Imaginemos la tarde en que el filólogo Corominas redescubrió, bajo el vuelo de una blanca de la col, el “María, pósate” de los antiguos padres de la Iglesia. Era abril en su ondulada y amable Cataluña, el abril de las últimas mandarinas y los tempranos narcisos. El mes que abre las cosas, como bien vieron los romanos. En su prodigiosa memoria, en su altiva perspicacia, asimilar María a la mariposa le proporcionó una felicidad semejante a la del poeta Berceo, quien vio a la Theotokos o “paridora de Dios” encarnada en un prado de mayo con sus gramíneas, sus poáceas y sus caléndulas. Pero una cosa era el manto de la Virgen y la fertilidad de la tierra, y otra paralela esa criatura alada que los griegos asimilaron a la mente humana. ¿Era, acaso, María, la madre de Jesús, asimismo la matriz anímica en la que se había gestado, para asombro de los seres humanos, el hijo de Dios?

Corominas debió de decirse, con voz entrecortada:

—María, pósate.

Y la blanca de la col, como si lo hubiese oído, se detuvo sobre la verde columna del hinojo. Abrió las alas y agradeció al sol el que extrajera de la última lluvia un perfume nutricio.

Abrió las alas, contribuyendo de ese modo a que el lingüista repasara al vuelo media docena de palabras y sus raíces. Al mismo tiempo, se alegró de que fuera la lengua castellana la dueña del vocablo mariposa, apartándose de ese modo del tradicional Papilio latino presente aún en el catalán y en el francés.

 

Fuente: Mario Satz, El alfabeto alado. Acantilado, Barcelona, 2019.

 

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