Mi amigo Claudio Lomnitz ha escrito para el número de noviembre de la revista una reflexión a propósito de las historias familiares. Lo hace desde su propia experiencia, pues él publicó recientemente una historia de su familia materna, Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía. Un libro entrañable que, a mi manera de ver, está cargado de amor, de admiración y de nostalgia por los protagonistas de una historia finalmente irrepetible. Yo entendí esa recuperación de la memoria de su madre, de sus abuelos, como una historia intensamente personal. Para mi sorpresa, en el ensayo titulado Apunte sobre la verdad en la escritura de la historia familiar, Claudio reflexiona sobre las dificultades que supone escribir una historia profesional o científica sobre la familia de uno. Me sorprendió porque no es ciencia lo que uno espera de una historia familiar, sino un relato que se sabe de antemano que estará cargado de subjetividades, de emociones.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

Creo que en ese tipo de historias no hay verdades, hay recuerdos que, como bien sabemos registran tantas variaciones como el clima en un día cualquiera en Ciudad de México. El mismo acontecimiento puede ser recordado de manera completamente diferente por dos personas que lo presenciaron, que escucharon las mismas palabras, vieron los mismos gestos de los protagonistas y, sin embargo, sus interpretaciones difieren radicalmente. Creo que esto ocurre porque cada uno de ellos mira el acontecimiento desde su propia subjetividad, y ésta le impone el color del cristal con que lo mira, y el tono a las palabras que se intercambian.

Como dice Claudio, en las historias familiares hay mitos, secretos, mentiras con las que se entretejen las vidas de padres e hijos, tíos, primos, sobrinos, abuelos, pero que todos aceptamos porque sentimos una gran familiaridad incluso con las fantasías de nuestros ancestros, o de parientes contemporáneos en quienes, mal que bien, nos reconocemos.

Creo que al escribir una historia familiar, una está haciendo algo más que expresar amor o cumplir un deber —como afirma Lomnitz—: una también está buscando sus propias señas de identidad, su origen, la raíz de sus pasiones. Es parte de la búsqueda de una misma, y cuando la tía Fulanita nos cuenta que la abuela tuvo una prima que exageraba como una lo hace, o que se metía a hablar de política con los señores, sin importarle nada que la vieran de través, entonces una piensa: “Ah, bueno, entonces en esto no estoy sola, y tampoco me lo inventé”.

En realidad, cuando primero leí el ensayo de Claudio pensé cómo los miembros de una misma familia cuentan versiones no solamente diferentes, sino muchas veces contradictorias. Ninguno miente porque, por ejemplo, cada hijo tuvo distintos padres. Mi mamá tuvo su primera hija a los 22 años, y la última cuando tenía 38. Evidentemente hablamos de dos mujeres distintas, porque no sólo había tenido seis hijos de por medio, sino que en los 16 años de distancia entre la primera y la última de sus hijos había vivido la natural transformación de la juventud a la madurez. Había vivido el descubrimiento trepidatorio de la maternidad y el hartazgo de embarazos no deseados; la ilusión de estrenar casa y el fastidio de administrarla. Cuando nació mi hermana mayor todo era nuevo para mi mamá, cuando la hija número 8 llegó al mundo todo tenía un aire de déjà vu que la empujaba a irse a desayunar con sus amigas tan pronto como podía, aunque la recién nacida reclamara a gritos su presencia.

Supongamos que quiero entender por qué mi abuelo materno decidió emigrar de Guadalajara a Ciudad de México en 1924, con su mujer embarazada y sus cinco hijos. Llegó a un lugar que le era desconocido. A veces le era tan ajeno como si él hablara ruso y los defeños de su época yidis, o al revés. Entonces sí, creo, puedo recurrir al método histórico más probado y hacer una investigación de las condiciones de la economía del estado de Jalisco en los años veinte, del impacto de la violencia revolucionaria sobre la población y del tipo de personas que emigró a la capital de la república en esos años.

Creo que incluso en ese caso mi relato transpiraría la emoción que me causa imaginar a mi pobre abuela tapatía, alejada de su familia, sola y desconsolada, porque la viruela se había llevado a su hija recién nacida. Así estaba en el medio inhóspito en el que su marido la había depositado para que rehiciera el hogar físico que habían dejado atrás, con los guayabates y los arrayanes. Puedo o no apoyarme en la estadísitica, pero el dolor de mi abuela me haría mirar esa historia profesional con un nudo en la garganta.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio nacional de ciencias y artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

Un comentario en “Historias familiares

  1. Que interesante articulo, es tan cierto esto que explica, en una familia dos hermanas con un año y meses de diferencia de edad al cabo de muchos años he comprendido que cada quien registra, descifra, entiende, interpreta su crecimiento, su entorno, sus amistades, sus creencias, sus tristezas, sus recuerdos en forma tan tan diferente que pudiese oarecer que una de las dos no es la hermana…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.