En efecto el Arte de Gobernar, que no consta sino de las meditaciones racionales de un hombre de Estado, requiere en todos sus ramos recaudación de impuestos, sistema de tribunales o casas de beneficencia, manejo de personalidades influyentes, enganche y distribución de la fuerza militar, reglamento de los puertos, negocios consulares y diplomáticos, comunicaciones postales, trabajos de riegos y canales, organización de la educación nacional, etcétera, un conocimiento completo de la nación que se rige, y uno concreto de los hombres, negocios, ideas, intereses y necesidades de cada lugar, para que el problema gubernativo pueda resolverse en beneficio general. Ahora bien, como la falta de libros nacionales hacía imposible el conocimiento técnico de nuestra organización social, y de la vida política legal, el de nuestras aspiraciones, al estancarse las noticias de la vida cotidiana de otros puntos por falta de comunicaciones breves y expeditas, el conocimiento experimental de hombres, negocios y lugares se hacía imposible. La consecuencia fatal fue pues que los gobernantes mexicanos, tanto en la Unión como en los estados, conocieran siempre muy poco de nuestros fenónemos sociales, y que entraran al gobierno con un criterio de provincianos; que lleno de prejuicios de aldea o generalizaciones absurdas, y vacío de nociones exactas de política, producía desaciertos y fracasos, tanto más funestos para la estabilidad administrativa cuanto que por la remoción general de los empleados públicos, que producían las revoluciones, los destituídos se llevaban lo poco que empíricamente conocían de los negocios y dejaban las oficinas públicas a merced de advenedizos, que a veces eran completamente analfabetas. Abordáronse, pues, los puestos públicos con una ineptitud creciente desde la Independencia hasta Juárez, primer estadista que produjo México, volviendo a manifestarse el lirismo administrativo en Lerdo y González; para convertirse en hecho pasado de nuestra historia con la administración presente, en la cual la organización técnica de las oficinas, y el conocimiento personal de los hombres que tiene el presidente general Porfirio Díaz, pues durante cuarenta años lo ha recorrido en todas direcciones, le ha permitido comprender sus necesidades y manejar con éxito sus intereses.

 

Fuente: Julio Guerrero (1862-1937), La génesis del crimen en México. Estudio de psiquiatría social (1901). Prólogo de Arnoldo Kraus. CONACULTA, colección Cien de México, 1996.

 

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