En los años 1920, Estados Unidos tuvo una profunda fascinación con el arte y la cultura de México, un fenómeno que la historiadora Helen Delpar nombró “the enormous vogue of things Mexican” (la inmensa moda de lo mexicano). Intrigados por la revolución, tan fotografiada, y por el proyecto cultural del gobierno revolucionario, escritores y artistas estadunidenses viajaron a México a sentir en carne propia esa efervescencia cultural de la que tanto se hablaba. Figuras como Edward Weston, John Dos Passos, John Stenbeck pasaron temporadas en el país. A la vez, México cobraba más y más conciencia de cómo lo percibían sus vecinos del norte. La escuela de verano de la universidad nacional, establecida en 1921, daba clases a extranjeros, en su mayoría norteamericanos, sobre historia, arqueología, folklor, arte y literatura. Figuras como Alma Reed, Frances Toor y Anita Brenner fueron cruciales para fomentar esa fascinación por México en Estados Unidos. También, sin duda, lo fue el mexicano Marius de Zayas, en cuya galería de arte moderno en Nueva York se llevó a cabo una de las primeras exposiciones de arte precolombino mexicano, en 1914. Otra sección de la galería exhibía al mismo tiempo obras de Picasso. Esto no era considerado contradictorio. El arte primitivo, para Marius de Zayas, era una de las grandes influencias del arte moderno, y ambos compartían, según él, la misma capacidad de provocar una emotividad profunda y visceral.

Mayan Theater
Fotos cortesía de University of Southern California Libraries y California Historical Society

En la costa oeste de Estados Unidos, principalmente en la zona que se llegó a conocer como la “alta” California, esta fascinación por México, específicamente el México folclórico (autóctono y auténtico, en las palabras de la época), se plasmó en un extraño fenómeno arquitectónico llamado Mayan Revival (renacimiento maya). Varios arquitectos como Frank Lloyd Wright diseñaron residencias particulares inspiradas por ruinas precolombinas. Una de las más conocidas es la “Ennis House”, diseñada por Frank Lloyd Wright y construida en 1924 en el barrio de Los Feliz en Los Ángeles, en lo que llamaron “textile block design”, en esencia, bloques con un diseño precolombino estampado sobre el cemento como si fuese sobre un textil.

A pesar de la referencia explícita a la cultura maya, el estilo Mayan Revival no tenía nada de selectivo. Al contrario, se inspiraba en un pastiche de influencias mesoamericanas: abundaban motivos aztecas, zapotecas, toltecas, entre otros. Una de las construcciones más importantes en tal estilo es un hotel ubicado en Monrovia, California, que data de 1925. Aunque estaba ampliamente decorado con motivos mayas, fue bautizado como The Aztec Hotel, y todavía existe con el mismo nombre. Quizá como reflejo de esta afinidad entre lo moderno y lo “primitivo” a la que apuntaba Marius de Zayas, varios cines se construyeron en tal estilo, como si el celuloide fuese un conducto hacia la memoria antigua, o más bien, como si el pasado precolombino sólo pudiera sobrevivir a través de los disparates del temprano Hollywood. Fue un fenómeno que rebasó California. En 1915 se construyó un Aztec Theater en Eagle Pass, Texas (inspirado en las ruinas zapotecas de Mitla). En 1926, se inauguró otro Aztec Theater, esta vez en San Antonio, Texas. En 1928, fue el Fisher Theater de Detriot (concebido bajo la consultoría de un arqueólogo del Carnegie Institute), y en 1930, el Mayan Theater de Denver. Había también una fascinación por otros formatos exóticos. Cabe mencionar el Grauman’s Egyptian Theater de 1922, y el Grauman’s Chinese Theater de 1926, ambos en Hollywood Blvd., en Los Ángeles. México reciprocó el interés que le dedicaba Hollywood. Varios escritores y artistas mexicanos pasaron temporadas en Los Ángeles durante y después de la revolución: Salvador Novo, Xavier Villaurutia y Carlos Noriega Hope son sólo algunos. También fue allí que Adolfo de la Huerta se exilió después de su rebelión fallida de 1924, subsistiendo gracias a su escuela de canto.

En 1927, en plena efervescencia de los exóticos cines “precolombinos”, se construyó el Mayan Theater de Los Ángeles, sin duda uno de los más detallados y extravagantes. Está en el centro de la ciudad, South Hill St. con West Olympic, al lado del Belasco Theater, otro cine grandioso que fue inaugurado un año antes. Su construcción costó, según Los Angeles Times, unos 850 000 dólares, una suma muy importante para la época. El auditorio incluye un inmenso candelabro inspirado en el calendario Azteca, que aún existe, y cuando se inauguró ofrecía asientos para casi 1500 personas.

El Mayan vivió la transformación del centro de Los Ángeles. Después de su época dorada como teatro y cine de lujo, se especializó en cine en español para un público hispano, y luego pasó a ser un cine porno, The Fabulous Mayan por varios años. Ahora es una discoteca y un centro de conciertos, todavía ligado a un México pintoresco y folclórico. Así lo describe una reseña en internet: “Lavish Mayan decor, pulsing eclectic beats & lucha libre matches at this tri-level dance club”. Una lectura detallada de cómo el Mayan ha sido reinventado y reutilizado a lo largo de estos últimos cien años nos diría mucho sobre la evolución de “lo mexicano” en el imaginario estadunidense. No sorprendería hoy encontrar allí un concurso de disfraces de Fridas Kahlo alternando con un espectáculo de lucha libre.

Detalle del Mayan Theater

La idea de construir un teatro y cine al estilo Maya a mediados de los 1920 vino de un promotor teatral llamado Gerald Davis. Inspirado por un artículo sobre el arte precolombino que leyó en un periódico de Los Ángeles, encargó su construcción al arquitecto Stiles Clemens. El autor del artículo que inspiró el proyecto, y que luego diseñaría el ornamento de la fachada y los interiores, era un joven artista y curador mexicano radicado en California, Francisco Cornejo. Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1892, de una de las familias acomodadas de la región. Como lo confirma un corrido escrito sobre él en Guanajuato en 1945, su padre era negociante en perlas:

La Paz se llama el poblado donde se meció su cuna,
Está a la orilla del mar o cerca de una laguna
Pa mí que será, loceano que de tanto pez se llena,
Porque lo criaron con leche y queso de ballena.
Le daban agua de coco, aletas de tiburón
Pecho asado de caguama, bacalao y abulón
Ai tienen como se jue l’escuincle desarrollando
L’estomago y la cabeza se le jueron redondeando
Su padre que comerciaba en perlas se la veía de los diablos
Pa’ matar l’apetito de su cría
No quiero hacerles el cuento tan cansado y tan tedioso
Pronto pa la capital se llevaron al mocoso.

La industria perlera era importante en la península de Baja California a fines del siglo XIX, algo que el escritor estadunidense John Steinbeck, quien viajó extensamente por la zona, plasmó en su novela breve La perla. Es posible que la violencia y la avaricia representadas en la novela de Steinbeck se inspiraran en acciones del padre del mismo Cornejo, quien aprovechando la encrucijada de la Revolución quemó las instalaciones de uno de sus rivales comerciantes, Gastón Vives, y lo mandó al exilio. Pero esta historia será para otro momento.

Francisco Cornejo salió muy joven de La Paz y al parecer vivió la Revolución ya en Estados Unidos. Fue a la capital de niño, como dice el corrido, y luego, alrededor de 1911 se instaló en California, y pasó largas temporadas en San Francisco y Los Ángeles. En San Francisco estableció una galería nombrada el Aztec Studio, exhibió obras en la universidad de Stanford y en la escuela de arte de San Francisco. También dio clases en ambas instituciones. Cornejo se dio a conocer no sólo por su trabajo en escultura de inspiración precolombina, sino también por sus pinturas al óleo del paisaje californiano y, en particular, de sus misiones.

Cornejo mantuvo estrechos lazos con artistas mexicanos. En diciembre de 1921, salió un artículo en Excélsior en el que se describía la estancia en México de Cornejo y su amistad con figuras como el Dr. Atl, titulado “Un heraldo del arte nacional en la tierra norteamericana”. Allí Cornejo explica no sólo sus ambiciones de dar a conocer la cultura mexicana en Estados Unidos, sino también su conceptualización del lugar del arte precolombino en las artes plásticas modernas. Su ambición no es llevar a cabo una reconstrucción del pasado, afirma, sino educar a artistas y a un público más amplio para que las “artes primitivas” sean fuente de inspiración y modelo para las artes modernas. Cornejo también se involucró en las artes escénicas en San Francisco. Su trabajo inspiró una coreografía titulada “Xóchitl”, sobre el descubrimiento del pulque. Cornejo diseñó la escenografía y el vestuario, y “Xóchitl” fue representada por la ahora legendaria Martha Graham.

El Mayan Theater se considera la obra maestra de Cornejo y recibió amplia publicidad en la prensa de la época. En general las reacciones en la prensa ante la inauguración del Mayan fueron positivas aunque no faltó quien lo considerara un poco extraño: “Mayan design is odd” (el diseño maya es extraño), afirma el título de una reseña de agosto de 1927. Cabe mencionar que las casas diseñadas por Frank Lloyd Wright en esta misma época también fueron muy criticadas por el uso de los bloques de cemento expuestos, un material considerado barato y de mal gusto.

Detalle del auditorio Ceiling del Mayan Theatre

Las decisiones artísticas y personales de Cornejo también se cuestionaron desde México. En 1928, el escritor, político y diplomático Isidro Fabela le dedicó a Cornejo una larga carta. Era en principio un texto personal, escrito a un amigo de la familia, pero tenía también matices ensayísticos. Fabela trabajó varias versiones del texto, que ofrecía una reflexión sobre el lugar del arte en la vida nacional mexicana y las diferencias entre México y Estados Unidos. Estados Unidos, para Fabela, no era el lugar indicado para que un joven artista desarrollara su talento:

La existencia efervescente que se vive allá no favorece la eclosión de la belleza. Porque las sensaciones artísticas nacen, no sólo de uno mismo, sino en colaboración con los demás, los que conviven con nosotros y nos ayudan, sin saberlo, a edificar una emoción o procrear una idea. Y la estandarización, que es monotonía, del vivir norteamericano, de millones y millones de gentes, que tienen habitudes semejantes y comen o usan cosas idénticas; ese cuerno de la abundancia de productos alimenticios en lata, utensilios y muebles standard; todo eso, dentro de una actividad maquinal grisácea, sin matiz, sin euritmia, sin perspectiva, no es ambiente para la inspiración artística.

Las reflexiones de Fabela no pueden sino evocar la descripción de Coney Island que José Martí habría hecho unos treinta años antes, cuando al comparar Estados Unidos con Latinoamérica declaró: “Aquellas gentes comen cantidad; nosotros clase”. Para Fabela, Cornejo tenía que desarrollarse como artista ya sea en México, observando y viviendo su belleza espiritual y su riqueza histórica, ya sea viajando a Europa para saturarse de sus paisajes y museos, como lo había hecho su contemporáneo Diego Rivera.

No hay rastro de una respuesta de Cornejo a Fabela. Lo que sí sabemos es que a mediados de los 1930, a más tardar, Cornejo regresó a México, se instaló primero en Guanajuato y luego en Ciudad de México, donde fundaría un centro cultural en la avenida Coyoacán llamado El Rancho del Artista, un espacio que funcionaba a la vez de galería y de retiro, donde se podían hospedar escritores y artistas de otras regiones de México y del extranjero. El lugar incluía el jardín de los dioses aztecas, decorado con reproducciones precolombinas, y el jardín de los poetas, creado por Jaime Torres Bodet, así como una biblioteca dedicada a sor Juana Inés de la Cruz. Venados, guajolotes y pavorreales circulaban en libertad por la casa y el jardín. Entre las actividades del centro resaltan exposiciones de la obra de Guadalupe Posada en los años 1940; presentaciones teatrales, tertulias y hasta la visita de Walt Disney. Era un espacio frecuentado por Diego Rivera, Dolores del Río, Miguel Covarrubias, Cantinflas, entre otros. A fines de los 1950, el rancho cerró por problemas de fondos. Pancho Cornejo, como se le conocía familiarmente, murió en 1963. Del Rancho del Artista, al parecer, no quedan huellas, pero en ese país de “Historia niña”, en palabras de Isidro Fabela hablando de Estados Unidos, se conserva todavía hoy, al ritmo de la música electrónica del Mayan Theater, el paso de Francisco Cornejo por Los Ángeles.

 

Viviane Mahieux
Profesora asociada de la Universidad de California, Irvine (UCI). Sus publicaciones incluyen la antología Una pequeña marquesa de Sade: crónicas selectas 1921-1947, por Cube Bonifant y Urban Chroniclers in Latin America: The Shared Intimacy of Everyday Life.

 

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