Habíamos culminado el entrenamiento y nos guarecíamos, los jugadores, bajo una cascada de sudor. El número nueve, estampado en mi camiseta, se untaba a mi espalda hasta traspasarla como un tatuaje doloroso y candente. Entrenábamos en el Frontón Cerrado —en Ciudad Universitaria—, esa mole de piedra volcánica e inspiración prehispánica que concibiera el arquitecto Alberto T. Arai y que nos convertía, a los jugadores de baloncesto de la selección de los Pumas, en verdaderos pelotaris aztecas. En uno de los baños adyacentes a la cancha de duela alguien había dibujado a un deportista sosteniendo un balón. En la cabeza de este jugador larguirucho el artista anónimo había dibujado también un cacahuate. Su metáfora resultaba débil y evidente: los deportistas son estúpidos y su intelecto es tan desarrollado como el de una legumbre.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Pues bien, yo me convertí en una legumbre letrada que encontró en sus compañeros de selección a personas de una astucia y malicia muy lejana a la hipótesis trazada en los baños del gimnasio en donde entrenábamos diariamente. Y aunque escuchar en los medios hacer declaraciones a los deportistas famosos resulta hoy en día tan anodino como echarse una tanda de manís a la boca, no por ello voy a despreciar sus habilidades intelectuales, pues algunas tendrán a pesar de mantenerse tan ocultas. Yo era el jugador de más baja estatura en el equipo, hecho que no me amedrentaba, sino que más bien me causaba orgullo. Nuestros postes medían dos metros y cinco centímetros, y teníamos alas que sobrepasaban con creces el uno noventa de estatura. Me paseaba entre ellos como en un bosque de abetos a punto de caerte encima.

Alguna vez fuimos a jugar a Los Ángeles contra el equipo de reservas —o segundo— de la UCLA y habríamos dado una buena batalla de no ser porque dos de los jugadores del primer equipo habían sido castigados por mala conducta y enviados durante un tiempo a esa segunda selección. Podría decir que aquellos dos afroamericanos nos hicieron naufragar con casi cuarenta puntos de diferencia; sin embargo, prefiero referirme a ellos como a dos bestias negras colosales que nos devoraron y humillaron, como, por ejemplo, le ha sucedido siempre a la selección mexicana de futbol en los mundiales. El resto de la gira lo cumplimos poseídos por un sentimiento de dignidad y ansioso pundonor. En aquel momento yo compartía mi habitación del hotel con uno de nuestros postes al que le sobresalían los pies y los tobillos de la cama y que, cuando estaba ante la tasa del excusado, prefería hincarse para orinar y así atinarle al retrete desde su increíble altura de bombardero aéreo. Este pasaje lo narré ya en una novela así que no me extenderé en las anécdotas que viví al lado de estos rascacielos.

El más acentuado problema que experimenté como jugador fue mi relación con los árbitros quienes, además, conociendo mis impulsos rebeldes, se ensañaban con mi persona y me amonestaban al menor indicio de reclamación. No estaba en mí tolerar la inmaculada autoridad de los árbitros y ellos no toleraban que les hiciera frente a sus decisiones ecuménicas. Tiene razón aquel que opine que me comportaba yo como un don cerebelo de legumbre, pues jamás los réferis modificaron su arbitrio pese a mis razones, reclamos y a tantas mentadas de madre que utilicé para expresar mi inconformidad.

A los veintiséis años, debido a motivos azarosos, me encontraba yo en Roma compartiendo con mi pareja un departamento en Via Cavour desde cuya altura podíamos mirar la cresta del Coliseo. Cierto día tuve la inoportuna ocurrencia de irme a probar con el equipo profesional de baloncesto de la capital italiana. El entrenador me observó de arriba abajo, no exento de curiosidad, y me informó que solamente se aceptaban dos extranjeros en el equipo y que ambas plazas se hallaban ocupadas en ese momento por dos jugadores estadunidenses. No obstante, y en vista de que se hallaban en pretemporada, podía entrenar con ellos e intentar arrebatarle el puesto a alguno de los dos foráneos. Cuando los vi jugar regresó a mi memoria el episodio vivido en Los Ángeles con los jugadores de la UCLA, ya que en Roma me encontré también con dos afroamericanos o ébanos formidables y dudé que tuviera oportunidad de superarlos en los entrenamientos. No poseía el talento, ni por mucho, de Manuel Raga, el basquetbolista tamaulipeco, quien en los años setenta jugara en Italia y en Suiza. Un alarde de prudencia me embargó luego de echarles un ojo a mis contrincantes y preferí no aceptar la invitación del entrenador del Virtus Roma, en la serie A. Decepcionado de mis propias intenciones volví al departamento en Via Cavour y concluí que los más de diez años invertidos en el sacrificio por ese deporte habían sido un brutal desperdicio. Mi pareja, tierna y maternal, luego de percatarse de mi frustración sólo atinó a decirme algo así como: “No te preocupes, todavía te queda la literatura; puede que allí tengas algún futuro”. Maldito futuro.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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