Diarios, cartas, memorias

[Carta de Henry Miller a Anaïs Nin:]

Clichy, 25 de septiembre de 1933

Terriblemente fatigado. Quizá no sean muchas hojas, pero llevo a cabo un trabajo exhaustivo. Lo mejor vendrá después de esto. Ya lo verás.

He descubierto algunas cosas extrañas por allí. Por ejemplo que la gata (Yocasta y no Yocatha) era la madre y mujer de Edipo. Que Muller (el hombre del verbo to mull: el que calienta vino con especias) (1) viene del islandés, creo. Derivaciones como ésta: molde-ale = banquete fúnebre; molde = tumba en la tierra y ale = fiesta. ¡De aquí Heinrich Müller! Y escribir en las dos caras de una hoja, como lo hace Lowenfels, recibe el nombre de “opistografía”.

Oología es la ciencia que estudia los huevos de los pájaros.

Onagro es el asno salvaje del Asia Central.

Eventración es el acto de abrir el vientre.

Melasma es una enfermedad de la piel que provoca manchas oscuras.

Mira, he dedicado largas horas a este asunto. Aún no he leído tus folios. No quisiera hacerlo estando cansado: podría hacerme una idea vaga. Cuando me entregue a esa lectura —y será pronto— la haré como un verdadero trabajo. Perdóname.

¿Qué hay del miércoles? Estoy cansado cansado. Pero no se trata de desánimo. Calienta un poco de vino con especias.

Henry

 

Ilustración: Estelí Meza

De películas y poesía

Toritos y trivia

En la pantalla televisiva se lee:

DEPELHD 910. HD. LA TERCERA PALABRA. SC 1951. Dos hermanas ancianas contratan a una joven maestra para que eduque a un sobrino algo salvaje que tiene veintiocho años.

En una de las escenas el personaje de Marga López le lee al personaje de Pedro Infante un pasaje de un poeta estadunidense del siglo XIX. ¿De qué poeta y pasaje se trata? Busca la respuesta en “La ciencia que estudia los besos”.

 

Del anecdotario

A. E. Houseman (1859-1936), poeta y además profesor, y una de las mayores autoridades inglesas en letras clásicas. Se cuenta que cuando dio un discurso luego de una comida en Trinity, Cambridge, dijo: “Este gran Colegio, de esta antigua Universidad, ha visto cosas raras. Ha visto a Wordsworth borracho y a (Richard) Porson sobrio. Y aquí estoy yo, un mejor poeta que Porson, y un mejor académico que Wordsworth (en algún lugar) entre y en medio”.

 

Ojo revistero

La Mesa de Noche espulga cinco momentos de un artículo de Arthur Krystal (The New Yorker, noviembre 4, 2019) titulado “Noticias viejas. ¿Por qué no podemos decir la verdad sobre el envejecimiento?”. Mesa de Noche le pondría de título no “Libros de viejo” sino “Viejos de libro”, por la cantidad de títulos que se ocupan hoy del tema.

~Antaño, cuando la mayor parte de la gente no vivía para llegar a viejo, había muy pocas obras notables sobre la vejez, y sus autores no eran muy viejos. Chaucer tenía como cincuenta cuando escribió El cuento del mercader; Shakespeare, cuarenta y uno o cuarenta y dos cuando escribió El rey Lear; Swift tenía como cincuenta y cinco cuando con regocijo describió a los Struldbruggs, inmortales que sin embargo envejecían; y Tennyson apenas tenía veinticuatro cuando acabó su poema Ulises, su gran himno a un corazón viejo pero aún “hambriento”.

~Un autor observa que la historia está llena de tipos que seguían en grande hasta edad avanzada, como Sófocles, Miguel Ángel, Rembrandt, Bach y Edison, quien siguió inventando patentes hasta entrado en sus ochentas. Hay que añadir al beisbolista Satchel Paige, quien pichó en las grandes ligas hasta sus cincuenta y cinco.

~El promedio de expectativa de vida fue de un número tan viejo durante gran parte de la historia (para estadunidenses nacidos en 1900 ni siquiera llegaba a los cincuenta años) y a eso puede deberse el que no se escribieran libros sobre el envejecimiento: no había a la mano suficientes viejos para dar la muestra. Pero ahora que la mayoría de la gente en el planeta tiene más de sesenta y cinco que menos de cinco años, un ejército de lectores está a la espera de aprender qué les depara la vejez.

~La biblioteca sobre la vejez es tan voluminosa que los cincuenta millones de estadunidenses que rebasan los sesenta y cinco años podrían pasarse el resto de sus días leyendo estos libros.

~Al final, dice Krystal, sobre el hecho de envejecer, si uno es del tipo de gente que ve el vaso un octavo lleno y no ocho séptimos vacío, a uno no le preocuparán las malas cosas que trae la vejez. Uno saludará al nuevo día con gratitud, aunque tosa flemas y se tome su docena de pastillas. “Pero ¿yo qué sé? Sólo soy alguien que a sus setentaiún años no se siente tan bien como a sus sesentaiuno, y que sabe de cierto que se sentirá aún peor a los ochentaiuno. Tan sólo sé lo que hombres y mujeres han sabido siempre: ‘Generación va, y generación viene: pero la tierra siempre permanece’. Con que tan sólo el escritor se hubiera detenido ahí. Por desgracia, siguió adelante para abundar: ‘En la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor… Como sucederá al necio también me sucederá a mí: ¿para qué pues he trabajado hasta ahora por hacerme más sabio? Y dije en mi corazón que también esto era vanidad’. Ninguna persona joven pudo escribir eso”. (Las frases del Eclesiastés son de la versión castellana de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera).

 

Últimas famosas palabras

[El poeta estadunidense Keneth Rexroth, muerto en 1982, recordaba así las últimas palabras de su padre:]
Dijo que estaba muriéndose de mujeres rápidas, caballos lentos, cartas marcadas y whisky derecho.

 

La fotofona

Sobre la Mesa de Noche el teléfono celular iluminó su pantallita y se envió a sí mismo una fotofona, una foto al vuelo y de vida cotidiana tomada ese mismo día. Ya traía título: “Trapitos al ras”. Hela aquí:

 

Antes de dormir

Lo sabían los tres.
Ella era la compañera de Kafka.
Kafka la había soñado.
Lo sabían los tres.
Él era el amigo de Kafka.
Kafka lo había soñado.
Lo sabían los tres.
La mujer le dijo al amigo:
Quiero que esta noche me quieras.
Lo sabían los tres.
El hombre le contestó: Si pecamos,
Kafka dejará de soñarnos.
Uno lo supo.
No había nadie más en la tierra.
Kafka se dijo:
Ahora que se fueron los dos, he quedado solo.
Dejaré de soñarme.

Jorge Luis Borges, Ein Traum

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.