La operación Vaquita CPR reunió a los biólogos marinos y veterinarios más capaces del mundo en una operación de emergencia, financiada por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) y un conjunto de fundaciones privadas, para impedir la extinción total de la vaquita marina, el mamífero marino más pequeño del mundo. El plan era capturar a los quince especímenes restantes con la esperanza de que pudieran reproducirse en cautiverio y regresarlos a su hábitat cuando se hubiese eliminado el principal peligro que enfrentan, que son las redes cortina de los pescadores clandestinos de totoaba. La primera fase de la operación inició en 2017, con un presupuesto de más de cinco millones de dólares. Se logró capturar a una vaquita joven que murió a las pocas horas de cautiverio y la misión se canceló.

Los detalles de la operación y el ambiente al interior de los barcos de rescate se muestran en el documental Mar de sombras, una especie de thriller ecologista producido por Leonardo di Caprio que reitera al pie de la letra el cliché del hombre blanco como salvador en una tierra salvaje. Llama la atención la insistencia con que los miembros del equipo expresan una idea: “si perdemos a la vaquita, perdemos todo el mar de Cortés”. Hay una especie de condensación simbólica por medio de la cual un solo animal —con su ojito de mapache y esa línea que le dibuja una sonrisa casi humana— se convierte en metonimia del fin del mundo.

Ilustración: Raquel Moreno

Que un buche disecado de totoaba pueda venderse por miles de dólares en los mercados asiáticos nos resulta un ejemplo obvio de fetichismo, exótico y repudiable. Es más difícil tomar distancia frente a los apegos de cierto ambientalismo: nadie quiere parecer insensible ante la tragedia de la vaquita marina. Pero es justamente su carácter moralmente irrefutable lo que convierte a la obsesión por la vaquita en una forma de fetichismo. No solo porque funciona como depósito de una amplitud desbordada de valoraciones y significados abstractos, sino sobre todo porque esa condensación desplaza y oculta las formas de explotación y despojo de las que depende su valor simbólico y económico.

Esa es la principal característica del neoliberalismo ambiental, que no niega la lógica de la mercancía, sino que simplemente remercantiliza la naturaleza de acuerdo a un régimen alternativo de valor. Inveravante y Grupo Carso son dueños de miles de hectáreas de costa prístina, unos kilómetros al sur de San Felipe, donde se planea la construcción de Marinazul Golf & Resort. Es significativo que ellos mismos hayan financiado la creación de La naturaleza nos llama, fundación que ha promovido la conservación de quince especies marinas.

Lo que la ecomercancía oculta es el complejo entramado de problemas sociales y ecológicos que en el alto golfo de California como en el resto de México tienen que ver con relaciones fronterizas desiguales, privatización de recursos naturales y la germinación de un régimen de intermediación criminal en las ruinas de la representación política sectorial. Un buen lugar para empezar es la administración del Río Colorado, que por cierto el documental omite por completo. Las aguas dulces del río solían desembocar en el golfo con un volumen de 1 200 metros cúbicos por segundo. La baja salinidad y la abundancia de minerales son dos características esenciales para especies endémicas como la vaquita y la totoaba. En 1936, la presa Hoover redujo el volumen a 164 metros cúbicos y en 1944 México aceptó la construcción de la presa Morelos en Yuma y se resignó al uso exclusivamente agrícola del agua del río. El flujo actual es de 0.5 metros cúbicos por segundo. Ha desaparecido la casi totalidad de los humedales del delta y toda la diversidad de especies que de ellos dependían.

Desde el establecimiento de la reserva de la biosfera del alto golfo de California en 1993, los pescadores de San Felipe y el golfo de Santa Clara viven sorteando vedas. En los últimos años se les asignó una compensación a los miembros de las cooperativas a cambio de no pescar curvina. Pero el pago llega tarde, no llega o no basta. La red de comercio ilegal de totoaba conecta a los pescadores clandestinos de San Felipe y el golfo de Santa Clara con sicarios presuntamente vinculados con el cártel de Sinaloa y comerciantes chinos establecidos en Mexicali. Esa mafia, como se le denomina localmente, es mucho más que una red de comercio ilegal, pues también facilita préstamos a los pescadores que se endeudan para comprar equipo. Incluso se ha impuesto como intermediaria en la emisión de facturas por las que cobra un porcentaje. Esas solían ser prerrogativas de las cooperativas de pescadores, organizaciones sectoriales tradicionalmente afiliadas al PRI. Los pescadores se encuentran entre un proyecto de conservación que los excluye y despoja —y gasta millones de dólares en el intento fallido de rescatar a un animal— y una mafia que usa la fuerza para imponerse como intermediaria rapaz.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia

 

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