creen; y cada vez es más difícil argumentar que están equivocados.

Esto ha creado la oportunidad para el surgimiento de un nuevo tipo de populista, uno que ofrece chivos expiatorios y promesas de protección. Estos políticos no inventaron el problema. Sólo se están aprovechando de él.

Y la preocupación más grande es ésta: el enojo surge en tiempos económicos buenos. ¿Qué sucederá cuando las economías empiecen a ralentizarse?

La historia nos muestra que los gobiernos impopulares en casa tienen mayor tendencia a crear problemas fuera de ella, especialmente con sus vecinos. Así obtienen apoyo de la gente y distraen la atención de los problemas internos. Eso genera menor confianza entre los gobiernos. El riesgo de un malentendido aumenta. Los accidentes son más comunes y tienen mayor posibilidad de devenir en conflicto.

Hay tres implicaciones a considerar.

La primera involucra los “riesgos de coletazo”, los eventos poco probables pero de gran impacto que se han vuelto comunes en un mundo transformado por el ascenso de China, el desorden en Medio Oriente, la Europa populista, la Rusia revanchista, los Estados Unidos divididos, un récord de 71 millones de desplazados y los efectos desestabilizadores del cambio climático y tecnológico.

Imaginemos un accidente militar en el mar de la China meridional que se sale de control en un momento en el que los presidentes de Estados Unidos y China están en un choque respecto a comercio y tecnología, y ambos están empeñados en mostrar fortaleza ante sus ciudadanos.

Volteemos al Medio Oriente: Estados Unidos está enfrentado con Irán. Desde que el presidente Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán y volvió a imponer sanciones, Irán ha tomado acciones militares intrépidas, como un ataque a la infraestructura central petrolera de Arabia Saudita. Esto, vale la pena recordar, incrementó fuertemente el riesgo de terrorismo en Estados Unidos hace una generación.

¿Qué sucede si el presidente Trump pierde en su intento por reelegirse el próximo año y el líder norcoreano Kim Jong-un se da cuenta de que el próximo presidente estadunidense ya no le tomará la llamada? ¿En qué provocaciones caerá? ¿Qué accidentes estará dispuesto a arriesgar?

¿Qué sucede si una crisis de deuda le pega a Italia, creada cuando un gobierno italiano en el futuro desafíe las reglas presupuestarias de la Unión Europea y sin querer derive en una crisis financiera demasiado grande para ser manejada por los bancos? ¿O un mal cálculo en Ucrania que haga que Rusia entre en guerra? ¿O un ciberconflicto entre Rusia y Estados Unidos que ataque infraestructura crítica y cree una crisis humanitaria dentro de una ciudad estadunidense?

La falta de un liderazgo coordinado en nuestro mundo, el mundo G-Zero, hace que todas estas crisis sean más factibles y más difíciles de resolver cuando ocurran. Individualmente se ven casi imposibles. Colectivamente plantean un peligro sin precedentes.

La segunda implicación de la recesión geopolítica es la descomposición de las instituciones internacionales. Las decenas de millones de desplazados en el mundo generan uno de los problemas más urgentes y caros que haya tenido que enfrentar la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, a pesar de que los gobiernos nacionales cada vez tienen menos interés en albergar a grandes cantidades de refugiados, todavía menos gobiernos tienen interés en apoyar a la Agencia de Refugiados de la ONU.

También observamos la fragmentación de las instituciones europeas cuando los votantes envían a más políticos anti Unión Europea (UE) al parlamento europeo. Ya no existe el consenso entre europeos sobre el libre tránsito de sus ciudadanos entre fronteras, o sobre cómo lidiar con inmigrantes de fuera de la UE, o sobre preguntas tan importantes como cómo llevar la relación con Rusia.

El gobierno de Trump ha amenazado la cohesión de la OTAN, la alianza militar más exitosa de la historia (y el presidente francés Macron parece estar completamente de acuerdo con él), y ha retirado a Estados Unidos del Tratado Integral y Progresivo de Asociación Transpacífico, del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio con Rusia, del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, del Acuerdo Climático de París, sólo por nombrar algunos. La inevitable consecuencia de todo esto es un mundo que se ha vuelto más impredecible y mucho menos seguro.

Hay muy pocas posibilidades, en el ambiente actual, de establecer nuevos acuerdos y nuevas instituciones para lidiar con las crisis del mañana.

En lugar de eso, los gobiernos individuales adoptarán sus propias reglas para intentar enfrentar los desafíos que ya no respetan fronteras. Amenazarán con sanciones económicas y con respuestas militares en un mundo en el que menos instituciones tienen la capacidad para hacer valer las reglas y prácticas comúnmente aceptadas.

La última implicación de la recesión geopolítica: la debilidad del sistema internacional actual no sólo deja un mundo más vulnerable ante una crisis, sino menos capaz de recuperarse en caso de que la crisis llegue. En los últimos años hemos evitado una crisis internacional de gran tamaño. Hemos visto el Brexit, la elección de Donald Trump, el aumento del populismo en Europa, el intento de Rusia por socavar la independencia de Ucrania, la consolidación del poder de Xi Jinping en China, la debacle de Venezuela y muchísimos incendios individuales en el Medio Oriente y en las democracias mundiales. Pero no hemos experimentado nada durante este periodo que desafíe a todo el orden internacional y la economía global ha permanecido relativamente estable.

Nuestra suerte no es eterna.

Hay una superpotencia en el mundo de hoy, un país que puede proyectar poder político, económico y militar en cada región. Esa superpotencia sigue siendo Estados Unidos.

Por eso importa tanto que los propios estadunidenses ya no estén de acuerdo con el papel que debe jugar su país en el mundo. A dondequiera que viajo, incluso aquí en Japón, escucho preguntas y preocupaciones sobre el presidente Donald Trump. Como si él fuera la fuente de toda esta confusión. Como si su partida del escenario político, sea el próximo año o en cinco, regresara a Estados Unidos y al mundo a un camino que conduzca a algún tipo de normalidad.

Eso no va a suceder porque Donald Trump es un síntoma, no una causa, de esta ansiedad y confusión. Sí, es Trump el que cuestiona el valor de la OTAN y si las tropas estadunidenses deben estar desplegadas fuera del país. Trump es el que sugiere que Japón y Corea del Sur deben desarrollar armas nucleares propias para aminorar la carga de Estados Unidos, es el que le ha declarado guerra comercial a China y el que ha amenazado a Europa, Japón, México e incluso Canadá. Honestamente, ¿quién amenaza a Canadá?

Pero viajemos un poco hacia atrás y pensemos por qué Barack Obama fue electo presidente. Después de ocho años de la guerra contra el terrorismo de George W. Bush, fue Obama quien prometió terminar con las guerras de Irak y Afganistán, y no comenzar una nueva. En la mente de muchos estadunidenses, otros demócratas, incluyendo a Hillary Clinton, estaban contaminados por su apoyo a la guerra contra Sadam Husein.

Viajemos un poco más atrás. En 1992, Bill Clinton prometió que el fin de la Guerra Fría significaría el fin de todas las cargas asociadas a ella. Prometió “un dividendo de paz”, el dinero que ya no se necesitaría para vencer a los soviéticos y que se podría utilizar para fortalecer a Estados Unidos en casa.

Los estadunidenses no quieren dirigir el mundo. Tienen mucho tiempo convencidos de esa idea. Y con cada año que pasa, cada vez hay menos estadunidenses que recuerden la Guerra Fría, ya ni hablemos de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, ya hay soldados estadunidenses en Afganistán que todavía no habían nacido el 11 de septiembre de 2001.

La renuencia de Estados Unidos a seguir siendo una superpotencia crea un vacío de liderazgo global. Pero nadie está asumiendo el papel de la manera en que hace más de un siglo lo hizo Estados Unidos, justo cuando el sol se puso en el Imperio británico.

Europa se mantiene profundamente preocupada, en particular sobre los asuntos económicos que dividen al norte y al sur y los asuntos políticos que dividen al este y al oeste. Y mientras el presidente Xi Jinping ha declarado una nueva era de China en el mundo, el liderazgo chino se mantiene muy cauto en cuanto a aceptar las responsabilidades internacionales de mayor importancia.

Por eso, cuando hablamos de liderazgo internacional, Pekín no será un proveedor de bienes públicos como lo fue Estados Unidos. Y por eso una crisis futura será tan difícil de resolver.

 

Y después está el impacto de la recesión geopolítica sobre la propia globalización.

La globalización ha cambiado nuestro entendimiento sobre cómo se hacen las cosas y sobre cómo podemos vivir. Alrededor del mundo celebramos nuestras fiestas patrias con fuegos artificiales hechos en China. Las llamadas de atención al cliente que hacemos para arreglar nuestras computadoras son contestadas en la India. Nuestros coches están hechos de partes que provienen de docenas de países. Estamos integrados globalmente. Ya no es importante decir de dónde provienen nuestros productos.

Y, hasta hace poco, la política no había jugado un papel importante en estos procesos. Ya no es el caso.

Ya no hay un mercado libre global. China, que pronto se convertirá en la economía mundial más grande, practica el capitalismo de Estado, un sistema que permite que los funcionarios gubernamentales se aseguren de que el crecimiento económico tenga como fin último servir a los intereses políticos y nacionales.

El sistema de capitalismo de Estado chino distorsiona el funcionamiento tradicional de una economía de mercado porque depende fuertemente de empresas que son propiedad del Estado y en campeones nacionales apoyados por el Estado para así asegurar estabilidad económica y, por lo tanto, política. El sistema depende de subsidios estatales que permiten que los funcionarios utilicen cantidades enormes de capital y otros recursos como ellos prefieran. El gobierno elige a los ganadores y a los perdedores.

El éxito de este sistema para China y para el Partido Comunista Chino es innegable. Las buenas noticias para todos los demás es que el crecimiento chino ha sostenido el crecimiento global. De manera crucial, la economía global híbrida que ha creado China no ha acabado con la globalización. Tanto el libre comercio como los sistemas de capitalismo de Estado permiten que los bienes y el capital se muevan por el mundo.

Pero el futuro de la globalización no es tan sencillo. Distintas partes de la economía global se están adaptando de distintas maneras al fin del orden global liderado por Estados Unidos.

El mercado de productos —en particular comida, metales y energía— se está globalizando aún más. Los aranceles estadunidenses y chinos dominarán las noticias mientras sigan en pie, pero la historia de mayor importancia es la expansión de los mercados mundiales de productos.

Las nuevas tecnologías han hecho que la producción energética sea más eficiente y que disminuya sus costos más rápido que lo que la política puede aumentarlos. Por eso, incluso después del dramático ataque con misiles a la infraestructura saudí que detuvo la mitad de la producción petrolera de ese país, el aumento resultante de los precios del petróleo sólo llegó a ser de la mitad de lo que fue en 2008.

Con más de mil millones de personas que se han incorporado a la clase media mundial durante las últimas generaciones, y con un aumento en el ritmo de ese crecimiento, la globalización del mercado de productos continuará.

El mercado de bienes y servicios, por otro lado, se hará menos global. Esto sucederá, en parte, porque el papel que juega el trabajo en la producción se encogerá de forma dramática cuando las nuevas tecnologías traigan automatización y aprendizaje automático para las máquinas —machine learning— al lugar de trabajo. Los manufactureros quieren producir donde la producción es menos cara. Eso no cambiará. Lo que ha cambiado es la búsqueda de mano de obra barata, porque el crecimiento de las clases medias en China, India, el sureste de Asia, América Latina y el África subsahariana ha llevado a un aumento de sueldos en todo el mundo, lo que ha convencido a los productores de automatizar la producción.

Más aún, el crecimiento del populismo que hemos visto en tantos países es conducido en gran parte por el enojo generalizado ante la pérdida de empleo. Esto quiere decir que los funcionarios probablemente prefieran construir barreras cuyo propósito sea proteger trabajos locales en lugar de restringir el flujo del comercio. 

Estas tendencias harán que las cadenas de suministro de bienes y servicios se contraigan mientras cada país o compañía trabaje para reducir su vulnerabilidad ante las disrupciones que padezcan los países involucrados en conflictos comerciales. No sucederá de inmediato, porque los presidentes de las compañías no quieren tomar decisiones difíciles hasta que crean que deban tomarlas. Pero mientras más se apriete la economía global, esos directivos aumentarán la producción de bienes y servicios en los lugares donde se encuentren los clientes.

Finalmente, está el mercado global de datos e información. Este mercado se está dividiendo en dos. Ya no es global. En un inicio, el internet —la WWW, la red mundial— se guiaba por un solo juego de estándares y reglas. Con pocas excepciones, un consumidor tenía virtualmente el mismo acceso que cualquier otro. Esto ya no es así.

Hoy, China y Estados Unidos están construyendo dos ecosistemas virtuales distintos. Esto sucede no sólo con la transformación actual del internet, sino también con la construcción del internet de las cosas. El ecosistema comercial estadunidense, con todas sus fortalezas y debilidades, fue construido por la industria privada y regulado (es un decir) por el gobierno. El sistema chino es dominado por el Estado. Esto también es aplicable a la recolección de macrodatos, al desarrollo de inteligencia artificial, al despliegue de la red de tecnología celular 5G y a la defensa y el contraataque frente a ciberataques.

Esto nos deja una gran pregunta: ¿En dónde, exactamente, se erigirá el nuevo Muro de Berlín? ¿Dónde encontraremos la frontera entre un sistema tecnológico y el otro? ¿Se alineará Europa con Estados Unidos? ¿O se fragmentará la Unión Europea en decisiones individuales dentro de países europeos individuales? ¿Qué posición adoptará China? ¿Y Corea del Sur? ¿Y Brasil? ¿Qué presiones enfrentará Japón?

Existe otra duda fundamental: ¿el modelo de información y datos liderado por Estados Unidos se mantendrá liderado por el sector privado? ¿O los miedos futuros por la seguridad nacional permitirán la creación de un “complejo industrial militar basado en tecnología” en Estados Unidos?

Las respuestas a estas preguntas llevan consigo implicaciones profundas. En el mercado de productos, bienes y servicios, los actores mundiales son a la vez competidores y colaboradores (potenciales). Cada actor quiere una mayor parte del mercado, pero todos se benefician de un sistema de mercado abierto que ofrezca oportunidades para todos. Las guerras comerciales pueden iniciarse para conseguir metas específicas, pero ésta no es una competencia de suma cero. Mantener los negocios como siempre —la filosofía del business as usual— promete dar algo a cada quien. Éste es un componente crítico de la paz global y la prosperidad.

Pero esta aserción ya no es cierta en la economía de datos e información. Aquí, tal y como sucedió en la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la existencia de dos sistemas que compiten entre sí limita las oportunidades comerciales y crea amenazas para la seguridad nacional. El resultado que desea cada lado es la eliminación del otro sistema.

 

Esto significa que ahora tenemos que hablar de China y Estados Unidos. ¿Qué debe de querer de China el resto del mundo? Debemos de querer que tenga éxito. El mundo necesita que China se mantenga estable, productiva y cada vez más próspera para empujar el crecimiento global. Necesitamos que China juegue un papel internacional constructivo, aunque sea limitado. Que trabaje con otros gobiernos para enfrentar los retos impuestos por la pobreza, el conflicto, los riesgos de salud pública, la falta de educación, la falta de infraestructura, el cambio climático y el avance de las tecnologías disruptivas. Claro que también necesitamos eso de Estados Unidos.

La amenaza de China a Estados Unidos es más pequeña de lo que muchos creen en Washington. China tiene aún menos interés en entrar a una guerra con Estados Unidos que el que tiene Estados Unidos de entrar a una guerra con China. China es un poder militar regional pero no global. La interdependencia económica se mantendrá, a pesar de los esfuerzos sistemáticos de ambos lados para reducir sus vulnerabilidades económicas.

La fuente más grande de conflicto entre Estados Unidos y China proviene de la tecnología. Aquí sí China es hoy una verdadera superpotencia. Aquí sí hay una estructura de la Guerra Fría que afecta a cada región del mundo. Aquí sí Estados Unidos tiene un interés en que China fracase, porque el desarrollo tecnológico chino presenta una amenaza a los cimientos sobre los cuales se sostienen los valores de los que dependen la estabilidad global y la prosperidad.

Éste es un tema en el que los demócratas y los republicanos están de acuerdo. Imagínense eso.

Hay mucho en juego. La idea de un splinternet —un internet dividido—, la creación de ecosistemas tecnológicos paralelos, no es sólo una amenaza a la globalización; es una competencia que pueden terminar perdiendo quienes creen en la libertad política.

¿Qué debemos hacer?

Permítanme ofrecer dos propuestas. La primera es la creación de una organización equivalente al Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU, el cuerpo encargado de medir la vulnerabilidad mundial y las respuestas al cambio climático de manera objetiva. Necesitamos un grupo similar para establecer las reglas torales de nuestro mundo digital, los datos e inteligencia artificial que lo sostienen, y su desarrollo a futuro.

Mi segunda propuesta es ésta: el mundo necesita una OMC digital, una Organización Mundial de Datos. Así como con la OMC, unir a gobiernos que crean en la apertura y transparencia digital dentro de una organización en la que China tendrá incentivos económicos y de seguridad para unirse, en particular si es la única forma en la que Pekin pueda asegurar acceso a mercados desarrollados. La zanahoria funcionará mejor que el garrote.

Estados Unidos, Europa, Japón y demás países aliados que piensen de forma similar y quieran unirse deberán trabajar juntos para establecer estándares futuros para la inteligencia artificial, los datos, la privacidad, los derechos de los ciudadanos, y la propiedad intelectual. Deberán desarrollar un secretariado permanente que establezca estas normas digitales de manera conjunta y un mecanismo judicial para hacer que se cumplan. Estados Unidos tiene la capacidad de innovación y las empresas emergentes o start-ups. Europa tiene la superpotencia regulatoria. Japón es el principal laboratorio de un mundo que necesita ver cómo la inteligencia artificial puede mejorar la vida de las personas.

Así podemos lidiar con la guerra fría tecnológica entre Estados Unidos y China.

Existe, sin embargo, un área en la que la cooperación china con Occidente es tanto crítica como totalmente posible en estos momentos. Para combatir el avance del cambio climático y sus peores efectos necesitamos un “Plan Marshall Verde”, un proyecto fondeado en su mayoría por Occidente que incluya las mejores ideas de los pensadores del sector privado y de los científicos apoyados por el Estado tanto en Occidente como en China para decidir cómo modificar las políticas públicas de la mejor forma posible y cómo inventar las tecnologías que limpien el aire del mundo y su agua, y limiten el daño infligido por el cambio climático.

El así llamado Nuevo Pacto Verde que hoy se encuentra bajo escrutinio en Estados Unidos presupone que los estadunidenses pueden resolver sus propios problemas climáticos. No es cierto. China es hoy por hoy el emisor número uno de carbono, por amplio margen, y China comparte un interés con el resto del mundo en combatir el cambio climático. No sólo son Nueva York y Tokio quienes enfrentan las tormentas futuras y el aumento del nivel del mar. También es Shanghái.

 

Ahora es momento de hablar de Japón.

He creído durante mucho tiempo que la cumbre G-Zero debe llevarse a cabo en la gran ciudad de Tokio. En el drama internacional que he descrito, el mundo necesita que Japón desempeñe un papel único: un papel protagónico. 

En un mundo en el que la política es dirigida por los agravios partidistas, Japón es hoy la democracia industrial avanzada más sana. Tiene el liderazgo político más fuerte. A pesar de las múltiples controversias en la vida japonesa, éste es el único país que ha desafiado la tendencia mundial hacia la polarización.

Japón es la sociedad más justa y más igualitaria de las naciones más desarrolladas. Sus instituciones tienen mayor legitimidad pública al interior que cualquier otro país. Muchos años de experiencia personal me han enseñado que el sector privado japonés es innovador y dinámico. En un mundo en el que los gobiernos no han podido proteger, sistemáticamente y a largo plazo, la seguridad y la prosperidad de sus ciudadanos, Japón tiene una red de seguridad social que funciona. Esto nunca ha sido tan importante como hoy.

Sí, Japón necesita el surgimiento de talento, creatividad y trabajo duro que surge a partir de una mayor inclusión de las mujeres en la fuerza laboral, incluyendo en puestos de alta jerarquía. Y sí, el reto de manejar una deuda pública insostenible sigue ahí.

Pero las innegables ventajas que ofrece Japón lo ayudarán a ofrecerle al mundo un liderazgo que tanto necesita. Las reuniones recientes del primer ministro Abe con líderes políticos y de negocios en la India, en Alemania, en Irán y con varios gobiernos africanos muestran los comienzos de lo que puede ser posible si Japón toma la oportunidad de ayudar al mundo a enfrentarse a todas las dificultades que he descrito hoy. Y porque Japón tiene la oportunidad, creo que también tiene la obligación.

Hay cinco áreas en las que me parece que más necesitamos el liderazgo japonés:

Japón puede guiar al mundo hacia el crecimiento económico sustentable. El costo de “crecer a todo costo” es vergonzosamente obvio. La contaminación de nuestro aire, nuestra agua y nuestra tierra; el avance del cambio climático; y el fracaso de los gobiernos en proteger el contrato social que los une con los ciudadanos dejan en claro que el mundo necesita un modelo de “capitalismo sustentable”. La búsqueda de Japón de una “sociedad 5.0”, una que se construya sobre cimientos del aprendizaje automático de las máquinas, de la robótica y de otras innovaciones que enriquezcan las vidas humanas, otorga oportunidades al gobierno y a la industria japonesa para mostrarle al mundo cómo dar un paso hacia adelante sin caer por un barranco.

Japón puede impulsar la cooperación y limitar los conflictos entre China y Estados Unidos. Estos dos países ocuparán el centro de nuestro futuro sistema internacional, pero Japón se encuentra en una posición única en la que puede darle a cada lado un mayor incentivo para coordinarse en áreas en las que sus intereses coincidan y para evitar confrontaciones que lleven al peor de los casos en el terreno en el que compiten.

Japón puede apuntalar las instituciones multilaterales. Pienso que Japón debería unirse al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura para apoyar a la institución en su intento por convertirse en un actor de mayor importancia en la iniciativa china que se conoce como “Un cinturón, un camino”, y con ello hacer que el financiamiento de la iniciativa sea menos opaco. Esto sería bueno para Japón y para las compañías japonesas, y bueno para el mundo. Japón debería persuadir a sus aliados estadunidenses también. Asimismo, Japón debería trabajar con Alemania, Canadá y otros gobiernos de pensamiento similar para defender las instituciones internacionales ya existentes, y para participar plenamente en la construcción de reglas globales para el comercio, la transferencia de datos y las políticas públicas de innovación. El liderazgo que ya demostró Japón al volver una realidad el Tratado Integral y Progresivo de Asociación Transpacífico demuestra que esto es posible.

Japón puede continuar con el trabajo que lleve a una cibercoordinación y a un centro de monitoreo que pueda promover y dirigir la inversión en desarrollo e investigación que se detuvo durante la última recesión. Puede lograr esto en cooperación con los países que son parte de la alianza de inteligencia conocida como Cinco Ojos y si suma a Alemania.

Japón puede liderar al mundo en la distribución y coordinación de ayuda humanitaria en un mundo que la necesita con creces. Como uno de los países más ricos, Japón tiene la influencia y credibilidad para coordinar esfuerzos que ayuden a personas y gobiernos que lo necesiten. El sector industrial japonés puede ofrecer tanto liderazgo como soluciones tecnológicas avanzadas para promover el desarrollo sustentable de sociedades globales, en particular en las áreas de provisión de cuidados de salud, en la construcción de ciudades inteligentes y en el rediseño de los lugares de trabajo del siglo XXI.

 

Mientras miramos hacia el futuro de las relaciones internacionales, hay una predicción que podemos hacer con absoluta seguridad: sin importar lo que suceda en la elección presidencial estadunidense, sin importar qué partido esté en el poder, el orden internacional liderado por Estados Unidos ha concluido. No volverá.

Pero es igual de importante reconocer que las aspiraciones que representa este orden siguen siendo vigentes para muchas personas.

Estas aspiraciones, estos valores, no fueron inventados por Estados Unidos. No son “occidentales”. No son solamente el producto de la Ilustración europea. La búsqueda de la libertad, la justicia, el Estado de derecho, la libertad de expresión y la búsqueda humana innegable de la apertura y la exploración son universales.

Estados Unidos ya no puede presumir ser el líder en la defensa de estos valores. Los estadunidenses tenemos que jugar nuestro papel. También los europeos. También los japoneses. Y adentro de Rusia, Egipto, Arabia Saudita, adentro de países grandes y pequeños, hay quienes tienen hambre de convertirse en los maestros de su destino.

La competencia y el conflicto entre naciones es inevitable. El calentamiento del planeta y la llegada de la inteligencia artificial traerán desafíos existenciales.

Pero vivimos en un mundo G-Zero, un mundo sin el liderazgo con el que la gente puede contar y en el que puede confiar. Nos toca a nosotros ocupar ese espacio. A quienes estamos en posiciones de poder. A quienes estamos en puestos de influencia.

 

Ian Bremmer
Es fundador y presidente de Eurasia Group.

Discurso pronunciado en la Cumbre G-Zero de Tokio en noviembre de 2019.

Traducción de Esteban Illades.


1 G-Zero es un término acuñado por Ian Bremmer que se refiere al vacío en la política internacional que ha sido propiciado por el declive de la influencia occidental.

 

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