Era pequeño y gordo, de cuello robusto, de complexión atlética; tenía una cara grande color de rojo ladrillo, menos al fin de su vida, en que su tono se volvió enfermizo y amarillento, en invierno sobre todo, cuando permanecía encerrado y lejos del campo; una frente poderosa y abultada; cabellos extremadamente negros, muy espesos, en los cuales parecía que no había entrado nunca el peine, erizados por todas partes, “las serpientes de Medusa”; sus ojos brillaban con una fuerza prodigiosa, que dominaba a cuantos los miraban; pero casi todos se engañaron sobre el color de estos ojos. Como irradiaban con fulgor salvaje, en un semblante oscuro y trágico, se les creía generalmente negros, cuando eran de un azul gríseo; pequeños y muy hundidos, se abrían bruscamente en la pasión o en la cólera y entonces giraban en sus órbitas, reflejando todos sus pensamientos con verdad maravillosa. De modo frecuente se volvían hacia el cielo con una mirada melancólica. La nariz era chata y ancha, como un hocico de león: la boca delicada, con el labio inferior saliente; mandíbulas temibles que habrían podido cascar nueces; y un hoyuelo profundo en el mentón, hacia el lado derecho, daba una extraña simetría al rostro. “Sonreía bondadosamente”, dice Moscheles, “y a menudo había en su conversación un tono amable y alentador. En cambio su cara era desagradable, violenta y gesticulante, rápida” —la risa de un hombre que no está acostumbrado a la alegría. Su expresión habitual era melancólica, de “una tristeza incurable”. Rellstab, en 1825, decía que necesitaba de todas sus fuerzas para no llorar al ver “sus ojos dulces y su dolor penetrante”; Braun von Braunthal, un año después, lo encontró en una cervecería: estaba sentado en un rincón, fumando una larga pipa y con los ojos cerrados, como lo hacía con mayor frecuencia a medida que se aproximaba a la muerte. Un amigo le dirigió la palabra; sonrió con tristeza, sacó de su bolsillo una libreta de conversación y, con la voz aguda que adquieren a menudo los sordos, le dijo que escribiera lo que quería preguntarle. Su semblante se transfiguraba, ya en los accesos de inspiración súbita que lo acometían de improviso, aun en la calle, y que llenaban de sorpresa a los transeúntes, ya cuando se le sorprendía sentado al piano. “Los músculos de su rostro se le saltaban, sus venas se hinchaban; los ojos salvajes se hacían dos veces más terribles; le temblaba la boca y tenía el aire de un encantador vencido por los demonios que hubiera evocado”. Parecía una figura de Shakespeare; Julius Benedict dice: “El rey Lear”.

Fuente: Romain Rolland, Vidas ejemplares. Beethoven, Miguel Ángel, Tolstoi (nota preliminar de José Vasconcelos, secretario de Educación Pública), Universidad Nacional de México, 1923.

 

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