En estos tiempos hay que estar preparados para remar contra la corriente de dos simplificaciones nefastas. Dos fórmulas elementales y necias que corren con una enorme velocidad y contagian a más de uno, que generan la impresión de comprenderlo todo sin realmente entender siquiera algo.

1. La idea de que un gran concepto generalizador, de un elevadísimo nivel de abstracción, puede explicar realidades específicas ha sido una derivación perversa en las ciencias sociales. La acuñación de categorías pertinentes a un cierto nivel de elaboración que aplicadas de manera mecánica secan y desvirtúan el conocimiento. Ejemplo: Suecia y Haití son capitalistas. Se subraya, dirían en mis viejas clases de lógica, el género próximo y se omiten por completo las diferencias específicas. Porque entre una y otra nación, como es más que evidente, las carencias, las desigualdades, el ejercicio de los derechos, los niveles educativos, las enfermedades más recurrentes, las instituciones, la vida misma, son radicalmente distintas. Sin embargo, contesta el necio, ambas son capitalistas.

Ilustración: Jonathan Rosas

2. Creer que un área del quehacer humano —importante por supuesto— determina al resto de las esferas de la vida, genera un clima espeso e idiota. Ojo, determina; no influye, no modela, no gravita, no se relaciona con… No. El dictado es contundente, unidireccional, inescapable: determina. Es el núcleo esencial y todo lo demás no son más que derivaciones naturales y mecánicas. Recordemos con preocupación y pena: había un arte proletario, una ciencia proletaria, una arquitectura proletaria y una forma de mascar chicles proletaria. En el extremo, la revolución cultural china quiso refundarlo todo a partir de cero. Varios años después, luego del desastre, que incluyó muertos, “campos de reeducación”, desplazamientos masivos y pérdidas catastróficas en todos los terrenos, fue necesario recuperar las tradiciones artísticas, culturales y científicas no sólo de ese gran país, sino del mundo entero.

Hoy el neoliberalismo es la supuesta llave para la “comprensión” de nuestro pasado reciente. Cierto, el neoliberalismo fue la política económica predominante: desregular la economía, recortar al Estado, apuesta por el mercado, ceguera ante la dimensión social, y sígale usted, generó lo que generó (aunque cada renglón merecería una evaluación específica), entre otras cosas un malestar con la política y los políticos tradicionales y una pobreza y una desigualdad social incólumes.

Pero en esa “época”, que según la cronología oficial va de 1982 a 2018, se produjeron cambios más que relevantes que es necesario valorar y defender, transformaciones en la vida toda, que no se reducen a la dimensión económica. Esto que sería una proclama propia de Perogrullo parece ser necesaria porque ya se empieza a hablar de una ciencia neoliberal y mañana podremos amanecernos con que también hay una fórmula neoliberal y otra progresista para combatir las hemorroides.

Dado que la vida es vasta y compleja, dado que coexisten diferentes planos y dimensiones, recordemos que en la época del neoliberalismo se hizo posible el acceso a la información pública; se ampliaron sustantivamente las libertades, entre ellas la de prensa; se colocó en el centro de las preocupaciones y se forjó un consenso en torno a que el piso mínimo de nuestra convivencia era el respeto irrestricto a los derechos humanos, de ahí las comisiones autónomas; se concluyó el proceso de transición democrática que permite la convivencia y competencia de la pluralidad política que existe en el país y se sentaron las bases normativas e institucionales para que el actual gobierno fuera legal y legítimo (como sus antecesores); se democratizó el gobierno de Ciudad de México; se estableció en la misma ciudad el derecho de las mujeres a abortar durante las primeras doce semanas de embarazo (cierto, gracias a un gobierno de izquierda y al peso relevante de las organizaciones feministas); se reconoció jurídicamente el matrimonio entre personas del mismo sexo; se robusteció la autonomía de la Suprema Corte; se crearon las instituciones y normas que tienen que ver con la protección del medioambiente y la utilización de los recursos naturales; se firmó el Tratado de Libre Comercio, en su origen “neoliberal”, pero ahora defendido hasta con los dientes por la nueva administración; se otorgó la autonomía al Banco de México; se multiplicó en términos absolutos y relativos el número de mujeres en las universidades y en el mundo laboral; y la lista puede continuar, incluso el Necaxa fue tres veces campeón de liga.

Lo que quiero subrayar me parece evidente: y es que la generalización (neoliberalismo) o la creencia de que la política económica (neoliberal) determinó todos los campos de la vida nos puede llevar (¿nos está llevando?) a despreciar mucho de lo edificado en otros terrenos que tiende a hacer más libre y, al final, más igualitaria y mejor la vida entre nosotros. Y que, por ello, debemos saber distinguir lo fundamental de la paja. Ya que el discurso oficial parece no hacerlo.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.