Cuando expreso, pleno de seriedad, que la novela, el ensayo o el cuento son mis géneros literarios predilectos, estoy mintiendo. La verdad es que me miento a mí mismo y no causo daño alguno a nadie; al contrario, me divierto ocultándome mis placeres y extraviando mis certezas en la banca de un parque. En cuestiones de literatura los libros que más me atraen son los que contienen entrevistas, conversaciones, diálogos e incluso chismes trascendentales. Es allí donde me encuentro en la mejor compañía posible. No se trata precisamente de un entretenimiento, sino de participar como espectador en un juego que, al menos para mí, ha resultado apasionante.

Cada vez es más difícil encontrarse con personas que posean la habilidad de conversar. Lo que resulta hoy común es el encuentro de balbuceos, la mala retórica y la imposición de opiniones. De allí el desastroso estado de la política. Es comprensible que, en medio de escenario semejante, uno prefiera trabar amistad con la soledado, en el mejor de los casos, volverse espectador de diálogos consignados en libros de la más variada naturaleza. En el diálogo platónico, Critón o del deber, Sócrates muestra su desprecio hacia la opinión del pueblo, y conmina a Critón a concentrarse en las personas racionales, ya que el pueblo sólo “juzga y obra a la ventura”. Cuando leía este diálogo, siendo bastante joven, yo participaba en él y discutía con Sócrates; no requería a otra persona a mi lado para exponer mis desacuerdos o compartir la crítica de los argumentos. Asentía o desaprobaba desde la aparente soledad de mi butaca.

Ilustración: Sergio Bordón

En una conversación con Daniel Charles, John Cage expresó: “En lo que se refiere a los sonidos, puedo contestarle que no escuché hasta ahora un solo sonido que fuese realmente insoportable”; e ignorando la evidencia de la contaminación ambiental, Cage continuó: “Muchas personas consideran que existen sonidos peligrosos. Pero yo todavía no he escuchado ninguno”. “No hay que imponer nada. Hay que permitir que cada persona, igual que cada sonido, sea el centro del mundo”. Estos diálogos, registrados en Para los pájaros (Alias, 2007), me causaron tal impresión que debí poner en entredicho mis certezas acerca de lo que significa el ruido y el silencio en el carácter o la ideología de una persona. Por el contrario, el libro que narra las experiencias de Martin Amis, en sus charlas con distintas personalidades, me dejó impasible. Su protagonismo fatuo empañaba la figura de la contraparte. A Anthony Burgess no logró seguirle el ritmo a la hora de beber y conversar. Cuando el autor de Naranja mecánica apenas comenzaba a ponerse a tono con la ginebra, Amis estaba ya a punto del desmayo. Su tono de desaprobación moral me enfermó, ese mismo tono acusador que utilizó cuando escribió al respecto de Roman Polanski, a quien consideraba un pedófilo y un hombre atrapado en un lenguaje pleno de lugares comunes.

El diálogo entre el filósofo español Rafael Argullol y el pensador indio Vidya Nivas Mishra (Del Ganges al Mediterráneo, Siruela, 2003) es un privilegio para ejercer la conversación en soledad. A lo largo de esta charla Argullol le confiere a Antígona —la antigua heroína del teatro griego— la primicia de fundar la libertad individual en Occidente al oponerse a las leyes de la ciudad y reivindicar su conciencia como persona e individuo. Argullol recuerda también a Esquilo para quien la mesura es el mayor aliento de la democracia (y no el dominio de las mayorías sobre las minorías, sino más bien una mediación entre los extremos de cualquier inequidad humana). Por su parte, Nivas Mishra considera que el diálogo no se funda necesariamente en el lenguaje, y ofrece como ejemplo el diálogo entre los amantes que no requieren de palabras para sufrir su mutua atracción y conocerse.

Las conversaciones entre Bryan Magee y una quincena de importantes filósofos (Los hombres detrás de las ideas, FCE, 1982), entre los que se encuentran Berlin, Ayer, Quine, Searle, etcétera… son un verdadero entretenimiento especulativo para el lector. Hay un momento en el que Magee le confiesa a Herbert Marcuse que los integrantes de la Escuela de Fráncfort le parecen oscuros, pero principalmente Adorno, al cual considera del todo ilegible. Marcuse, por su lado, defiende lo que considera rescatable y vigente del marxismo en los años setenta. Podría yo continuar con más ejemplos, pero termino citando las palabras que el neurólogo chileno Francisco J. Varela le ofreció a Carlos Chimal, publicadas en el libro Luz interior. Conversaciones sobre ciencia y literatura (Tusquets, UNAM, 2001): “El significado del mundo, los objetos, las categorías, los estados emocionales de nuestra propia situación no se presentan ante nosotros como un mapeo de lo externo representado en lo interno. Son, literalmente, un proceso de cocreación de codeterminación del mundo”.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.