No es posible, nos dice Nadia Urbinati en su nuevo libro sobre el populismo, (Me the People, Harvard University Press, 2019) entender el populismo sin dar cuenta de las sucesivas transformaciones que ha experimentado el gobierno representativo. Desde que esa forma se inventó a finales del siglo XVIII ha sufrido varias metamorfosis. Como señala Bernard Manin, primero fue un gobierno de notables con sufragio restringido, después al democratizarse se constituyó en un régimen administrado por partidos políticos. Finalmente, se convirtió en una democracia de “audiencia” en la que la ciudadanía toma la forma de un público desorganizado e indiferenciado.1 Los partidos ya no organizan la vida política y las personas no tienen fuertes lealtades partidistas. Los medios de comunicación se vuelven autónomos y colaboran para que la competencia política tome un carácter personalista. Los ejecutivos se vuelven centrales y los parlamentos secundarios. Según Urbinati, debemos ubicar el éxito contemporáneo del populismo en la transición entre la democracia “partidista” y la de “audiencia”.

Ilustración: Belén García Monroy

La democracia no sólo está constituida por sus instituciones, por su constitución; encarna una serie de principios y de mores, o costumbres como querría Tocqueville. Es el tejido suave de la vida democrática lo que le da sentido a la vida ordinaria, cotidiana, de sus ciudadanos. El populismo es ácido para esa forma de vida democrática. Los populistas, aunque no cambien las constituciones, cambian el tenor de la política y del discurso público al “proyectar cotidianamente propaganda que inyecta rencor en la esfera pública que ridiculiza a cualquier oposición y a ciertos principios seminales, como la independencia del poder judicial”. Así, el público populista se vuelve intolerante al disenso y despreciativo del pluralismo. No es una casualidad que los populistas hablen continuamente de “cambio de régimen”; lo hacen porque hay una insatisfacción de fondo con la democracia y quisieran moverse a otra forma distinta, aunque los contornos de ella son borrosos en extremo. La ambigüedad aquí es estructural. No quieren a la democracia liberal existente y tampoco quieren simplemente reformarla, pero tampoco quieren, como el fascismo, abolir las elecciones ni negar su legítimo papel político. En efecto, como dice Urbinati, la legitimidad electoral “es una clave definitoria de los regímenes populistas”. La pretensión de constituir un nuevo régimen es entonces falsa o antidemocrática. El populismo no usa a la democracia para abolirla, como el fascismo, pero la desfigura al transformarla. Si el populismo utiliza la violencia y la represión e impide las elecciones, como en Venezuela, el populismo deja de ser una mera deformación de la democracia y se convierte en tiranía.

En las elecciones radica una diferencia toral entre la democracia y el populismo. La “unificación del pueblo bajo un solo líder es una auténtica violación del espíritu de la democracia, aún si el método empleado para lograr esa unificación (las elecciones) sea democrático”. El principio democrático de la mayoría garantiza que quienes disienten de ella sigan formando parte del proceso político y no sean silenciados, vilificados, subyugados u ocultados de la vista pública. En la democracia las mayorías son contingentes y temporales. Ninguna mayoría democrática puede llevar a cabo, en seis años, una transformación tan radical como la que promete el gobierno actual. La unidad que busca el populismo es transexenal, rebasa con mucho el horizonte electoral. Mientras existan elecciones, libertad de expresión y de asociación, siempre existirá la posibilidad de que no se produzca la “cuarta transformación”, sino simplemente un gobierno más, relativamente exitoso o fallido, como los que le precedieron. Sin embargo el discurso épico revela la ambición de constituir una mayoría histórica, más allá de las elecciones ordinarias. Ese tipo de ambición, cree Urbinati, sitúa al populismo a medio camino entre el fascismo y la democracia: “El populismo permanece como una forma democrática en tanto su fascismo latente se mantenga insatisfecho, una sombra”.

La dicotomía democracia-fascismo me parece objetable. Lo es porque olvida las formas no democráticas, pero no tiránicas, que existieron en el siglo XX y que siguen hoy existiendo en diversas partes del mundo. Hay claramente una manera en la cual el populismo puede conducir a un régimen antidemocrático, pero no fascista. Ese régimen se llamaba PRI. Se trataba de un autoritarismo de pluralismo limitado, que respetó escrupulosamente el calendario electoral, que jamás suspendió la constitución o las leyes, y que gobernó México durante más de siete décadas. El populismo podría no meramente “deformar” la incipiente democracia, sino revertirla al régimen autoritario que gobernó al país por décadas. Los teóricos políticos del populismo podrían aprender mucho de México. La lección es clara: el populismo puede destruir a la democracia sin volverse fascismo. Sería analíticamente erróneo llamar al régimen posrevolucionario mexicano “fascista”; también lo sería llamarlo democrático. El dedo del actual gobierno señala al pasado, no es fortuito. No sólo es nostalgia: es el reconocimiento cabal de un origen compartido. Es la política en la cual el pasado es el futuro.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos


1 Bernard Manin, Los principios del gobierno representativo, Madrid, Alianza, 1999.

 

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