Mario Conde, el personaje central de Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma, Máscaras y varias más, es una especie de Leonardo Padura en labores detectivescas. Su fuerza de atracción radica, entre otras cosas, en que ilustra el tránsito de una generación de cubanos que vivió sus primeros años como adultos enmarcados en el halo de la esperanza revolucionaria hasta que la ilusión, primero, se vuelve desconcierto y luego desencanto.

Padura mismo lo recrea en un singular ensayo, “La generación que soñó con el futuro” (2013), que se puede leer en el sugerente libro Agua por todas partes (Tusquets, 2019). Se trata de aquellos nacidos en los años cincuenta, inmersos en los “fervores internacionalistas”, que vivieron como propio el triunfo de la Unidad Popular en Chile y resintieron hasta la médula el criminal golpe de Estado encabezado por Pinochet. Que se educaron con las “canciones políticas latinoamericanas” y la enorme influencia soviética en la vida toda de la isla. Escribe Padura: “Mi generación fue la primera, en la historia del país, que tuvo acceso masivo a los estudios superiores”, fueron los conejillos de Indias de ensayos pedagógicos diversos, los que cursaron materias como “Materialismo Histórico y Materialismo Dialéctico, Economía Política… y el (visto a la distancia) muy simpático Comunismo Científico”. Recibieron preparación militar y fue la generación que peleó en Etiopía o Angola. Fueron quienes soñaron en el futuro. Estaban construyendo algo nuevo, una sociedad sin clases, el reino de la igualdad, aunque por el momento —dice— las metas accesibles eran más bien modestas: adquirir un auto soviético o viajar al extranjero.

Ilustración: Jonathan Rosas

Esa generación fue sacudida en 1989. El desplome del Imperio soviético tuvo repercusiones inimaginables en Cuba. La isla entró en una profunda crisis económica y el sueño inmediato se volvió literalmente la supervivencia. Las estructuras y la ideología políticas se mantuvieron intactas, pero la vida cotidiana se volvió más dura y apremiante. El sueño empezó a tener tintes de pesadilla. Las libertades que inundaron a las sociedades postsoviéticas no aterrizaron en Cuba y la escasez de los bienes de primera necesidad hizo más agraviantes las restricciones a la cultura: la prensa monopolizada por el gobierno, la “muerte civil” de grandes escritores no alineados con el régimen, los cambios en el mundo que no eran registrados en una isla doblemente isla.

Aunque parezca ficción, lo que se discutía en el mundo no era recogido en Cuba desde antes. Escribe Padura: “¿Qué había sido la Revolución Cultural China? ¿Quiénes eran los Jemeres Rojos en Kampuchea?”, etc. “Cuando alcanzamos la responsabilidad laboral, en los años ochenta, la inocencia y el desconocimiento de los integrantes de mi generación eran compactos y abarcadores”, porque el aislamiento y la censura todavía construían un clima político e intelectual autorreferente, incapaz de autocriticarse, impermeable a los vientos del mundo, en buena medida, paralizado.

La década que se inició en 1990, la del llamado “Período especial en tiempos de paz”, lo que hacía alusión a la falta de comida, electricidad, transporte, papel, medicinas, resultó al mismo tiempo una sacudida y un despertar. Una sacudida que hizo imposible la somnolencia y la relativa confianza en la que se desplegaba la vida cubana y un despertar porque reveló con dramatismo que Cuba era una economía más que dependiente de sus aliados internacionales y que carecía de las capacidades para hacer frente a los inéditos retos. “La sociedad se fracturó, se hundió, y creció un espíritu de supervivencia que degradó los valores éticos de mucha gente… Nadie resolvía sus problemas trabajando… Mientras unos y unas se prostituían, otros robaban lo que fuera robable, otros huían del país… y muchos languidecían en la inopia”. Las ilusiones se diluían, el sentimiento de derrota se hizo expansivo, todo parecía a la deriva. Los llamados al sacrifico no lograron el eco del pasado. Por el contrario, había que “comenzar a releer la historia y sus mitos, a revaluar nuestra experiencia personal, generacional, nacional”.

Fue claro que la proclamada sociedad igualitaria se encontraba fraccionada “en capas y estratos”. La corrupción, la improductividad, “la pérdida del valor del trabajo”, el “cansancio histórico” se hicieron presentes. Y con ello un nuevo espíritu público, más descreído e incluso cínico. Dice Padura que su generación sigue siendo joven para morir, pero que quizá resulta vieja, obsoleta en los nuevos tiempos. Él lo sabrá, lo cierto es que el diagnóstico no resulta convincente aplicado a la obra de Padura.

De lo que creo que no hay duda es del desaliento vital, del abatimiento del ánimo, del trayecto transcurrido y de sus famélicos frutos. Padura lo escribió sin misericordia: “Al final del camino la generación escondida, sin rostro, obediente y complacida, la generación que soñó con el futuro y a la cual pertenezco, ha vuelto a ser la perdedora. Sólo que esta no es una derrota coyuntural, del momento, sino una debacle histórica de la que no saldremos ni siquiera más sabios o más cínicos: porque ya no saldremos hacia ninguna parte”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

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