Siria es la imposibilidad de sus propios conflictos, la injerencia de todos los actores posibles en su tragedia. También, el campo de arado para la ineptitud internacional y la indiferencia de aquellos a los que no importa si los incendios pueden ser cada vez más grandes.

Desde dentro, Siria es la búsqueda llena de contradicciones por recomponer algo descompuesto. Afuera, cada tanto, algunas distancias se asoman y atestiguan lo que para muchos sólo representa un escaparate del desastre. Se opina de Siria, se resumen los hechos entre sus fronteras para disfrazarlos de análisis. Se narran cual partido deportivo asumiendo sus muy particulares reglas, siempre cambiantes, pero es habitual que se escapen las imposibilidades, tan íntimas, que la envuelven. Solo que a ese país, si acaso se le puede intentar entender, es desde los contenedores de las imposibilidades: la urgencia de tranquilidad, la permanencia de la solidaridad entre los habitantes y su cruce con la voracidad de los violentos, casi salvajes y salvajes plenos, de todos lados, unos más que otros; frecuentes al punto de costumbre por casi una década. El intercambio temporal de derrotas, ínfimas esperanzas, rencores, abandonos y conveniencias en aras de transitar de un episodio a otro de una historia cuyo mejor futuro es su peor pasado.

Ilustración: Ricardo Figueroa

La elasticidad de la guerra en Siria obliga a hablar de varias Sirias. Desde hace tiempo no es solo una y aunque la del territorio es la que más llama la atención, termina siendo de una irresponsabilidad enorme olvidar la Siria del exilio. La de esos que construyen en las diásporas la memoria de un país exiguo.

En el territorio está la Siria del régimen, fantasiosa como criminal, que llegó a conquistar el reduccionismo de las filias ideológicas. Por ellas, varios años después de 2011 se sigue, sobre todo en países americanos, negando una dictadura o insistiendo en una dicotomía de buenos y malos donde cada uno de los grupos que combaten han cometido atrocidades. La dictadura arriba de los demás en la jerarquía del daño, la tortura y las tumbas. Para desgracia de ese reduccionismo nada de él aplica en este caso. Quizá ahí radique lo complicado que ha sido explicar y entender la guerra siria. Los matices son barbaridades.

Está la Siria de la injerencia rusa e iraní. La de las complicidades que abarcan la ocupación militar, inmensamente más grande que la presencia norteamericana. Así como la de la reconstrucción selectiva que favorece lo que a un régimen le conviene y aniquila lo que le place, en simultáneo.

Nada en esta demencia puede pasar por alto el papel de Estados Unidos en el conflicto, pero, tanto tiempo después, incluso con las angustias que le han seguido al repliegue de sus tropas y la posterior invasión de Turquía con la intención de controlar el territorio antes bajo dominio kurdo, sigo convencido de que la gran irresponsabilidad de Washington está en lo permisivo que se mostró durante los días de los primeros ataques con armas químicas. Las operaciones norteamericanas de los siguientes años fueron más un vaivén de fuerzas que un parteaguas.

Siria dejó en sus albores de ser una guerra con objetivos para convertir la guerra en el objetivo. La lucha por lo que el lenguaje técnico y frío conoció bajo el apelativo de las batallas por las zonas de influencia, es insuficiente para dilucidar lo que se pelea. En la eterna maldición de Medio Oriente, quedarse con el espejismo de tentáculos que permiten mover las piezas e intereses de la región, es nada más una parte de los motivos de la sinrazón.

Es claro que Irán querrá permanentemente ampliar los templetes del discurso identitario chií, ensimismados al punto de no ser capaces de definir qué es esa identidad, disuelta en vertientes con coincidencias políticas antes que religiosas. Es natural que Estados Unidos, pese a la esquizofrénica retórica de su peor faceta en Donald Trump, intentará proteger sus intereses regionales. En ocasiones, de ese mismo espíritu esquizofrénico tan permeado en los liderazgos políticos contemporáneos.

Son previsibles las acciones de Rusia, gran triunfador de la tragedia, quien frente a la mirada del mundo se ha adueñado de la supervivencia de millones de personas desde Alepo a Bosra y, muchas otras poblaciones que antes de la guerra no significaban nada en el escenario internacional. Qamichli, Tal Tamr, Ras al-Ayn. Zonas y ciudades de la desesperanza e, insisto, de una solidaridad entre sus habitantes que se menciona mínimamente en las coberturas periodísticas. Abajo de las imágenes de ráfagas y explosiones, los civiles encuentran las maneras de protegerse de la rapiña, del hambre, de la violencia.

Nadie puede tener alguna duda de que, para el régimen instaurado a principios de la década de los setenta, como ocurre con cualquier dictadura, la permanencia es todo y por ella hará lo necesario. Los necesarios de una dictadura encuentran sus límites cuando no hay más sobre quien imponerse.

Las condiciones de la guerra habían llegado a la perversidad de establecer una aparente tranquilidad entre sí. El otoño de 2019 será recordado como el momento en que nada de lo que se creía suficiente para entender la demencia y la barbarie, permitirá sortear el juicio del tiempo. La estupidez, la indolencia, la mezquindad, la desmemoria y la repetición de errores se combinaron con la falta de conexión con la realidad, con el chantaje, varias crisis de identidad histórica —desde ellas se habló de un califato—, y el cansancio de una guerra demasiado larga. Cada uno de estos elementos se convirtió en las grietas de un conflicto que se había sostenido entre los surcos de la fragilidad. ¿Qué crisis y consecuencias pueden aparecer en un lugar que ya ha pasado por todas las imaginables? Terrorismo, tortura, esclavitud, masacres, desplazamiento forzado, destrucción absoluta, hambre, crisis humanitaria, anulación de derechos humanos, armas químicas, totalitarismo, gestas religiosas. Los etcéteras incontables.

La incursión de otoño por parte de las tropas turcas abre una nueva caja de Pandora en la que el fenómeno kurdo y sus paralelos en la catástrofe siria, se deben dividir por etapas. Su resumen llevará a darle contexto a los temores donde estos son habituales. El fundamentalismo criminal que el mundo conoció con el Estado Islámico, primero en Siria y luego en Europa, nació de grietas similares que tienen uno de sus orígenes en la incapacidad medio oriental de separar la vocación política de la religiosa. También y, sobre todo, en la impericia de Occidente por comprender las consecuencias de la participación global en un espacio con tal falta de separación.

El surgimiento de una nueva cara del fundamentalismo ocurrió en el inicio del resquebrajamiento político occidental. La edad de la posverdad, del analfabetismo político moderno, el nativismo cobijado por la incertidumbre económica. Un vacío político y militar se llenó con la participación de las tropas kurdas en la guerra siria. Occidente aprovechó la intención kurda por hacerse de un Estado y ayudó a soñar su proyecto político, mientras ellos combatían eficientemente al terror fundamentalista.

La conveniencia de una alianza entre Estados Unidos con las fuerzas kurdas, contra el Estado Islámico, obligó a Turquía a soportar, a regañadientes, su añeja rivalidad con el entonces nuevo elemento. Turquía guardó cierta prudencia, sabiendo que tres millones y medio de refugiados sirios estaban en sus fronteras. Europa estaba satisfecho con ello. Hasta el día en que podrían ser usados como moneda de cambio: el momento en que la amenaza del Estado Islámico se antojara menos evidente. Falso, es otro triunfo de la ingenuidad.

Turquía fue paciente y entre sus objetivos jamás desistió de eliminar a su enemigo histórico. Decir kurdos a botepronto es hacerlo de una generalidad imprecisa. Hay militares kurdos, hay políticos kurdos. Hay civiles kurdos. Más de cien mil escaparon en los primeros días de la invasión turca que, con el repliegue de Estados Unidos, obtuvo luz verde para avanzar.

Si bien las alianzas en un escenario como el sirio se sostienen por la fuerza de un hilo, el gran error en todas las estrategias de confrontación medio oriental podía funcionar como contenedor dentro de lo fuera de límites que se ha venido construyendo. Ninguna incursión, como tampoco la turca recientemente, muestran una clara y verosímil ruta de salida. Solo de entrada. Esa ausencia parecía ayudar a mantener la prudencia que la Casa Blanca despreció para entregar a sus antiguos aliados.

El resultado es la reapertura de las grietas del conflicto. Sectores kurdos se ven forzados a una especie de rendición para colaborar con la dictadura y protegerse de Ankara. Damasco recupera de esta forma más de 20 % del territorio que estaba fuera de su control. Otro sector se siente abandonado por Estados Unidos y por sus militares. Facciones turcas apoyadas por milicias sirias avanzan en territorio kurdo. Vociferan y actúan contra sus objetivos en las formas del peor mercenario. Los remanentes del Daesh esperan a que la desesperación les permita ir rellenando nuevas grietas. Es un escenario con demasiadas similitudes al que les dio impulso en Irak. La metamorfosis de al-Qaeda en el país, se convierte en el único grupo definido contra Assad. Rusia aprecia el regalo de Estados Unidos. Su dominio sobre Damasco se expande.

Vendrán tiempos de nuevas alianzas. Es imprescindible recordar que nuevas alianzas son nuevos enemigos. En medio, los civiles. A lo largo de la guerra siria es perturbador como se puede hablar durante de horas de todos los involucrados y tan poco de los ellos.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México.

 

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