La apropiación de Solange

Acaba de reeditarse el libro de relatos fundamental de Héctor Aguilar Camín, Historias conversadas (Literatura Random House, 2019). A ese conjunto de quince piezas pertenece este cuento magistral en el que la ficción acaba por comerse a la vida con desvergonzada gula y por llevar a la realidad lo que Denis de Rougemont llamó la posesión por pérdida.


La historia de una conquista amorosa corresponde en mi memoria al encuentro de Solange Betel (Solonsh Betél) y Claudio Bolado, mi amigo de la juventud al que un alcoholismo sin horarios se llevó del mundo en lo alto de nuestro  alejamiento amistoso. La historia que voy a contar sucedió cuando teníamos veinticinco años, él dos más que yo, y éramos algo más que amigos, cómplices masculinos y literarios, enamorados quizá que no se atrevían a decir su nombre, como sugirió en algún momento la propia Solange.

Nos habíamos conocido adolescentes, yo a los quince, él a los diecisiete,  en la época en que nos sabíamos inmortales y tocábamos  con mano de hierro a las puertas de la literatura, aquel radiante territorio de bustos de mármol y nombres de calles que era nuestro por derecho infuso, antes de haber escrito la primera línea.

Claudio había salido de México muy joven a estudiar filosofía en Estrasburgo, mientras yo hacía notas de libros y fracasaba en las primeras nueve novelas que empecé y suspendí, sin excepción, en el primer capítulo. Años después, la colección de aquellos fragmentos dio lugar a un libro de cuentos.  Releyendo esos cuentos alguna vez,  pensé que los recursos de aquel escritor eran deleznables pero que su ambición tenía el tamaño correcto, pues era como la ambición literaria debe ser:  superior a los medios del escritor que la padece.

Durante los años de ausencia, Claudio y yo mantuvimos una correspondencia  inflamada donde las únicas cosas genuinas eran el fuego de la amistad y la confianza ciega en nuestros dones. Nos asestábamos historias truculentas, hazañas inventadas (en particular amorosas), epopeyas alcohólicas que mejoraban nuestra vida de pobres becarios, escribidores modestos flotando a la deriva en el mar de nuestros sueños. Por la estrechez de una beca que daba apenas para un cuarto húmedo y una dieta sin ilusiones, Claudio no pudo viajar a México durante los primeros años de su exilio estudiantil europeo. Tampoco quería, pienso, pues era el hijo mayor de una familia que esperaba de él más de lo que él podía dar. Su salida a Europa, para estudiar francés primero, y filosofía del primer ciclo después, había sido en gran parte una fuga de las tareas de manutención familiar que se cernían sobre él. Quedarse hubiera sido anclarse a la noria del trabajo y los horarios, el fin de la libertad que gritaba desde el fondo de nosotros pidiendo ninguna cosa más que la gloria. El trabajo era nuestra maldición prevista, la clausura del reino que nos esperaba adelante. La soledad de Claudio multiplicaba sus cartas, y sus cartas multiplicaban la fabulación de sí mismo. Conservo y releo de vez en cuando vez aquella retacería prodigiosa cuya unidad secreta es la invención de un autor insomne, solitario, íntimamente épico, en un continente sombrío, amargo y bien pensante llamado Europa.

Escribo, escribo, escribo. Y no sé lo que escribo, sino la fiebre de escribir que escribe por mí. Apenas me detengo a pensar que soy yo quien escribe, porque si pienso en mí la corriente se detiene, el mundo es otra vez el mundo y yo, nada más yo.

* * * * *

Europa es una puta domesticada, ha perdido sus pasiones homicidas, se arrepiente de sus francachelas sangrientas, quiere barrerlas bajo la alfombra y  olvidar sus crímenes sin tener que pedir perdón. Y nosotros tocando la puerta, babeando, queriendo entrar al banquete de su civilización.

* * * * *

La conocí en el bistró estudiantil, tenue, blanca, pecosa, levemente roja de tan pecosa, los ojos azul pizarra, los dientes blancos es decir radiantes, los labios húmedos con un bilé neutro y diamantino, el pelo alzado contra el calor  despejando una nuca de pelusas aristocráticas y unas orejas de gnomo que se pegan al óvalo egipcio de su cabeza como los pliegues de una rosa o las láminas de una alcachofa.

* * * * *

Deambulé por la ciudad antigua, muerto de hambre y deseo, como un animal perdido, caminé tragando mi hambre, mi boca seca, mi total extranjería, desde  la catedral hacia la plaza de la Grande-Boucherie, la calle de la Douane, el quai Saint-Thomas, hasta el pont Saint-Martin, y de allí a la rue de la Monnaie y el paseo por la Petite France y su puente ahora turístico, antes militar, y por la calle de Bai-aux-Plantes, hasta la Grande Rue, caminando en círculo, muy simbólicamente, pues en realidad deambulaba sólo por los canales circulares de mi rabia y mi exclusión, envuelto como un moribundo en los sudarios de olores de las brasseries y la necesidad abismal de una caricia.

Al cuarto año de su fuga estrasburga, Claudio terminó sus estudios, se consiguió un trabajo de traductor en el consulado español de la ciudad y un matrimonio desastroso, con una pétrea alsaciana, especie de monja laica empeñada en las causas de los países del Tercer Mundo que soltaban legiones de estudiantes, cantantes, pintores y escritores por las capitales de una Europa próspera, refinada y cosmopolita, muy distinta de la bruja amnésica y sombría, majestuosamente sombría, que llenaba las crónicas de Claudio. Toda Europa era un naufragio en aquellas crónicas, salvo en lo relativo a la disposición amorosa, aérea y venérea, de sus mujeres, que llenaban las cartas de Claudio con relatos de andanzas felices y encuentros inesperados. Su matrimonio estrasburgo duró sólo unos meses, el último de los cuales lo pasó Claudio perdido en una borrachera que lo puso en el hospital y luego, convaleciente todavía, ante el tribunal que lo citaba para satisfacer una denuncia de divorcio por amenazas y agravios. Si Claudio no accedía a la primera demanda de separación legal, su mujer se había reservado una acusación por golpes y lesiones, que podría costarle la cárcel. El final de su affaire con la dura alsaciana fue consignado así en una de sus cartas:

Otro hizo lo que hice, pero yo no recuerdo lo que hice ni hay, por lo tanto, culpa en mi conciencia ninguna culpa. Pago sin culpa, por la sencilla razón de que ese otro culpable es mi inquilino y está en mí, desconocido, mientras vivo, como supongo que yo estoy en él, ignorado, cuando le toca vivir. Salvo esto: no paga mis cuentas, yo pago las suyas.

Seis años después de haber salido por primera vez a Europa, Claudio pasó finalmente unas vacaciones de fin de año en México. Llegó como una especie de héroe, victorioso después de la batalla, aunque nadie pudiera decir de cuál victoria y de qué batalla se trataba. Su llegada fue una fiesta para su familia, de la que había huido con eficacia innegable, tanto como para los amigos, a los que mantenía vivos con sus cartas y admirados con sus traducciones de poesía maldita, sus notas de libros extraños y las exquisitas pedanterías que publicaba en los suplementos y revistas de la francmasonería literaria local.

De todas las virtudes mitológicas de Claudio Bolado, la que más admiraba por desposesión, la más imposible o impensable para mí, era la temeridad de su galantería, el paso rápido y desenfadado con que marchaba al encuentro de las mujeres que atraían su atención. Antes de que pudieran reaccionar, ya estaba desplegándose frente a ellas con un toque de elegancia y otro de bufonería, cubriéndolas de galanteos paródicos y de frases extravagantes que tenían la frecuente eficacia de rendir a la presa por la vía de la risa, antes que por la del deseo. Tenía un maravilloso sentido fársico que no pasó nunca a sus cartas ni a sus escritos, como si la letra escrita le cambiara el alma, endureciéndola o nublándola, rasgo que acendró en él su cercanía con la poesía romántica alemana y con los poetas malditos franceses, todos grandes salvajes urbanos, aulladores refinados. Lo que quiero decir es que en la literatura Claudio aullaba, pero en la vida se reía a borbotones. Parodiando a T. S. Eliot podría decirse que era pagano en religión, anarquista en política, romántico en literatura, y rabelesiano en amores.

Cuando Claudio regresó de Europa, yo había entrado a El Colegio de México y me hacía historiador por razones alimenticias. Junto al centro de historia donde yo trataba de engañar a mis maestros estaba el de filología y literatura, donde Solange Betel deslumbraba a los suyos. Recuerdo sus pelos castaños, los azules ojos turbios, el talle delgado, las piernas largas, llenas de firmezas y sinuosidades, como su pecho y sus caderas. Era hija de padre normando y madre alemana, emigrados a América antes de la segunda guerra y casados aquí, en una alianza feliz de familias emigradas. Solange Betel, hija de aquella (a)ventura, tenía veinticuatro años y esa fragancia de piel delgada, de facciones radiantes, no inusual en las bellezas del norte de Europa en la juventud, bellezas que el tiempo maltrata sin piedad multiplicando las arrugas hasta convertir en mapas antiguos de la piel los iniciales fulgores de alabastro.

Padecía una atracción sagrada por Solange Betel y tenía un terror sagrado a su cercanía. No podía leer en su sonrisa cuando me miraba sino el resto de una burla, y en el juego de sus ojos desviando su mirada de los míos, un desprecio reflejo, casi racial. El día que vino a preguntarme en la sala de lectura cuánto tiempo iba a retener un libro de Antonello Gerbi que tenía en préstamo de la biblioteca, yo percibí en su tono una condescendencia aristocrática ante las vanas pretensiones de ilustración de la plebe. Todo era de alguna manera plebeyo junto a la belleza soberana de Solange Betel. Alguna vez, en el curso de una fiesta, bajo el influjo del alcohol, había creído ver en ella el atisbo de una genuina curiosidad por mí, cierta inclinación corsaria frente a una de las rachas de bufonería durante las cuales era capaz de vencer mi timidez y hacer reír a otros fingiendo un alemán de mi invención. Muy rápidamente había vuelto a mi cueva de animal abyecto, cegado por el brillo de la diosa, y por su olor sagrado durante los besos protocolarios de saludo o despedida que ponían por un instante ante mis labios la superficie pulida, húmeda y única, de su piel.

Ilustración: Izak Peón

No hay muchos preámbulos en mi memoria que conduzcan a la escena central de este relato, preparada sin duda por mis informes a Claudio sobre el milagro llamado Solange. El hecho es que llegamos un viernes de diciembre del año de 1971 al baile de despedida del centro de lingüística y literatura al que había invitado a Claudio, Claudio me preguntó a las primeras de cambio quién era Solange y yo la señalé, invitándolo a mi ruina. Apenas supo quién era, Claudio fue hacia ella para invitarla a bailar, pero antes le habló enfrente, agitándole el índice con efectos que yo pude ver en el estupor risueño y luego en la risa abierta de Solange ante la arenga. La tomó luego del talle para bailar una rumba y Solange cedió a su invitación. Vi el perfil de Claudio hablando, hablando, hablando sin parar mientras bailaba y el perfil de Solange riendo, riendo, riendo sin parar de las sandeces de Claudio. Bailó dos piezas con ella y regresó al ovillo de los amigos.

—¿Qué le dijiste?  —pregunté.

—Secretos de guerra.

Volvió a la carga con el mismo efecto increíble, que mantuvo a intervalos toda la noche. Se fueron de la fiesta juntos.

Al día siguiente, Claudio vino a comer a mi casa frente al Parque México, y me dijo:

—Sólo te digo esto, Aguilar: bocatto di cardinale.

Luego de comer subimos a la covacha que mi madre me había arreglado en la azotea, servimos unos tragos y Claudio empezó su relato.

—Manó toda la noche profecías, Aguilar. Tuve su cuerpo y tuve sus oídos, es decir toda su alma.

Cabalgamos hasta el amanecer, y esta noche cabalgaremos de nuevo.

—Qué le dijiste al verla —pregunté.

—Le apliqué la francesa, Aguilar. Me serví de Valéry. Le dije siguiendo El cementerio marino:

Solange, cruel Solange, Solange Betel
Me traspasaste con tu flecha alada,
que vuela, vibra y que no vuela más.
Tu rayo me aviva pero tu flecha me mata
Y tu amor, qué reto de tortuga
para mi alma, veloz Aquiles quieto.

Claudio se puso de pie y empezó a dar vueltas por el cuarto:

—¡Las aporías, Aguilar! Le solté las aporías de Zenón que resecó Valéry en su poema y yo refresqué mojándolas con sus ojos.

Repitió entonces, esgrimiendo su dedo flamígero y arrastrando las erres hasta la parodia de su mantra valeryano:

Solonsh, cuguel solonsh, solonsh beteél/ más tu pegcé avec ton flesh alé/ qui vol, vibrr e qui ne vole pa. A la adrenalina francesa de sus tímpanos llegó el canto de las aporías, Aguilar, y ella fue de pronto la tortuga alcanzada por Aquiles y el blanco en cuyo centro dio la flecha. Las aporías de Zenón no describen las flechas del amor sino las de la lógica. Ya lo sabes: para llegar al blanco, la flecha debe recorrer la mitad del camino, pero antes debe recorrer la mitad de la mitad del camino, y antes la mitad de la mitad de la mitad, y así infinitamente, por lo cual la flecha siempre estará camino al blanco cubriendo la mitad infinitesimal que le falta. Es la verdad lógica: no puede nunca llegar a su blanco. Pero mis flechas llegaron a su blanco, Aguilar, y el blanco era luminoso en la noche, radiante de su piel lustral y de las humedades de su vientre. Dijo las palabras de Eloísa: “Déjame ser tu puta”, pero eran las palabras de Solange Betel. Y fue mi puta, Aguilar, todo el camino, hasta volver a la intimidad de los niños que juegan, desbocados de inocencia. ¡Ah, fluidos,  humores del paraíso! Vuelven a oler a la sal de la tierra, a las aguas bajas de los puertos del cielo. Hay algo en ella tierno y dulce, Aguilar, que se impone desde el primer momento. Por ejemplo: me preguntó de qué lado quería dormir y que si podía dormirse con la cabeza del lado de mi corazón. Ya quería ser sólo una tortuga dormidora en ese momento, luego de los fastos de la noche, pero fui su Aquiles, Aguilar, y la alcancé de nuevo por el orificio nefando, que me había escondido hasta entonces. No quedó secreto alguno en nuestra cabalgata camino al sitio oscuro de donde sale la dicha. Hoy repetiremos, me ha invitado.

Llegó a mi casa a la mañana siguiente, con la misma ropa del día anterior.

—Tierna y honda, Aguilar. Toda ella es digna de ser hurgada. Los pelos castaños de su frente se aceran y brillan en su monte de Venus. Su lengua es puntiaguda cuando besa y cuando invita a besar. Tiene un amor perdido que no la deja abandonarse, pero se abandona cuando el viento sopla y se deja voltear. Me dijo mientras lo empuñaba: “Me gusta tu Muh”. Así empezó entre nosotros esa magia, el lenguaje privado de las parejas. Se arquea al venirse, como si la venciera una fuerza mayor. Resiste en las termópilas de sus piernas abiertas, Aguilar. Hasta que deja de resistir. Entonces viene la carrera de maratón para anunciar a su cerebro no su derrota, sino su victoria por la derrota en sus termópilas. Y entonces habla amorosamente y es feliz. Hoy voy a asaltarla de nuevo, y mañana y pasado, hasta que nos hagamos el daño que está previsto para nosotros.

Desapareció una semana. Volvió con ropas y zapatos nuevos, y un tostado de playa.

—Quiere que sea su gigoló y yo que sea mi puta. Hemos acordado eso junto al mar y me ha dicho que tiene una herencia de su madre. Quiere gastarla, perderse, dilapidar. Me compró unas bermudas. Me compró un saco de lino. Me compró una camiseta tejida de algodón. Y me regaló su primera edición de Sabines. Le leí como mío eso que dice: Me gustas porque tienes todas las cosas de la mujer en el lugar preciso, y estás completa, y no te falta nada. Se ríe como una loca de todo lo que digo. Esto es lo esencial: se ríe, se vuelve a reír y yo pienso en mi alsaciana reseca, cerúlea, despintada. Qué infeliz he sido, carajo, y qué buena puede ser la vida.

Claudio se quedó en México todo el invierno y volvió a Europa. Me dijo que Solange viajaría a verlo, para tratar de quedarse con él en Europa. Yo había terminado mis cursos, entré a trabajar y no volví a El Colegio, entre otras cosas porque no quería someterme al influjo de Solange con la versión furiosa de sus lujurias que Claudio había dejado en mi cabeza. Luego me casé, luego me divorcié. Solange terminó sus estudios y  despareció de mi vida salvo por las cartas de Claudio que me refería sus propios  intercambios epistolares. Luego supe que se había casado. Se lo comenté a Claudio en una carta y me respondió: “Será la puta atada a la noria en vez de la yegua libre que no quiso ser conmigo. Pero es mía, y lo será siempre”.

No quiero alargar innecesariamente esta historia, cuyas pautas creo que han quedado claras. Claudio volvió a México un día, buscó a Solange y la llevó de nuevo a la cama. Vino a contarme: “Su marido la golpea y ella aguanta por la ilusión de un hijo. Ha elegido la paz y ha encontrado el infierno”. Siguió una carta: “Resultó embarazada y entonces supo que su marido es estéril y su marido que ella lo había engañado. Ahora ella está nutrida del germen extranjero, o sea el mío, y no sabe qué hacer. ‘Déjate conquistar por los hechos y huye conmigo’, le dije. ‘Pero cómo’, me replicó, afligidamente. ‘A la manera del poeta, le repliqué: Sobre un garañón y con matraca entre los tiros de la policía. No pudo sino echarse a llorar. Va a abortar a mi hijo y no voy a perdonárselo nunca’”.

Todo esto sucedía con Claudio envuelto en los humos crecientes del alcohol. Llegaba borracho al aeropuerto de la ciudad de México y se iba borracho tres semanas después sin que hubiera mediado una tregua en su prodigiosa borrachera. Vino dos veces. Durante la última cayó al hospital. Tenía treinta y cinco años y un principio de cirrosis: debía dejar de beber. “El único espacio que queda para los héroes es beber”, me dijo  entonces. “Moriré bebiendo como un héroe joven”. En su última borrachera, que pasó en mi casa, tiró la mitad de mis libros a la calle, por la ventana, diciendo que eran indignos de cualquier lector. Lo eché de mi casa y de mi vida.

Murió un año después, en la buhardilla de la ciudad de Brujas que alcanzaba a pagar con su sueldo de segundo canciller (secretario segundo) de la embajada mexicana en Bélgica. Mandaron el cuerpo, para ser enterrado en México y luego su menaje, que incluía el permiso de importar un auto que nunca pudo comprarse. Hubo notas valorando la obra potencial que segaba aquella muerte prematura. Por esos días o en días que aparecen unidos convenientemente en mi memoria, supe que Solange se había divorciado de su marido y tomado un puesto de lectora en la Universidad de Perpignan, cuyos vínculos con México animaba el gran historiador de La Cristiada, Jean Meyer.

Pasaron los años como suelen pasar, tantos como quince, sin que supiera de Solange otra cosa que su constancia en ausentarse de mi vista y de mi vida. Luego de unos años en Perpignan, llevaba otros tantos en El Colegio, estudiando los cantares de gesta, el Quijote, etc. La supe novia de un poeta viejo y ciego, aunque quizá ninguna de ambas cosas, dueña de una vida recoleta, como era su relación con la literatura.

En el año de 1993 fui a Mérida a presentar un libro. El hotel al que llegué estaba tomado por un simposio que a su vez había tomado el restaurante. Luego de inspeccionar el lleno del restorán, pedí al mesero que me sirviera la cena en el bar adjunto, tan oscuro que no podía distinguir mis propias manos. Apenas me senté, una figura se hizo presente. Entendí por sus modos que venía siguiéndome del restaurante.

—¿Te acuerdas de mí? —me dijo una voz ronca, dulce y cascada.

Ví una silueta de pelos maltratados de mujer y unos ojos brillantes en el casquete de sombra de su cabeza. Me puse de pie y le extendí la mano.

—Soy Solange Betel —me dijo—. No sé si te acuerdas.

Su voz fue Solange antes de que Solange fuera en mis ojos. La hice sentarse a mi lado y pedí al mesero una luz para alumbrar nuestra pequeña mesa. Me dijo que traería una. Antes de que la trajera había visto todo o adivinado todo lo que veía, pero cuando el mesero trajo la pequeña velatoria vi a Solange Betel, una mujer todavía hermosa pero apergaminada por los años. A través de sus nuevas facciones, las facciones de los años que se la habían llevado, en el fulgor de unos ojos azules y borrosos, capaces de una infinita desolación y, por lo mismo, de un amor potencial infinito, reconocí a la Solange Betel que recordaba. Se había ido de mí el terror sagrado ante su belleza, acaso porque se había ido su belleza, aunque fuera evidente todavía para mí.

—Siempre bellísima —mentí.

—Deja que los años se me burlen solos —respondió.

Comí como heliogábalo porque llevaba todo el día sin comer y porque el efecto sagrado de la presencia de Solange se había ido de mi. Mientras comía hablé por los codos, al principio de mí; luego, interminablemente, de Claudio, de su vida y su muerte.

—¿Por qué me hablas tanto de Claudio? —preguntó Solange cuando casi había agotado mis historias.

—Supongo que te interesa —le dije—. Entiendo que fue un amor de tu vida.

—¿Claudio? —dijo Solange—. No. No tuve nada con Claudio. El amor de mi vida hubiera sido otro en aquellos días.

—¿Quién?

—Otro, no Claudio.

—Claudio venía a verte de Europa, salían juntos, dormían juntos.

—¿Dormir con Claudio? Nunca. ¿Quién te contó esas cosas?

—Claudio.

—Pero si nada había que creerle a Claudio. Lo inventaba todo.

—Ibas a tener un hijo con él.

—Imposible que fuera a tener un hijo con él, si nunca fui a la cama con él.

—Te la pasaste en la cama con él.

—No, no, no —se rió Claudia—. Ni en sueños ni en ensueños, ni, desde luego, en persona.

Había  perfeccionado el estilo académico de hablar con comas parentéticas.

De pronto me miró con un rayo turbio del azul de sus ojos. Tuve miedo otra vez de su mirada, miedo del atisbo de paraíso que había en ella o del infierno pendiente que podía haber.

—No importa que no hayas andado nunca con Claudio —le dije—. En mi cabeza no podrá no ser así.

—En tu cabeza nunca pudo ser de ningún modo —dijo Solange—. Y  de ese modo se nos fue la vida.

—Usas la segunda persona del plural —observé.

—Un nosotros resignado —dijo Solange.

Me regaló entonces la sonrisa más llana y directa que conservo en mi memoria. Hubo un temblor en mi mano y un soplo en la boca de mi  estómago.

—Gran desperdicio —concluyó Solange—. Pero al menos ahora lo  sabemos.

No dormí esa noche. Di vueltas pensando que las aporías de Zenón se habían cumplido entre nosotros, que la flecha había salido hacia su blanco difiriendo infinitamente su llegada y Aquiles había perseguido locamente a la tortuga sin alcanzarla. Y que éramos los prisioneros de unos versos cuyos destinos herméticos habíamos encarnado sin entender.

• Héctor Aguilar Camín, Historias conversadas, México, Literatura Random House, 2019, 368 p.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor e historiador. Su libro más reciente: Nocturno de la democracia.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Literal

Un comentario en “La apropiación de Solange

Comentarios cerrados