En diciembre publiqué Nuestra América: Utopía y persistencia de una familia judía, un libro sobre mi familia. Hace una semana me invitaron a hablar de él en un seminario en Stony Brook, dedicado al tema de los archivos y la verdad. Ese ejercicio me puso a pensar sobre el problema de los archivos y de la verdad en un libro como el mío que es, ante todo, personal.

La investigación y escritura de la historia familiar significa tener que hurgar en varios archivos, claro. Es lo normal. Pero en esos proyectos hay dos características que los separa de algunas otras historias. En primer lugar está la importancia desproporcionada que tiene la memoria del autor y de sus sujetos en la escritura de la historia familiar; y luego está el hecho de que el autor ha escogido su temática por razones personales y no transferibles a otro objeto.

Ilustración: Patricio Betteo

Esta segunda característica tiene consecuencias que pueden complicar la escritura de cualquier historia que se pretenda profesional o académica. Me pongo por caso. Yo deseaba escribir la historia de mi familia materna, y en especial de mis abuelos, pero no lo quería hacer para resolver alguna pregunta historiográfica. Quería escribir ese libro porque me importaba que existiera un registro de la historia de mi familia en particular, y como no había un historiador profesional que la quisiera escribir, pues me tocaba a mí hacerla. El proyecto, entonces, surgió de un compromiso que podríamos calificar de “piadoso”, usando la connotación que tiene aquella palabra de lealtad, y de las consideraciones que uno le debe a sus mayores.

Sólo que un proyecto así, motivado por el amor y el deber, puede fácilmente atraer a autores que no tienen las facultades profesionales requeridas para escribirlo, al menos no con los estándares científicos propios de la disciplina. Ese fue, sin duda, mi caso. Al comenzar a trabajar en mi libro tuve que enfrentar el hecho de que me faltaban cuatro idiomas (ruso, ídish, hebreo y alemán) para poder reconstruir detalladamente y con entendimiento el mundo de la juventud de mis abuelos. Y si el proyecto hubiese estado gobernado por una motivación profesional, lo hubiera abandonado. Sólo que mi labor no estaba guiada por una pregunta que proviniera de la disciplina histórica, sino por otra cosa, que se podría (mal) resumir con el vocablo de “piedad”, y que me llevó al tema, aún sin contar con los elementos profesionales ideales.

Fue justamente por esta razón que mi libro arranca con una meditación extendida sobre el idioma en mi familia, y en especial sobre mi propia circunstancia lingüística. Al final, le debo el español a mis abuelos, así como les debo también a ellos (y a mis padres) la pérdida lingüística. Mi falta de idiomas era en sí misma parte de la historia que yo necesitaba contar, pero esa carencia era, a la vez, el único lugar desde donde podía contarla. Como escribió en su momento Marx: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio… sino bajo las circunstancias en que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”.

Así es, justamente, aunque esa situación nos hace si no ciegos, al menos bien miopes.

El segundo problema que enfrenta el autor es su supeditación a la memoria y los silencios de su propia familia. En la historia académica la construcción de la verdad es siempre un proceso espinoso, pero resulta mucho más intrincado todavía cuando se trata de narrar el pasado de la familia propia, porque el secreto está en la base misma de la institución de la familia. Para Freud el centro de ese secreto era el sexo: las relaciones sexuales entre los padres, que precedían la existencia misma del hijo, y que lo excluirían siempre. Esa lógica de secreto y fantasía se extiende mucho más allá del tema dela sexualidad, claro, porque los padres tienen entre sí, de origen, una relación diádica. O sea, una relación íntima. En tanto que la familia recae, de raíz, en las relaciones triádicas. Dada la premisa intergeneracional de la familia como institución, su dinámica de interacción involucra necesariamente a tres o más personas. La tríada. Y esta diferencia entre díada y tríada es importante, como lo mostró hace ya cien años Georg Simmel. Así, la política nace de la tríada, no de la díada. Y el secreto, también.

Lanzarse a escribir la historia familiar es pretender adentrarse en temas intergeneracionales donde cada generación se ha esforzado por proteger a la otra de la verdad. Ese esfuerzo, que algunas veces es instintivo y otras consciente, se expresa en lo que contamos los unos a los otros. La memoria familiar busca preservar lo que sucedió, pero también quiere proteger a algunos de sus miembros de tener conciencia plena de lo que sucedió.

En resumen, escribir la historia familiar propia presenta dos problemas para la construcción científica de “la verdad”. El primero es que esta clase de proyecto usualmente surge por cuestiones pasionales y de deber del autor, antes que por una curiosidad profesional, lo que frecuentemente lleva a que no esté bien equipado profesionalmente para enfrentar su tema. El segundo problema es que, al formar parte de su objeto de estudio, el autor está a la vez afuera y adentro de la dinámica familiar de producción de secretos. Dejaré la discusión de las ventajas que tiene esta clase de historiador para otra ocasión.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

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