En 1949, cuando el poeta estadunidense Ezra Pound fue reconocido con el Premio Bollingen por los polémicos Cantares de Pisa, se encontraba recluido en el hospital psiquiátrico de St. Elizabeth. A pesar de estar purgando una condena por alta traición a la patria, Pound había sido trasladado por su médico, el Dr. Overholser —quien estaba fascinado por su personalidad narcisista en extremo—, de las mazmorras generales de concreto, en las que gritaban y babeaban locos desquiciados, al edificio central de Chestnut Ward. Pound tenía permitido recibir visitas en su cuarto privado, el cual contaba con una ventana amplia desde la que se podía ver el capitolio y la fronda del bosque circundante de Washington D. C. Muchos escritores y periodistas judíos no estuvieron de acuerdo con que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos premiara con mil dólares y un galardón literario a alguien como Pound, convicto que había expresado por radio elogios a Benito Mussolini y avalaba el exterminio de los banqueros, fueran estos judíos o no, ya que pensaba que la usura era el mal cardinal que había conducido a la guerra a un mundo gobernado por judíos. Muchos otros de sus contemporáneos lo defendieron a capa y espada por el enorme aporte a la poesía y a la cultura que significaba su obra.

Ezra Pound, Cantos, traducción de Jan de Jager, prólogo de Giorgio Agamben, Madrid, Sexto Piso, 2018, 1209 pp.

El escritor mexicano José Emilio Pacheco dedicó varias entregas de su columna Inventario a Ezra Pound. En una de ellas,1 sobre las cartas de James Joyce dadas a conocer en 1945 por José Salas Subirats, traductor argentino del Ulises, Pacheco pone en el aire una pregunta: “¿Qué sería de Ezra Pound sin James Joyce o sin Ernest Hemingway o sin T. S. Eliot, y viceversa?”, autores de obras imprescindibles de la literatura universal que pasaron por las manos del gran lector y editor que fue Ezra Pound. Pacheco va más allá: “¿Qué sería de nosotros, simples mortales, si Pound no hubiera utilizado toda su cultura histórica y literaria, y su profundo conocimiento del lenguaje, y no hubiera transcrito en inglés moderno el viejo y hermoso poema anglosajón The Seafarer?”. Pacheco se refiere a Pound no como un autor, sino como un transmisor, como una antena radial que supo difundir con sus ondas la gran civilización:

El mejor libro de Pound en su conjunto es Cathay (1915) […], el libro más personal e impersonal de Pound, podría llevar como firma la que él recuerda de las iglesias medievales: Adamo me fecit: “Me hizo Adán, me escribió la humanidad”. Sin Pound, sin esa persona concreta nacida en Hailey, Idaho, en 1885, y muerta en Venecia en 1972, no tendríamos Cathay (1915), la obra que ha determinado la forma occidental de traducir la poesía oriental durante el siglo XX. Pero al mismo tiempo Cathay es la traducción inglesa, basada en las notas de Ernest Fenollosa, de una antología japonesa de traducciones chinas, sobre todo poemas de […] Li-po. […] Traducción de una traducción de una traducción de una traducción, cambiada, alterada, deformada por el paso del agua de los siglos, y por todos sus transmisores, por las épocas y los idiomas […] No importa quién lo escribió. No importa si Pound ignoraba o sabía el chino y el japonés. […] Adamo me fecit.

¿Quién era Ezra Pound? El estrafalario personaje que en sus años juveniles, según cuenta su amigo Ford Madox Ford (1973-1939) en Return to Yesterday, “podías verlo aproximarse a lo lejos dando pases de baile y batiendo su bastón contra un oponente imaginario. Vistiendo pantalones hechos con el paño verde de una mesa de billar, camisa azul, corbata pintada a mano por algún amigo japonés, sombrero gigantesco, barba de candado alborotada y un largo arete azul en una oreja”. O el anciano malhumorado sumergido en el silencio, “el más grande poeta del siglo”, a decir de uno de sus lectores más entusiastas, el beatnik Allen Ginsberg (1926-1997), quien con imprudencia juvenil lo visitó en distintas épocas de su vida, ante el mutismo asombrado del viejo Pound, para cantarle el Hare Krishna y temas de protesta de Bob Dylan acompañado de su armonio o para llevarle una copia del recién salido álbum Sgt. Pepper de The Beatles. Ginsberg declaró en una entrevista —realizada en 1974 y publicada en español por la revista venezolana Poesía— que:

[Pound] fue el único poeta que puso atención al habla tal como es en realidad pronunciada por el cuerpo, y comenzó a medirla en líneas que pudieran ser cantadas rítmicamente sin violar el sentido común, sin llegar a la fantasía histérica o a la robótica repetición del metrónomo, al eco emocionalmente gastado de formas culturales antiguas. El primer poeta, después de Whitman que exploró nuevas formas, en verdad el más grande poeta desde Whitman… el que descubrió los manuscritos de Monteverdi en las bibliotecas venecianas y los reveló al siglo XX para que los escucháramos; el que, en sus sabias investigaciones, volvió hasta los grandes músicos del Renacimiento para saber cómo ellos oían las vocales y les ponían música, sílaba por sílaba, así llegó también a las obras de Vivaldi, a quien sacó a la luz pública.

Ginsberg apelaba a la faceta de músico de Ezra Pound, autor, entre otras obras, de la ópera Le Testament de Villon a cuyo estreno en la Salle Pleyel de París asistieron, en 1926, T. S. Eliot, James Joyce y Jean Cocteau, según nos cuenta José Antonio Alcaraz, “sin ánimo de hacer crónica de sociales”.2 Aquí José Antonio Alcaraz menciona, además de la virtud de Pound de escuchar y transmitir “la música del cuerpo”, esa característica de la personalidad extremista de Pound que lo llevaba de lo sublime a lo brutal, “del galimatías al esplendor” según palabras de Octavio Paz. Dice Alcaraz: “Llega a expresar el vómito mediante un trombón caricatural y la voz, en una secuencia que contiene también los sonidos del hipar en la ebriedad”.

Si Ezra Pound viviera en esta época regida por las redes sociales, sería un éxito en Twitter. Nada más polémico e incendiario que los sermones que dictaba desde su micrófono de Radio Roma (1941-1943). Sus intervenciones fueron políticamente incorrectas entonces —y ahora serían absolutamente desatinadas—, pero ese es precisamente el combustible que azuza el fuego de Twitter: la controversia y la polarización; no la serenidad, no la seriedad, no lo correcto, no la sensatez. Cuando recién apareció el libro Ezra Pound Speaking (Greenwood Press, 1978), José Emilio Pacheco, en otra entrega de Inventario,3 hizo hincapié en la imprecisión de las ocurrencias y la ignorancia en la que se fundaban los comentarios en materia económica y política que Pound enviaba al mundo por la onda corta de los estudios radiales Asiago. Escribió Pacheco: “Resentimiento personal, profunda confusión de ideas que roza los límites de la locura si no se interna definitivamente en ella, irresponsabilidad política y soberbia que no se detiene a pensar dos veces sobre lo que no se sabe o no se entiende, coexisten en los textos de Radio Roma”. Cuando en diciembre de 1941 Estados Unidos entró a la Segunda Guerra Mundial ambos bandos sospecharon de Pound. El Eje pensaba que cifradas entre sus confusas intervenciones, donde convivían poesía, referencias librescas, lapidarias frases antisemitas, alabanzas a Mussolini y al proyecto de depuración racial de Hitler, el poeta norteamericano enviaba información en clave al enemigo. Los Aliados, por su parte, juzgaron a Pound al final de la guerra y lo encontraron culpable de alta traición. A partir de entonces, y hasta su muerte, ocurrida 27 años después, Pound vivió sumido en el silencio: estuvo detenido tres semanas en Pisa, Italia, en una jaula de metal al aire libre en la que no podía estar de pie; en el manicomio de St. Elizabeth de Washington D. C., en Estados Unidos, y al final de su vida, exiliado de vuelta en Italia, en Venecia, en cuyo panteón hoy se encuentra una pequeña lápida horizontal a pocos centímetros del suelo grabada tan sólo con dos palabras: EZRA POUND.

El episodio de Radio Roma, digno de la ira de Twitter, que da derecho a cualquiera a menoscabar, insultar, lapidar a quien pone una palabra mal puesta, marginó moralmente a un alma enorme dedicada a la poesía. En un momento histórico como el nuestro, invadido por la inmediatez y la superficialidad, una obra sólida, luminosa y ancestral como la de Ezra Pound es completamente necesaria. No puede ser condensada en un tuit ni tirada al bote de la basura por los comentarios ignorantes e imprudentes de su autor vertidos en la radio en tiempos de guerra. Es como un Aleph borgesiano; todo ocurre a la vez y el tiempo se encuentra detenido en segundos eternos que contienen lo humano. Más que anécdotas concretas en sí, plantea el legado cultural de la humanidad como un torrente, como un mar complejo al margen de maniqueísmos, con todo el peso de la tradición histórica que ha llevado al hombre a la civilización. La clave la da José Vázquez Amaral, único traductor autorizado directamente por Ezra Pound, en un artículo publicado después de la acuciosa versión en castellano que emprendió de Los Cantos, la obra cumbre del poeta estadunidense:

Esta es la dualidad de Narciso y de Argos: ver y verse. Esto es hacer la verdadera poesía, que no excluye ni se avergüenza de nada, que hace la crónica esencial y la trivial, todo, toda. La vida es así: un electrocardiograma que sólo con el exceso de amor, agonía o colesterol, da saltos dignos de tomarse en cuenta.4

Hay que recordar que a finales de 1907, Pound, “el gran búfalo americano de Idaho”, como le llamó Vázquez Amaral, fue profesor en el Wabash College, en Crawfordsville, Indiana, de lenguas romances, cantigas medievales y literatura trovadoresca y provenzal. Si de algo sabía era de la transmisión de la historia común de boca en boca, mediante las canciones que los vagabundos esparcen a su paso por los confines del mundo.

Pero ¿qué es lo que nos queda de Ezra Pound? La densa oscuridad de sus palabras cargadas de la tradición poética universal. Sus Cantos, la obra de su vida, donde condensó y expandió su idea de la poesía como la divulgación del “canto de la tribu”, se han refrescado, se han vuelto a interpretar para las nuevas generaciones y, lo mejor de todo, se han puesto de nuevo en las librerías al alcance de los lectores de hoy por la editorial Sexto Piso. Para su traducción, el argentino Jan de Jager (1959) pasó diez años revisando las fuentes y las referencias intertextuales que usa Pound en las más de 1200 páginas del libro. Dejó el texto correr, que hablara por sí mismo, sin añadir notas al pie de página para no interrumpir el flujo de ese río embravecido que Pound desató entre sus versos. No hace falta explicar nada porque lo que se encuentra en otros idiomas, Pound lo vuelve a decir con sus palabras. Pound, ha dicho De Jager en entrevistas, es un “facilitador de libertades de inmensa influencia”; en materia política, un “idealista iluso”; y sus Cantos resultan “una lectura muy placentera, pero hay que sobrevivirla”.

Es genial que una obra como los Cantos sea accesible de nuevo y que sea vista de modo fresco y desde una perspectiva poética y no académica, para que los lectores encuentren entre líneas lo que la música de las palabras y de las Eras pueda llegar a transmitirle y no lo que los especialistas creen ver tras el humo de su erudición. También es genial que se propongan nuevas versiones de un texto clásico de naturaleza tan difícil como los Cantos y que, gracias a una novedad editorial como ésta, los lectores curiosos puedan enredarse en la infinita gama de registros que ofrece este compendio de cultura universal, y apreciar entre líneas de la traducción de la traducción de la traducción los sutiles y deliciosos giros lingüísticos de una poesía cuya intención es hacer que “entre la luz en la caverna”, que la “hierba crezca en mi cuerpo” y “que yo pueda escuchar a las raíces hablándose al unísono”.

¿Fue Pound un genio o un monstruo?, preguntó a Vázquez Amaral la hija del poeta con Olga Rudge, Mary de Rachewiltz, quien tras traducir los Cantos al italiano, y haberlo comentado con Eva Hesse, la traductora alemana, entre las dos no llegaban a una conclusión. “Fue un hombre temerario”, le respondió Vázquez Amaral. En la nota introductoria del Material de Lectura (2017) de la UNAM dedicado a W. H. Auden, Guillermo Sheridan cita palabras de Auden en referencia obvia a la actitud intelectual de Ezra Pound: “El único retiro justificado es aquel en el que las cosas y los hombres se hacen más visibles: la soledad en el centro de las cosas y no en sus orillas. A menos que un poeta pueda estar una vez siquiera en ese sitio, no tiene derecho a existir ni a pretender ser tolerado ni escuchado jamás por un hombre justo”. Un poeta llega a la orilla de un abismo y se pregunta, como lo hace Ezra Pound en las notas al Canto XCVII, cosas como ésta:

M’amour, m’amour
              ¿qué es lo que amo y
              dónde estás tú?
Que perdí mi centro
              peleando con el mundo
Los sueños entrechocan
              y se trizan
y yo que quise hacer un paraíso terrestre.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y ensayista. Su obra poética está reunida en Como un pez rojo (2016).


1 “Cartas de Joyce”, Proceso, 6 de octubre de 1979.

2 “Los legados de Ezra Pound (1885-1985) II”, Proceso, 9 de febrero de 1985.

3 “Pound en Radio Roma”, Proceso, 10 de febrero de 1979.

4 “Los cantares de Pound”, La palabra y el hombre, Universidad Veracruzana, enero-marzo de 1973.

 

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