Presentamos la introducción del libro más reciente de Julio Frenk, Proteger a México. Un enfoque integral para que un gobierno no falle, que nos llega gracias a Ediciones Cal y Arena.


Estoy preocupado por México. Por lo pronto vivo fuera del país —soy rector de la Universidad de Miami—, pero regreso con frecuencia y cada vez que hablo con mi familia, con mis amigos, con mis colegas, noto un sentimiento creciente de inquietud, desasosiego y pesimismo hacia el futuro. Y me preocupa lo que subyace a esta atmósfera social enrarecida y cargada de incertidumbre: la corrupción, la violencia, la impunidad, la falta de confianza en las instituciones, la erosión del tejido social. En suma: la falla del Estado mexicano en proteger a sus ciudadanos.

Mis viajes episódicos a México me dan una perspectiva discontinua sobre el acontecer nacional, gracias a la cual puedo apreciar rupturas que quizá pasan desapercibidas a quien vive inmerso en la vorágine cotidiana. Por ejemplo, en uno de esos viajes, antes de las elecciones de julio de 2018, me levanté temprano y me dispuse a hacer ejercicio viendo un noticiero en la televisión. Por lo que presenciaba en la pantalla no pude más que pensar: “Se está acabando el paísˮ. Las noticias iban de las triangulaciones fraudulentas de dinero entre alguna secretaría de Estado y un grupo de empresas fantasma, a las acusaciones encarnizadas entre los distintos partidos políticos, pasando por las más recientes muestras de violenta barbarie. A continuación, llegó a la pantalla el nivel en el que se encuentra México en la escala mundial de corrupción: el país bajó varias posiciones, para colocarse en el lugar 130 de un total de 180 países, y en el quinto más corrupto de América Latina. Luego se comentó que las estadísticas de los asesinatos durante las primeras semanas del año habían establecido un récord. ¿Qué era esto? Una impresión de fin del mundo —y con eso arrancaba el día. Sé que si así son las noticias todos los días uno se va anestesiando, pero para alguien que no está bajo ese efecto, el tono de negativismo y desesperación era cada vez peor.

Más tarde, al saludar a uno de los participantes mexicanos en una reunión sobre temas de salud, le pregunté: “¿Cómo estás?ˮ Me contestó: “Yo, bien. Pero este país se está destruyendoˮ. Literalmente, como corolario a las noticias televisivas y constatación de que no se veía el camino para superar una situación agobiante. ¿Cómo salir del hoyo del desasosiego y el pesimismo?

En las elecciones del año 2000 se dio el paso culminante de la transición hacia la democracia, con la alternancia en el cargo de mayor responsabilidad en la nación, la presidencia de la República. Pero en el gran esfuerzo por crear un país más cohesionado, a través de una democracia que nos unifica, que nos hace a todos iguales ante la ley, que nos permite a todos votar en libertad y elegir a nuestros gobernantes, se nos quedaron tres pendientes fundamentales, tres “cesˮ: el crimen, la corrupción y el corporativismo. Son los puntos en los que la democracia no produjo los resultados que esperábamos.

En el fondo de las tres “cesˮ lo que hay es una erosión del tejido social. México nunca ha tenido un tejido social sólido. El origen de la nación es traumático, porque fue producto de una conquista. Este trauma colectivo original se ha perpetuado en estructuras de desigualdad y en un racismo a flor de piel. En una sociedad así, en la que de entrada el tejido que la constituye es débil, la democracia es una gran fuerza igualadora y es, por tanto, un elemento de promoción de la cohesión social, porque parte de una igualdad jurídica radical: todos somos ciudadanos y todos votamos igual. México dio ese gran paso, pero en el esfuerzo por elevar la cohesión social fallamos en esas tres “cesˮ, los tres grandes pendientes de la construcción de la democracia en México.

Las dos primeras “cesˮ han ocupado el espacio del debate y tuvieron un lugar preponderante en la reciente campaña electoral, lo cual es sin duda atinado, pues lo primero que hay que hacer es combatir el crimen y la corrupción. Sin embargo, no se le ha puesto la misma atención a la tercera “ceˮ, el corporativismo, un reto que habría que considerar con un nivel similar de prioridad. De no corregirse, aun con gobiernos honestos y seguridad pública quedaría un andamiaje institucional excluyente y discriminatorio que le seguiría fallando al ciudadano en las demás dimensiones de la protección.

Sin duda, el resultado de la elección presidencial de 2018 ha restaurado un sentimiento de esperanza en la población, como lo demuestra una multitud de encuestas de opinión. Pero, además de los méritos propios de Andrés Manuel López Obrador —esa tenacidad impresionante, con 18 años en campaña, recorriendo tres veces, según él mismo sostiene, todos los municipios del país—, también veo en ese resultado una manifestación de la exasperación social, un trasfondo de enojo colectivo que ha minado la confianza en las instituciones públicas. Fue un hartazgo, sobre todo, con las dos primeras “cesˮ, que hizo germinar una esperanza fincada en una oferta atractiva al electorado, una oferta de alguna manera radical, en el sentido de que pretende ir a la raíz de los problemas: reducir de manera drástica el crimen y acabar con la corrupción. Si el nuevo gobierno lograra esto dentro del marco del Estado de derecho, sin duda ganaría el aplauso entusiasta de toda la sociedad. Pero pocos están hablando, insisto, de la tercera “ceˮ, el corporativismo; incluso hay un serio riesgo, por los orígenes del partido en el poder, el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), de que se fortalezcan las estructuras corporativistas.

Contrasto el sentimiento de inquietud y negatividad que ha prevalecido durante los últimos años con el sentimiento que teníamos aquellos de nosotros que comenzamos nuestra trayectoria profesional en el último tercio del siglo XX. Vivíamos en un país lleno de problemas, con una enorme desigualdad social y todavía lejos de alcanzar la democracia, pero había una sensación —o al menos yo la tenía— de que el avance era factible. Y la verdad es que ese optimismo en el futuro nos permitió acompañar un largo periodo de adelantos en todos los frentes de la vida nacional, en algunos casos incluso espectaculares. Es cierto que este progreso no ocurrió de manera lineal, pero, aunque hubo desaceleraciones, retrocesos y callejones sin salida, también es cierto que hubo mejoras reales, tangibles. Un ejemplo, entre otros muchos, pero particularmente significativo: apenas en 1970 casi la mitad de las muertes en el país ocurrían en niños menores de 5 años; hacia 2017, esa proporción había bajado a 4.3%. De manera concomitante, el porcentaje respectivo en el grupo de mayores de 65 años pasó de menos de 20% a más de 55% durante el mismo lapso. Ello revela una consecuencia vital de los avances en materia de salud: el desplazamiento de la edad promedio de muerte, que deja de concentrarse en los niños pequeños para aproximarse cada vez más al límite biológico de la vida. Se trata de una de las transformaciones más profundas, con implicaciones en todos los ámbitos sociales. Si eso no es progreso, no sé qué pudiera serlo. Otro ejemplo crucial: ¿No es un gran avance que, después de una larga transición a la democracia, su prueba de fuego, que es la alternancia en la presidencia, se haya dado por fin en el año 2000 y se haya reiterado en 2018?

En contraste con esta idea positiva de que el avance sí es posible, el país ha experimentado en los últimos años una especie de masoquismo colectivo, merced al cual nos negamos a nosotros mismos el crédito por ese avance, mientras que nutrimos un resentimiento hacia los liderazgos tradicionales. Esta mezcla explosiva generó una ruptura —hecha posible por los propios avances democráticos del pasado— en la cual se combinan la incertidumbre sobre el rumbo futuro del país y el despliegue de un nivel de expectativas tan alto que eleva el riesgo de una decepción.

Aunque aprecio la energía positiva que dichas expectativas pueden generar, sigo preocupado por México. Una paradójica mezcla de esperanza e incertidumbre envuelve hoy a la sociedad mexicana. Hay un riesgo real de retrocesos (por ejemplo, el fortalecimiento del corporativismo o el regreso a un partido dominante de Estado o la tentación de seguir un criterio ideológico más que técnico para definir las políticas públicas en varios ámbitos, incluyendo el de la salud) y, de hecho, muchas de las acciones iniciales del nuevo gobierno no han hecho sino elevar dicho riesgo, con la consecuente amenaza a la aún frágil democracia mexicana. Al mismo tiempo, sin embargo, se ha abierto una ventana singular para rectificar las muchas formas en que el Estado mexicano les ha fallado a los ciudadanos. Para minimizar los retrocesos y aprovechar las oportunidades, es preciso desarrollar una concepción integral como guía para la acción efectiva. Sólo así será posible canalizar en un sentido positivo la esperanza de un mejor futuro. Esta es la razón de fondo que me ha motivado a escribir el presente libro.

Debo decir que mi preocupación se entrecruza con una deuda de gratitud que tengo hacia mi país. Es una deuda heredada, que asumí tempranamente y entiendo como uno de los motores de mi vida profesional. México fue el país que dio albergue a mis ancestros, tanto por la rama paterna como por la materna, en momentos por demás difíciles. Aunque las circunstancias fueron sin duda diferentes, se puede decir que México les salvó la vida.

Por el lado de mi papá, es la historia de una familia judía en Hamburgo, Alemania, una familia secular, que no practicaba la religión. Hacia finales del siglo XIX y hasta antes del ascenso del régimen nazi, se dio en Alemania y otras partes de Europa un proceso muy intenso de asimilación, sobre todo entre los intelectuales, los profesionistas y los empresarios.

Mis abuelos eran el prototipo del judío asimilado. Mi abuelo, Ernesto Frenk, era médico; y mi abuela, Mariana Freund, una intelectual polifacética. Ambos participaban en la política con una postura progresista y contraria al fascismo que amenazaba a Europa y el mundo. Mariana pudo rastrear a sus ancestros hasta España, en la expulsión de los judíos en 1492. Sabemos que los miembros de la rama materna de mi abuela, de apellido Pick, llegaron, después de muchas vicisitudes, a un pequeño pueblo cerca de Praga, en lo que entonces era Bohemia y hoy es la República Checa. Pasaron las generaciones y casi cuatro siglos después mi bisabuela de la rama Pick se casó con mi bisabuelo Freund, vivieron cerca de Praga y tuvieron a los tres hermanos mayores de Mariana. Luego migraron a Hamburgo, porque mi bisabuelo era comerciante y esa ciudad era entonces el gran nodo de comercio en Europa. Mi abuela nació ya en Alemania, en 1898, pero sus papás, como eran de Bohemia, seguían siendo súbditos del Imperio Austrohúngaro. Ella vivió hasta los 106 años y para subrayar su longevidad decía: “Nací como súbdita del emperador Francisco José y ahora vivo como ciudadana de México bajo el presidente Vicente Foxˮ. Ese fue el espacio de su biografía.

Mi abuela creció ahí mismo, en Hamburgo, donde se casó con Ernesto Frenk. Muchos judíos eran patriotas y mi abuelo se enlistó voluntariamente en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, siendo destacado, como estudiante de medicina, al cuerpo de sanidad. Al regresar de la guerra se recibió como médico y para entonces el antisemitismo se había extendido en la sociedad alemana. Hay que recordar que, si bien Hitler subió al poder en 1933, el partido nazi estaba muy activo desde antes. La fuerza paramilitar del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, las Sturmabteilung o SA —los camisas pardas— comenzaron sus tropelías en 1921, asolando a socialdemócratas y comunistas, pero sobre todo a los judíos. Mi abuelo tenía tres problemas con los nazis: uno, aunque no practicaba la religión, era judío; dos, desde el punto de vista político tenía una posición progresista y antifascista; tres, como era un excelente médico, gozaba de una posición de influencia entre los obreros afiliados a la seguridad social que formaban el grueso de sus pacientes.

En 1930, a muy buen tiempo, como se vería poco después, mis abuelos tomaron la decisión de abandonar Alemania. Mi papá todavía no cumplía los siete años —nació en 1923— y su hermana, mi tía Margit, tenía cuatro. La idea original era irse a Canadá, pero las fuerzas del destino terminaron trayéndolos a México, que los recibió con los brazos abiertos.

Debo insistir en que la identidad judía de mi papá era en todo caso cultural, no religiosa, y para casarse con mi mamá, que es católica, se bautizó. Mi padre siempre nos imbuyó dos mensajes muy importantes a sus cinco hijas y dos hijos. El primero se refiere al orgullo por nuestras raíces mixtas. El segundo tiene que ver con la obligación de corresponder a la generosidad de México, un país que en 1930 era mucho más pobre que Alemania pero que fue mucho más rico en los aspectos que realmente cuentan en la vida: la tolerancia y la hospitalidad hacia quienes son diferentes a uno. Mis abuelos se veían muy distintos a la mayoría de las personas de su país adoptivo, hablaban español con acento, y sin embargo México los recibió, los acogió y no sólo les salvó la vida, literalmente, sino que les brindó las oportunidades para desarrollar una buena existencia. Mis abuelos pudieron criar a sus dos hijos, a quienes vieron educarse en las escuelas públicas, primero, y luego en la UNAM, y más adelante desarrollarse en carreras muy exitosas: mi papá en la medicina y mi tía Margit en el campo de los estudios literarios. Ellos, a su vez, tuvieron una numerosa descendencia de hijos, nietos y bisnietos, para todos los cuales México ha sido su patria.

Algo que siempre me ha fascinado y guiado es la idea de la generosidad hacia los extraños. Es fácil ser generoso con los familiares y los amigos. Lo que resulta difícil es ser generoso con los extraños, y ahí radica el tema central de mi existencia: México brindó esa generosidad a mi familia paterna y, al hacerlo, les salvó la vida e hizo posible mi propia vida. La necesidad existencial de corresponder ha sido una vertiente muy profunda de mi orientación ética ante el mundo. Por eso estudié medicina, además de que tenía el modelo de mi papá, quien ha sido una fi- gura central en mi vida. Quise seguir sus pasos porque, como me gusta decir, estudiar medicina es un factor de riesgo hereditario y en mi caso los pasos a seguir se remontaban tres generaciones. No fue extraño que yo estudiara medicina, al igual que mi hermana Alicia. Estaba entonces el llamado de la herencia, pero además crecimos con una deuda de gratitud que yo canalicé en la medicina y luego en la salud pública, donde la sociedad completa se vuelve tu paciente. Esa fue mi forma personal de honrar el imperativo ético proveniente de mi lado paterno.

Por mi lado materno la historia es muy diferente, aunque con muchos puntos de contacto. Mi mamá nació en Villahermosa, Tabasco, en 1928, cinco años después de mi papá. Su madre fue Haydée Alfaro, de profundas raíces tabasqueñas, quien nació en 1897, fue la primogénita, y luego tuvo dos hermanas y dos hermanos. Se quedaron huérfanos cuando mi abuela tenía dieciséis o diecisiete años, ya en plena Revolución mexicana, y ella tuvo que hacerse cargo de la familia. Tenían una finca, misma que perdieron durante la gesta armada, pero ella, una mujer de una personalidad muy fuerte, se las arregló para proteger a su familia.

Mi abuelo, Julio Mora, de quien heredé mi nombre de pila, también fue migrante, pero por razones bien distintas a las de los Frenk. Él fue originario de una de las Islas Canarias, La Gomera, cuya capital es San Sebastián, último puerto en el que Cristóbal Colón hizo escala antes de cruzar el Atlántico hacia el Nuevo Mundo. Nació en un pueblo que se llama Valle Hermoso y terminó migrando a Villahermosa: ¡solamente cambió tres vocales! Como muchos otros españoles de la época, dos de sus hermanos mayores ya vivían en Tabasco, como comerciantes. En algún momento mandaron llamar a su hermano menor, Julio, quien a los once años se despidió de sus papás y del resto de sus hermanos, sin saber si los volvería a ver.

Mi abuelo cruzó solo el Atlántico, llegó a Villahermosa y comenzó a trabajar con sus hermanos. Llegado el momento puso su propia tienda y se casó con mi abuela. Tuvieron tres hijas: Olga, la mayor, Teresa, la menor, y la intermedia, mi mamá, Alicia Mora Alfaro. Villahermosa no era la ciudad que es ahora, por lo que al llegar las niñas a la edad escolar mis abuelos decidieron mudarse a la Ciudad de México para poder continuar con su educación. Mi abuela se estableció con las tres hijas y mi abuelo iba y venía para transferir sus negocios a la capital del país. Cuando ya casi había terminado el proceso, dramática y tristemente, se estrelló el avión donde viajaba.

Cuando su papá murió, mi mamá tenía nueve años. Mi abuela, que ya había tenido la experiencia de criar a sus hermanos al quedarse ella misma huérfana, sacó adelante a sus hijas en la Ciudad de México y les dio una muy buena educación. Mi madre fue una mujer inteligente y culta, que leía mucho y escribía como ejercicio de aguda introspección. Mi abuela se esmeró en desarrollar el talento artístico de sus hijas. Al mismo tiempo que cursaba la carrera de Química en la Universidad Femenina, mi mamá continuaba sus estudios de piano, que había comenzado desde chica. Siendo muy joven, fue concertista con la Orquesta Sinfónica de Xalapa, bajo la batuta de José Yves Limantour.

Es así como crecí con esas dualidades: mi papá judío, mi mamá católica; mi papá científico, mi mamá artista. Dos personas contrastantes, con ascendentes muy diferentes, pero que lograron conectarse. Se requirió de dos individuos tolerantes de la diversidad para superar muchos prejuicios de la sociedad mexicana de entonces y construir un matrimonio sólido que ha sido un modelo muy importante para mí.

Esta diversidad me ha permitido desarrollar mi propia vida sin el conflicto de tener que definirme unívocamente. No tengo problema con la idea de integrar cosas que son diferentes y asumir identidades diversas. Todos tenemos múltiples identidades, todos albergamos una diversidad interna. Como personas, cada uno de nosotros encarnamos la idea de la pluralidad y eso es lo que tenemos que asumir en vez de encajonarnos en una identidad monolítica. Herbert Marcuse hablaba del “hombre unidimensionalˮ; en contraste, debemos asumir que somos mul- tidimensionales y celebrarlo. Me preguntan: “¿Qué eres?ˮ. Pues soy mexicano y también soy en parte español y en parte alemán, en parte judío y en parte católico. Y soy, por cierto, un gran melómano. Me gustaría tener el talento de algunas de mis hermanas para poder también ejecutar un instrumento y tocar la música que amo, pero la disfruto como un oyente activo e informado. No tengo por qué reducirme a un individuo unidimensional y eso lo aprendí en el seno familiar, viviendo la diversidad en un marco de respeto a las diferencias y de aceptación plena de lo que no soy. Lo diferente nos hace mejores.

En el ámbito profesional también encarno esta diversidad. Estudié medicina, sí, pero luego hice un doctorado en sociología. Cuando alguien me pregunta: “¿Qué eres, médico o sociólogo?ˮ, no tengo ningún problema en decir: “Soy las dos cosasˮ. Del mismo modo, me he dedicado a la academia y he trabajado en el gobierno. Tal vez alguien me pudiera criticar diciendo que en ninguno de los campos profundicé, pero eso no es cierto. He tenido logros en la investigación y en la enseñanza, formando parte de instituciones académicas, y no me crea ningún conflicto también haber trabajado en instituciones filantrópicas —la Fundación Mexicana para la Salud, la Fundación Bill y Melinda Gates y el Instituto Carso de la Salud— y haber formado parte del servicio público, tanto en organismos internacionales —la Organización Mundial de la Salud— como en mi país, al frente de la Secretaría de Salud.

No voy a comentar aquí la serie de circunstancias fortuitas por las cuales una persona como yo, que no milita en ningún partido político, terminó siendo miembro de un gabinete presidencial. Motivado por la obligación de dejar constancia, en aras de la transparencia, se ha publicado un libro donde narro con lujo de detalles mi gestión al frente de la Secretaría de Salud, en una conversación con Mauricio Ortiz: Camino y destino. Una visión personal de las políticas públicas de salud (Ortega y Ortiz editores, 2009). Baste decir ahora que como secretario de Salud tuve la gran satisfacción de haber encabezado la tercera generación de reformas del sistema mexicano de salud, con la creación, sancionada en ley, del Sistema de Protección Social en Salud. Su brazo operativo, el Seguro Popular, permitió cubrir a más de 55 millones de mexicanos que antes tenían formas muy limitadas de protección de su salud.

El entrecruzamiento de mi preocupación por la situación actual de México, donde el Estado ha fallado en proteger a los ciudadanos, con el imperativo ético de mi deuda de gratitud hacia el país es, entonces, lo que me impulsa a escribir este libro, con el soporte de mis aportaciones al tema de la protección social tanto en el ámbito académico como en el de las políticas públicas. En los momentos críticos hay que regresar a lo esencial, y lo que aglutina al cuerpo social en el nivel más básico es la protección que el Estado está obligado a brindar y a la que toda persona tiene derecho.

 

Julio Frenk
Rector de la Universidad de Miami y exsecretario de Salud de México (2000-2006).

 

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