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No hay momento adecuado para escribir sobre ciertos temas, entonces todos los son. Hacerlo al comenzar ciertos ciclos, como el inicio de una década, permite revisar bajo la mirada de la permanencia lo que pareció eventualidad. Quizá, así se rompa la permanencia y las recurrencias se transformen en eventualidades que deberán ser pensadas desde ese lugar. Esa es posiblemente la única función que le queda a las tragedias.

Cerré el ciclo pasado con una imagen inamovible. A finales del año se habló de la muerte de una estudiante universitaria en la Cuidad de México. Su muerte, en condiciones aclaradas por su familia, abrió la conversación sobre los muchos jóvenes que piensan que quitarse la vida es su única opción. Tomando distancia de ese caso para referirme a los demás, espero que la arrogancia de nuestros tiempos permita aceptar que cuando alguien joven decide quitarse la vida a causa de la desesperación, la ansiedad o la soledad, se exhibe una falla gigantesca en los que quedamos vivos. No necesariamente en el sujeto de la desesperanza, sino en el conjunto que tal vez pudo evitarla. Incluso, de querer verlo de otra manera: es un mero asunto de supervivencia social.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Nada preparará para la muerte de quien debería, en los términos de frialdad más llana, tener tiempo para seguir viviendo. Entiendo que ante la muerte de un cercano será común sentir que la injusticia ha hecho de las suyas, pero me cuesta pensar que hay una muerte donde la injusticia y la tristeza se hacen tan presentes como en la de jóvenes que, por fuerza y con disculpa por el asomo de aparente cursilería, tienen más hacia adelante que hacia atrás. Entre esas muertes, nada se cubrirá de peor dolor que la muerte por decisión propia de esos jóvenes. El dolor encuentra ahí nuevos alcances.

El dolor que llevó a cometer el acto suicida y el de quienes quedan rondan y conocen el infinito. Aparece el dolor provocado por los juicios punitivos de aquellos que ven la muerte auto infringida con los distantes ojos del no suicida.

El suicidio es la segunda causa de muerte a nivel mundial entre jóvenes de veinte a veintinueve años. En México, acorde a cifras oficiales, se suicidan cerca de tres mil menores de treinta y cinco años. En España, según un estudio del Hospital de Mar de Investigaciones Médicas, uno de cada diez universitarios ha tenido pensamientos suicidas. En Estados Unidos, otro estudio de la Harvard Medical School arrojó que uno de cada cinco alumnos universitarios ha pensado en el suicidio. Nueve por ciento lo intentó y veinte por ciento se lastimó a raíz del pensamiento. En población general, más allá del rango de edad, la Organización Mundial de la Salud registra ochocientos mil suicidios al año.

Entre las trampas de la muerte se encuentra su incansable capacidad, cuando nos queremos referir a su presencia, para hacernos hablar de todo menos de ella. Nuestra aversión natural al fin y a lo irremediable permite evitarla a partir de sus razones, de sus consecuencias e injusticias, de sus dolores, pero no siempre desde conceptos como la dignidad. Muerte y vida sin dignidad son irremediablemente palabras e ideas cojas que, frecuentemente, sufren entre ellas por las afecciones a ese concepto aparentemente vago.

La muerte, en su abstracción, está sujeta a dos órdenes simultáneos que conviene no disociar. La muerte como evento del tiempo y consecuencia de la vida será objeto de pocas discusiones, pese a los sentimientos que evidentemente provoca. Aceptamos la línea determinada de la existencia y su división en actos de estructura narrativa. Espacios donde los apuntes finales no deben suceder sin permitir la conclusión de los iniciales. Infancia, adultez, madurez, vejez y lo irremediable.

La tragedia que implica la ruptura en dicho orden, como cuando un infante muere por una enfermedad o la brutalidad embiste en forma de guerras, crimen o sinrazón, no fractura la conceptualización de la muerte sino de la vida. Frente a ese resquebrajamiento surgen las expresiones del segundo orden que construye a la muerte en su figura de consciencia: su orden social. A la muerte la percibimos en lo individual e íntimo, pero también en el espectro de nuestra convivencia. Sabernos finitos permite pensar la forma en la que nos conformamos como sociedades con vistas a futuros que no son los nuestros. La muerte a destiempo muestra la fragilidad de quien murió y de quienes seguimos vivos. Es decir, de todos nosotros que somos irremediablemente frágiles. Esa muerte nos recuerda una vulnerabilidad que, a menudo, intentamos eludir.

Si bien la muerte es un asunto que importa a los vivos y, por razones obvias no al muerto, cuando el destiempo llega de mano propia tendemos a sumergimos en la incomprensión —en el mejor de los casos—, y nos permitimos el nivel más burdo de insensibilidad, de mezquindad, de inhumanidad —en el peor—. Esa condición, la humanidad, resulta una condición bastante mancillada con la que vemos la calidad de nuestra relación hacia aquellos que nos rodean. Incluso con quien ya no está.

Tras la muerte de la estudiante en la Ciudad de México abundaron los juicios que se hicieron extensivos a una generación entera: “son unos frágiles”, “no aguantan nada”, “consentidos”, “mimados”, “no resisten nada”, “son los costos de la exigencia académica” —esta última la mayor sandez de todas, que demanda una discusión paralela en la que se recupere la idea formadora de la universidad; no sólo la instructiva—.

Desplantes sobre todo provenientes de mi generación, la llamada Generación X que, apropiándose de la personalidad de viejos combatientes de la guerra de Camboya, mostraron la incapacidad de jerarquizar lo evidente. Cuando se suicida una persona joven, nada debería ser más preocupante que el escenario desde el cual se creyó que el fin era lo único que restaba. Estaremos cometiendo un error mezquino si ante esas muertes se es capaz de pensar que hay algo más relevante que la muerte misma.

Las dos atmósferas de la muerte, la individual y la social, se sitúan en un equilibrio asimétrico que no se resiste al suicidio. Ojalá lo hiciera. Más en el caso del suicidio en jóvenes. Reconozco la dificultad, no admito la imbecilidad de los juicios arrogantes.

Frente al suicidio, siempre, nada tiene más importancia que el suicida. Todo lo que los vivos queramos juzgar al respecto mantendrá un aire de gratuidad desde el que se olvida, que lo que creamos jamás será más importante que lo que llevó a alguien a la muerte. Siempre desde su muy personal mirada. No hay otras.

Para Reserva del vacío, un libro en el que traté de aproximarme a los constructos de muerte desde sus concepciones literarias, recurrí a Reflexiones sobre el suicidio, un texto de Madame de Staël publicado en 1812. En él, la francesa escribió cómo la legitimidad en las razones para pensar en quitarse la vida sólo pueden ser comprendidas desde la mirada del suicida. De nadie más.

“La conquista de mundo fue quizá tan necesaria para Alejandro Magno como la posesión de una cabaña para el pastor”.

La pérdida de cualquiera de las dos significa para cada uno el fin de sus posibilidades, por lo tanto, de su futuro y razones de permanencia. Ni el primero le dará peso a una cabaña, ni el pastor a las conquistas. No tienen que hacerlo. Querer ver las razones del suicida desde la condición del no suicida es un acto de arrogancia que, dependiendo de la severidad del juicio, se acercará a la infamia o la irresponsabilidad. Lo que Alejandro y su desconocido coetáneo podrían necesitar, es simplemente que alguien los escuche. La soledad en que se refugian sus consciencias, si encuentra oídos, descubrirá compañía o podrá situarse en un abismo, en caso de gritar a la sordera. Nadie recurre al fin por gusto o divertimento. Es el otro quien tiene posibilidad de actuar, no el individuo angustiado. Éste, lo último que necesita es que se minimicen sus preocupaciones. Choza de paja o territorios con riquezas cobran la misma dimensión.

Si la relación con la muerte es mala, hacia el suicidio es peor. No sólo contiene la negación a la fragilidad, desconoce las razones de quienes se conducen a ella. El suicidio a cualquier edad termina por enfrentarse a condenas similares, aunque en ningún escenario es requerida una condena. La gravedad del suicidio dependerá del rompimiento del equilibrio entre los dos aspectos de la muerte, el individual y el social, sin que ello exima del peso trágico. El suicidio de un octogenario con cáncer terminal o alguna otra afección degenerativa, nunca se equiparará al de un joven universitario cuyos males podrían ser remediables. Reitero que esos males, si acaso subjetivos, no piden el juicio de quien no los padece, porque le afectan a una sola persona. Ni siquiera los vivos de ambos ejemplos estarán en situaciones equivalentes. Así, la gravedad tanto individual como social se concentra en el suicidio de personas con tiempo suficiente para modificar aquello que, en un momento en particular, les convence que la opción es quitarse la vida.

Las cifras anteriores demuestran un problema de salud pública. No son casos aislados. Son una tragedia individual y social en la que, si una generación particular va viendo su situación recrudecerse y las posibilidades dan la impresión de alejarse, los que no nos encontramos en su lugar tenemos la obligación de acercar sus angustias a nosotros y escuchar, sin desestimar. Desestimar es orillar al ostracismo donde las opciones se terminan. Con el pensamiento suicida no existe una sola causa. Dejemos la adjudicación de culpas.

Hay que fijarnos qué sucede para que una persona joven piense que sus opciones se han terminado. Sin duda hay que hablar para buscar otras opciones. Es urgente propiciar los espacios para encontrarlas. Eventualmente aparecerán. Hay que escuchar y dimensionar la tragedia.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado FatimahCasa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México.