El escritor colombiano Juan Gabriel Vázquez (Bogotá, 1973) vuelve a estar entre las novedades de la literatura hispanoamericana, de la cual es uno de los más brillantes exponentes contemporáneos y con mayor presencia en el extranjero, traducido a 28 lenguas. El francés Mathias Enard lo coloca más allá de la pertenencia lingüística española afirmando, sin más, que “es uno de los grandes autores de hoy, sin distinción de territorio”.

Afianzado novelista, en esta ocasión regresa, por primera vez después de diecisiete años, al género del cuento. El siguiente pertenece a Canciones para el incendio (Alfaguara, 2019), una nueva colección de nueve relatos, donde la violencia, tangencial o directa, pero siempre abrumadora, vuelve a ser la brújula narrativa que orienta los deseos y vidas de sus personajes.


Dos días después de la desaparición, cuando en las redes empezaron a circular las preguntas inquietas de su exesposa, los amigos estuvimos de acuerdo en que Sandoval, tras despedirse de nosotros, se había ido a buscar a su nueva novia, una veinteañera incombustible de tobillos tatuados con la que llevaba saliendo unos cuantos meses, y no era improbable que la noche se hubiera salido de madre y hubiera terminado en algún hotel indulgente, entre botellas de ron vacías y pies desnudos que las patean y fantasmas de cocaína en las mesas de vidrio. (Sus amigos le conocíamos esos excesos, los tolerábamos y a veces los juzgábamos: hipócritamente, pues todos habíamos participado en ellos alguna vez.) Pero en las redes se hizo evidente muy pronto que nadie lo había visto, ni la nueva novia ni su madre ni sus vecinos, y el último testimonio con que se contaba era el del taxista que lo había esperado a primera hora de la mañana frente a un banco del norte, la puerta amarilla abierta como un ala y el motor encendido, mientras Sandoval sacaba de un cajero más billetes de los que parecía aconsejable llevar encima en nuestra ciudad acosadora. Se pensó que lo habían secuestrado; se habló de paseo millonario, y tuvimos que imaginar a Sandoval recorriendo la ciudad y sacando de los cajeros todo lo que pudieran darle sus tarjetas generosas, y luego regresando a pie, aterrado pero a salvo, desde algún potrero insondable del río Bogotá. Las redes nos trajeron mensajes de solidaridad o de ayuda, descripciones de Sandoval —estatura de uno con ochenta, pelo muy corto de canas prematuras— y buenos deseos redactados con palabras que no eran optimistas, cierto, pero todavía no eran luctuosas; y sin embargo ya algunos sugerían una escena en que sus asaltadores siguen a Sandoval desde el banco, esperando que se quede solo, y le roban el dinero y el reloj y el celular antes de pegarle un tiro en la frente.

Alicia, la exesposa de Sandoval, se preocupó desde el principio de una manera más intensa, o por lo menos más pública, de lo que hubiéramos esperado. Se habían conocido en la universidad, poco antes de que Sandoval abandonara los estudios, y en su matrimonio hubo algo como un sutil desequilibrio, pues ella parecía llevarlo siempre a remolque. Fue ella quien le sugirió a Sandoval montar una firma de inversiones, fue ella quien le trajo los primeros clientes y contrató a los mejores contadores, fue ella quien consiguió una oficina compartida, para ahorrar gastos, y quien convenció a Sandoval de que no importaba que la oficina fuera vieja, pues el ambiente de mesas con lámina de vidrio y madera olorosa a líquido de muebles no es grave si la gente al salir de la oficina tiene más plata de la que tenía al entrar. Siempre nos pareció a todos que Alicia merecía algo mejor que Sandoval, y las primeras horas de su desaparición fueron conmovedoras por eso: por verla a ella, una mujer mucho más sólida que él, más terrenal y más animosa, usando todo el empuje que le daba su tristeza para preocuparse por un tipo como nuestro amigo: inasible, escurridizo, en continuo movimiento, como si alguien lo persiguiera.

Entonces nos enteramos de que los billetes habían llegado bien a su destino. “La plata era para pagarnos”, dijo más tarde, cuando comenzaron los interrogatorios, su secretaria de los últimos tiempos. A eso de las ocho y media, la mujer había llegado al trabajo para encontrarse los sobres con los nombres de los once empleados bien escritos con la letra del jefe (esa letra inclinada hacia atrás, como si el viento le diera de frente); luego se supo que Sandoval no les había pagado el mes en curso, sino también los dos siguientes, y eso bastó para que muchos sostuvieran en las redes que ya entonces había tomado una decisión, aunque nada se supiera de su naturaleza. Acerca de lo ocurrido a partir de ese momento —el momento del cajero, como se conoció de inmediato— tampoco se sabía nada; Alicia seguía manteniéndonos al tanto de las averiguaciones, de las denuncias hechas ante imberbes policías hastiados, de las búsquedas infructuosas en los hospitales primero y en las morgues después, y también de la angustia de la pequeña Malena, que se había dado cuenta de todo y había empezado a llorar un llanto clandestino debajo de su cobija de tulipanes. Y nosotros nos escribíamos a horas profundas de la noche, simplemente para compartir el insomnio de la incertidumbre.

Al tercer día después de la desaparición, las meticulosas redes nos trajeron una noticia que confirmó las sospechas más viles: Sandoval había salido del país. La presión de los trinos acabó por llegar a los oídos correctos, y una revista caritativa reveló en internet unas imágenes de calidad precaria en las cuales Sandoval, o alguien muy parecido a Sandoval, se acercaba a la ventanilla de Emigración y levantaba la cabeza, como para hacer chasquear los huesos del cuello, mientras el funcionario le sellaba el pasaporte. Nunca sabremos si llegó a creer en algún momento que de verdad podía pasar desapercibido, pero es muy probable que haya sido así, porque de otra manera hubiera tomado más precauciones para esconderse. En las redes comenzó pronto una discusión entre dos bandos: si Sandoval estuviera fugándose de algo, decían unos, habría disimulado, se habría escondido, habría llevado un saco con capucha o una gorra de béisbol o un sombrero vallenato o al menos unas gafas oscuras para hurtar el rostro a las cámaras impertinentes y ubicuas; que no lo hubiera hecho, sostenían los otros, no era sino la prueba de que se creía y siempre se había creído por encima de la ley, un intocable, un dueñodetodo, un miembro de esa clase que había crecido con la convicción profunda de que el país era su finca y ellos eran los capataces.

Alicia se desgastaba en intentos vanos por pedir respeto. Alegaba (la veíamos alegar) que nadie tenía pruebas de que hubiera hecho nada malo y que de todas maneras él seguía sin dar señales de vida, aunque se hubiera visto lo que se vio en las cámaras. La familia emitió entonces un comunicado para anunciar que Sandoval seguía oficialmente desaparecido, pues, a pesar de haber tratado por todos los medios posibles de ponernos en contacto con él, ni su exesposa, ni su madre, ni sus amigos habían recibido ningún tipo de noticia, ni él ha acusado recibo de nuestros mensajes. Algunos en las redes ya lo insultaban por desconsiderado, por ver el espectáculo de angustias de sus familiares y no reaccionar de alguna manera, y otros preguntaban cómo iba a reaccionar, si a estas alturas ya probablemente estaba metido en el baúl de un carro con un tiro en la frente. Las autoridades contestaron al comunicado de la familia con su propio comunicado, en el cual se hacía constar que el señor Sandoval Guzmán había realizado emigración en el aeropuerto El Dorado a las 7:14 de la mañana, abordado el vuelo 246 y tocado tierra en Washington a las 2:39 de la tarde, hora local, sin que pudiera determinarse todavía si había efectuado trámites de inmigración en el aeropuerto internacional de Dulles. Pero en cuanto se supiera, decía caritativamente el comunicado, se daría pronta noticia.

¿Washington? ¿Qué motivo habría podido tener Sandoval para viajar a Washington? Nunca, hasta donde nos alcanzaba el recuerdo de su vida, lo habíamos oído hablar de Washington como uno de sus destinos de negocios, ni podía Alicia acordarse de que allí tuviera amigos o intereses. En cuestión de horas se habían abierto grupos en las redes con nombres como Apoyo a Sandoval Guzmán en Estados Unidos o Have you seen Sandoval Guzmán? Y allí se publicaban fotos de hombres parecidos a Sandoval; declaraciones de colombianos que daban consejos (a quién acudir, dónde buscarlo) desde su experiencia como residentes en el distrito de Columbia; teorías de lo sucedido que incluían estados de coma, amnesias, atracos con escopolamina que ponen la voluntad al servicio de los atracadores y cuyas víctimas pueden moverse, tomar aviones y presentar documentos sin que nadie se percate de que se han ausentado de su propio cuerpo. Alguien dijo haberlo visto en un estadio, alguien habló con él en la barra de un bar, alguien compartió con él un viaje en bus hacia el sur. Y en las redes hablábamos de la pobre Malena y especulábamos sobre ella, sobre lo que se le podía pasar por la cabeza, sobre las respuestas que Alicia le estaría dando (y nos preguntábamos cuánta verdad cabría en esos diálogos, cuánta fabricación era necesaria). Pero nunca respondimos a un trino anónimo: Además el tipo tiene una niña divina, se llama Manuela, mucho malparido abandonarla así. No, nunca respondimos, ni corregimos el nombre: eran muy pocas letras, y tampoco hubiera servido de nada. Nos dijimos, eso sí, que Malena tenía apenas cuatro años, de manera que no tardaría en olvidarse de todo esto. Aunque también era cierto que en las redes nada se olvida, y todo esto seguiría disponible en diez o quince años para que la niña, que para entonces ya no sería una niña, lo consultara y supiera. Porque las redes no olvidan nada; en ellas sólo son efímeras las buenas noticias, las satisfacciones y los pequeños o grandes éxitos, mientras que los errores y las culpas y los diversos traspiés y las palabras descuidadas, todo aquello que mancha una vida, permanece alerta, agazapado y listo para saltarnos a la cara. La mancha no se va, no se limpia nunca por completo, aunque podamos esconderla o disimularla, y basta que entre en contacto con las sustancias adecuadas para que aparezca de nuevo en la tela pulcra de nuestra vida.

La noticia comenzó a circular durante la noche. Fue lo primero que vimos en la mañana, que para algunos comienza cuando no ha salido el sol. Sandoval había aparecido muerto en un cuarto de hotel, en Jacksonville, estado de Florida. Al parecer había llegado en un bus Greyhound desde Washington, pasando por Raleigh y por Fayetteville y por Savannah, en un trayecto de dieciséis horas que no tenía destino conocido. En el hotel pidió una hamburguesa y una copa de vino, y después de comer sacó la bandeja con los restos y la dejó junto a la puerta número 303; y entonces completó con lápiz el papel del desayuno, ese que se debe colgar por fuera antes de cierta hora de la madrugada para que alguien despierte al huésped con su comida. Hizo cruces en las casillas del café y del jugo de naranja y de los huevos fritos sunny side up; en el apartado de la hora de entrega, hizo una cruz en la casilla de las 7:30. Y luego, en calzoncillos y camiseta, se metió entre las sábanas y se tragó un frasco de somníferos con una botella de agua del minibar. La televisión estaba encendida cuando lo encontraron, pero nadie sabe qué programa haya visto antes de quedarse dormido. Se sabrá con el tiempo, por supuesto, cada uno de los detalles se acabará sabiendo, pero lo que no se ha sabido todavía, lo que sigue debatiéndose (a veces en términos muy agrios: las discusiones en las redes son acaloradas), es qué razones tuvo Sandoval para huir de su vida. Por ahora sólo podemos especular, como se ha venido haciendo: ¿un desfalco millonario, las pruebas de una promiscuidad irredenta? ¿Aparecerán ahora fotos de niñas impúberes, obscenos mensajes de texto, imágenes de penes erectos con leyendas que nos parecerán vergonzosas? ¿O descubriremos tal vez alguna especie de desahucio, una injusticia irremediable, los resultados condenatorios de un examen médico, inapelables como una sentencia? En esto estamos de acuerdo, por lo menos: era una huida lo que Sandoval llevaba a cabo o trató de llevar a cabo, una reinvención, el comienzo de una nueva vida. Trató de esfumarse para ser otro o para ser nuevo o para dejar de ser sin molestar a nadie, y es una lástima que no lo hayamos encontrado a tiempo, pues acaso hubiéramos podido rescatarlo, sí, convencerlo de volver a estar entre nosotros.

• Juan Gabriel Vázquez, Canciones para el incendio, México, Alfaguara, octubre 2019, 272 p.

 

Juan Gabriel Vázquez
Narrador y novelista. Es autor de la colección de cuentos: Los amantes de Todos los Santos, así como de las novelas: Los informantes, Historia secreta de Costaguana, El ruido de las cosas al caer, Las reputaciones y La forma de las ruinas.

 

 

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