San Blas es un santo de milagros modestos y discretos, domésticos. Una mujer le pidió que ayudase a su hijo, que se había atragantado con una espina de pescado: san Blas le impuso las manos, y lo salvó; otra le pidió ayuda para recuperar a un cerdo, que le había arrebatado un lobo: mientras hablaba san Blas para tranquilizarla, apareció el lobo, y dejó al cerdito en el suelo. Otros santos han tenido tareas más complicadas. En 1547 los irlandeses rezaron a san Roque para que les librase de la peste, y en el momento vieron huir a la enfermedad, convertida en enjambre de avispas: a partir de ese momento, sólo murieron protestantes. En Bretaña, san Mael se enfrentó a una invasión normanda: lanzó una piedrecilla al mar, que en el aire fue creciendo hasta convertirse en una inmensa nube de piedra, que hundió toda la flota invasora; tenía también una capa, con la que cubría a la gente del campo cuando caía una nevada de improviso, y cabían bajo la capa setecientas setenta y siete personas.

Ilustración: Estelí Meza

Las vidas de santos servían para muchas cosas. Para empezar, eran relatos fascinantes, capaces de despertar la imaginación de cualquiera. San Brandán estuvo navegando durante ocho años, predicando el evangelio; cuando emprendió el regreso varias de las islas que había visitado se pusieron en movimiento, y siguieron a su barco. San Guidodié era de una familia de peones camineros, y lo que más le gustaba era tomar con sus manos un puente, y cambiarlo de lugar, o cargar un camino y trasladarlo a donde hiciera falta: en su crónica Charles Le Goffic cuenta que mientras andaba lo seguía un rebaño de caminos, como perros fieles y contentos. San Metodio fue enviado por el emperador de Constantinopla al palacio del rey de los búlgaros, Bogoris, para que pintase en la pared un cuadro que infundiese temor de dios; san Metodio pintó el juicio final: inmediatamente, Bogoris se convirtió al cristianismo, igual que todos los que vieron el cuadro. Santa Casilda era hija del rey musulmán de Toledo, pero siempre sintió compasión por los cristianos que su padre tenía cautivos, y a escondidas les llevaba comida; en una ocasión la descubrió el rey, le preguntó qué era lo que llevaba en el regazo, cubierto por su vestido: Casilda le respondió que eran rosas, y al desplegarlo, los trozos de pan que llevaba se habían convertido en rosas. San José Cupertino se emocionaba de tal manera al rezar el Avemaría que se elevaba por el aire, y al meditar sobre los misterios de la fe subía hasta tropezar con la bóveda del convento: los hermanos de la congregación tenían que buscarlo mirando al techo, y lo encontraban allí, en la crucería.

Las vidas de santos ofrecían además modelos de virtud. Eran todas historias edificantes, y memorables. La hija de san Hilario obispo manifestó un día su deseo de casarse; horrorizado, su padre hizo lo posible por disuadirla, y le exigió que se consagrase a dios, haciendo voto de virginidad; la convenció, pero temeroso de que pudiese recaer en la tentación pidió a dios que se la llevase con él al cielo: y dios escuchó a su siervo, y a los pocos días la joven murió. San Guillén y santa Felicia, hijos de los duques de Aquitania, hicieron juntos el viaje a Compostela; cuando tenían que volver, Felicia decidió no hacerlo, decidió quedarse en Amocaín para servir a dios: furioso, su hermano la mató, pero después se arrepintió tanto que se hizo ermitaño, y murió santo. Cuando estaban enterrando a san Vedasto, un ciego se encomendó a él, y le pidió que le devolviera la vista, aunque sólo fuese para ver el cuerpo de Cristo en la eucaristía: san Vedasto escuchó su petición, el ciego recobró la vista, cumplió su deseo, y después de comulgar quedó ciego otra vez. San Pedro Claver esperaba la llegada de los barcos negreros en Cartagena de Indias, para subir a predicar, enseñar a los negros la señal de la cruz, y prepararlos para el bautismo: se dice que así bautizó a 300 mil esclavos negros.

Pero los santos servían sobre todo para rezarles. Por eso, como dice Álvaro Cunqueiro, uno de los grandes temas sobre los que puede reflexionar un cristiano es el de los santos que no hubo, los santos que no existieron, a los que se rezó, y que acudieron para ayudar a quienes les rezaron, y les dieron consejo, y los confortaron, e incluso obraron milagros. Es el caso de san Jorge de Capadocia, por ejemplo, que existió sólo en el relato que lo pone matando al dragón. O el de santa Tecla de Meriamlik: una virgen enamorada, que renunció a su amor para dedicarse a dios, fue condenada a muerte y salvada por un milagro; al parecer, todo eso está sólo en una novela bizantina: y sin embargo, santa Tecla consuela y ayuda a quienes le rezan, a quienes acuden en peregrinación a la tumba que no hay en Meriamlik. Quién sabe, a lo mejor es la oración la que crea a los santos.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

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