Historias orales y escritas, antiguas y modernas son la materia prima de los relatos que Mario Satz ha dispuesto en El alfabeto alado. Estas breves viñetas sobre el lenguaje, la vida cotidiana, la espiritualidad y la muerte vienen acompañadas del aleteo de una mariposa. Reproducimos una de ellas con autorización de Acantilado.


Cuenta Francisco Clavijero, en su Historia antigua de México, que después del diluvio universal hubo una confusión de lenguas, una dispersión de especies y un trasiego de tierras, ríos y colinas. Nada estaba en su lugar y ninguna criatura, en su fuga o agonía, sabía si el mundo continuaría existiendo. De ese diluvio, que por lo visto no es el único cuya memoria se conserva en los mitos y las fábulas, se salvaron un hombre y su mujer, Coxcox y Xochiquétzal, quienes tras mucho navegar llegaron a una rada, abandonaron su canoa, y viendo que la tierra firme que se extendía bajo sus pies era hermosa y estaba viva, se instalaron en el lugar llamado Colhuacán. Allí prosperaron y tuvieron muchos hijos; recogieron bayas, volvieron a plantar maíz y frutales, se entregaron a la flor y al canto y trataron de olvidar la acuática tragedia a la que habían sobrevivido. Aunque Coxcox y su mujer Xochiquétzal hablaban, todos sus hijos nacieron mudos. Cuando querían algo lo señalaban. Sus ojos y sus manos y sus pies eran muy expresivos , pero el silencio que los rodeaba visitaba sus sueños y sus casas e iba de acá para allá sorprendido de que los padres nombraran a sus hijos pero éstos no pudieran nombrarlos a ellos.

Llamó a una paloma, el silencio llamó a una paloma y le dijo que enseñara a hablar a los descendientes de Coxcox y Xochiquétzal, y así fue como, más tarde, sus hijos aprendieron las distintas lenguas del país. Ahora bien, ¿quién había enseñado a hablar a la paloma?, ¿en qué colegio de árboles o en qué lago de sílabas se bañó hasta devenir políglota? Unos dicen que su maestra fue Tetl, la lumbre, la llama de fuego, porque el fuego que crepita dice de qué están hechas las cosas que consume y lo alimentan; otros, que fue Ocuilin, un gusano, quien enseñó a la paloma a hablar, porque era el único que se acordaba de los idiomas anteriores al diluvio y de la humedad de las lenguas humanas, y era elástico como ellas. Otros más sostienen que la paloma lo aprendió del señor Temiqui, el sueño, porque en el sueño vemos todos los colores, y todas las edades son contemporáneas, los muertos viven y los vivos vuelan y parecen saberlo todo. Al fin y al cabo, el lenguaje es tan omnisciente y aleatorio como él. Lo cierto es que algunos viejos campesinos mexicanos narran lo que Clavijero no llegó a consignar: que la paloma no hizo de inmediato el trabajo encomendado por los sobrevivientes del diluvio. Aunque aceptó de buen grado la tarea, consciente de que debía prepararse para ella, voló de acá para allá buscando preposiciones y adjetivos, nombres propios y conjunciones. Floja en gramática, le pidió a los árboles que le enseñaran el nexo entre la raíz y la copa, el sonido y el sentido. Fue hasta el mar y les pidió a las olas que le enseñaran a enrollar y desenrollar las ideas que toda lengua tiene; viajó a la selva, que había renacido tras el diluvio, y le pidió al quetzal que le enseñara sustantivos y adverbios. Allí donde iba, la paloma procuraba aprender el lenguaje de las cosas, y de los seres visibles e invisibles. Una vez que hubo recogido tantas palabras como granos de cacao tienen cien mil frutos, emprendió el regreso, pero a medio camino se detuvo en seco, aterrizó sobre una roca negra y se dijo: “Me estoy olvidando de lo esencial: las personas del verbo”.

Entonces volvió sobre sus rutas, preocupada por lo que dirían Coxcox y Xochiquétzal al comprobar que sus hijos e hijas aún eran mudos. En un claro vio a una mariposa de las que llaman macaón, que era negra, amarilla, roja, azul y naranja. Se le acercó y, tras saludarla, le preguntó:

—Tú, que como yo vuelas de acá para allá, ¿tienes idea de cuántas son las palabras del verbo? Y si acaso lo ignoras, ¿sabes quién puede enseñármelo?

—Te lo enseñaré a condición de que no le cuentes a nadie que he sido yo la que te confió el secreto —dijo la macaón, parpadeando—. Yo es el que habla, tú el que escucha y él el tema de la conversación. Yo es el que crece, tú el que profundiza y él el que aprende. Yo es el corazón, tú la mano y él los ojos del lenguaje.

—¿Y cuando hay más de tres seres juntos? —quiso saber la paloma.

—Nosotros es la familia del yo —respondió la mariposa, revoloteando alrededor de la paloma—, vosotros los hermanos del tú, y ellos, ellos son los demás.

Dicen, pero es improbable que accediera a ello, que la paloma invitó a la mariposa a que la acompañara y le ayudara a enseñarles a hablar a los hijos de Coxcox y Xochiquétzal. A las mariposas no les gusta demasiado el bullicio y, al revés que a la paloma, lo doméstico les parece menos interesante que la vida libre y despreocupada. en cada paloma vibra el deseo de un nido, y en cada mariposa la simple, solitaria ambición de un néctar.

Cuando los descendientes de Coxcox y Xochiquétzal aprendieron a hablar y sus lenguas se separaron, solicitaron de la paloma que hiciera de mensajera entre ellos. Para entonces, la mariposa ya había vuelto al sol, su casa de fuego.

• Mario Satz, El alfabeto alado, Barcelona, Acantilado, 2019, 216 p.

 

Mario Satz
Filólogo, escritor y traductor. Es autor de numerosos poemas, novelas y ensayos, entre estos últimos destaca Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines.

 

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